La brigada Stonewall
Capítulo VIII
MIENTRAS se hacían los preparativos de la marcha, David escaló la South Mountain, situándose aproximadamente en el sitio desde el cual había sido testigo de la carnicería que los gallardos hombres de la división de Pickett habían sufrido de manera totalmente infructuosa en una época que parecía ahora hallarse sepultada en lo más profunde del tiempo. Los cuerpos muertos de los caídos, la mayoría de los cuales no habían sido aún sepultados, yacían por todas partes formando un dibujo caprichoso del cual parecía emanar una especie de paz.
David cargaba con el cuerpo de Jed Burnet con objeto de enterrarlo allí, en el campo que se diría era el natural cementerio para aquellos bravos hombres que habían cargado de frente en un movimiento desesperado. Ya se ocuparía más tarde de que llevasen su cuerpo a su tierra natal. Por ahora, yacería junto a otros virginianos.
La visión de bandadas de cuervos que daban lentas vueltas sobre el campo dio nuevos ánimos a David mientras depositaba en el suelo el cuerpo inerte de Jed Burnet, que estaba envuelto en una sábana vieja del hospital. Eligió un lugar bajo un alto pino y comenzó a cavar la tumba, que venía de ese modo a quedar frente al campo de batalla. La satisfacción de encontrar un sitio en el cual un hombre de la Brigada Stonewall estaría contento de descansar junto a sus compatriotas de Virginia, le borró momentáneamente el agotamiento que sentía, tras tantas jornadas de intenso y febril trabajo en el hospital de campaña. Tampoco sentía cansancio por haber llegado hasta allí cargando el cuerpo de Jed. Pero cuando iba a detenerse para depositar al hombre en el suelo y coger la pala que llevaba consigo, una especie de vértigo se apoderó de él, consecuencia de la suma de trabajos que había cumplido ininterrumpidamente durante cuarenta y ocho horas seguidas.
Poco después, al cavar la tumba, su cuerpo empezó a bambolearse. No pudo oír el sonido de cascos de caballo que se aproximaban a él, ni el que hacía un hombre al desmontar. De pronto, sin embargo, tuvo conciencia de que alguien estaba a su lado. Levantando la vista pudo ver que se trataba de un soldado de aspecto rechoncho que llevaba uniforme de la Unión. Se trataba aparentemente de un comandante de caballería y tenía una pistola en la mano. Detrás de él se hallaban dos hombres más: un sargento y un soldado, montados ambos en sendos caballos.
—¡Eh, tú! —gritó el oficial—. ¿Qué demonios estás haciendo ahí?
—Enterrando a un amigo.
—¡Déjalo ahí! Los cuervos que por allí pueden verse ya te encargarán de él.
David continuó con su trabajo, sin prestar atención a los hombres ni al ruido de los gatillos que pudo percibir con toda claridad.
—¿Me oyes, rebelde? —gritó el oficial con voz áspera—. Si no dejas caer esa pala de inmediato te pondré una bala en la cabeza.
David se recostó en la pala y miró la cara roja del oficial.
—He servido a las órdenes del general Meade cuando era capitán del ejército de los Estados Unidos. Me hallaba en el Cuerpo Médico del Ejército, comandante —dijo con voz tranquila—. No creo que él apruebe su decisión de matar a un médico que se halla desarmado.
—¿Es su hospital lo que hemos visto al pasar junto al arroyo, comandante? —dijo el sargento.
—Era el l.er Hospital de Campaña del Segundo Cuerpo del Ejército de Virginia del Norte.
—¿Y qué diferencia hay entre un comandante que pelea y otro que cura? —dijo el comandante de caballería.
Pero su voz había perdido su insolencia.
—El Segundo Cuerpo era el del general Stonewall Jackson, señor; el mismo que había ordenado que se prestase a los heridos enemigos el mismo cuidado que a los propios.
—Si hubiesen ustedes mirado mi hospital, se habrían encontrado con hombres del Norte.
David tomó otra vez la pala e intentó seguir cavando, pero todo su cuerpo vaciló. El sargento desmontó con gran rapidez y se acercó a él.
—Siéntese usted allí bajo el árbol, y repose, comandante —dijo cogiendo la pala Parece usted necesitar un buen descanso.
David dejó caer la herramienta, consciente de que si intentaba seguir un momento más, caería en la tumba que aún no había concluido de cavar.
—¿Por qué no dijo usted enseguida que era médico militar? —dijo el oficial de la Unión con voz mucho más cortés—. ¿A quién está enterrando?
—Al soldado Jed Burnet, de la Brigada Stonewall.
—¿Un simple soldado? —dijo el comandante como si le costara creerlo.
—Provenimos del mismo condado en el sudoeste de Virginia —explicó David con cansancio.
Desmontando, el mayor de caballería de la Unión se encaminó al lugar donde se hallaba David, con la cabeza inclinada sobre el tronco del árbol y, extrayendo una botella pequeña del bolsillo situado en su cintura, se la extendió a David.
—Tómese un trago de esto. Creo que lo está necesitando —dijo.
—Discúlpeme por haber sido descortés con usted hace un rato, comandante; pero sucede que la caballería de Jeb Stuart enfrentó a mi escuadrón con fuego cruzado a unas tres millas al este ayer y en la refriega perdí la mitad de mis hombres.
—Supongo que todos hemos salido perdiendo, comandante —dijo David aceptando la botella de whisky, el cual era por cierto mucho mejor que el que los sureños podían adquirir para fines medicinales.
Entretanto el otro soldado había desmontado también y se había puesto a cavar para terminar la tumba que David había iniciado. Cuando terminó, levantó el cadáver de Jed Burnet y lo depositó en ella.
