La brigada Stonewall
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LIBRO PRIMERO
WASHINGTON
I
EL sol se ponía sobre las severas casas de rojos ladrillos y tas calles delimitadas por árboles de Georgetown cuando David Preston —Doctor en Medicina por el Jefferson Medical College de Filadelfia y capitán médico del ejército estadounidense, por designación del Presidente de los Estados Unidos — salió del hospital. Conocido también con el nombre de Washington Infirmary, el lóbrego edificio se hallaba emplazado en un bloque situado al norte del City Hall, en las calles Quinta y E de la capital norteamericana. La brisa vespertina de abril arrastraba desde Potomac Flats un «perjudicial efluvio». Denominado por algunos observadores menos inclinados a la poesía como un «pestilente hedor», el cual flotaba sobre la ciudad durante casi todo el día. Este olor fue percibido por aquel hombre de elevada estatura cuando bajaba por la calle 14, en dirección a su cruce con Pennsylvania Avenue.
Embutido en sus pantalones, de un tono azul claro, y una guerrera más oscura que le llegaba casi hasta las rodillas, provista de dorados botones, distribuidos en dos filas, cortadas por la faja carmesí. David Preston, había que reconocerlo, aparecía ante los ojos de todos como un hombre sumamente apuesto. Su perfil, enérgico, hacía pensar en el de un asceta. Tenía la mandíbula prominente y firme, y los páratelos salientes. Sus ojos eran grisáceos, pudiendo resultar severos para los miembros de su profesión que se atrevían a poner en peligre la vida de sus semejantes por efecto de la ignorancia o la pereza, peto también sabían reír alegremente al mirar a sus amigos.
Todo en el porte de Preston revelaba la serena elegancia y la confianza en sí mismo del aristócrata virginiano que en realidad era. Se hallaba en posesión de un apellido tan ilustre como el de los Adams de Massachusetts. Los Preston se habían sentado en la House of Burgesses en Williamsburg, suscitando frases de aclamación al decir Patrick Henry: «Si esto puede ser considerado una traición, sacad el mayor partido posible de ella». Los Preston, también, habían tomado parte en acciones bélicas por los fértiles valles de los ríos Shenandoah y James, en el marco de la turbulenta frontera virginiana occidental, en el Blue Ridge, en el curso de la guerra contra franceses e indios. En cada generación había habido siempre, por lo menos, un Preston que había llegado a ser médico o sacerdote del riguroso credo presbiteriano, llegado al sur con los emigrantes, casi dos siglos antes, por obra de rudos germanos y pobladores con sangre de escoceses e irlandeses en sus venas. Por el camino de Filadelfia, se había extendido hasta las Carolinas y los escondidos valles de las Montañas Great Smoky, que delimitaban las tierras de la nación cherokee por aquellos tiempos.
Un año de estudios en el extranjero, tras haberse graduado en Jefferson, había permitido a David recibir el bautismo de fuego en el campo de batalla, ejerciendo su profesión de cirujano, en el curso del último conflicto europeo, cuando Giuseppe Garibaldi y Víctor Emmanuel II, apoyados por Napoleón III, se enfrentaran con las fuerzas austríacas, que trataban de oprimir a los italianos con sus normas autocráticas.
A su regreso a la patria, en 1860, año de elecciones, ganadas por Abraham Lincoln, quien ascendió a la Presidencia de los Estados Unidos, David Preston aceptó su asignación al pequeño ejército estadounidense, así como la relativamente modesta misión —para un médico de sus dotes y preparación— de cuidar de los familiares y personas dependientes de los hombres de los cuadros militares y navales que prestaban sus servicios en la capital de la nación.
