La brigada Stonewall
Capítulo X
CONSIDERADA rigurosamente desde el punto de vista militar, la Batalla de Falling Waters, librada en las cercanías de la orilla sur del Potomac, a unos kilómetros por debajo de Hagerstown, el 2 de julio de 1861, casi a la vista del puente de Williamsport, sólo puede ser tomada como una escaramuza, o poco más. Los dos bandos contendientes, en efecto, se atribuyeron la victoria, poniendo de relieve, en consecuencia, que no se habían destruido mutuamente.
La voladura del largo puente de la vía férrea, sobre el Potomac, en Harpers Ferry, impidió, desde luego, la utilización del ferrocarril por espacio de varios meses, perdiendo el Norte una posición ventajosa.
Y al moverse directamente sobre Martinsburg, los hombres de Jackson habían sacado fácilmente de la ciudad a las pocas tropas federales que en ella había, apoderándose limpiamente de los importantes talleres ferroviarios y otras instalaciones montadas allí por la firma B&O.
Tras la destrucción de esta zona, llevada hasta el extremo de arrancar los carriles de la línea y trasladarlos a una arboleda, cuyos troncos fueron aprovechados para doblar aquéllos, con una previa aplicación de calor, Jackson obedeció una orden del general Johnston, iniciando su retirada hacia Winchester.
Pese a continuar lamentando todavía la falta de agresividad de su superior, se llevó consigo, arrastradas por tiros de caballos, cierto número de locomotoras B&O, para que fuesen reparadas en los talleres de la Tredegar Iron Works, de Richmond, tras un largo desplazamiento hasta Strasburg, de donde por los caminos de hierro de Orange, Alexandria y Virginia Central, pasarían a la capital de la Confederación.
La caballería de los valientes Jeb Stuart y Turner Ashby, adentrándose unos cuarenta o cincuenta kilómetros en el territorio comprendido entre Winchester y el Potomac, volvieron en los últimos días del mes de junio con la noticia de que los federales empezaban a cruzar en masa por Williamsport. Johnston decidió finalmente mover sus fuerzas a lo largo del Valle Turnpike, en dirección a Darkesville, a medio camino, aproximadamente, entre Winchester y Williamsport. Dejado en libertad por último por su tímido jefe, Jackson se puso en marcha con sólo unos trescientos hombres del 27.º Regimiento, más varios cañones de la artillería de Rockbridge, al mando del padre de Sandie Pendleton.
El centelleante cometa que cruzó el firmamento la última noche de junio fue interpretado por algunos como un signo de victoria, y por otros, los menos, como el anuncio de un desastre. Hubo cuatro hombres que lo consideraron muy significativo en sus respectivas vidas, dándole una interpretación distinta, sin embargo. La verdad es que todos se equivocaron.
Pierre Gustave Toutant Beauregard vio el cometa como el anuncio de un favor celestial. El Señor había acogido todos sus esfuerzos hasta entonces con una sonrisa, indudablemente… Se había convertido en un héroe del Sur de la noche a la mañana, sólo por haber estado al mando de Charleston durante el ataque contra Fort Sumter, aunque aquella victoria sólo había requerido unas armas más, unas municiones más y un poco de gente más que se impusiera a la pequeña guarnición unionista, integrada por un centenar de soldados.
Tras lo de Charleston pasó a mandar el ejército del Norte de Virginia, a principios del verano. Beauregard empezó a concentrar fuerzas en Manassas Junction, al noroeste de Richmond, con el propósito manifiesto de conquistar Washington. Orgulloso, pintoresco, impetuoso, lleno de energía, Beauregard, a sus cuarenta y tres años, se encontraba en la flor de la vida y en el pináculo de su carrera militar. En consecuencia, ¿cómo no iba a ser aquella irrupción del cometa en el firmamento nocturno un buen presagio, un anuncio de mayor gloria para su persona?