—¿Podría usted concederme un favor, comandante? —dijo David—. Le prometí a ese hombre que, una vez sepultado, se haría una descarga por él.
El sargento de la Unión no esperó a que el oficial accediera.
—Vemos que eran ustedes muy amigos, comandante. ¿No querría usted decir algunas palabras y arrojar a la tumba la primera palada de tierra?
—Una descarga bastará. Jed estaría muy orgulloso.
En silencio, el sargento tomó su pistola y la alcanzó a David para que hiciera el primer disparo. David se incorporó y, deteniéndose ante la tumba, empuñó firmemente el arma y, dirigiéndola al aire, disparó. Luego de devolver el arma a su dueño cogió la pala y echó la primera tierra sobre el cuerpo inerte de Burnet.
—¿No quisiera usted poner sobre la tumba alguna marca o señal que permitiera saber dónde fue enterrado para trasladarlo más adelante a su pueblo? —preguntó el oficial de la Unión mientras los otros dos hombres rellenaban la cavidad.
—Sí.
Miró mientras los dos hombres terminaban su faena y la coronaban colocando una cruz hecha con dos ramas cortadas sobre la sepultura. Puso luego la marca.
—Les agradezco mucho esto, en nombre mío y en el de Jed. Y ahora, comandante, comprendo que soy su prisione…
—No, David.
Era la voz de Lachlan Murrell. David se volvió rápidamente viendo a su amigo que salía de entre los árboles que bordeaban la tumba, con una pistola amartillada en la mano. Al mismo tiempo, cuatro hombres vestidos con el uniforme gris de la Confederación pertenecientes al grupo de caballería de John Imboden entraron igualmente en escena.
—Debemos marchamos, David —dijo Lachlan.
—¿Qué diablos…? —El mayor de la Unión hizo un movimiento, pero Lachlan le apuntó rápidamente con su pistola y la objeción se interrumpió.
—Si ustedes, caballeros, quieren dejar caer sus armas al suelo, no habrá víctimas —dijo Lachlan—. Tendremos que llevamos los caballos. Lo siento. El doctor Preston necesita uno y nosotros mismos estamos escasos de ellos.
Hizo un gesto a uno de los hombres de la Confederación que le habían acompañado.
—Recoja las armas, cabo, y apodérese de los caballos. El doctor Preston cabalgará en el del comandante.
—¿Cómo demonios…? —empezó a decir David, que apenas había recuperado el habla.
—Explicaciones más tarde, David —dijo interrumpiéndole—. Todo ese camino que ves hierve de yanquis.
—¿Qué hará con nosotros? —preguntó el oficial de la Unión.
Yo sólo he venido en busca del doctor Preston —le aseguró Lachlan—. Pueden ustedes marcharse en cuanto nosotros nos hallemos fuera de alcance.
David montó en el caballo del comandante federal y el grupo confederado se alejó de inmediato. David iba a decir algo, pero Lachlan le hizo signo de callar y movió la cabeza. David comprendió que, con el enemigo presente por todas partes, era mejor permanecer en silencio. Sólo cuando, media hora más tarde, tras haber hecho una larga vuelta, alcanzaron el camino de portazgo de Hagerstown rompió el prolongado silencio.
—¿De seguro que pensabas que iba a permitir que te tomasen prisionero, verdad?
—Pero…
—Tan sólo porque hiciste una promesa que no debiste hacer a un hombre que cierta vez te robó el caballo, el Sur no puede perder a su mejor médico. Yo estaba llevando a cabo algunas escaramuzas por esta zona para ver si los yanquis trataban de bloquear los pasos que llevan al valle Cumberland. He visto a John Imboden hace sólo una hora. Cuando me dijo que tú te habías quedado atrás, tomé un grupo de voluntarios y me puse a buscarte.
—Prácticamente todos se ofrecieron a acompañar al comandante Murrell, doctor Preston —dijo uno de los hombres que acompañaban a Lachlan—. De modo que el mayor escogió a cuatro de nosotros que habíamos sido alguna vez heridos y curados por usted.
—Gracias a todos —dijo David con gratitud—. ¿Cómo se desarrolla el repliegue?
—O Meade teme que el general Lee tenía algún recurso en la manga o los yanquis salieron de esta batalla con pérdidas muy superiores de lo que pensábamos —dijo Lachlan—. Hasta ahora puede decirse que no ha habido persecución de parte de ellos.
La noche encontró a David reunido con Hal Perkins y el resto del personal del hospital de campaña sobre el camino de Fairfield, al sudoeste de Gettysburg. Integraban una caravana de diecisiete millas de largo, vigilada por la caballería de Imboden. El reencuentro fue muy alegre, pero oscurecido por la idea general de que aún faltaba mucho camino en aquella operación de repliegue hasta Virginia y la amargura de saber que el más profundo avance hecho por tropas del Sur dentro de territorio federal había resultado un fracaso.
Para agravar las cosas, la lluvia, ese viejo enemigo, comenzó a azotar a la larga caravana cuando escalaba su ruta hacia el sur. Pero con su acostumbrada tenacidad, tropas y carros prosiguieron su repliegue. El 6 de julio, la caravana (y con ella el hospital) llegó a Williamsport, sobre el Potomac, para encontrarse con que el río se hallaba desbordado. Y por si eso no bastara, los derrotados encontraron un ejemplar del New York Times perteneciente al 5 de julio con un título impreso en grandes caracteres que decía:
GRANT TOMA VICKSBURG.
SE RINDEN VEINTINUEVE MIL REBELDES.