Hubo quien calificó aquel nombramiento como una especie de retroceso en su carrera. No obstante, a Preston eso le tenía sin cuidado. Antes bien, le agradó la oportunidad que se le deparaba de practicar algunas de las enseñanzas que en el campo de la medicina había asimilado en Viena, Budapest y otras capitales europeas. El resultado de tal actitud había sido magnífico: las esposas y las hijas de los oficiales y los militares situados en puestos clave, reclamaban su atención continuamente. Sobre todo, después de haber promovido una cause celebre al afirmar en una conferencia recogida en las columnas del agresivo Evening Star que la mayor parte de los casos de fiebres de sobreparto que se presentaban en los hospitales de Washington provenían no de las fétidas miasmas generadas en el Potomac sino del descuido de médicos, enfermeras y comadronas, que tenían la mala costumbre de no lavarse las manos antes de reconocer y auxiliar a las parturientas en su trance.
Había pasado la hora anterior ocupado con un alumbramiento especialmente difícil. David se había visto obligado a recurrir a todas sus particulares habilidades. Al salir del hospital estaba seguro de que ni la madre ni el niño habían de temer el ataque de la fiebre puerperal. Tenía muy buenas razones para pensar así: había seguido rigurosamente una técnica antiséptica que recomendaba la aplicación del cloruro de cal disuelto, técnica desarrollada quince años atrás en Viena por el doctor Ignaz Philip Semmelweis. David había estudiado con Semmelweis en Budapest. El médico húngaro —amargado porque es Viena habían sido rechazadas sus revolucionarias teorías sobre los orígenes de las infecciones observadas en madres, recién nacidos y heridas quirúrgicas— enseñaba allí obstetricia y cirugía, dedicándose igualmente a la práctica de la medicina.
Satisfecho por haber salido airoso de lo que se había presentado como un problema, contento por haber conseguido la realización de un milagro médico de menor cuantía, los pensamientos del joven doctor se concentraron en la grata perspectiva de un par de buenos whiskies en el bar del Hotel Willard. Y para rematar el día le aguardaba una deliciosa cena a base de tête de veau en tortue, un plato exquisito, al que se había aficionado decididamente durante sus viajes por Francia… y en el establecimiento de Monsieur Cruchet, que en Washington pasaba por ser el primero de todos los chefs de cusine.
Hacía más emocionante aquella perspectiva la probabilidad, es la tarde del 18 de abril de 1861 —cinco días después de la caída de Fort Sumter y la rendición de su guarnición federal en Charkston, en Carolina del Sur, frente a un ataque de las fuerzas confederadas— de que él abandonara pronto Washington y tales delicias culinarias, trocándolo todo por los rigores de la guerra, pero esta vez vistiendo el paño gris de la Confederación en lugar del azul de la Unión.
Pocos eran los lazos que ataban al capitán David Presión a ésta relativamente joven capital de unos Estados Unidos algo menos que centenarios, ya que, puestos en lo mejor, Washington no era todavía una metrópoli muy prometedora. El plan original, fundado en unos límites marcados por el río Potomac, al sur, el río Anacostia, al sudeste, Rock Creek, al oeste y Boundary Street, al norte, arrancaba de la idea de crear una ciudad de «grandiosas distancias», habiendo sido gastadas grandes cantidades de dinero ya en los cimientos de unos pretenciosos edificios gubernamentales.
Pero tanto la ciudad como sus estructuras habían sufrido un parón de muchos meses, debido a las facciones del Congreso. Ahora, el bien proyectado plan de vías públicas era en su mayor parte un laberinto de charcos cenagosos. Efectivamente, cualquier hombre podía recorrer todo Washington en una tarde… siempre que estuviera dispuesto a dedicar media hora después a la limpieza de sus botas, impregnadas a buen seguro de barro tras la mencionada excursión.
Incluso el mismo Capitolio, construido para ser el centro de la nueva ciudad, resultaba anticuado y excesivamente colosal. Sometido por aquellos días a radicales alteraciones, veíase con la cúpula original suprimida, haciendo que el viejo edificio de piedra del centro apareciera extrañamente desnudo y desangelado.
