La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 76 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo IX

 

EL hondo tronar de la artillería de ambos bandos a poco de señalar los relojes las diez, marcó el principio de la Batalla de New Market; y poco después de las once las aguerridas avanzadas de la infantería confederada se dirigieron a la ciudad cruzando la colina y empujando el frente de los federales hacia atrás, contra el grueso del ejército de su enemigo que ocupaba unas alturas entre North Fork y Swift’s Creek.

El general Breckinridge había separado a su pequeño ejército en dos líneas y presionó hacia adelante, temprano por la tarde, manteniendo a los cadetes en segunda línea, tal como lo había prometido. Mientras se encaminaban hacia abajo por la ladera de Shirley’s Hill, hacia la ciudad de New Market misma, David siguió a los soldados, con la esperanza de servir de ayuda en caso de que ocurriera de inmediato algún caso que necesitara de su presencia. Pero no se produjeron de momento bajas. Para eso sería preciso que los confederados entraran en el ámbito de alcance de la artillería del general Siegel. Entonces, las descargas comenzaron a caer sobre los jóvenes soldados.

Cuatro cadetes y un oficial fueron alcanzados inmediatamente. Uno de aquéllos, llamado Merritt, sufrió una dolorosa herida que requirió toda la experiencia y los conocimientos de David. Los otros tres solamente resultaron heridos sin graves consecuencias previsibles. Tras vendarlos, los envió a la retaguardia. Un oficial de la Compañía «C» resultó gravemente alanzado por un proyectil y David lo envió de inmediato al hospital de campaña que, según se le había informado, se había erigido a una milla o algo más, en la retaguardia.

Mientras los confederados continuaban en su ataque, la batalla ganaba en ardor. Las piezas de artillería de la Unión fueron replegadas por el general Siegel hasta una nueva —y más poderosa— posición. Sin embargo, ya por entonces los cadetes estaban cerca de la línea, en una de las peores zonas de la refriega.

La condición de los dos arroyos (ambos lamentablemente demasiado crecidos por la lluvia para ser cómodamente vadeados) había impedido a la caballería de John Imboden completar el movimiento de flanco que había ideado. En consecuencia, el frente de batalla se había reducido para ambas partes a un pasaje relativamente estrecho, lo cual incrementó, como era natural, la eficacia de las artillerías y de los tiradores con rifle largo. Cuando los confederados avanzaron tratando de desalojar a los federales de sus posiciones en las alturas y de capturar parte de su artillería que estaba bombardeándolos pesadamente, los cadetes quedaron expuestos a un fuego más nutrido proveniente de la artillería federal. Varios más resultaron heridos y uno muerto en el acto.

El coronel Scott Shipp, que mandaba a los cadetes, fue herido, y David, que estaba en las cercanías, acudió a prestarle los primeros socorros, antes de que llegaran las camillas para llevarlo a retaguardia. En consecuencia perdió contacto con sus muchachos y con el conjunto de la operación durante cierto espacio de tiempo. Entretanto, un escuadrón federal de caballería cargó contra la línea de los confederados, siendo rechazado con grandes pérdidas. Poco después de las tres y media, el regimiento de cadetes empezó a disparar su propio fuego contra el enemigo, más allá del campo de trigo, en el cual la mayor parte de la acción se desarrollaba.

El 62 de Virginia avanzó sobre la derecha de los cadetes que estaban en esos momentos protegidos por una barrera de maderas y sufrió tremendas pérdidas al quedar a la vista del enemigo. Sí Siegel hubiese podido usar su caballería en esos momentos, hubiese podido usar en su provecho esa brecha en las líneas confederadas y tal vez acabar allí mismo la batalla con un triunfo. Pero, afortunadamente para el Sur, las fuerzas federales se concentraron frente al flanco derecho de los confederados; y cuando las tropas de Breckinridge se reagruparon atacando de nuevo, dos de los regimientos federales cedieron. En esos momentos comenzó a tronar sobre el campo de batalla y a poco la lluvia bañaba todo el escenario de la lucha, transformando a la ya barrosa extensión en un lodazal casi infranqueable, porque, por causa de la especial tierra de allí, los zapatos se hundían en la superficie y resultaba fatigoso extraerlos cada vez.

A esta altura, y contra todos los obstáculos, los cadetes iniciaron una carga por orden de sus oficiales. Todos deseaban poner en alto la bandera del Instituto Militar de Virginia, que llevaba un retrato de George Washington y, por encima, el escudo de Virginia. Un oficial de alta talla era el encargado de llevarla y se puso al frente mismo del ataque. Despreciando la lluvia de balas que acogió su empuje, todos los cadetes se colocaron tras él y, arrollando las posiciones artilleras federales a punta de bayoneta, capturaron varios cañones obligando a quienes los empleaban a retirarse.

