La brigada Stonewall
Capítulo V
DOS días después, por la mañana, adormecido sobre una banqueta dentro de la barca pescadora y envuelto en el olor dulzón de las ostras transportadas por la Belle of Annapolis, David fue despertado por el súbito ruido de lo que parecía ser un trueno. Se había dormido correctamente ataviado, con camisa de seda y botas que había tomado de la cabaña de Lachlan y que éste empleaba para entablar sus aventura amorosas. Subió a cubierta. Aún no había aclarado del todo y pudo ver las estrellas brillando serenamente en lo alto.
—¿Qué sucede? —le preguntó a una sombra que parecía corresponder a Asa Blandings.
—Nos persigue una cañonera federal, comandante —dijo el hombre de la barca—. En cuanto la vi, hace media hora, he tratado de acercarme a la orilla. Como esta barca tiene menos calado, podremos acercamos a tierra. Pero el viento que se ha levantado no me permite ir más aprisa. Lo tenemos en contra.
—¿Qué quiere decir?
—Que tendrá usted que ir a nado.
—¿En esta agua helada? ¿Está usted loco?
—Tal vez lo esté, sí, al arriesgar el pellejo tratando de ayudar a los del Sur. Pero no lo bastante para desear hallarme en una cárcel federal. Si esos tíos llegan a capturarme, tendré que decir que usted se embarcó en mi lancha diciéndome que quería comprar ostras en Reedsville y que pronto me encañonó con un arma.
—¡Pero estoy desarmado!
—No importa. Yo tengo un arma, comandante. Y cuando los federales suban a bordo ese arma estará en sus manos. Es claro que para entonces usted estará muerto, de modo que todos ignorarán quién extrajo primero el arma.
David estaba en un aprieto y comprendió que había perdido. Sin embargo, la perspectiva de vadear las aguas casi heladas del Cheasapeake por un trecho no inferior a la media milla con sus ropas puestas tampoco era muy prometedor. Mientras reflexionaba, otro disparo de la cañonera, que a la escasa luz parecía un fantasma que se avecinaba, y se decidió a obrar, en especial porque el proyectil disparado por los federales golpeó el agua a menos de cien pies de la barca.
—Tírese usted, comandante —dijo Asa Blandings; y David vio que esgrimía un arma de gran tamaño—. No tema ahogarse: el agua le llegará a la cintura.
Blandings hizo un gesto imperativo con el cañón de su pistola indicando con ésta la orilla, donde David percibió una débil luz, indicativa tal vez de que había alguna cabaña por allí.
—Ésa es la casa de Pete Williams, quien tampoco tiene simpatías para con los federales. También se dedica a la pesca de ostras. Dígale que tuve que echarlo a usted al agua y que trataré de volver cuando el viento y los federales me lo permitan.
David se acercó a la borda, que era muy baja, porque las embarcaciones de ese tipo son más cómodas cuando permiten izar la pesca casi a ras del agua. Se hundió en ella y comprobó que Asa le había dicho la verdad: no le llegaba más que a la altura de los hombros. Pero también él había acertado en cuanto a su temperatura. A pesar de todo se las apañó para moverse con cierta agilidad.
Cuando la cañonera llegó cerca de la Belle of Annapolis, David ya estaba a mitad de camino de la orilla, protegido por la oscuridad y en cierto modo por el esfuerzo de andar por el agua pisando un terreno pantanoso que le obligaba a esforzarse para hacer progresos, pero que le servía para combatir el intenso frío del agua. Se alegraba de haber tomado las finas botas de Lachlan, porque el fondo del río parecía estar cubierto de conchas de ostras y otros obstáculos que en alguna ocasión le hicieron tropezar hasta el punto de que hubo de hacer piruetas para mantenerse en equilibrio y poder proseguir el camino hasta la orilla.
En conjunto, pensó David, le había llevado una hora alcanzar el improvisado muelle que se encontraba frente a la cabaña de madera de Pete Williams, la cual había sido construida sobre una pequeña altura. La luz aún podía verse y, al parecer, procedía de la cocina. Se acercó a la casa y llamó a la puerta. Se sentía tan cansado y aterido que no se detuvo a pensar si encontraría una cálida bienvenida o un rápido despacho hacia un pelotón federal de fusilamiento.
Abrió la puerta una mujer muy alta que en cierto modo le hizo recordar a la amazona que se hallaba al frente de la revuelta de mujeres pidiendo pan, que había tenido lugar en Richmond en una época que parecía estar hoy muy alejada en el tiempo.
—Tuve que saltar de la Belle of Annapolis —explicó—. Asa Blandings me ha dicho que usted me acogería en su casa.
—Entre antes de que le vean —dijo Hanna Williams tomándole por el codo para ayudarle a cruzar el umbral.
