La brigada Stonewall
Capítulo V
EN el campamento instalado cerca de Martinsburg, David cuidaba los heridos en Antietam y tomaba medidas para transportar a quienes podían serlo hasta los hospitales situados más allá del valle, cerca de Staunton, o bien hasta Richmond. En compañía de Kyd Douglas y de Lachlan Murrell (quién llevaba ahora el sombrero emplumado propio de los oficiales de Jeb Stuart) estaba sentado cierta noche ante un ponche de ron caliente que le había preparado Hal Perkins según una prestigiosa receta de su madre. Se hablaba de la reciente batalla y de sus posibles efectos sobre el futuro de la guerra.
Tres días más tarde de la retirada del ejército confederado a través del Potomac, el presidente Lincoln había emitido una primera Proclamación de la Emancipación de todos los Esclavos pertenecientes a los rebeldes. La medida se haría efectiva el día primero de enero de 1863. Dos días después, Lincoln volvió a golpear políticamente al suspender la vigencia del habeos corpus para todas las personas arrestadas por motivos militares.
—El Norte ha perdido realmente la batalla de Antietam —sostenía Douglas—. Si McClellan ha sido incapaz de destruir un ejército que no contaba con más de un tercio de sus propios efectivos (los cuales se hallaban por cierto en condiciones muy superiores, además) está terminado. Porque no era tan sólo eso: McClellan conocía de antemano la estrategia exacta que se disponía a seguir Lee.
—El Norte saldrá ganando si McClellan resulta terminado —dijo Lachlan levantando su vaso e inhalando la fragancia de su ponche. Tomó un largo trago y depositó el recipiente sobre la mesa—. Supongo que ya sabes que Hal Perkins es una mosca blanca en esto de preparar ponches, David. Ni en Nueva Orleáns es posible beberse algo tan bueno.
—Pues puedes decir que nunca has comido bien hasta el día en que hayas probado la trucha recién pescada envuelta en maíz y frita con tocino.
—¿Se trata de un plato propio de Virginia? Nunca había oído hablar de él.
—Es una especialidad sureña que puede competir con las mejores de Maryland y aún con la bouillabaisse de Nueva Orleáns.
—¿Dónde cree usted que se librará la próxima batalla, comandante Murrell? —preguntó Douglas.
—En las afueras de Richmond.
—¿En la ruta de la Península?
—Sólo hay una manera lógica de atacar Richmond: a través de Fredericksburg, directamente contra la ciudad.
—Eso ya se probó en Manassas… dos veces —le recordó David.
—El primer ataque en Manassas fue prematuro. La guerra no había hecho más que comenzar —dijo Lachlan—. Las tropas federales no estaban bien entrenadas y todo el mundo miraba la guerra como algo que apenas duraría tres meses.
—Sí: un pequeño rapapolvo para el hermanito menor que no se porta bien —asintió David Pero a esta altura ya saben que no resulta tan sencillo.
—Lo interesante —dijo Douglas— es que el Norte ha visto a una larga serie de sus mejores generales lanzarse contra el Sur y retirarse desprestigiados. McDowell, Pope y ahora McClellan… De seguir a ese ritmo, Lincoln se encontrará con que ya no le quedan generales.
—Creo que olvida usted a uno: el general Ulysses S. Grant —dijo Lachlan.
—Grant ha estado tratando de tomar Vicksburg durante alrededor de un año y, sin embargo, no parece poder conseguir lo que pretende —dijo Douglas.
—Y vuelve a insistir cada vez. En cuanto lo derrotan, se sacude de encima el polvo que le hicieron morder y resuelve volver al ataque. Sabe que cuando tome Vicksburg, todo el Mississippi y sus afluentes se encontrarán en manos del ejército de la Unión. Entonces habrá un indiscutido nombramiento para Grant: lo enviarán aquí, a Virginia. En ese caso impondrá su táctica favorita, que es la de pisar el terreno con la cautela y ciencia de una cabra para después atropellar ciegamente, como un bull dog. De todos modos, no cejará… hasta que tome Richmond.
—Pero la Confederación también continuará luchando —insistió Douglas, sin esperanzas —dijo el oficial cherokee—. He visto más acción en un día en Antietam que en casi un año y medio con las tropas de Stand Watle allá en el sur. Téngalo por seguro: la guerra se está librando aquí y aquí, en Virginia y Maryland, se decidirá.
—Espero que así sea, porque de ese modo podré asistir a ella desde la primera fila de butacas —dijo Douglas.