Únicamente estaba acomodada en su sitio la base de la nueva cúpula de hierro fundido, más el andamiaje y la alta grúa que colocaría los elementos restantes en sus puntos respectivos. A uno y otro lado del Capitolio, habían comenzado a extenderse hacia fuera las alas de mármol, pero éstas también se hallaban inacabadas, sin contar siquiera con las escalinatas. Y las columnas marmóreas necesarias para la terminación de los pórticos estaban aún sin rematar. Bajo el cálido resplandor de la luz solar de abril, aquéllas se veían extrañamente desnudas e incompletas.
En medio de todo aquello se destacaba la impresionante estatua de George Washington, con el torso al aire, pero con las extremidades inferiores discretamente ocultas bajo unos mantos más adecuados para un dios romano o griego que para el hombre que en el Valle Forge hiciera de un puñado de desastrados un ejército, el mismo que obligara al engreído general británico Cornwallis a doblar sus rodillas en Yorktown.
Un tributo mucho más ambicioso, a la memoria del primer Presidente, el Monumento a Washington, se encontraba enclavado en una zona algo pantanosa, casi al sur del Parque del Presidente y el palacio del Jefe del Estado. Pero como tantas otras cosas del Washington oficial, también se hallaba sin acabar. Abandonado, acortado extrañamente para quedar reducido a poco más de 46 metros, el truncado obelisco lindaba por un lado con el Potomac y por otro con las no menos fétidas aguas del Oíd City Canal, muy acertadamente descrito como una alcantarilla al aire libre.
En el cruce de la calle 14 con Pennsylvania Avenue, David Preston giró en dirección a la marquesina existente sobre la entrada del Willard. Ocupando la mayor parte del bloque de casas, el más popular de los hoteles de Washington quedaba, por supuesto, hacia el norte, hacia el lado más respetable, hallándose los edificios de Newspaper Row nada más doblar la esquina de la calle 14. La amplia vía de Pennsylvania Avenue, concebida originalmente como una explanada entre el Capitolio y el palacio del Presidente, era tan sólo un desordenado montón de piedras destinadas a la pavimentación. E incluso éstas eran escasamente visibles, a causa de que en la época más seca quedaban cubiertas con una capa de rojo polvo, que el viento elevaba parcialmente en forma de nubes; y cuando llovía aquello se transformaba en un mar de cieno.
En la parte sur de Pennsylvania Avenue había una serie de edificios desvencijados, chozas y puestos desastrados que componían el mercado de la ciudad. En las inmediaciones existían varios establecimientos dedicados al juego y unos cuantos burdeles. Apartado de las elegantes tiendas, hoteles y restaurantes, el lado sur de la avenida hacía pensar en una desaliñada golfa que se levantara las enaguas para mostrar un desnudo pero utilitario trasero a las horrorizadas jóvenes y damas ricas, ricamente vestidas, que avanzaban por el lado opuesto de la vía para franquear la entrada del Hotel Willard, con su pródigo plan de funciones sociales desplegado sobre el tablero de avisos del vestíbulo.
Había un constante fluir de vehículos hacia allí cuando David Preston se aproximaba a la puerta. Se veían bonitos cabriolés, calesas, birlochos, coches de alquiler. Algunos, tirados por cuatro caballos, se presentaban cargados sobre todo de hombres, que inmediatamente se encaminaban al gran bar del Willard, territorio indiscutiblemente masculino.
Se detuvo en la esquina de la calle 14 con Pennsylvania Avenue, en el momento en que uno de los nuevos autobuses de Georgetown se paraba allí. Sus ruedas de hierro molieron la roja arcilla del piso contra los guijarros, levantando una asfixiante nube de polvo.
