La brigada Stonewall
Capítulo VIII
LA primera orden general dictada por el cuartel del general Joseph E. Johnston, al frente del ahora Ejército oficial de Shenandoah, señaló al coronel T. J. Jackson el mando de la 1.a Brigada, compuesta principalmente de unidades procedentes de la zona del Valle. El comandante R. L. Bradley, padre de almas y erudito bíblico de Lexington, que conocía a Jackson muy bien, apareció allí el mismo día, siendo nombrado edecán. El joven Alexander Pendleton, conocido en la brigada por Sandie, regresó para ser ascendido a capitán y nombrado ayudante. Su padre, el comandante W. N. Pendleton, ostentaba ya d mando de la artillería de Rockbridge, agregada, por el momento, al menos, al 27.º Regimiento. Era éste el puesto que él ostentaba antes de que la unidad pasara al servicio activo.
Una adición particularmente interesante, muy bien acogida, a las fuerzas de Harpers Ferry, fue el escuadrón de caballería mandado por el coronel Turner Ashby. Eran varios centenares de jinetes, quienes se habían procurado por sí mismos los caballos que montaban. El grupo quedó asignado a Jackson. Sus hombres actuarían como exploradores, en unión de otro grupo de caballería no regular, al mando del capitán John D. Imboden, que estaba equipado con varios cañones de gran movilidad. Era la «artillería a caballo». David Preston dejó de ser inspector sanitario de aquellas tropas y volvió a su puesto de médico del 27.º Regimiento de Virginia. La primera orden firmada por Jackson, sin embargo, le restableció en su anterior cargo de inspector sanitario de la 1.a Brigada.
Aunque designada técnicamente como el «Ejército de Shenandoah», las tropas de Harpers Ferry jamás superaron en efectivos humanos los 8000 soldados. Éstos fueron divididos en cuatro brigadas, cada una de las cuales comprendía de dos a cinco regimientos, según el número de hombres de los mismos. Había una gran variación de un regimiento a otro. Algunos de ellos estaban formados por las habituales cuatro compañías de unos 250 hombres cada una; otros eran unidades mucho más pequeñas, procedentes originalmente de los grupos de milicias.
Sólo más tarde las fuerzas del Sur estarían organizadas por divisiones y cuerpos de ejército, pero también en estas unidades hubo muchas variantes en cuanto a sus efectivos, especialmente después de una batalla y antes de que las bajas quedaran cubiertas por voluntarios y más adelante por reclutas. Por añadidura, en ningún momento, durante toda la guerra, fueron iguales las unidades del Norte y del Sur que tenían la misma denominación.
Las cosas se movían con rapidez en Harpers Ferry. Y en todo el país se iban produciendo sucesivamente acontecimientos más sobresaltadores. Todos los días circulaban noticias sobre el progresivo estrechamiento del bloqueo mantenido por la Armada federal, que sufrían diversos puertos confederados, presagiando la escasez de muchos materiales imprescindibles para la guerra, como no tardó en verse.
Cuando la caída de Fort Sumter, el Sur tenía una población blanca de unos nueve millones de personas, en contraste con los diecinueve del norte. Pero también tenía que mantener, y custodiar, una población esclava de casi cuatro millones de seres. El Sur, en lo tocante a la producción industrial, anduvo radicalmente desde el principio detrás del Norte. El «valor del producto anual» era de 145 millones de dólares, cifra que no admitía la comparación con los casi dos billones del Norte.
En un aspecto, sin embargo, desbancaba el Sur al Norte, también desde el comienzo: los sudistas estaban convencidos de la legalidad de su Causa, hallándose enérgicamente decididos a no someterse a los dictados de los estados leales. La secesión de Carolina del Norte de la Unión, producida el 20 de mayo de 1861, y la decisión del Congreso sudista, en Montgomery (Alabama), de hacer de Richmond (Virginia) la capital de los Estados Confederados de América, marcaron el rápido fortalecimiento de la organización.
