La brigada Stonewall
Capítulo II
LA felicidad reinante en la Brigada Stonewall, aquella mañana espléndida de septiembre, no se debía tan sólo a sus logros estratégicos y materiales. Más aún que eso importaba a todos que de nuevo podían dirigirse al amado valle del Shenandoah. En números eran menos que nunca; sus equipos resultaban aún insuficientes; sus uniformes no eran más que jirones, compuestos de ropa que un día perteneciera a soldados de la Unión, camisas rotas, pantalones de basta tela de algodón y, en algunos casos venturosos, zapatos. El suministro de zapatos había sido muy limitado desde el comienzo de la guerra porque las fábricas que se dedicaban a hacerlos estaban situadas en la parte occidental de Nueva York, alrededor de Binghampton. Fuera de esos centros, había pocos que fabricaran calzado en los Estados Unidos, de modo que los soldados de la Confederación rara vez podían obtener zapatos, a menos que se los quitaran a los prisioneros yanquis o a los muertos que yacían en los campos tras los encuentros.
Aunque acostumbrados desde tiempo atrás a recibir extrañas órdenes de su a menudo excéntrico comandante general, la Brigada Stonewall se había sentido completamente desorientada al iniciar la marcha. No tenía la menor idea de adonde se dirigía; y como el general rara vez hacía partícipe a alguien de sus planes, nadie podía saber que el general Lee había aceptado por fin probar la estrategia, tan a menudo sugerida por Jackson, respecto a un avance profundo dentro de Pennsylvania que cortaría el ferrocarril por el oeste, en Harrisburg, antes de atacar por el este para amenazar Philadelphia, Baltimore y Washington.
Se trataba de un plan audaz cuidadosamente calculado. Podía no dar resultados; pero aun así, obligaría al general McClellan (quién había sido nuevamente puesto a cargo de los ejércitos federales de Virginia tras el estrepitoso fracaso del pretencioso Pope) a perseguir a los sureños allí donde atacaban, con lo cual tendría que aflojarse la presión sobre Richmond. Al mismo tiempo, la maniobra de Lee buscaba astutamente causar diferencias y conflictos de carácter político en el Norte, adonde pronto se entraría en período electoral que renovaría los mandatos de los miembros del Congreso. De ese modo, era previsible que descendiera aún más el ya declinante apoyo del Congreso a favor de Lincoln.
Cruzando el Potomac para entrar en Maryland a través de Leesburg en Virginia, Lee dirigió su ejército hacia Frederick, en Maryland, haciendo allí un alto para permitir a los rezagados reunirse con las avanzadas y conceder a éstas un reposo. También necesitó tiempo para calmar los ánimos porque algunos de sus generales habían tenido disputas entre sí, particularmente Jackson y A. P. Hill. Además estaba el problema del general J. B. Hood, quien había sido arrestado por negarse a prescindir de algunas ambulancias tomadas al enemigo por sus hombres. Mientras el ejército se internaba más y más en Maryland, resultaba claro para el Segundó Cuerpo de Jackson y para la Brigada Stonewall que no se encaminaban hacia el relativo descanso de los cuarteles de invierno en el valle. En consecuencia las deserciones —problema siempre grave cuando se ha de contar con ejércitos en los que entra gran parte de civiles— aumentaron ostensiblemente.
Con su ejército ya internado muy adentro de Maryland, al norte del Potomac, Lee esperaba que los federales evacuaran Harpers Ferry. Pero el general Henry W. Halleck, quien desde el 23 de julio era General en Jefe de los ejércitos de la Unión, ordenó a sus hombres que permaneciesen allí. Como una fuerza de más de doce mil hombres no podía dejarse intacta a retaguardia del ejército confederado, Lee no tuvo otro remedio que enviar una división al mando del general Lafayette McLaws y una brigada más para acercarse a la vital vía de ferrocarril y al punto de unión de los canales desde el norte a través de las alturas de Maryland. La división del general J. G. Walker fue enviada a recorrer el río y destruir un importante acueducto de la C&O Canal, antes de emprender rumbo a Virginia para tomar Loudoun Heights. Entretanto las fuerzas de Jackson limpiarían de enemigos la parte oeste del Potomac, en Williamsport y se dirigirían luego al sur de Martinsburg, para obligar a la guarnición de allí a replegarse hasta Harpers Ferry. De este modo taponarían el cuello de botella del valle más adelante, aislando a la pequeña fuerza federal estacionada allí.
