La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 33 de 89

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La brigada Stonewall

Libro Cuarto

 

EL VALLE

I

 

LOS últimos días del invierno y primeras semanas de la primavera no representaron una etapa fácil para el general Jackson, ni para la Brigada Stonewall. En la Confederación faltaban muchos alimentos, así como prendas de vestir y equipos diversos. Algunos miembros de la brigada carecieron de calzado durante las semanas más frías del invierno. Al acercarse la primavera, naciendo con ella la certeza de otra campaña de la Unión en Virginia Oriental, el general Joseph E. Johnston, al mando de la zona norte de Richmond, pidió a Jackson que no perdiera de vista a las tropas federales que eran mandadas por el general James Shields, emplazadas al norte de Winchester, en el Valle. Esta medida de precaución tendía a impedir la llegada de refuerzos al ejército puesto ahora a las órdenes del general Irvin McDowell, al sur de Washington. Se esperaba también así que Lincoln se abstuviera de enviar más tropas a McClellan, con vistas a la Campaña de la Península.

 

Jackson, naturalmente, respondió con su arma favorita: el ataque. Informado por su eficiente jefe del grupo de caballería, el coronel Turner Ashby, de que buena parte de la fuerza federal de Shields se había desplazado hacia el este para, a través del Blue Ridge, unirse al general McDowell, dejando solamente un pequeño número de soldados de la Unión, de los mandados por el general Nathaniel P. Banks, al norte de Winchester, en el Valle, Jackson atacó el 23 de marzo la pequeña población de Kernstown, con tres mil quinientos hombres.

Esta vez, sin embargo, la información de Ashby resultó ser errónea, y Jackson se vio enfrentado con nueve mil federales. Viendo que se enfrentaban con un desastre irreparable para el Ejército del Valle, Jackson reemplazó al jefe de la Brigada Stonewall, el general R. B. Garnett, situándose en el punto en que la lucha era más intensa, y consiguiendo alentar a sus hombres, pese a que éstos tenían ante ellos fuerzas mucho más numerosas. Empleándose a fondo, los confederados lograron salir de la trampa en que ellos mismos se habían metido.

Mientras se retiraban hacia el sur, cada bando reclamaba para sí la victoria, pues los dos se hallaban igualados en cuanto al número de bajas. Considerado como simple enfrentamiento de fuerzas, aquél no fue ganado por nadie. Ahora bien, si se tiene en cuenta el efecto causado sobre la estrategia de la Unión, Kernstown resultó ser una resonante victoria para el Sur, aunque se tardó bastante en dar con las pruebas de semejante afirmación.

En el curso de las semanas siguientes, el Ejército del Shenandoah, ahora conocido popularmente por el nombre de Ejército del Valle, fue retirándose lentamente hacia el sur. Entretanto, Ashby y su caballería hostigaban constantemente al enemigo, que avanzaba de un modo cauteloso. Shields llegó a notificar a Lincoln que en Kernstown habían quedado atrapados unos quince mil confederados, es decir, tres veces, aproximadamente, la cifra verdadera.

El 18 de abril, Jackson, finalmente, empezó a establecer su base de operaciones en Elk Run Valley, al este de Harrisonburg, a unos veinticinco kilómetros de distancia de este punto, con el empinado macizo montañoso de Massanutten entre él y Valley Turnpike. Por aquí, una carretera arterial cruzaba el Blue Ridge, por Swift Run Gap, permitiendo el acceso a Charlottesville y Culpeper, hacia donde la punta oriental del ataque federal, por parte de McDowell, era esperado.

En las inmediaciones de Conrad’s Store, Stonewall Jackson estableció su cuartel general, dedicándose entonces a digerir pacientemente la masa de informaciones referentes a los movimientos del enemigo que le habían estado llegando durante las semanas de lenta retirada en dirección al sur, desde Kernstown. Entre esas informaciones figuraban las aportadas personalmente por Ashby en sus aventuras como veterinario ambulante, especialista en caballos, llegando hasta los destacamentos de los federales con objeto de ofrecerse a sus secciones de caballería. En tales situaciones era todo oídos.