Cuando ya eran once los estados separados de la Unión, se esperaba inmediatamente la adición de Virginia, tras el referéndum a celebrar en mayo. Y con una ocasional llamarada de lucha real entre tropas federales y ciudadanos de mentalidad secesionista, en Kentucky y Missouri, un turbulento período se observaba en perspectiva para ambos estados, cuya integración en las filas confederadas no resultaba improbable más tarde.
El referéndum de Virginia, el 23 de mayo de 1861, produjo los resultados esperados; las secciones oriental y central se pronunciaron abrumadoramente en favor de la secesión, en tanto que los condados occidentales prefirieron quedarse dentro de la Unión. Indirectamente, aquella votación afectó a las acciones del mando de Harpers Ferry, ahora desbordante a diario a causa de la llegada de tropas de todas las clases.
La simple acción ideada para apoderarse de un ferrocarril perteneciente al Norte y situado en el territorio secesionista de Virginia, había ido a más constantemente, superando todas las esperanzas de Jackson, su inspirador. Aquello era ya una amenaza: la de una daga en potencia apoyada en el blando bajo vientre de la Unión. El general Johnston, no obstante, parecía ver en aquella situación más una amenaza para él mismo y para su jefatura que para el enemigo.
Luego, el 24 de mayo, el Presidente Lincoln ordenó que fuera dado el paso que al principio había prometido evitar, pero que él no podía aplazar ya por más tiempo si quería que Washington fuese un lugar seguro, temporalmente, al menos. En las primeras horas de la mañana, las tropas federales se movieron para cruzar el río Potomac por sus fuentes, penetrando en territorio de Virginia. Sin encontrar apenas resistencia, ocuparon la ciudad de Alexandria y las Alturas de Arlington, desde donde Washington hubiera podido ser cañoneado por la artillería del Sur.
Virginia había sido invadida y la suerte estaba echada. Por añadidura, en una amplia maniobra para eliminar todo sentimiento sudista en el Norte, los policías de los Estados Unidos se hicieron con copias de todos los mensajes cursados entre las oficinas de telégrafos en el año anterior, con la esperanza de descubrir núcleos que constituyeran tierra abonada para el desarrollo de los impulsos sudistas y proceder a su contención, como hiciera en Baltimore el general Benjamín Butler al ocupar prácticamente la ciudad.
La indignación que provocó en el Sur la invasión yanqui de Virginia no fue nada comparada con la suscitada por el siguiente acontecimiento, dentro del trágico e inexorable progreso del conflicto hacia la lucha a escala total. El coronel Elmore Ellsworth, bien conocido en Washington como jefe de la famosa agrupación de zuavos, del 11.º Regimiento de Nueva York, había capitaneado una sección de aquélla, colocándose al frente de las fuerzas invasoras. Habiendo visto ondear una bandera de la Confederación sobre la entrada de la Marshall House, un hotel de Alexandria, Ellsworth y dos soldados subieron a la planta superior del edificio, con el propósito de destrozar la insignia. Cuando bajaban por la escalera, el dueño del establecimiento, James Jackson, mató a Ellsworth a quemarropa, siendo a su vez inmediatamente abatido por el soldado Francis E. Brownell.
Ahora tenía Virginia la prueba de lo que ella consideraba la perfidia de Lincoln, quien acababa de quebrantar su promesa de no invadir jamás el Sur. La Unión contaba con su primer mártir. Los dos acontecimientos revelaban que en sus discrepancias habían llegado ya lejos el Norte y el Sur. Casi no cabía pensar en la reconciliación.
Cuando el mando unionista de Fort Monroe detuvo a tres esclavos negros, que habían cruzado las líneas federales, como «contrabando», suscitándose así nuevamente la cuestión de la posesión de esclavos —materia en la cual Lincoln también había prometido no intervenir—, fue añadido más fuego a la ya ardiente ira de los propietarios de esclavos y políticos del Sur. Aquel mismo día, también, en Missouri, un antiguo capitán del ejército estadounidense, llamado Ulysses S. Grant, ofreció sus servicios a la Unión…, sin recibir una réplica inmediata a su solicitud.