Del autobús se apearon unos cuantos funcionarios civiles de tipo medio, los cuales entraron en el hotel. Varias veces por semana saboreaban unas copas ante la famosa barra del Willard, mientras captaban todos los rumores sobre la serie de crisis que prometían transformarse en cualquier momento en una movida guerra entre el Norte Unionista y el rebelde —a los ojos de los yanquis— Sur, con motivo de la cuestión de la esclavitud. Luego, ya satisfecha su curiosidad, aquellos hombres se trasladaban al Restaurante de Harvey, mucho más económico, situado entre el Capítol y el palacio del Presidente.
Algunos oficiales a caballo —su número se había incrementado a lo largo de los días anteriores, a consecuencia de la llegada de cinco compañías de la milicia de Pennsylvania y de los pintorescos «Guardias Fronterizos», de la turbulenta Kansas, al mando del rimbombante Jim Lane, elegido para el Senado— avanzaban hacia las cuadras del hotel, situadas en la parte posterior del edificio. En los establos dejarían sus monturas para unirse en el bar del Willard a la marea vespertina de curiosos, congresistas, buscadores de contratos, jugadores, traficantes de guerra y periodistas. Unos se integrarían en los grupos formados junto al mostrador y otros conversarían discretamente con sus amigos sentados a las mesas colocadas junto a la paredes.
David compró un ejemplar del Evening Star, que estaba siendo voceado por un chico de sombrío gesto. «SE AFIRMA QUE LA MILICIA DE VIRGINIA ESTÁ SIENDO MOVILIZADA», rezaban los titulares de la primera página. Estas palabras no tranquilizaron a David Preston precisamente.
El matutino Intelligencer había hablado de aquella acción el día anterior a la Convención de Virginia, recomendando mediante ochenta y cinco votos contra cincuenta y cinco la unión de la commonwealth con los otros siete estados —Carolina del Sur, Georgia, Florida, Mississippi, Alabama, Louisiana y Texas— que ya se habían separado de la Unión, anticipándose a las duras acciones emprendidas por el Presidente Abraham Lincoln sobre el problema de la esclavitud. Pero como el referéndum sobre la secesión para todos los virginianos quedaba todavía a un mes de distancia en cuanto a sus aplicaciones prácticas y en Washington se encontraban unos compromisarios que negociaban el hallazgo, a diario, de algún procedimiento honorable para hacer volver a los estados rebeldes al seno de la Unión, David no había sentido la inmediata necesidad de tomar una decisión final en cuanto a su personal rumbo.
Cualquier acción precipitada por parte de la Milicia de Virginia, especialmente si se daba antes del referéndum, podía modificar el camino a seguir por David, sin embargo, forzándole a escoger entre los Estados Unidos, cuya constitución había jurado defender al ingresar en el ejército, y la tierra nativa de Virginia, por la cual sentía un afecto todavía mayor. La rápida sucesión de los acontecimientos de aquella primavera de 1861 le habían hecho pensar que difícilmente se libraría de presenciar de nuevo los horrores de una guerra, igual que los había visto brevemente con las fuerzas de Garibaldi en Italia, un año antes.
El descontento político existente con motivo de la cuestión de la esclavitud, que se había extendido por los Estados Unidos desde que el Congreso prohibiera las importaciones de esclavos, en 1809, había llegado a su máxima expresión con la elección de Abraham Lincoln para la presidencia, en 1860. Los partidarios de Lincoln habían abogado porque la esclavitud continuara permitiéndose en aquellos estados en que existía de antaño tan arcaica institución, prohibiéndola, no obstante, en los nuevos que se fueran formando. Pero pocos eran los hombres del Sur que creían en tales promesas más allá de los primeros tiempos. Charleston había reaccionado inmediatamente después de la elección de Lincoln, votando el 13 de noviembre de 1860 por la constitución en Carolina del Sur de un cuerpo de voluntarios integrado por diez mil hombres. El 18 de noviembre, la legislatura de Georgia había votado un crédito de un millón de dólares para armar a ese estado, y a esto había seguido, el 20 de diciembre, la secesión de Carolina del Sur.
