La brigada Stonewall
Libro Quinto
ANTIETAM
I
LA BRIGADA Stonewall era feliz y también lo era su comandante, porque Stonewall Jackson encaraba por fin la aventura que había soñado emprender un año antes, al final de la batalla de Manassas.
Había sido preciso un largo verano de luchas contra los inmensos ejércitos que McClellan y McDowell habían lanzado contra Richmond y el ambiguo resultado de las batallas para convencer al vacilante ministerio de Guerra de la Confederación que a fin de cuentas sería necesario encarar algo más audaz que un juego múltiple de refriegas si se quería realmente obtener un vuelco de las cosas en favor de la causa sureña. Entonces, ¿quién se hallaba en mejores condiciones para montar la nueva estrategia que el general que, con sólo dieciséis mil hombres habían tenido en jaque a setenta y cinco mil yanquis? ¿Quién más indicado que aquel que había sembrado la confusión en las fuerzas federales, llevándolas de un lado a otro al azar y asegurado el fracaso de las ambiciones de McClellan de doblegar a Richmond y así aplastar a la Confederación como si se tratara de una nuez mediante el uso de un cascanueces compuesto por los dos ejércitos de la Península?
«Si sólo me dieran sesenta mil hombres, penetraría profundamente hasta Pennsylvania», había escrito Stonewall Jackson al congresista Boteler tras las batallas de Cross Keys y Port Republic, a principios de junio de 1862, cuando estaba casi destruida toda amenaza federal en el valle. «No bajaré al valle; no quiero que allí la gente sea presa del pánico. Si el Presidente me otorga cuarenta mil soldados, me dirigiré al este de Blue Ridge y en dos semanas podría hallarme en Harrisburg».
Pero el Ministerio de Guerra y el general Robert E. Lee (quien por fin había recibido la dirección general de la guerra) se habían preocupado demasiado a principios de aquel verano ante la amenaza de las fuerzas de McClellan, que habían llegado a situarse a quince millas de Richmond, para ver aquello con buenos ojos. En consecuencia no fueron capaces de comprender que la estrategia propuesta por Jackson constituía el único medio seguro de crear alarma y consternación en Washington, dando lugar a que abandonara la campaña de la Península que había conseguido colocar los cañones de la Unión casi a tiro de la capital de los confederados.
Sólo como cortina de humo, Lee había enviado dos divisiones al oeste. Aparentemente se trataba de refuerzos destinados a Jackson, pero la acción sólo se proponía engañar a las fuerzas federales que aún permanecían en el valle, en especial a las de Frémont.
En una carta fechada el 17 de junio de 1862, Lee le había escrito a Jackson cuando éste se encontraba aún en el valle (en Weyer’s Cave):
Según usted da cuenta de las posiciones del enemigo, pienso que
resultará difícil llevarlo a una batalla por Richmond en la cual usted podría contar con las fuerzas de que ahora dispone y, además, de las que le envío. Sin embargo estimo que el momento es favorable para que se unan su ejército y el que ahora le mando. Si usted está de acuerdo conmigo, cuanto antes se disponga lo necesario para la reunión, mejor. Al desplazar sus tropas, podría dejar creer que lo que quiere es perseguir al enemigo en el frente de ahora. Dispóngalas como para proteger el valle, y así engañar al enemigo. Que la caballería luzca bien al frente. Luego, en el momento adecuado, descienda rápidamente sobre Pamunkey. Para que esto resulte eficaz será preciso que el movimiento se mantenga en secreto.
Como el Pamunkey era un afluente del río York, Jackson supo con toda exactitud cuál era el lugar donde Lee quería que él se situara. Obedeciendo al pie de la letra su solicitud de mantener las cosas en secreto, puso en acción toda la variedad de tretas que tan excelentes resultados le habían proporcionado en ocasión del cruce del Blue Ridge dos veces en dos días sucesivos aquella misma primavera, gracias a lo cual había podido atacar a la fuerza federal de Milroy en McDowell.
David Preston se había visto envuelto en un aspecto del engaño justamente al comenzar la operación. Antes de iniciarse la marcha hacia Richmond, el coronel T. T. Munford, quien, tras la muerte de Turner Ashby, había tomado la jefatura de la caballería de Jackson, vino a él en Harrisonburg. Hacía varios días que David se hallaba allí, organizando las cosas con el fin de que un grupo de médicos federales y ambulancias evacuaran los heridos federales con rumbo té norte, hacia Strasburg y Winchester, adonde las fuerzas de Frémont se habían replegado tras la perdida batalla de Cross Keys.
—¿Tendrá usted un rato para acompañarme a dar un pequeño paseo, comandante Preston? —le preguntó Munford.
—Naturalmente.
Munford le llevó a una casa que había requisado para instalar su cuartel general y en la cual estaban precisamente acuartelados loe médicos federales.
—Hace varias horas he dicho a los médicos yanquis que había enviado un correo militar al general Jackson para saber si desea que los heridos sean enviados al norte —dijo Munford—. Pronto estará aquí la respuesta.