Ashby se presentó en el puesto sanitario montado por David Presten cerca de Elk Run, al objeto de que le fuera curado un pequeño corte que tenía en una mano. Seguidamente, entregó a David un ejemplar del Evening Star de dos días atrás. Aquel diario era de Washington.

—He pensado que quizá le gustara tener en sus manos un periódico yanqui, comandante Preston. Son muchos los comentarios que se hacen acerca del relevo de Garnett del mando de la Brigada Stonewall por parte del general Jackson…

—A nadie ha satisfecho el episodio.

—¿Usted qué opina?

—La brigada peleó bien en Kernstown. El general Garnett dio la orden de retirada solamente cuando los hombres se quedaron sin municiones.

—Pero el viejo Jack quiso entonces que se lanzaran a bayoneta calada.

—¿Tres mil hombres peleando contra nueve mil? Se puede pensar en combatir en tales condiciones cuando se dispone de artillería, pero contando únicamente con las bayonetas de los soldados…

—Tuvimos muchas bajas ese día. En parte, por mi culpa, por haber cometido un error —declaró Ashby—. Y pudimos haber perdido más hombres todavía, si la brigada hubiese continuado la lucha sólo con las bayonetas. Jackson nunca había tenido que retirarse de un campo de batalla anteriormente, de manera que comprendo lo que sentía, pero me alegro de que anule sus acusaciones contra Garnett. Ello contribuirá a elevar la moral de la Brigada Stonewall, detalle sumamente importante en vista de las desigualdades en cuanto a efectivos con que nos enfrentaremos dentro de un mes.

Sandie Pendleton me notificó que el estado mayor está valorando el efecto final de lo de Kernstown. ¿Se ha llegado a una conclusión?

—Según las averiguaciones practicadas, la división de Williams, compuesta por ocho mil federales, al mando de Shields, llegó casi a Manassas Junction para apoyar a McDowell antes de la batalla de Kernstown… Al día siguiente del encuentro, se apresuraron a regresar a Winchester y el general Banks volvió para hacerse cargo de todo. La división federal del general Blenker, compuesta, aproximadamente, de diez mil hombres, fue señalada para unirse a McClellan en la Península, también, pero ha sido encaminada a Virginia Occidental con el fin de reforzar el ejército de Frémont.

—El cual avanza ahora hacia Staunton, según lo que he oído decir.

—Sospecho que ésa es la causa principal de que nos hayamos agazapado aquí en Elk Run Valley, donde el general puede estar preparado para arrojarse sobre Frémont, Banks o Shields, dependiendo la acción de la proximidad de uno u otro —señaló Ashby—. Kernstown vino a ser otra bomba sobre McClellan. Se suponía que McDowell enviaría treinta y siete mil hombres a la Campaña de la Península para asegurar la marcha de los federales, directamente, hacia Richmond, desde el sudeste. Ahora resulta que han sido retenidos para participar en la defensa de Washington.

David emitió un leve silbido de admiración.

—Tras la retirada de cuarenta y cinco mil bayonetas de la Península, me imagino que McClellan habrá estado a punto de sufrir un ataque de nervios.

—Nadie se tenía más merecido eso que él —dijo Ashby, alegremente—. Pero McClellan tiene en la actualidad otra razón para morderse los puños. Lincoln ha reorganizado de nuevo la defensa de Washington por parte de la Unión. Ahora, esa gente dispone de cuatro ejércitos independientes en Virginia: Frémont en el oeste; Banks y Shields están al norte de nosotros, en el Valle; McDowell se encuentra en Virginia septentrional, y McClellan en la Península. Y todos ellos reciben órdenes de un par de civiles, llamados Lincoln y Stanton, el nuevo Secretario de la Guerra. De otro lado, nadie quiere debilitar sus fuerzas para acudir en ayuda de los otros.

—No subestime a Stanton. En Washington tiene fama de ser un hombre muy duro.

—Es posible, pero se mire por donde se mire la cosa, yo diría que el viejo Jack tiene motivos para sentirse orgulloso de lo que hizo en Kernstown al frente de sólo tres mil hombres.