En vista de la rápida evolución de los acontecimientos sobre el escenario nacional, ya dividido, muchos de los soldados de Harpers Ferry estuvieron ocupados con labores rutinarias de cuartel, limitándose sus jefes a permanecer a la expectativa. En la 1.ª Brigada, las cosas no marcharon así. Impulsado por su vigor habitual, Jackson andaba muy atareado, haciendo de aquélla una unidad disciplinada y preparada para el combate, llegando hasta donde se podía llegar con soldados voluntarios, obrando casi siempre a disgusto de éstos.
Como siempre que se procedía al acuartelamiento de tropas bisoñas en el campamento se desarrolló una serie de epidemias sin consecuencias: aparecieron el sarampión, las paperas, la tos ferina… En un almacén se montó un hospital provisional. Tras su visita ordinaria, David se pasaba el resto del día allí. Algunas mujeres de la ciudad se prestaron a trabajar como enfermeras. Varias acudieron allí desde puntos tan alejados como Martinsburg, impulsadas por el deseo de ayudar a la Causa, aparte del aliciente que suponía la presencia de numerosos jóvenes oficiales solteros.
Una de ellas —Belle Boyd, había dicho llamarse—, tras haber pasado en Martinsburg un fin de semana, abordó a David el lunes, a primera hora. Esto ocurría en el mes de junio.
—Tengo que ver al coronel Jackson enseguida, doctor Prestan. —La mujer parecía hallarse muy excitada—. ¿Quiere usted llevarme hasta él?
—¿Qué ocurre?
—Las tropas federales se disponen a bajar desde Pennsylvania con el fin de entrar en Virginia y apoderarse de nuevo del ferrocarril.
La noticia, de ser cierta, justificaba que Jackson se viera molestado. David llevó a la señorita Boyd inmediatamente a presencia de su jefe, quien escuchó cortésmente las frases explicativas de su visitante, pronunciadas con voz entrecortada.
—¿Puedo preguntarle, señorita Boyd, cómo ha llegado usted a enterarse de eso? —inquirió Jackson.
—Un… un… pretendiente mío es alumno de la Academia de Mercersburg, en Pennsylvania, coronel. —La joven se ruborizó—. Regresaba a su casa el sábado, con motivo de las vacaciones del verano, cuando vio que las tropas federales se estaban concentrando en Williamsport…
Jackson se volvió hacia su ayudante, que había estado sentado junto a él, frente a la mesa de trabajo. Había varios mapas sobre el tablero, pero los ojos del joven Pendleton estaban fijos en Belle Boyd.
—¿Por dónde queda Williamsport, capitán? —inquirió Jackson.
—Está a unos cuarenta kilómetros. —Pendleton estudió apresuradamente el mapa, localizando la población aludida—. Existe una vieja iglesia por las cercanías, en un lugar llamado Falling Waters. Mi padre ha predicado allí varias veces.
Jackson repasó el mapa durante unos momentos. Después, se volvió hacia Belle Boyd.
—Continúe, joven.
—Barney… mi pretendiente… dijo que en Williamsport vio pocos soldados de la Unión. Pero varias personas de la ciudad le informaron que se estaba esperando la llegada de miles de hombres.
—¿Averiguó quién los mandaba?
Belle Boyd arrugó el entrecejo.
—Creo que era el general Patterson, coronel.
Jackson asintió lentamente.
—Conozco al general Patterson.
—Su presencia tan cerca de Harpers Ferry podría significar un ataque, señor —manifestó Sandie Pendleton.
—Muy posible. Muy posible, ciertamente. —Jackson acompañó a su bella informadora hasta la puerta—. Ha procedido usted muy bien, señorita —le dijo, amablemente—. En mi informe a mis superiores aludiré a su colaboración.
Mientras estuvo plantado en el umbral, observando, aparentemente, la graciosa figura de Belle Boyd, bajando por la calle, en dirección al hospital, Jackson se quedó abstraído. Pero al girar en redondo y aproximarse a la mesa, sus maneras eran vivas, decididas.
—Ayer envié al coronel Ashby fuera, en misión de exploración. ¿Ha regresado ya? —preguntó a Sandie Pendleton.
—Todavía no, señor.
Jackson se sentó, estudiando otro de los mapas de la mesa durante largo rato antes de hablar de nuevo. Esta vez se dirigió a David Preston.