George Brinton McClellan, natural de Philadelphia, formado en West Point, había renunciado a su empleo de capitán en el ejército regular en 1857 para ocupar el puesto de ingeniero jefe en el ferrocarril de Illinois Central, de cuya compañía fue más tarde vicepresidente. Ascendido a comandante general en el ejército estadounidense en 1861, había dirigido el triunfal avance de las tropas federales en Virginia Occidental, enfrentándose con una oposición reducida, y preparando el terreno para la planeada separación de ese sector de Virginia, destinado a convertirse en otro estado dentro de la Unión. Hombre apuesto, gallardo, muy seguro de sí mismo, convencido de sus altos destinos, veía en el cometa un indicio del favor celestial, que así se centraba en una persona evidentemente nacida para los lideratos de la política y la milicia.
El comandante general Irvin McDowell, auxiliar ayudante general del ejército regular estadounidense, se había mostrado muy activo en la preparación de la batalla desde que la caída de Fort Sumter impulsara a unos cuantos estados indecisos, particularmente Virginia, a participar con más viveza en la Confederación. Trabajando lo mejor que pudo a las órdenes, no siempre comprensibles, del anciano general en jefe de los Estados Unidos, Winfield Scott —que apenas podía andar, pero que se recreaba, sin embargo, en el planeamiento de campañas militares desde su lecho, señalando con un puntero en los mapas que le colgaban de las paredes de su habitación—. McDowell tuvo que vencer muchas dificultades desde el principio.
De la misma edad que Beauregard y en la misma clase que el orgulloso louisianiano en West Point, McDowell tenía poco del pintoresquismo de Beauregard, y nada, al parecer, de su audacia. Comandante al comienzo de la guerra, McDowell fue nombrado inmediatamente brigadier general de los voluntarios. Pero no era uno de los soldados favoritos del general Scott, precisamente. Hombre sensible, amante de la música y de la jardinería, con frecuencia distraído, aparentemente, McDowell no poseía condiciones adecuadas para encajar bien en la turbulenta vida de Washington inmediatamente después del comienzo del conflicto bélico.
Inspirado por una militar prudencia, McDowell había tomado la precaución de acelerar la ocupación de la orilla virginiana del Potomac desde Washington, haciendo del antiguo hogar del general Robert E. Lee, en las Alturas de Arlington, el cuartel general del ejército. Había andado ocupado, asimismo, a lo largo de la primavera y principios del verano de 1861, intentando consolidar las diversas fuerzas presentes dentro y en los alrededores de la capital, para conseguir disponer de un ejército homogéneo y apto para el combate. Esto, a pesar de las interferencias del Presidente Lincoln y de varios miembros del Gabinete, así como por parte de algunos «aficionados» del ejército de voluntarios con influencia política suficiente para autogarantizarse altos empleos, que raras veces merecían, por su falta de condiciones.
Hacia los últimos días de junio, McDowell había podido preparar un mapa de su proyectada campaña y presentarlo al consejo militar, el Presidente y el Gabinete. El plan constituía una osada aventura. McDowell se proponía penetrar directamente en Virginia Oriental, cortando el ferrocarril de Manassas Gap, hacia el Valle de Shenandoah, dejando aislada la ciudad de Richmond, donde su antiguo amigo y camarada de armas, Jefferson Davis, ocupaba el cargo de Presidente de una joven y todavía vacilante nación.
En relación con los preparativos emprendidos por McDowell sobre la guerra, una cosa había llamado la atención del gran público: un globo de observación relleno de aire caliente, preparado por el profesor T. S. C. Lowe. Instalados en su barquilla, los observadores podían situarse a bastante altura sobre el campo de batalla, vigilando los movimientos de las fuerzas contrarias y telegrafiando las informaciones directamente por medio de un cable de arrastre que acababa en el puesto de mando.
Dentro de la mansión abandonada de Lee, su cuartel general, al mando de un ejército compuesto por treinta y dos mil hombres, muchos de ellos, verdaderamente, mal entrenados, el general Irvin McDowell tenía muchas razones para pensar, en los comienzos del mes de julio de 1861, que el cometa que había surcado los cielos la noche anterior auguraba la iniciación de una campaña tan relampagueante como aquél. Su triunfo le convertiría, en un héroe nacional en escaso tiempo, liquidando la guerra con la conquista de Richmond, el corazón de la rebelde Confederación, que aspiraba a convertirse en una nación separada.