—Será una pieza con Thomas Jonathan Jackson como estrella, de modo que puede usted estar seguro que la representación será interesante —agregó David.
—Bien, será mejor que me vuelva al cuartel general —dijo Douglas poniéndose de pie y sacudiéndose algunas espinas de pino de su uniforme—. Cuando el general Jackson necesita a uno de sus ayudantes no quiere esperar.
—Yo he prometido a algunos de los oficiales tomar parte en una partida de naipes que se prepara —dijo Lachlan—. ¿Vienes, David?
—Tal vez más tarde. Me ha dicho Hal Perkins que se han declarado algunos casos de viruela. Será mejor que los observe, no sea que se contagie a todos los demás.
—Tal vez cabalgue hasta territorio enemigo un poco más tarde — manifestó Lachlan con indiferencia—. Si quieres enviar una carta a Araminta, escríbela y ponle la dirección. La echaré en un buzón yanqui en algún punto del Norte.
—Le escribiré en cuanto eche un vistazo a esos nuevos enfermos —dijo David con expresión alegre—. No ganes demasiado a las cartas. Buena suerte.
—La necesitaré —afirmó Lachlan—. Desde que Farragut tomó Nueva Orleáns puedo ganar más dinero con las cartas que el que ganaba embarcando allí algodón que debía pasar por los riesgos del bloqueo.
En el campamento del 33 de Virginia no le costó gran trabajo a David hallar los enfermos que buscaba. Todos ellos habían sido reunidos en una sola tienda por el médico del regimiento, en un intento de evitar que la enfermedad se contagiara al resto de las tropas. Sólo necesitó David de una ojeada para advertir las llagas virulentas rodeadas por halos de piel oscurecida en la cara de los internados. Enseguida comprendió que, contra lo esperado, aquello era algo más que una simple aparición de viruelas benignas.
La viruela había invadido el campamento.
Dejando atrás la zona del 33, David fue inmediatamente en busca del comandante Hunter McGuire; pero el director médico no se hallaba allí sino en Richmond, donde debía acudir a una conferencia de médicos de división en las oficinas del jefe de las clínicas militares. Cuando daba cuenta a Sandie Pendleton de la aparición de u temible enfermedad, pasó cerca de ellos el general Jackson, quien retomaba de una visita al campamento del general Richard Ewell, donde un conocido predicador había hecho un sermón tan inflamado que había dado lugar a un gran renacer del espíritu religioso entre los hombres.
—No creo haberle visto a usted en el sermón, comandante Preston —dijo Jackson—. Es algo especialmente glorioso ser ministro del Evangelio del Príncipe de la Paz. Ningún cargo mundano puede igualarlo.
—He estado ocupado, señor. —David prefirió comenzar por verdades a medias—, tratando algunos casos de viruelas.
—No querrá usted decir viruelas graves, ¿verdad? Hemos tenido la buena suerte de recibir un número considerable de reclutas últimamente; de acuerdo con la última orden del día se trata de un contingente de diez mil, llegados después de la batalla de Antietam. Las enfermedades contagiosas siempre hacen estragos entre los soldados jóvenes.
—Tenemos ciertamente muchos casos de viruela absolutamente comprobados, señor. Yo mismo acabo de hacer una comprobación en varios pacientes.
—El asunto es serio, comandante.
—He pedido al capitán Preston que publique una orden sanitaria mañana por la mañana por la cual se obliga a todos los jóvenes reclutas hacerse examinar de inmediato por los médicos de cada regimiento. Si la suerte nos acompaña podríamos contener la epidemia antes de que sea demasiado tarde, a condición de que aquellos hombres que no se han vacunado en los últimos tres años se vacunen inmediatamente, señor.
—Dudo que haya suficiente número de vacunas para tal cantidad de personas —dijo Pendleton—. El mayor McGuire me pidió el otro día que encargara cierta cantidad.
—Pues cada recluta ha de ser vacunado enseguida —aseguró David—. En general, pocos de ellos se la aplican antes de alistarse.
—Telefonearé a Richmond para que se nos envíe tantas vacunas como humanamente sea posible por medio del comandante McGuire —prometió Pendleton.
Jackson se encaminó hacia su tienda y, una vez dentro, dejó caer la tela que cubría la entrada, pero, como una vela ardía sobre una mesa pequeña de campaña, su silueta podía verse delineada sobre la lona cuando se dejaba caer de rodillas para orar. Cuando David dejó a Sandie Pendleton, casi una hora más tarde, la silueta aún seguía en la misma posición, muy erguida y con la cabeza vuelta hacia el cielo, como si Jackson estuviera en completa comunicación con su Hacedor.