—Creo que usted acompañó al comandante Stannard hasta Martinsburg cuando el ferrocarril fue interceptado. ¿Es así?
—Sí, señor.
—Guiándose por la experiencia que adquirió en Europa, ¿podría usted decirme si se presta a intentar una defensa en regla el terreno de los alrededores de la población?
—Si las tropas federales han cruzado el Potomac por debajo de Hagerstown, tal como parece indicar la información de la señorita Boyd, probablemente no podría montarse una defensa contra una gran concentración de fuerzas, señor. En cambio, si se recurriera a la sorpresa…
—Ahí está la respuesta: en la sorpresa… —Jackson se puso en pie de pronto, como un muñeco de resorte. Sus ojos centelleaban—. El general McClellan ostenta el mando al oeste del Ohio, y no es ningún necio; servimos juntos en México y fue ascendido dos veces durante la campaña. Aunque se ha pasado los últimos cinco o seis años dirigiendo el ferrocarril de Illinois Central, McClellan tiene que recordar bastantes cosas sobre táctica y estrategia militares, y se habrá dado cuenta por tanto de la importancia que para la Unión tiene la apertura de la línea B&O hacia el Oeste. Pero hallándose McClellan ocupado, más allá del Ohio, y encontrándose el general McDowell interesado principalmente por la zona nordeste de Virginia, preparándose para una embestida con dirección a Richmond, tenemos una laguna, un espacio en blanco…
—El general Patterson está al mando del distrito de Pennsylvania, señor —puntualizó Sandie Pendleton.
—Patterson es ya un viejo y no esperará ninguna sorpresa. —Jackson cogió el mapa—. Voy a ir a ver al general Johnston enseguida. Acompáñenos, doctor Preston. Descríbame la zona a que aludí antes. Es por si el general precisa una información complementaria.
Ya en el edificio en que se alojaba Johnston, Jackson y sus oficiales tuvieron que esperar durante media hora, casi. Sin embargo, el jefe de la 1.a Brigada no se mostró impaciente ni molesto por el plantón. Aprovechó aquellos minutos para examinar de nuevo el mapa, dedicando algunos también a la reflexión.
Cuando, finalmente, pasaron a presencia de Johnston, vieron que éste se hallaba acompañado del comandante en jefe general y varios oficiales de su estado mayor. Aquél resultaba ser una figura verdaderamente impresionante con su impecable uniforme gris, en cuyo cuello sé veían las insignias de teniente coronel de caballería.
—El coronel Thomas Jackson… El teniente coronel J. E. B. Stuart —dijo Johnston.
—A su disposición, coronel.
Stuart saludó militarmente, estrechando luego la mano de Jackson.
El forro de la guerrera del oficial de caballería era de seda y lucía unas diminutas espuelas doradas en sus botas altas, que habían sido pulidas hasta conseguir que centellearan. En uno de los ojales de las solapas llevaba el soldado una rosa roja. Sus manos aparecían enfundadas en unos guantes de ante.
—El coronel Stuart se acaba de incorporar a esta fuerza procedente del Oeste, con trescientos hombres —explicó Johnston.
—Bienvenido a Harpers Ferry, coronel. —Jackson daba la impresión de hallarse algo aterrado ante el deslumbrante militar—. ¿Puedo preguntarle por qué parte cruzaron ustedes el Ohio?
—Por Ashland, en Kentucky, pero tuvimos que dar un rodeo hacia el sur debido a que una unidad federal se desplazaba sobre Grafton.
—Yo nací no muy lejos de allí —declaró Jackson.
—Pues entonces, indudablemente, se habrá dado cuenta de la importancia que tiene para la Unión.
—Por supuesto. Debido a eso, evidentemente, el general McClellan decidió desplazarse hacia el este.
—Acabamos de recibir noticias indicándonos que las fuerzas federales capturaron Grafton y que se están moviendo hacia esta plaza. —El temblor en la voz de Johnston delató su nerviosismo al añadir—: Me he enterado también de que otra fuerza sube desde Ohio por el río Kanawha, en dirección a Charleston.