Al tomar Lincoln posesión del cargo, el 4 de marzo de 1861, como decimosexto Presidente de los Estados Unidos, siete estados se habían separado ya de él para formar los Estados Confederados de América, escogiendo al exsenador Jefferson Da vis como Presidente, y estableciendo una nueva capital en Montgomery, Alabama, adoptando como bandera la de las barras y estrellas.
El discurso pronunciado por Lincoln en la ceremonia de la toma de posesión, el 4 de marzo, de tono apaciguador, por el cual aseguró a todos los estados que se hallaba dispuesto a no intervenir para nada en sus asuntos internos, produjo muy pocos de los efectos perseguidos en los hombres del Sur, si bien hizo, al parecer, que Virginia y Carolina del Norte se mostraran menos dispuestas a dar el paso final, al menos de una manera inmediata. Por entonces, sin embargo, ya habían sido conquistados varios fuertes por algunos exaltados miembros de la Confederación en muchos puertos del Sur. Estafetas de correos, arsenales y oficinas del Tesoro habían sido tomados en nombre de la nueva nación que estaba siendo creada en el Sur.
Solamente Fort Sumter, en el puerto de Charleston, Carolina del Sur, continuaba sitiado el 1.º de abril. El impetuoso general Pierre Gustave Toutant Beauregard, comandante de las tropas de Carolina del Sur, esperaba únicamente un pretexto para pasar al ataque. Así pues, el desenlace se hallaba próximo. Éste se produjo el 12 de abril, cuando los cañones confederados abrieron fuego sobre Fort Sumter. Al día siguiente se rendía el fuerte con toda su guarnición.
Mientras David Preston, ya dentro del bar del Hotel Willard, se abría paso entre la gente, pensó que allí no había nada que delatara la amenaza de una guerra inminente. A menos que hubiera que tomar en aquellos momentos por indicios reveladores un mayor número de uniformes de la Unión, los oscuros trajes de los hombres de negocios yanquis, lanzados a la búsqueda de provechosos contratos de guerra, y la relativa ausencia de políticos del Sur. Con sus arrugadas prendas de vestir y sus ladeados panamás, habían dado mucho color a Washington antes de que se marcharan apresuradamente, para cubrir altos puestos en la Confederación y en sus fuerzas militares.
Desde el vestíbulo había visto que muy pocas personas se hallaban instaladas en el comedor. Esta pieza, no obstante, se vería pronto atestada de gente también, ya que la cocina del hotel era elogiada en la población, no por su selectividad sino por la abundancia.
En los generosos desayunos era servido incluso el pâté de foie-gras, destinado a los poderosos estómagos que habían podido sobrevivir a las libaciones de la noche anterior. El almuerzo —denominado también comida — comenzaba a las once y media, cuando se dejaban ver las damas, y la cena —pues Washington era una ciudad meridional— duraba hasta las nueve. Tras la cena, buena parte de la clientela masculina regresaba nuevamente al bar, en cuyo mostrador, sobre bandejas, había todo un despliegue de carnes frías, almendras, cacahuetes, cangrejos hervidos y otras viandas similares.
David estaba saboreando su primer whisky con un poco de agua, que encontró menos satisfactorio que el destilado cerca de Fincastle, en su condado familiar, el de Botetourt, al sudoeste de Virginia, cuando notó que una mano caía bruscamente entre sus paletillas, desviando una porción del licor de su garganta para ir a parar a la zona respiratoria, donde, decididamente, el líquido no fue bien acogido.
—¿Quién diablos…? —se las arregló para articular entre continuas toses.
Una segunda palmada en la espalda pareció estabilizar las cosas ordenadamente y se volvió para asomarse a los alegres ojos de un joven oficial que calzaba las pulidas botas de la Caballería estadounidense, un teniente, concretamente. La sonrisa, en aquel rostro delgado y familiar, se extendía de oreja a oreja.
—¡Lachlan! —exclamó David, muy contento, pese a sentirse aún algo molesto—. ¡Lachlan Murrell!