Para un cuarto observador, llamado Thomas Jonathan Jackson, instalado en su campamento, dentro del delicioso valle existente, en la región septentrional de Martinsburg, con los laureles y los rododendros todavía en plena floración, en las laderas altas del Blue Ridge, el cometa sólo podía ser presagio de un descalabro. Con sus trescientos hombres, aproximadamente, del 27.º Regimiento de Virginia, y unos cuantos cañones a su disposición, Jackson no podía considerarse una amenaza, desde luego, para los millares de soldados del general Robert Patterson, bien calzados, perfectamente equipados y mucho mejor entrenados. Ellos eran con relación a estas tropas lo que las moscas importunas que zumbaban perezosamente en torno a los hombres dormidos y los caballos de la artillería de Rockbridge, pastando en aquellos momentos.
Pese a llevar ya tres meses en la guerra, Jackson era todavía coronel, aunque había capturado parte de una de las líneas férreas más importantes de la nación, sin disparar un tiro, además. Por añadidura, el antiguo profesor parecía estar destinado siempre a actuar como el lacayo del alto mando, moviéndose en la vanguardia del principal núcleo de tropas, para aguantar la embestida más peligrosa del primer ataque, y custodiar la retaguardia en las retiradas, siempre cediendo las recompensas y la fama a otros cuando todo llegaba a su fin.
Viendo a su superior sentado sobre un leño, con la cabeza erguida, como siempre, junto a la hoguera humeante, que más que nada servía para ahuyentar a las moscas, ya que aquella noche, la del 18 de julio, era cálida y sin brisas, David Preston percibió al mismo tiempo las susurradas palabras de una plegaria, comprendiendo que el viejo Jack andaba ocupado hablando con la única persona con quién parecía comunicarse a voluntad: su Dios. Pero nadie, ni sus más íntimos compañeros, hubiera podido decir si rezaba por la victoria o por la salvación de su alma.
Eran las cuatro y media de la madrugada, y el sol no se había elevado por encima de las aserradas crestas de Blue Ridge, cuando Jackson ordenó al cometa que tocara diana, si bien en un tono muy bajo, por si del cuerpo principal de las tropas mandadas por Patterson se habían destacado algunos piquetes, en dirección al Sur. Por espacio de una hora hubo algún movimiento en el campamento, procediendo los cocineros a freír las raciones de cerdo… Muchos soldados sabían que, enfrentados con la posibilidad de una batalla, el mejor sitio para llevar aquéllas era el estómago.
Aunque habían sido sacadas algunas armas y municiones del parcialmente destruido arsenal y de las fábricas incendiadas de Harpers Ferry, los hombres de Jackson no se hallaban bien equipados para un combate en regla. Sus únicas armas, aparte de las bayonetas y cuchillos, eran los fusiles (sólo algunos de ellos de retrocarga), las carabinas, las escopetas y pistolas… Era grande la variedad en el armamento. Los macutos resultaban demasiado molestos o engorrosos para la marcha, de suerte que el equipo del soldado había quedado reducido, generalmente, no contando las armas y municiones, a una manta enrollada, cubierta con un trozo de tela impermeable, y a los artículos indispensables para el aseo, los mínimos, guardados dentro de aquélla.
Tras el desayuno, la columna inició su marcha hacia el norte. Los pocos jinetes con que se contaba desaparecieron nada más empezar a moverse todos. La caballería siempre había sido los ojos y los oídos de las tropas que se dirigían al campo de batalla. Las órdenes de Jackson relativas a la marcha eran muy simples: cada hora había un descenso de cinco minutos. Los hombres se dejaban caer, quedándose inmóviles allí donde les sorprendía el alto. David Preston avanzaba a caballo, como los restantes oficiales. Llevaba su equipo médico en una pequeña caja y sus herramientas de cirujano en las alforjas.
A las dos horas de haber abandonado la columna el sector donde había vivaqueado, el jefe de la caballería, el coronel Turner Ashby, apareció ante ellos inesperadamente. La columna se detuvo mientras Jackson, el comandante W. N. Pendleton, el teniente Sandie Pendleton, su hijo, y los dos jefes de las compañías conferenciaban separados del grupo.