—Como Virginia Occidental se ha pronunciado contra la secesión, McClellan, naturalmente, intentará aislar esa sección, a fin de retenerla para los unionistas, probablemente como un nuevo estado —manifestó Jackson, pensativo—. Pero puede ser que esté considerando la idea de lanzar una fuerza hacia el este, a lo largo de la línea B&O, para conquistar el Valle de Shenandoah. Esto supondría un desastre de capital importancia para el Sur.
—Esto es exactamente lo que acabo de comunicar al general Johnston — declaró Stuart, con un gesto de admiración—. Estando los condados occidentales bajo su mando, McClellan dispondrá de más de la mitad del tendido de la vía férrea B&O, aparte del tráfico en barcazas, por una gran sección del río Ohio y en toda la longitud del Kanawha.
—Además de un buen suministro de carbón para las lanchas armadas del Gobierno Federal que operan en el Mississippi —añadió el coronel Bamard Bee, sentado junto a Johnston, dada su condición de ayudante para el Ejército del Shenandoah.
—Todo lo cual quiere decir que este mando ha de pasar a la acción de una forma u otra rápidamente —concluyó Stuart, puntualizando.
Johnston, pese a su puesto de comandante en jefe, había sido prácticamente ignorado durante la conversación, muy rápida, de los otros oficiales, y David Preston comprendió ahora que comparado con hombres como Jackson, Stuart e incluso Bee, el comandante de Harpers Ferry era tan menudo en lo que a habilidades militares se refería como de figura.
—Sí, pero ¿qué acción podríamos emprender? ¿Cuál? —inquirió Johnston, frenéticamente.
—Yo creo tener la respuesta a esas preguntas, general —contestó Jackson, serenamente—. El peligro ya no proviene, simplemente, del oeste; proviene también del norte.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Johnston, irritado.
Con las palabras justas, sin andarse con rodeos, Jackson explicó al grupo lo que Belle Boyd le había contado.
—¿Está usted seguro de que podemos confiar en esa mujer? —quiso saber ahora Johnston.
—No —replicó Jackson—. Ahora bien, desde el punto de vista militar resulta lógico el movimiento de McClellan desde el oeste combinado con el de Patterson desde el norte. Ayer me tomé la libertad de enviar al coronel Ashby a Martinsburg, al frente de una pequeña fuerza de caballería, con objeto de estudiar la situación allá. Estará de regreso, quizá, esta tarde, y entonces sabremos si la información de la señorita Boyd es correcta.
—Entretanto, telegrafiaré al general Lee, en Richmond, solicitando autorización para retirarnos de Harpers Ferry y pasar a Winchester —declaró Johnston.
—¿Retiramos? —La pregunta de Jackson fue como un trallazo—. De eso no hay ni que hablar, señor.
—La falta de municiones me obliga a ser precavido —confesó Johnston.
—Yo le garantizo a usted que dispondremos de tiempo para retirarnos si es preciso, general. Hemos de intentar oponer resistencia, sin embargo — insistió Jackson—. La caída de Harpers Ferry supondría la cesión de toda Virginia al enemigo.
—Y no digamos nada de lo que vale, en cuanto a la moral, atacar antes de vemos obligados a retroceder. —El tono de Stuart era, asimismo, apremiante —. Nosotros no podemos vencer oponiendo a una fuerza otra; los recursos del Norte en cuanto a hombres y la producción de sus fábricas supera a todo lo que nosotros tenemos. Esto quiere decir que nuestra única esperanza radica en la consecución de una victoria rápida, cosa factible, porque nuestro esprit de corps es superior al de ellos y, además, nosotros podemos permitirnos ser más osados.
—Procederé de acuerdo con el consejo del general Lee y lo que nuestra caballería descubra, coronel Jackson —repuso Johnston, fríamente—. Buenos días, caballeros.
Fuera del despacho, Stuart se unió a Jackson y su grupo, en el que figuraba David Preston.