Enseguida lo dirigió a la cocina, donde reinaba un maravilloso calor.
—¡Santo Dios! Parece usted una rata pillada por una tormenta.
—No le discutiré esa semejanza. Pero debo llegar a Washington cuanto antes para…
—Hay un tren para Annapolis a las dos y Pete debe cargar unas ostras en él —dijo la mujer—. Vaya a la habitación vecina, quítese sus ropas y envuélvase en esta manta. Luego vuelva aquí, que le daré pastel y un poco de café. Lo siento, pero no tengo otra cosa.
—Pues a mí me cae como el maná.
—¿Qué es usted? ¿Un predicador?
—Soy médico —dijo David mientras se dirigía a la habitación contigua —. Aunque en realidad le diré que en este momento me considero más bien como un paciente, tras la hora que he pasado en el agua helada.
—Ya le quitaremos el frío. Además lavaré sus ropas y se las secaré.
Cuando se despojó trabajosamente de las ropas empapadas que llevaba adheridas a su cuerpo y pudo envolverse en la manta, David, al volver a la cocina, se encontró con que su comida estaba lista. El café era por cierto muchísimo mejor que el bebido habitualmente por las tropas.
—Pete volverá con sus ostras a eso de las diez —le dijo su anfitriona—. Usted podrá ir con él hasta Annapolis y tomar allí el tren para Washington si persiste en seguir corriendo ese riesgo.
—Mi novia se halla en peligro allí. Debo traerla conmigo a nuestras posiciones.
—Trate de no tomar el mismo camino que ha elegido usted para ir, entonces. Esa cañonera yanqui que los ha interceptado en el río no hace otra cosa que detener barcas que suben y bajan por el río para inspeccionarlas y requisar medicamentos u otros suministros que puedan llegar a Richmond.
—Pudimos conseguir quinina de Asa Blandings el otoño pasado. Gracias a ella estoy aquí, porque me estaba muriendo de malaria.
—Pues ya tendrá suerte si no sufre dentro de poco otro ataque. No hay nada peor para la malaria que sufrir un gran frío.
Eso era precisamente lo que David había estado pensando.
—¿Usted no tendrá aquí quinina, verdad?
La amazona hizo un gesto negativo.
—Los yanquis han estado transportándola hacia el sur, donde Grant está luchando. Asa debe haber conseguido la que le vendió a usted en algún almacén o depósito del ejército federal. Vaya ahora al cuarto de al lado y trate de dormir un poco, mientras aclaro y seco un poco en la estufa estas ropas tan elegantes que ha traído usted. Si entrara al tren vestido con ropas mojadas podría llamar la atención.
La noche había caído ya sobre Washington cuando David pagó al cochero que le había llevado al National Hotel desde la estación ferroviaria. Entró al hotel por la puerta trasera que daba a la Calle Sexta. Araminta le había escrito que cada vez que ella y su tío debían ir a Washington, ella llamaba con antelación al dueño del hotel, quien les reservaba las mismas habitaciones que ocupaban cuando ambos se conocieron. Había pues decidido entrar por la puerta de atrás y dirigirse directamente y sin ser visto hacia la suite de John Ross. De ese modo no correría riesgos de ser reconocido por alguien, porque el hall estaba habitualmente muy concurrido.
El viaje desde la casa de Pete, a orillas de la estrecha ensenada de Cheasapeake hasta Annapolis, que estaba a unas millas al sur, en Maryland, se había hecho sin inconvenientes ni sucesos dignos de ser destacados. Hanna le había aclarado y secado sus ropas, que poco habían resultado salir perdiendo tras sus cuidados y en consecuencia el aspecto de David era bastante respetable. Luego Pete Williams le había llevado hasta Annapolis y allí pudo coger sin dificultad el tren que lo había llevado a Washington.
Nadie le había hecho preguntas durante el viaje, ni pedido papeles, los cuales eran los falsos empleados por Lachlan en sus expediciones y que estaban extendidos a nombre de Preston Murrell. David los había encontrado junto con la chaqueta del cherokee que era precisamente la que llevaba puesta, habiéndola tomado de entre las ropas de su amigo. A todo lo largo del trayecto pudo observar que se alineaban largas caravanas de vagones cargados de material militar y abastecimientos. También vio ocasionalmente plataformas sobre ríeles en las cuales se hallaban dispuestos abundantes cañones y otras piezas de artillería salidas de las grandes fábricas de armamentos situadas en Baltimore, lo cual confirmaba el rumor de que una gran operación militar con vistas a poner fin a la guerra estaba siendo puesta en marcha en el Norte.