En lo referente a Harpers Ferry, el plan se desenvolvió como sobre ruedas: la fuerza de federales que allí había se rindió la mañana del 15 de septiembre. Pero, aunque se capturaron doce mil quinientos prisioneros, mil trescientas armas pequeñas, setenta y tres cañones y varios centenares de vagones de ferrocarril, un tiempo precioso se había perdido, durante el cual McClellan consiguió amasar un ejército y poner a punto un plan de transporte por ferrocarril al norte del Potomac. El presidente Abraham Lincoln no cesaba de exigir frenéticamente mayor celeridad. Por su parte, Lee había tenido que dividir su ejército con el cual pretendía atravesar la Maryland occidental y así penetrar en Pennsylvania. Entre Frederick y Sharpsburg su avance hubo de hacerse a paso de tortuga, mientras esperaba los resultados del ataque a Harpers Ferry. Conviene decir que ese tramo es de apenas treinta millas en línea recta.
Débil aún después de su ataque de malaria que se había prolongado bastante, David Preston ayudó a tratar al casi centenar de heridos que resultaron del ataque a Harpers Ferry. Eran pocos porque el tal ataque fue llevado a cabo principalmente por medio de bombardeos de artillería, lanzados desde una altura que dominaba el río y el empalme ferroviario. Y cuando, alrededor del mediodía de la jornada en la cual cayó Harpers Ferry, David divisó a un hombre alto y muy moreno vestido de paisano, cubierto de polvo por el viaje, desmontar de su caballo al lado del centro de curaciones de la Brigada Stonewall, apenas pudo creer lo que sus ojos veían.
—¡Lachlan! —gritó, yendo hacia su amigo para darle un abrazo—. ¿De dónde vienes?
—Del oeste, naturalmente. —Lachlan Murrell dio la respuesta con su típica sonrisa burlona—. ¿Acaso no es hacia allí hacia adónde vosotros los blancos nos habéis empujado a los indios?
—¿Qué sabes de Araminta y los Ross? ¿Se encuentran a salvo?
—Recibí carta de Araminta justamente antes de salir de Tahlequah. Me dice que están viviendo en casa de la familia Stapler, en Philadelphia. Pero ya te contaré todo eso más tarde. Ahora, lo que quiero es ver a alguien que se halle cerca del general Jackson. En el viaje hacia aquí me he enterado de algunas cosas que, estoy seguro, deseará conocer.
—Te llevaré con el comandante Sandie Pendleton, que es el jefe de su oficina desde que Dabney renunció.
Encontraron a Pendleton en un cuarto del piso superior del edificio donde el general Jackson, había instalado su cuartel general.
—¿No nos hemos visto antes? —preguntó Pendleton cuando David le presentó a Lachlan.
—Estuve aquí hace unos dieciocho meses, junto con mi tío, John Ross. Nos encaminábamos hacia el territorio indio.
—Sí, ahora lo recuerdo —dijo Pendleton—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Se me ha ordenado que me reuniera a su ejército en calidad de ayudante independiente, comandante. Creo que tiene usted el grado de comandante, como yo. ¿De qué unidad procede?
—Del Segundo de Caballería Cherokee. —Lachlan puso en manos de Pendleton una hoja que contenía órdenes—. Aquí están mis órdenes, firmadas por el coronel Stand Watle Pendleton levantó las cejas con gesto de gran sorpresa.
—¿De modo que ha estado usted en Pea Ridge?
—Sí; pero no arranqué ninguna cabellera, se lo aseguro —respondió Lachlan sonriendo—. Tres años en el ejército de los Estados Unidos me enseñaron que eso no es considerado elegante hoy en día.
Pendleton se ruborizó ligeramente. El otro le había dado una lección. Sin embargo, no le guardo rencor.
—Estaremos muy contentos de tenerlo entre nosotros, comandante Murrell. Acaso el comandante Preston le ayude a encontrar un uniforme y otras cosas que pueda usted necesitar.
—Tengo un uniforme en el saco que cuelga de mi montura. Al dejar Richmond se me dijo que la situación era un poco incierta al sur de Maryland, de modo que me pareció más seguro viajar vestido de civil. Fue gracias a eso como me fue posible enterarme en Frederick de que el general McClellan está en posesión de todo el plan de campaña que se propone llevar a cabo el general Lee en Pennsylvania.
A Sandie Pendleton se le cayó el lapicero que tenía en sus dedos.
—¿Qué dice usted, comandante?
—Casi me di de bruces con el cuartel general de los federales cerca de Frederick, hace unos días. Mientras esperaba entre unas matas la caída de la noche para escabullirme al amparo de las sombras de la noche, pude oír a dos oficiales del estado mayor de McClellan. Hablaban de cuestiones militares y así me enteré.
—Un momento, comandante. Quiero que el propio general Jackson oiga eso.