Cuando el alto portador de la enseña de la Escuela alcanzó uno de los cañones y sentado sobre él movió frenéticamente hacia los lados la bandera, todos los cadetes se precipitaron tras las tropas de la Unión que se desbandaban en desorden, lo cual permitió a los muchachos hacer muchos prisioneros a diestra y siniestra. Lo hicieron jubilosamente y uno de ellos llegó a realizar veintitrés capturas.

Solamente cuando la batalla fue perdiendo intensidad y llegaron informes al cuartel general según los cuales las tropas federales estaban en retirada al norte de New Market, estuvo David en condiciones de obtener noticias concretas y veraces sobre lo que había ocurrido, pues hasta entonces sólo podía juzgar por lo que había visto mientras se llevaban a cabo los preparativos.

Ya era casi de noche cuando oyó decir que Lachlan Murrell había resultado herido en un brazo y, dado que en ese momento estaba cerca de uno de los regimientos de Virginia, había sido conducido a retaguardia de uno de esos cuerpos, donde se le habían practicado curaciones.

Profundamente preocupado por lo que hubiese podido acontecer a Lachlan, David resolvió trasladarse hacia aquella unidad sanitaria para reconocer él mismo el estado del cherokee. Llegó allí cuando anochecía casi totalmente. La unidad sanitaria estaba a cargo de una persona sumamente voluntariosa, pero a la cual evidentemente le faltaba experiencia.

—El comandante Murrell es mi cuñado —le explicó David—. Quisiera reconocerle brevemente antes de que usted le opere, si no encuentra usted inconveniente.

—Pero… es indio.

—Por cierto. Un cherokee. Su hermana es mi esposa. ¿Puede pasar a examinarlo?

—Como usted desee, comandante —dijo el otro alzándose de hombros—. Tiene una fractura de húmero causada por una bala de artillería; y, si no amputamos el brazo, creo que morirá.

—Ya he tenido oportunidad de ver y tratar algunas heridas de esa clase, capitán —dijo David Con cierta sequedad—. Fue durante los dos años en que estuve dirigiendo un hospital de campo con el general Jackson.

—Murrell está allí —respondió el capitán—. He dado instrucciones a mi ayudante para que le administre un poco de láudano tras darle a beber un vaso de whisky.

Lachlan, un poco pálido, pero completamente consciente, estaba sentado sobre una litera a un costado del improvisado hospital, que se levantaba cerca de una cabaña rural a la cual se agregaba un amplio establo. Su brazo izquierdo mostraba un gran vendaje desde el hombro hasta la mano con grandes manchas de sangre.

—¿Te examinaron la herida cuando llegaste aquí? —le preguntó David.

—El médico de aquí me colocó este vendaje y me hizo una marca por donde haría el tajo para amputar el brazo. —La voz de Lachlan se entrecortó —. ¿Tendré que resignarme realmente a perderlo, David?

—No, si yo puedo evitarlo.

David echó un vistazo al hospital y advirtió que todo estaba en condiciones sanitarias deficientes. El forraje de los animales se veía por doquier y el ambiente estaba lleno de polvo.

—Si alguien viene a llevarte a la mesa de operaciones, niégate a ir —le dijo a Lachlan—. Veré un poco en qué condiciones está la casa. Probablemente aquello sea un lugar más apropiado que el establo para llevar a un hombre herido.

Sólo estuvo ausente el tiempo necesario para constatar que estaba en lo cierto. La habitación que allí vio era grande y estaba relativamente limpia. Y lo mejor era que, como resultaba habitual en las edificaciones de Virginia, una gran cocina estaba instalada a un costado de la habitación, en la cual era posible disponer de agua caliente en abundancia, puesto que podían verse por allí apilados un montón de troncos secos.

Cuando David volvió al establo, el encargado de la unidad sanitaria no estaba, de modo que ordenó a los asistentes suyos que trasladaran a los heridos a la casa. Cuando aquél vio que las literas y sus ocupantes estaban siendo trasladados, se puso rojo de indignación.

—No puede usted usar la casa —dijo— el general Breckinridge se dispone a instalar allí su cuartel general.

—No lo sabía y usted nada me dijo.

—Pues se lo digo ahora. Ya puede usted ayudar a traer los heridos de vuelta aquí.