Una vez finalizada la conferencia, Sandie Pendleton regresó con los jefes de las compañías y su padre, quien empezó a supervisar inmediatamente el cambio del cañón, que había de ocupar un sitio alejado de la carretera, desde el cual poder tener el camino enfilado.
—El coronel Jackson quiere que monte usted inmediatamente un puesto de primeros auxilios, capitán Preston —dijo el joven ayudante.
—¿Qué ocurre, Sandie?
—Un grupo yanqui que precede a varios centenares de hombres se dirige hacia aquí. El coronel espera cogerles desprevenidos para abatirse luego sobre la columna principal. Falling Waters queda a no mucha distancia de este lugar.
Los soldados, casi todos ellos hombres de las montañas, acostumbrados a seguir a los venados y ciervos, habían empezado ya a dispersarse, invisibles, por el bosque. Cuando David hubo terminado de preparar sus cosas, nadie hubiera dicho que había tropas por los alrededores. Puesto que la batalla no había comenzado, fue a dar cuenta de que había cumplido la orden recibida.
El comandante W. N. Pendleton estaba supervisando el emplazamiento de su batería. Tenía que procurar barrer la estrecha carretera que quedaba delante. David se quedó sorprendido al ver a Jackson allí, hasta que advirtió que desde aquel punto se divisaba perfectamente la carretera. La blanca iglesia de Falling Waters quedaba sólo a unos centenares de metros de distancia.
—Quédese y eche un vistazo, doctor —dijo Jackson—. Usted ha estudiado algunos de los campos de batalla europeos y tal vez pueda damos algún consejo.
David se situó detrás de Jackson, pero puso buen cuidado en mantenerse lo más alejado posible del Pendleton mayor. Hombre taciturno, el sacerdote transformado en artillero apuntaba a un sitio y a otro, como si estuviera ejercitándose, con una Parrott, después de haberse echado por encima de la cabeza un impermeable, a fin de evitar que cualquier reflejo del sol en el metal revelara su presencia al enemigo.
Durante casi media hora no se oyó el menor sonido, salvo la cháchara de las aves y las ardillas en los árboles, un ocasional y distante grito y, por una o dos veces, el estampido de un disparo de rifle. Después, en una de las esquinas del cementerio de la iglesia aparecieron tres hombres a caballo, corriendo como si el diablo se hubiera lanzado tras ellos. David reconoció en el primer jinete al coronel Ashby, por su faz delgada y su barba puntiaguda.
—Ahí está el cebo, capitán Preston —dijo Jackson, en voz baja—. De un momento a otro veremos a nuestra presa ahora.
Más allá de la iglesia se oyó una descarga, buena prueba de que Ashby y sus acompañantes habían sido vistos. A1 desaparecer ellos en la arboleda que rodeaba el claro, el reducido y expectante grupo oyó el rumor de pisadas fuertes.
—Aquí vienen —señaló Jackson—. Mucha calma, caballeros. Hagan fuego cuando yo de la orden solamente.
Fijando la vista en el cañón, David no se sorprendió al ver junto a él, amontonados, unos sacos de metralla. A aquella distancia y hallándose las tropas concentradas en una pequeña zona, la metralla podía resultar terrible para los federales. Sus uniformes, de un azul brillante, y sus pulidas armas proporcionaban unos blancos muy definidos en la soleada mañana. Cuando los soldados cruzaron el claro, alrededor de la iglesia, David comprendió que allí había algunos del ejército regular, por su forma de extenderse. Las tropas bisoñas, en cambio, tendían a unirse instintivamente, en busca de protección, convirtiéndose, por tanto, en un blanco ideal para el fuego de cañón.
David comprobó que los soldados de la Unión se hallaban equipados con el rifle de seguridad Enfield, fabricado por numerosas firmas del Norte. Un fornido sargento, con las insignias denotado ras de su categoría militar en las mangas, capitaneaba a varios soldados. Estaban decididos a efectuar una detenida inspección de la iglesia. Ni un sonido ni asomo de movimiento llegó desde los árboles, por entre los cuales discurría el camino del suroeste, con un baño de luces y sombras, con un piso lleno de baches y trozos de arena muy poco firme.