—Ha sido una buena cosa esto de que usted llegara a Harpas Ferry antes que nuestro tímido Joe, coronel Jackson —manifestó el deslumbrante oficial de caballería—. De no haber sido así, los trenes de la línea B&O todavía estarían transportando carbón a Norfolk, para que en ningún momento faltara carbón en las bodegas de los buques federales, para que también estuvieran abastecidas de él las fuerzas que se encuentran en Fort Monroe y en Newport News. Menos mal que Beauregard es quién ostentará el mando del ejército del Norte de Virginia.
Jackson se mostró sobresaltado.
—¿Eso es ya oficial?
—Es lo que oí decir en Kentucky.
Seis años mayor que Jackson, Pierre Gustave Toutant Beauregard había pasado por West Point cuatro años antes que él. Herido dos veces durante la guerra de México, y ascendido a comandante, Beauregard había sido nombrado superintendente de West Point en 1861, pero dimitió de su cargo al producirse la secesión de Louisiana. Había ostentado el mando en Charleston (Carolina del Sur), durante los días, saturados de tensión, en que Fort Sumter estuvo bajo asedio, y había dirigido el ataque final que condujo a la entrega del fuerte por su guarnición federal.
—Beauregard y usted son los dos únicos héroes [5] bona fide que esta guerra ha producido hasta ahora, coronel Jackson —dijo Stuart—. Es posible que trabajando juntos podamos crear todavía algo que sirva para mantener entretenidos en esta región a nuestros amigos del Norte. ¿Me da usted permiso para salir en busca de su hombre, Ashby, y ver qué es lo que ha descubierto?
—Usted no se encuentra a mis órdenes, coronel Stuart,
—Rezo a Dios para que pueda usted disponer de mí cuanto antes. Ahora bien, como el general Johnston no ha decidido todavía cuál ha de ser mi destino y el de mis hombres, de momento pienso actuar de acuerdo con mi personal iniciativa.
Stuart había pronunciado las anteriores palabras mientras cogía las riendas de su caballo, hasta aquel instante atado a un poste, frente al alojamiento del comandante en jefe. Montó en aquél, con un movimiento lleno de gracia (que no tenía nada que ver, desde luego, con los torpes hábitos de Jackson al encaramarse a una montura), y saludó con la mano derecha perfectamente enguantada.
—Mis hombres han acampado por las inmediaciones, así que por ahora estaremos separados.
—Sea prudente, coronel —le dijo Jackson—. Tengo la impresión de que usted y yo hemos de vivir juntos algunas aventuras antes de que la guerra llegue a su fin.
Los hombres de Stuart estaban acampados al pie de la colina. Algunos andaban ocupados aseando a sus monturas, cubiertas de polvo. Los que tal hacían habían elegido un lugar despejado. Otros se habían sentado alrededor de un fuego, sobre el cual se veían unas cuantas cafeteras. Un soldado entretenía a sus compañeros tocando un banjo.
—Ése es Joe Sweeny, mi payaso particular —explicó Stuart, y oír viendo la cabeza y alzando la voz al echar a andar calle abajo—. Cuando mis hombres no combaten, Sweeny se encarga de entretenerlos con el café y el banjo, gracias a lo cual no tienen ocasión de meterse en líos por ahí.
La voz de Sweeny, una voz ronca a fuerza de whisky, seguramente, llegó hasta los oídos de ellos desde el cercano campamento. Cantaba la melodía que en unos cuantos meses sería el tema musical favorito de los confederados:
The years creep slowly by, Lorena,
The snow is on the grass again
The sun's low down the sky, Lorena,
The frost gleams where the flowers have been [6]
Cuando las quejumbrosas palabras murieron en el aire de la noche, el juglar del banjo hizo sonar una vibrante nota. Y al empezar a cantar de nuevo, las voces de los hombres que tenía a su alrededor corearon sus frases con evidente complacencia:
Just before the battle, Mother,
I was drinking mountain dew.
When I saw the Yanks a’mar chin’
To the rear I quickly flew[7].
—Ese estribillo parece ser el de Johnston —comentó Sandie Pendleton, riendo.
Sorprendido, David observó que Jackson exteriorizaba una risita.
—Es posible que podamos introducir algunas variaciones en esa cancioncilla —dijo. Y a continuación, añadió, en un tono más grave—. Con suerte y si tal es la voluntad de Dios.