—Pero Jackson está en Port Republic, a unas quince millas de aquí. Al correo le llevará todo un día llegar allí y estar de vuelta.
—Nosotros sabemos eso, pero ellos no lo saben —dijo en tono confidencial el oficial de caballería—. Jackson quiere que lo envíe de vuelta con las manos vacías para que alarmen a Frémont previniéndole contra un ataque de Jackson que se haría en la parte más baja del valle, siguiendo el camino de portazgo.
David le miró inquisitivamente.
—¿Otra operación como la de Mechum’s River Station, señor Munford?
—Puede usted llamarla así. Todos nosotros confiamos enteramente en usted, doctor, de modo que deseo que sea usted testigo. Pero es necesario que esté al corriente de lo que realmente sucede. De otro modo el engaño no funcionará.
Subieron las escaleras en dirección al cuarto de Munford, el cual estaba precisamente al lado de la habitación ocupada por los médicos federales. Sólo un muro delgado separaba las cámaras contiguas. Al llegar a la puerta del apartamento, Munford se detuvo y escrutó el interior del lugar donde estaban los médicos.
—Pronto tendré noticias del general Jackson, caballeros —dijo a los ocupantes de la habitación—. Confío que se les haya atendido solícitamente, aunque no es mucho lo que permite ofrecer esta situación que vivimos.
—Nos sentimos muy a gusto, coronel —dijo un médico barbudo con típico acento yanqui—, pero quisiéramos emprender el camino cuanto antes.
—No tardarán ustedes mucho, lo prometo.
Una vez dentro de la habitación de Munford, el coronel de caballería arrojó su sombrero emplumado sobre la cama y señaló una silla con un gesto a David.
—Quisiera saber lo que el general Jackson está preparando —dijo en voz alta—. Usted sabe lo reservado que es.
David no respondió, pues en aquel preciso momento ambos habían oído el ruido de unas espuelas pertenecientes a alguien que subía por las escaleras. Cuando quien las llevaba puestas entró en la habitación no se sorprendieron al ver que se trataba del señor William Gilmer un civil que se había hecho famoso por sus bromas. Gilmer estaba acalorado y se le veía cubierto de polvo. Parecía que acabara de hacer un largo recorrido a caballo y que apenas hubiese desmontado.
—Y bien, señor Gilmer —dijo Munford en voz tan alta que David comprendió estaba dirigida a los ocupantes de la habitación vecina—. ¿Qué ha dicho el general Jackson?
—Me encomendó le dijese que los heridos yanquis no deben salir de aquí —respondió Gilmer, hablando también en voz muy alta—. Los médicos han de ser devueltos llevando un mensaje por el cual se informará a quien corresponda que el general prefiere que los heridos enemigos sean atendidos en nuestros propios hospitales. Por otra parte, ya está en camino hacia aquí y esta vez cuenta con grandes refuerzos. La división de Whiting ya está pronta y la de Hood está en marcha. Todo el camino desde aquí hasta Staunton está cubierto por tropas y tanta gente hay que me ha costado lo mío cabalgar.
—Excelente —dijo Munford—: Doctor Preston, informe por favor a los médicos de la Unión de la decisión del general Jackson y tome las medidas necesarias para que abandonen este lugar de inmediato, bajo bandera de tregua.
Al cruzar el Blue Ridge cabalgando junto a los vagones que transportaban al primer hospital de campo unos días más tarde, David vio a un correo militar cubierto de polvo. Atravesaba la larga columna de tropas que recorría trabajosamente el camino. Reconoció a un hombre del coronel Munford. Un cuarto de hora más tarde, cuando los vagones-hospital coronaban la cresta del monte y emprendían el descenso, vio a Sandie Pendleton que hacía descansar a su caballo al costado del camino. Cuando Pendleton le vio, David se hizo a un lado y anduvieron unos cien pies apartados del resto, de modo que quedaron fuera de cualquier posible espionaje auditivo.
—Vuestro pequeño acto de comedia de la otra noche dio resultados fantásticos, David —aseguró Pendleton—. Acabamos de recibir un mensaje de Munford según el cual Frémont ha salido ya de Strasburg con rumbo al norte en espera de un empuje de nuestras tropas en dirección al Potomac.
—¿Tienes idea de dónde se halla ahora el general Jackson?
—En algún lado cerca de Richmond. Se adelantó para estudiar con Lee la estrategia de la batalla.
Aquel «en algún lado» resultó ser Nine Mile Road. Pero eso sólo se supo cuando el reforzado Ejército del Valle (que ahora pasó a ser llamado oficialmente Segundo Cuerpo de Ejército) llegó a los alrededores de Richmond. De hecho, Nine Mile Road se hallaba en las afueras de la capital confederada.