El examen de la mañana siguiente mostró cinco nuevos casos de erupciones que parecían ser debidas a la viruela. Se examinó la totalidad de los reclutas. Los cinco enfermos fueron juntados con los ya declaradamente enfermos y enviados a otra zona, bastante alejada del campamento principal. Allí, todos fueron atendidos por Hal Perkins y los enfermeros de la Primera Brigada del Hospital de Campaña, todos los cuales habían sido vacunados desde tiempo atrás, con buenos resultados, contra la terrible enfermedad.
En los suministros médicos disponibles sólo había una cincuentena de vacunas. David se dispuso a administrarlas cuanto antes a los jóvenes reclutas, aunque muy pronto ya no quedó ninguna. Sólo se dejaron unas cuantas como reserva. Pero al caer la noche media docena de pacientes más habían sido detectados, mostrando los síntomas clásicos: fiebre, dolor en los huesos, fuerte jaqueca y la toxicidad general que anuncia la aparición de la viruela. Y cuando el comandante McGuire volvió, a los dos días, con la escasa provisión de vacunas que te había sido posible conseguir en Richmond, la epidemia estaba ya en pleno desarrollo, con cincuenta casos declarados.
—El número de nuevas vacunas apenas alcanzará para inmunizar a los hombres que han debido ser asignados extraordinariamente para cuidar a los enfermos —dijo David en tono airado, cuando McGuire abrió delante suyo el paquete que había traído de Richmond.
—El hospital variólico de Richmond está registrando una entrada diaria de cien casos —dijo el médico jefe—. Si fuera posible, yo diría que la situación de ellos es peor que la nuestra.
—¿Y supongo que Jefferson Davis no está dispuesto a dejar salir vacunas de Richmond hasta estar seguro de que la ciudad esté a salvo?
—Así es.
Hal Perkins había estado escuchando hasta entonces. De pronto se dispuso a hablar.
—¿No podía probarse la inmunización con las costras de los enfermos que han sido vacunados, señor?
—Se podría, Hal —repuso David—, pero recuerdo una epidemia que se declaró hace dos años en un puesto del ejército en las afueras de Washington cuando hicimos precisamente eso. Es verdad que los vacunamos contra la viruela; pero sembramos la sífilis que a menudo padecían los donantes de costras. Aquí, con la «zona pecadora» tan cerca y la prostitución en pleno auge, hay ya bastante sífilis como para infectar ampliamente a todo el ejército.
—Recuerdo haber leído un artículo sobre la transmisión de la sífilis por vacunación, el año pasado —dijo McGuire—. En algún punto de Georgia, trescientos casos de algo que parecía ser sífilis fueron atribuidos a las costras de un soldado vacunado, a quien la sífilis le había sido a su vez transmitida por una mujer que poseía un prostíbulo en Augusta. Sin embargo, puesto que el gobierno, de Richmond no puede suministramos las vacunas que necesitamos, David, ¿qué podemos hacer?
—Lo mejor sería vacunar a cierto número de niños pequeños y tomar las costras de ellos para luego usarlas como vacunas sobre nuestros soldados — dijo David.
McGuire movió la cabeza.
—Ésa no es una solución práctica. La gente aún teme en gran parto a la vacunación. ¿Cómo podríamos obtener bastantes niños para probar el sistema?
—Algunos niños negros nacidos de madres esclavas han sido empleados para eso, contra la voluntad de sus padres —dijo David—. Nadie resultará perjudicado (ciertamente los niños no correrán peligro alguno). Pero imagínate lo que Horace Greeley diría en el Tribune si lo hiciésemos.
—Entretanto los soldados se irán muriendo —respondió McGuire—. ¿Cuántos soldados piensas que podrías vacunar con la costra de un solo niño?
—Tú acabas de decir que, según la revista que has leído, trescientos hombres resultaron infectados con la costra de uno solo. Contando con los niños, no tendríamos de qué preocupamos.
—Pero si usamos niños y luego enferman por culpa de la vacuna misma, se nos podría acusar de estar realizando experimentos con seres humanos — dijo McGuire.
Hal Perkins habló otra vez.
—Mi familia vive no lejos de aquí, en Strasburg, es decir, al sudeste de nuestra posición, comandante Preston, y mi hermana tiene tres hijos pequeños.
—¿Crees que aceptaría que los vacunásemos con las vacunas que hemos guardado en reserva para los hombres que nos ayudan de manera extraordinaria en el hospital? —preguntó David.