David llegó al corredor en el cual estaba situada la puerta que daba al apartamento de los Ross y tuvo la satisfacción de hallarlo desierto. Escrutó el pasaje desde la puerta a la cual había llegado tras subir por las escaleras de servicio y, al ver que no había peligro, corrió hasta la puerta que buscaba y golpeó con los nudillos de su mano. Ya tenía preparada una historia para el caso de que otra persona acudiera a abrir. Diría en tal caso que, buscando la habitación de un amigo, se había confundido de planta. Pero fue Araminta quien abrió la puerta.
—¡David! —exclamó y fue hacia él.
Pero el médico la empujó rápidamente hacia dentro de la habitación, cerrando con no menos celeridad la puerta antes de estrecharla entre sus brazos.
Las efusiones fueron necesariamente de corta duración. Él le explicó enseguida las razones por las cuales debía seguirle de inmediato y ella no perdió el tiempo haciendo preguntas, sino que se apresuró a poner unas cuantas ropas y enseres en una maleta liviana, que permitiera rápidos desplazamientos. Entretanto David entró en la habitación de John Ross para saludar al jefe cherokee y a su esposa.
Enseguida advirtió que Ross se había desmejorado sensiblemente desde la última vez en que había tenido oportunidad de verle, es decir, tres años atrás, en Parkersburg. Su esposa Mary, que nunca había sido muy robusta, también parecía avejentada y poco saludable. Pero en sus ojos brillaba aún el espíritu resuelto que siempre la caracterizara.
—¡Gracias a Dios que has venido, David! —dijo Ross—. Desde que los periódicos de aquí publicaron la historia del arresto de Ellen Porterfield anteayer, hemos estado alarmados ante la idea de que los agentes de Pinkerton causaran algún daño a Araminta.
—Lachlan no estaba en el campamento cuando la carta de Ellen llegó. Se encontraba en Martinsburg explicó David Por eso me dieron la carta a mí; y en cuanto la leí quise venir a Washington para prevenir en lo posible cualquier peligro.
—Tratamos de persuadir a Araminta para que desistiera de hacer lo que hacía, cuando fuimos trasladados a Philadelphia —dijo Mary Ross—. Pero ella siempre decía que debía servir a la causa.
¿Tienes algún plan para poder escapar de Washington, David? —preguntó Ross.
—Llegué aquí desde Annapolis por tren y nadie me ha hecho preguntas ni pedido documentación alguna; pero no es posible volver allá sirviéndose de una barca dedicada a la pesca de ostras por el Rappahannock, que era lo que yo planeaba al principio. Las cañoneras federales están deteniendo a todas ellas en estos momentos. De modo que, según creo, lo mejor sería tomar el tren desde aquí hasta Reíais House y luego trasbordar a la línea principal de la B&Q. Aunque ahora Martinsburg está en Virginia Occidental, conozco a gente por allí que podría facilitamos el transporte hacia el Sur. Afortunadamente conozco bastante bien los pequeños caminos que llevan a Virginia.
—¡Qué bueno! —dijo Araminta, que en ese momento penetraba en la habitación—. ¿Cuándo salimos?
—Vi en la estación cuando llegué que hay un tren para Relais House a les ocho, que conecta con el tren nocturno para Parkersburg —dijo David—. De modo que tendríamos que salir enseguida.
—No os preocupéis por mí —dijo Araminta a sus tíos al besarles para despedirse—. Mientras me encuentre con David ya sabéis que estoy segura.
—¿Adónde la llevarás, David? —preguntó Mary Stapler al médico.
—A mi casa, que está al sudoeste de Virginia. Preston’s Cove está en el condado de Botetourt, a menos de un día a caballo de Lexington.
—¿Por qué no me llevas a Richmond, donde estaré más cerca tuyo? — dijo Araminta—. Puedo trabajar en el hospital.
—Porque el general Grant está por lanzar un imponente ataque sobre Richmond tan pronto como el tiempo mejore y en tal caso la propia capital tendrá que ser evacuada —le respondió David—. Casi no hay acciones militares en el valle en estos momentos y prefiero que estés segura en Preston’s Cove.
Salieron siguiendo el mismo camino que David había usado para entrar, por las escaleras de servicio y la puerta trasera del hotel. Araminta estaba mucho más excitada que temerosa; pero David no se sentía en absoluto tranquilo. Sólo consiguió serenarse cuando llegaron a Relais House, que estaba entre Washington y Baltimore, e hicieron el cambio de tren a uno de la línea B&O que se puso a correr atravesando la noche rumbo a Martinsburg, desde donde, según esperaba David, podrían pasar tras las líneas en Virginia.