Entretanto, el general George B. McClellan, acampado casi a tiro de cañón de Richmond, en la ribera del río Chickahominy, reflexionaba sobre la campaña relámpago que había conducido Jackson. Ya tenía pronto un ambicioso plan de batalla y se hallaba por fin dispuesto para lanzar el más formidable ejército jamás reunido en suelo americano contra la capital de la Confederación. Sumaba más de ciento sesenta mil hombres y era, además, el ejército mejor equipado y entrenado que hubiese pisado un campo de batalla en todo el hemisferio occidental.
Sin embargo, el oficial de la Unión ya había cometido un error fundamental. Y eso antes de que la lucha realmente comenzara. Había dividido sus fuerzas, colocando a un sector —el más fuerte— al sur del río Chickahominy. Un solo cuerpo de ejército, el Quinto, a las órdenes del general Fitz-John Porter se había destinado al norte del río, en una zona de pantanos, a través de la cual corría aquél. Y era precisamente esa zona la que Lee había elegido para atacar, aceptando la estrategia de Jackson de dividir para vencer.
La Batalla de los Siete Días en torno a Richmond había aconsejado a McClellan hacer una pausa. Había perdido dieciséis mil hombres, cincuenta cañones y treinta y cinco mil mosquetes; pero, además, había tenido que sufrir la humillación de retirarse, poniéndose al amparo de la marina de los Estados Unidos, parte de cuyos barcos estaban anclados en el río James, al sudeste de Richmond.
La Brigada Stonewall había resultado prácticamente diezmada al finalizar la campaña del Valle y a lo largo de la Batalla de los Siete Días hubo de luchar usando refuerzos que entraban en la refriega cuando no estaban aún compenetrados de los métodos estratégicos de Jackson. El propio Jackson estaba enfermo y por lo tanto incapacitado para desenvolverse con sus proverbiales virtudes de frialdad y audacia.
Y esto no era todo: los generales de Lee, particularmente los dos Hill (A. P. y D. H.), Longstreet, Ewell, Magruder, Holmes, Stuart y Jefferson, no habían combatido juntos hasta entonces, de modo que, naturalmente, habían tenido lugar muchos malentendidos. Sin embargo, podía decirse que la victoria había sido de los confederados, puesto que McClellan tuvo que retirarse al James y Richmond quedó libre. A pesar de esto, las controversias sobre quién había resultado ganador menudearon por bastante tiempo en Richmond; y las culpas, cuando se consideraba que las había habido, recaían sobre aquel de quien más se esperaba, es decir, sobre Jackson.
Hospitalizado en Richmond, víctima de un fuerte ataque de malaria tras la Batalla de los Siete Días, que había durado del 26 de junio al 2 de julio de 1862, David sólo pudo enterarse de todo aquello por la prensa. Esta última, como era lógico, dramatizaba sobre las hazañas de Jackson, olvidando cuánto le había criticado antes por no ganar por sí solo las primeras etapas de la Batalla de los Siete Días.
Del lado federal, el general John Pope (que, debido a sus victorias en Mississippi, había sido llamado a mandar las fuerzas federales de los generales McDowell, Sigel y Bowles situadas al norte de Richmond, todas las cuales habían tomado ahora el nombre de Ejército Federal de Virginia) había llegado demasiado tarde para tomar parte decisiva en la Batalla de los Siete Días. Saludado como el salvador que castigaría al Sur por el desastre de la Península por vía de un gran ataque dirigido contra Richmond desde el norte, Pope anunció, al asumir el mando general, que sus tropas sólo podrían percibir las espaldas de sus oponentes confederados, puesto que sólo los verían desbandarse.
Lo primero que planeó Pope fue el desalojo de los defensores de Richmond, cortando así la relación entre Jackson y su base en el valle, puesto que se disponía también a tomar el ferrocarril de Manassas. Luego esperaba atacar Centerville, donde la Brigada Stonewall había pasado gran parte del verano. Pope pensaba también seguir hasta Gordonsville y Charlottesville, cortando así todas las comunicaciones entre Richmond y el valle.
En el nuevo ejército colocado bajo la dirección general de Pope figuraban los generales Banks y Shields, viejos enemigos de Jackson, que fueron enviados al este para ayudar a alejar a Jackson del valle.
Pero las cosas salieron muy mal para Pope. En Dedars Run y luego en Manassas Junction, Lee y Jackson (que formaban una formidable pareja luego de resultar herido el general J. E. Johnston a las puertas de Richmond) pudieron poner en práctica la técnica de marcha en flanco de Jackson, cortando así el avance de las tropas federales. Las fuerzas de Pope, que a su mando directo sumaban setenta mil hombres, resultaron derrotadas por el ejército de la Confederación, que contaba con menos de cincuenta mil, en la batalla que vino a llamarse Segunda Batalla de Manassas. Y en Chantilly, no muy lejos de allí, la humillación del ya no tan arrogante Pope resultó completada el primero de septiembre de 1862: de todos los generales de la Unión que habían desempeñado un papel en la sangrienta zona entre Richmond y Washington, él fue quien menos tiempo llegó a conservar sus posiciones. Sólo las retuvo treinta y siete días, desde el 27 de julio hasta el 3 de septiembre de 1862.