—He resuelto instalar allí este hospital, capitán. Me dispongo a trasladar allí a la unidad y a sus ocupantes y espero su colaboración.

El hombre se volvió sin decir palabra y David pensó que se dirigía a dar cuenta de lo que sucedía al general Breckinridge.

—Le acabo de dar una orden, capitán —le advirtió David—. Si se niega a obedecerla haré un informe sobre su insubordinación.

El otro vaciló un momento más y luego miró a David. En su mirada, éste advirtió que se disponía a obedecer, pero que la cuestión no quedaría allí y que la capitulación sólo era pasajera.

—Que se terminen de llevar a los heridos a la casa —dijo David—. Entretanto veré cómo instalo la mesa de operaciones de emergencia. Varios de estos heridos necesitarán intervenciones inmediatas.

—Sigo sin entender sobre qué bases considera usted necesario el traslado.

—Seré breve, capitán —le replicó David mientras recogía el equipo quirúrgico qué necesitaba—. Un establo no es lugar apropiado para alojar a hombres con heridas abiertas. Si poseyera usted cierta experiencia en materia de hospitales de campaña, lo comprendería. Hace quince años, en Viena, el doctor Semmelweis comprobó que la materia orgánica en descomposición proveniente de los excrementos causaba fiebre puerperal e infectaba las heridas, provocando frecuentes gangrenas.

—No sé nada de ese Semel o como se llame la persona que usted acaba de citar.

—Pues yo me dispongo a llevar a cabo una operación en condiciones sanitarias aceptables, coopere usted o no.

Recogiendo más material necesario para las intervenciones, David salió del establo para la cabaña.

—He dado instrucciones a los que llevan las literas para que lleven a los heridos menos graves a los altos de la casa y allí los instalen —informó David —. De ese modo tendremos a quienes necesitan ser operados en la planta baja, donde es posible acomodarlos con mayor comodidad y menos riesgos. Uno de los ordenanzas está encendiendo la cocina y dispondremos así de agua caliente.

Durante las horas siguientes, David estuvo sumamente atareado disponiendo la colocación de los pacientes. En el caso de Lachlan, la circulación sanguínea no parecía hallarse interrumpida por la amplia herida que presentaba en su brazo izquierdo, la cual le había sido deparada por un rifle federal de la clase «Enfield». Esto podría indicar que las arterias más importantes no habían sido afectadas, de modo que el oficial cherokee hubo de esperar a que se trataran antes casos más apremiantes.

En una de sus correrías previas por la habitación, David se llegó hasta la puerta que se hallaba entre la cocina de la casa y el establo, observando que la pila de miembros amputados que se había juntado allí alcanzaba considerable altura. Entretanto, las reservas de cloroformo estaban prácticamente agotadas.

Al llegar Lachlan a la mesa de operaciones, David estudió la herida sin recurrir a la anestesia y se sintió muy aliviado al comprobar de que no era preciso cortar el brazo y que bastaría con un tratamiento bastante sencillo. La bala había interesado al húmero (que es el hueso largo del brazo que va del hombro al codo) golpeándolo frontalmente y astillándolo mientras lo recorría por espacio de unas dos pulgadas; luego se había desviado, saliendo por el músculo desgarrando parte de éste en su trayectoria.

Pequeños trozos de la tela de su uniforme habían sido introducidos en la herida por la bala. David los fue quitando cuidadosamente y también extrajo algunas partículas de tejido muscular que entorpecían la correcta irrigación sanguínea del brazo. Hecho esto pudo enderezar el hueso, que se había curvado al producirse la astilladura y por fin vendó diestramente el brazo con tiras de tela mojadas en agua hervida de modo tal que el hueso no pudiese volver a su posición incorrecta y soldara adecuadamente.

David preparó luego una serie de tiras de género para que sirviesen a los operados a quienes no había sido preciso amputar brazos para mantener a los huesos en la posición correcta. En otros casos, las tiras fueron mojadas con abundante almidón con el fin de acentuar la rigidez requerida por los vendajes en esos casos.

—¿Dónde ha aprendido usted todas esas cosas? —le dijo el encargado de la unidad sanitaria mirándole con cierta admiración resentida.

—En Italia. Serví durante cierto tiempo con las fuerzas del general Garibaldi cuando fui a perfeccionarme.

—¿Dónde estudió usted medicina?

—En Philadelphia. En la Facultad de Medicina de Jefferson. Pero antes fui cadete en el Instituto Militar de Virginia —replicó David.

—Llegó a ser Primer Capitán de Cadetes allí —dijo Lachlan.