En el curso de la tarde del cuarto día de viaje, David y Araminta, sentados en un pequeño carro tirado por un caballo que David había podido comprar gracias a la ayuda de un simpatizante de los confederados en Martinsburg, llegaron a la granja habitada por la familia de Hal Perkins. Situada en el apacible valle por el cual la Brigada Stonewall había cruzado el Blue Ridge durante el verano anterior en viaje a Gettysburg, el lugar le resultaba muy conocido a David. Había recorrido casi cada palmo de él durante las marchas y contramarchas del ejército confederado en los veranos de 1861 y 1862 que habían consagrado al general Stonewall Jackson como una legendaria figura de la historia militar de todos los tiempos. Pero aquello era totalmente nuevo para Araminta y no cesaba de maravillarse ante cada nuevo paisaje que descubría.
—Ahora veo por qué quieres tanto a este país, mi querido —exclamó—, y por qué te sentiste obligado a renunciar a tu puesto aquel primer año de la guerra para venir a luchar a Virginia.
—Espera a ver Preston’s Cove y el resto del valle superior. Podrías jurar que te hallas en el cielo —le dijo David muy satisfecho.
—No, si tú no estás conmigo. Siento que los días que hemos viajado son los más ricos y pletóricos de toda mi vida. Y todo fe lo debo a ti.
—La guerra no durará más allá del verano próximo. En cuanto eso suceda, volveré a ti y juntos viviremos por el resto de nuestras vidas.
—Aún me alarma pensar en otro verano de guerra —dijo Araminta estremeciéndose y acercándose más a David—. Ahora que el general Grant ha venido a intentar poner término a las hostilidades, la matanza aumentará. Dicen que no vacila en echar a la batalla grandes masas de hombres, aunque eso signifique arrojarlos a las bocas de los cañones.
—Ésos son los méritos de Grant que el Norte aprueba. Estoy seguro de que una de las razones por las cuales yo pude entrar en Washington tan libremente y salir contigo, radica en el hecho de que el Norte ya no teme nada de la Confederación, puesto que Grant está al mando.
La familia de Hal dio una calurosa bienvenida a los viajeros, quienes descansaron allí un día para luego dirigirse de nuevo al valle, avituallados convenientemente por los Perkins para todo el trayecto de unas ciento veinte millas que aún les faltaba recorrer. Durante parte del camino siguieron por la ruta de portazgo del valle, puesto que las tropas federales parecían hallarse ausentes de él en aquellos días. Sin embargo, oyeron constantes rumores de que se estaba organizando un gran ejército al oeste de Winchester, en torno a la localidad de Romney, en Virginia Occidental.
Sólo un incidente desagradable tuvieron en el trayecto. Fueron azotados por uno de los vendavales propios de finales de marzo en aquellos parajes cuando estaban tan sólo a un día de viaje de su destino y recorrían un pequeño camino cerca de Bald Knob, que está a una altura de cuatrocientos pies. Como no era posible continuar el camino, puesto que comenzó a nevar copiosamente y las comunicaciones quedarían interrumpidas, David se vio obligado a refugiarse en una garganta de la roca para proteger no sólo a ellos, sino también al carro y al caballo.
Tras muchos fallidos intentos de hacer un fuego con ramas húmedas, desistieron; y, envolviendo al caballo con una de las mantas, usaron otras dos para hacer lo propio ellos mismos. Así abrigados se acomodaron bajo el carro. Durante la noche, David fue despertado por Araminta que, en su sueño, gemía y temblaba de frío. Le puso la manta que él tenía por encima del cuerpo sin que ella lo advirtiera y empezó a andar dando fuertemente con los zapatos en el suelo y moviendo los brazos para evitar quedarse congelado. Al cabo de varias horas en esa situación llegó el alba.
Se pusieron nuevamente en camino pero, mientras recoman la relativamente corta distancia hasta Preston’s Cove, David comenzó a sentir los ya conocidos síntomas de un ataque de malaria en su fuerte dolor de cabeza y de huesos. Ya Hanna Williams le había advertido de esa eventualidad, sin que él por cierto necesitara que ella le dijese nada, cuando, tras recorrer durante una hora las aguas heladas había llegado a su casa desde la Belle of Annapolis. Nada le dijo a Araminta, sin embargo, para evitar preocuparla. El viejo enemigo se había presentado tras aquella noche glacial; el viejo enemigo que le amenazaba desde el primer verano de la guerra.
Mientras seguían el tortuoso camino que bordeaba el río James y cuando sólo se hallaban a unas pocas millas de Preston’s Cove aquella tarde, David fue presa de violentos escalofríos y de mucha fiebre. Cuando Araminta llegó, conduciendo ella misma el carro, al encantador paraje cercano al río donde sus antepasados habían levantado su hogar casi ciento cincuenta años antes, David ya desvariaba, presa del delirio.