Pendleton salió y permaneció fuera de la habitación durante unos minutos, al cabo de los cuales volvió para conducir a sus visitantes a un cuarto adyacente. Jackson estaba sentado ante un escritorio repleto de papeles. Se puso de pie para estrechar la mano de Lachlan.
—De nuevo nos encontramos, comandante Murrell —dijo amablemente —. Y casi en el mismo sitio.
—Aunque en circunstancias muy diferentes, señor. Me alegra constatar que los años y una larga serie de campañas militares no han afectado su buen aspecto.
Jackson se sonrió.
—El Señor favorece nuestra causa. Me dice el comandante Pendleton que posee usted información de vital importancia.
Lachlan le hizo un rápido esbozo de su viaje desde Richmond y le contó cómo había oído por casualidad la conversación de los oficiales de McClellan.
—¿Recuerda usted algún detalle a que hubieran aludido los federales, comandante? —preguntó Jackson.
—No fue mucho lo que me fue posible escuchar, señor. Ellos charlaban mientras daban una vuelta a pie y yo no podía ciertamente moverme de mi escondite. Con todo, dijeron con claridad que el mando de ellos tenía en su poder la identidad de cada unidad de nuestro ejército señalada para participar en esa campaña y también que conocía los lugares en que cada una de ellas se encontraría día a día.
Jackson se dirigió hacia una ventana desde la cual se quedó contemplando la escena que se extendía a sus pies. Cuando se dio la vuelta, la mirada de preocupación de sus ojos mostraba cuán seriamente tomaba la información que venía a proporcionarle Lachlan Murrell.
—Si el general McClellan tiene una copia de nuestros planes, sabe que nuestras fuerzas tendrán necesariamente que dividirse con el fin de tomar Harpers Ferry; de modo que piensa sin duda separar bien a un ejército del otro, cortando sus comunicaciones. —El tono del general Jackson se hizo más vivaz—: El general Lee ha de tener en su poder esta información cuanto antes, comandante Pendleton. ¿Está el señor Douglas en nuestro campamento?
—Así lo creo, señor.
—Dé usted un caballo fresco al comandante Murrell y mande por el señor Douglas. Él ha nacido y ha sido educado en esta zona, de modo que conocerá el camino más rápido y corto hasta Sharpsburg.
—¿Oyó usted algo más, comandante Murrell? —preguntó Jackson cuando Pendleton se marchó.
—Sólo unos cuantos nombres… de lugares. Pero no me resultaban familiares.
—Trate de recordarlos.
—Uno de ellos hizo una referencia a South Mountain. Y creo que algo dijeron de dos abismos o brechas.
—¿Nada sobre otros nombres?
—Uno de ellos habló de Turner. De eso estoy seguro, Pero el otro…
—¿Podría ser Crampton?
—Sí. Exactamente.
—Venga conmigo, por favor.
Jackson se dirigió a la habitación donde Sandie Pendleton había estado trabajando. Sobre una pared había un gran mapa del área comprendida entre Harpers Ferry, Frederick, Martinsburg y Hagerstown, En el ángulo inferior derecho se leía el nombre de Hotchkiss, por lo cual David se había enterado que el mapa había sido trazado por el experto cartógrafo de Jackson, un hombre sumamente versado como revisor y delineante de mapas de campaña, que había estado con ellos casi desde el principio de la guerra.
—El general Lee ya se encuentra en Sharpsburg, pero se ha visto forzado a hacer un alto allí, mientras nosotros atacábamos a las fuerzas federales en Harpers Ferry.
Jackson iba señalando sobre el mapa los lugares a medida que se iba refiriendo a ellos.
—Aquí está South Mountain, entre Frederick y Hagerstown o, para ser más precisos, entre Catoctin y Antietam. Ésos son los nombres de dos arroyos que aquí ve usted. El general McClellan está avanzando hacia Sharpsburg desde Frederick; pero, para alcanzar una posición desde la cual combatir el flanco del ejército del general Lee, debe necesariamente cruzar South Mountain, sea a través de Tumer’s Gap desde el norte o de Crampton’s Gap desde el sur. Afortunadamente, el cuerpo de ejército del general Longstreet ya ha llegado a la zona de Hagerstown y podría defender esos puntos… siempre que él y el general Lee sean advertidos a tiempo. Eso es lo que deseo que usted y el teniente Douglas lleven a cabo: informarles de las novedades que nos ha traído, comandante Murrell.
—¿Piensa usted atacar la retaguardia del general McClellan, señor? — preguntó David.