El hombre se dio la vuelta sin agregar una palabra más, pero, por su actitud, David comprendió que acaso se hubiese granjeado un enemigo irreconciliable. El hecho de que él hubiese trastornado el hospital no era asunto que el otro se dispusiera a perdonar sin más.

Eran pasadas las ocho cuando terminó de operar a los necesitados de intervenciones y estaba bebiéndose una taza de café proveniente de los abastecimientos capturados a los federales. Había plantado su asiento cerca de la puerta de la cocina, donde el vapor que sin cesar salía de ollas y cacerolas donde se hervía el agua contribuía a crear una atmósfera parecida a la de la sauna cherokee a la cual debía la vida. De pronto vio a su primo el capitán Preston que llegaba a la casa y que desmontaba, atando las riendas de su caballo a una estaca.

Mientras el oficial táctico cruzaba la explanada que se extendía ante la casa hasta llegar a la abierta puerta de la cocina, David pidió a uno de los ayudantes que estaban junto a la cocina que preparara otra taza de café. Antes de aceptarla, sin embargo, su primo extendió a David una carta en cuyo sobre se veía el sello oficial perteneciente al Ministerio de la Guerra.

—Llegó para ti por correo militar anoche. Estaba dirigida al campamento que ocupábamos antes de instalarnos en New Market. En la agitación que precedió a nuestra marcha me olvidé de dártela cuando tú viniste al campamento. Discúlpame —dijo el instructor jefe de maniobras tácticas del Instituto.

—Han de ser mis órdenes oficiales —dijo David, guardándose la carta en uno de sus bolsillos—. Hasta ahora he trabajado fundándome tan sólo en órdenes telegráficas. ¿Cómo va la batalla?

—Ha terminado. —Sg Frank Preston se dejó caer en una silla y bebió con gran satisfacción su café—. La carga que llevaron a cabo los cadetes cambió radicalmente el curso de la batalla, porque lograron poner fuera de combate a un sector importante de los cañones enemigos. Los federales no pudieron sostener sus posiciones.

—Dudo que ahora los cadetes acepten de buen grado ser llamados chicos.

—Tal vez no. Sin embargo, dos de cada tres de ellos eran «ratones» (estudiantes de primer año) y dos de los que se lanzaron al ataque contra la batería apenas acababan de cumplir los quince años. Se mire por donde se mire, el día 15 de mayo de 1864 pasará a ser el más glorioso día en la historia de la Academia Militar de Virginia.

—¿Se sabe a qué número llegan nuestros heridos? Aquí solamente he podido ver a unos cuantos. No tengo una impresión general.

—Puedo decirte cómo han ido las cosas para los cadetes. Cinco fueron muertos y treinta o cuarenta resultaron heridos. El regimiento persiguió a los federales hasta Mount Airy, que está a cinco millas de aquí, pero los federales siguieron aún huyendo y se refugiaron tras North Fork, quemando los puentes tras ellos. La batalla ha terminado, al menos por ahora.

—Gracias a Dios.

—En esta ocasión, el general Breckinridge puede por fin proclamarse vencedor —dijo el capitán Presión—. Sentí mucho lo de Lachlan Murrell. Alguien me dijo en el campamento que de seguro perdería un brazo.

—Lo hubiese perdido de no intervenir yo a tiempo y a pesar de las protestas del capitán Duggan, que así se llama el encargado de la unidad militar que cubre esta zona —contestó David.

—Creo que el general Breckinridge es pariente de ese Duggan. Y no creo que apruebe del todo eso si Duggan le va con el cuento. Por lo demás, tema pensado ocupar esta casa para transformarla en su cuartel general. Tengo entendido que había llegado hasta mandar colocar una cerradura especial.

—Yo la hice saltar. Tenía todo el derecho a pensar que la cerradura había sido puesta por los propietarios de la casa antes de abandonar este sitio.

—¿Y no te preocupa la actitud que pueda tomar el general Breckinridge?

—He servido bajo Stonewall Jackson, Baldy Ewell y Jubal A. Early. Dos de ellos aún están con vida, como también lo está el general Robert E. Lee. Cuando se tiene de parte de uno a hombres así, ¿por qué te has de preocupar?

—¿Piensas que podrás salvar el brazo de Murrell?

—Un médico militar francés llamado Ambroise Paré fue interrogado hace trescientos años acerca de sus métodos para tratar heridas de guerra sin recurrir a la cauterización ni al aceite hirviendo. Y Paré respondió: «Yo los vendo y Dios los cura». Yo te doy la misma respuesta. Es la mejor explicación que conozco sobre la faena de un médico militar.