—Su marido está preso en Johnston’s Island, cerca del lago Erie, señor. Por cuanto uno oye sobre el trato que allí reciben los prisioneros, pienso que mi hermana hará cuanto sea, con tal de apresurar de algún modo el final de la guerra. Y, como acaba usted de decir al referirse a la vacunación de los niños negros, vacunarlos es en realidad hacerles un marcado favor.
—Toma mi caballo y corre esta noche a Strasburg con algunas vacunas, Hal —dijo David—. Si tu hermana lo permite, vacuna a sus hijos. Pero, por favor, asegúrate de que ella comprende exactamente lo que nos proponemos hacer.
Aquella noche, después que Hal Perkins había dejado atrás el campamento en su carrera hasta Strasburg, David se sentó ante la mesa de su tienda para escribir la carta a Araminta. Lachlan le había asegurado que la franquearía en algún punto del Norte, más atrás de las líneas de la Unión durante alguna de las expediciones que las fuerzas de Jeb Stuart hacían dentro del territorio enemigo. Y como Lachlan le había dado la dirección de John Ross en Philadelphia, la posibilidad de hacerle llegar la carta parecía inmejorable. Esto fue lo que escribió:
8 de octubre de 1862
Cuartel General del Valle
Ejército del norte de Virginia, cerca de Winchester
Mi muy querida Araminta:
Lachlan me ha dicho que te ha escrito recientemente, franqueando la
carta en el curso de una expedición llevada a cabo por un grupo del ejército de Jeb Stuart dentro de Maryland, de modo que aprovecho la oportunidad para que vuelva a hacer lo mismo y así esta carta te llegará del mismo modo. Lachlan parece pasársela muy bien por aquí y según creo ha tenido buena suerte con las cartas. Se juega mucho aquí, pero todos toman precauciones para que el coronel Jackson no los vea cuando hace alguna gira de inspección por el campamento. El general asiste a los servicios religiosos casi cada noche y se sienta —como ya he tenido oportunidad de verlo otras veces en la capilla del Instituto— muy tieso pero profundamente dormido. En realidad he llegado a verlo dormido de pie durante cinco o diez minutos en medio de una batalla y despertar justamente para emitir alguna orden sobre una de sus típicas maniobras que le han hecho ganar tantos triunfos.
Espero que tú y los Ross os encontréis bien en Philadelphia y que las
autoridades federales os traten a todos con la consideración que merecéis. Si tienes dificultades para obtener digitalina para el jefe Ross trata de ponerte en contacto con el doctor Jesse Bayard, que tiene su consultorio en Philadelphia He oído decir que se ha desempeñado con éxito en el ejército Él y yo fuimos compañeros de clase en el Jefferson Medical College. Ahora él está encargado de los hospitales militares en la zona de Philadelphia. Jesse me debe el favor de haber arreglado las cosas para que pudiese ser cambiado por otros prisioneros tras la primera batalla de Manassas, cuando lo capturamos a él y también al hospital que he venido usando desde entonces.
Todo es encantador aquí en el valle. Las hojas han ido variando
lentamente de color y las laderas montañosas son una cascada de tonos dispersos. Algunas hojas se han tomado rojas como la sangre y otras también, aunque no tanto. ¿Sabías que el clima y la vegetación varían de tal modo que seiscientas millas hacia el norte equivalen a cien pies de elevación? El capitán Jed Hotchkiss, que es el experto cartógrafo del general Jackson así me lo ha dicho y no veo razón para ponerlo en duda.
El campamento que tenemos en Winchester está a unas doscientas
millas de Philadelphia. Hoy es miércoles. Si el domingo tengo tiempo libre cabalgaré hacia el este y treparé hasta un tercio de altura en algún punto del Blue Ridge. La elevación máxima es de unos mil doscientos pies, de modo que estaré casi al mismo nivel de clima que tú en Philadelphia. Podré así permitirme el lujo de, al menos, soñar que estamos juntos y que esta terrible guerra ha terminado.
Es casi medianoche y Lachlan dice que debe tener en su poder esta
carta de madrugada, pues sé que se va con Jeb Stuart para llevar a cabo otra de sus relampagueantes expediciones detrás de las líneas enemigas. Me dice que se ha puesto de acuerdo con cierta mujer al norte del Potomac (imagino que se trata de un antiguo amor suyo) para hacer de correo de ida y de vuelta, así que, a pesar de los pesares, espero tener algún día noticias tuyas. Hasta entonces, buenas noches, mi querida, y permanece segura del amor mío que va hacia ti con esta carta.
Tu
DAVID