—Estamos en demasiada inferioridad numérica para hacer eso. Según los últimos datos que tengo, el general McClellan cuenta con más de ochenta mil hombres, mientras nosotros apenas tenemos unos pocos miles, muchos de ellos descalzos y algunos sin armas. Pero le conozco, porque estuvimos juntos en la Academia Militar de West Point y luego en el ejército regular. McClellan avanzará a conciencia y con todo su poder, de modo que pienso que el general Lee quiere que me una a él en Sharpsburg, manteniéndose al mismo tiempo muy alerta para ver si advierte algún punto débil en filas federales.
—Esperemos que lo advierta, señor —dijo Lachlan.
—Si no lo encuentra él, tal vez lo encuentre yo. Para eso siempre tengo los ojos abiertos —dijo Jackson con gran seriedad—. Con la ayuda de Dios Todopoderoso, siempre los mantengo abiertos.
—¿Siempre habla como si Dios fuese su mano derecha? —preguntó más tarde Lachlan a David. Ambos se encaminaban hacia el vivaque de la Brigada Stonewall para comer algo antes de que Lachlar diera comienzo a su viaje a Sharpsburg.
—Muchas veces. Y al cabo de cierto tiempo uno empieza a pensar si no tiene razón.
—Ciertamente él así lo cree; y eso es ya como ganar media batalla.
—No has terminado de contarme cosas sobre Araminta y John Ross — dijo David a Lachlan, mientras éste comía—, ni de qué manera fueron capturados.
—El tío John nunca se mostró muy interesado en esta guerra y no está por ninguno de los dos bandos. Se limitó a firmar un tratado con la Confederación cuando resultó evidente que nuestro pueblo sufriría si trataba de permanecer neutral. Supongo que el principal propósito de la expedición del coronel Weer y del capitán Greeno contra Park Hill era el de capturar a John Ross. Lo han hecho; y personalmente me alegro de que de ese modo el tío haya quedado fuera de este asunto. Una vez finalizada la guerra…
—Pero, ¿cuándo será eso?
—Pienso que más rápido de lo que se piensa. El general Ulysses S. Grant que lleva en Mississippi la campaña de los federales, es un bull-dog. Cuando caiga Vicksburg, la Confederación se encontrará cortada en dos en lo que respecta al este y al oeste. Ése será el principio del fin.
Lachlan se dirigió más tarde al campamento para cambiar sus ropas de paisano por un uniforme militar de la Confederación que llevaba la insignia de comandante en el cuello. De la misma maleta extrajo un par de botas altas de caballería y se las puso.
—¿Algún herido en el acto de capturar a John Ross? —preguntó David.
—No. Las tropas yanquis se mostraron muy consideradas y permitieron incluso a Araminta que se quedara, si ella quería. Pero ya sabes cuánto quiere al tío John; de modo que prefirió ir con él, aunque sospecho que esto de hallarse a poco más de cien millas de ti habrá influido en algo sobre su decisión.
—En los hechos, podríamos hallarnos en lugares opuestos del mundo.
—Si el general Lee es capaz de llevar a efecto sus planes de invadir Pennsylvania, tal vez te veas cabalgando por las calles de Philadelphia dentro de una semana.
David movió la cabeza.
—Las tropas norteñas me recuerdan la historia mítica en la cual los dientes de un dragón, según se narraba, eran capaces de producir soldados de tal manera que cada vez que moría uno, diez salían de su boca para llenar el hueco. La Brigada Stonewall es una de las unidades militares más extraordinarias de toda la historia militar, pero cuenta hoy con la mitad de los hombres que la integraban hace un año. Y ya se sabe que ni el mejor soldado es capaz de luchar con el estómago vacío y con los pies hechos trizas porque carece de zapatos y ha de caminar sobre piedras. Agrega a eso que carece de armas si no puede tomarlas al enemigo.
—Vuestro oficial comandante no parece compartir tu pesimismo.
David sonrió.
—Como el rey David de la Biblia que los misioneros moravos te hicieron estudiar, Jackson cree ser el Elegido por Dios para ganar esta guerra.
—Pero David ganó; conviene no olvidarlo.
—Ése ha de ser Kyd Douglas —dijo David al oír unos cascos de, caballo que se oían desde la calle—. ¿Precisas algo más?
—No me vendría mal un trago de ese whisky medicinal que los médicos militares parecen tener siempre en cantidad. Tras cabalgar veinte millas desde Frederick desde la medianoche, la perspectiva de cabalgar otras diecisiete me provoca una sed terrible.
—Si conozco algo a Jackson —dijo David mientras le tendía la botella a su amigo—, estaremos en Sharpsburg a las doce horas de llegar tú y tendré mucho trabajo con las llagas de muchos pies durante el camino.