Llamando a sus hombres, el sargento los condujo al claro.
Pendleton padre se inclinó sobre el cañón. Estaba en una actitud intensamente expectante. Los dedos con que sostenía el tirador, utilizado para el disparo de la pieza, se notaban temblorosos realmente.
Y cuando miró a Jackson, David observó que por vez primera su cuerpo no se mantenía erguido, sino que se inclinaba ligeramente también, con la cabeza cubierta casi por completo con el gorro cuartelero que utilizaba a todas horas y en todas las ocasiones, el cual le daba ahora el aspecto de un zopilote sobresaltado por un ruido extraño.
—¡Coronel! —Pese a su excitación, Sandie Pendleton supo mantener su voz en un susurro—. Fíjese en el arma del sargento.
Jackson volvió la cabeza y entonces David vio que sus hundidos ojos brillaban con una luz fantástica, como si su dueño se hubiese estado anticipando con vulpina satisfacción al disparo, del arma y a la granizada asesina de las sesenta o más bolas de hierro que componían la carga de metralla dentro del cañón. Seguramente, había llegado a ver en el claro, de un modo casi tangible, la marea de la muerte, un poderoso soplo, guadañador de vidas humanas. David se dijo que aquélla sería sin duda la expresión de los espectadores de los coliseos romanos en la antigüedad, al inclinar sus pulgares para condenar a muerte al gladiador vencido.
—Se trata de un rifle Henry de quince disparos —manifestó Sandie Pendleton, hablando del rifle del sargento, sin levantar la voz ahora tampoco —. Se puede cargar el domingo, por ejemplo, y dedicarse uno a hacer disparos con él el resto de la semana.
—Vale lo que diez hombres bien apostados —convino Jackson—. Inmovilícelo, Sandie.
El joven oficial se estaba moviendo ya antes de que Jackson acabara de pronunciar estas palabras. La carabina Sharps que llevaba en su funda, delante de la silla, cuando montaba a caballo, se encontraba apoyada en un árbol, a no más de dos metros de distancia. Pendleton la cogió, examinando el detonante. Éste, al ser golpeado por el percutor, en el disparo, prendía fuego a la carga de pólvora, enviando la bala sobre el blanco.
La cinta de papel que cubría el detonante estaba seca, lo cual probaba que no había llegado a ser humedecida por el fuerte relente, en el desplazamiento de la noche anterior, desde el campamento hasta Falling Waters. Hincando una rodilla en tierra, apoyó el joven el cañón de la Sharps en el impermeable que cubría la Parrott que su padre se disponía a disparar, apuntando el arma sobre el ancho pecho del sargento que iba al frente del pequeño grupo. En aquel preciso instante, sin embargo, aparecieron unos cuantos uniformes azules más en la porción más lejana del claro, y Jackson alargó una mano rápidamente para contener a Sandie Pendleton.
—Un momento —dijo el viejo Jack, sorprendiendo a David por la serenidad que denotaba su voz en aquel importante momento—. Ya le avisaré yo.
El sargento yanqui había vuelto la cabeza para mirar a los recién llegados.
—¿Algún rastro de Johnny Reb? —preguntó uno de ellos, con un fuerte acento de holandés de Pennsylvania.
—¡No! —replicó el sargento, despreciativamente—. Esa gente huyó de esta parte del país en el momento en que unos cuantos auténticos soldados se lanzaron en su persecución, obrando de la misma forma que cuando 6u salida de Harpers Ferry. Vamos.
El grupo últimamente llegado allí estaba integrado por un par de docenas de hombres. Todos cruzaron el claro cuando el sargento volvió sobre sus pasos. En el cementerio de la iglesia había congregados ahora unos cuarenta hombres, más o menos.
—¡Ahora, Sandie! —ordenó Jackson en otro susurro.
Con el estampido del disparo, una nubecilla de humo se escapó del arma, al incendiarse la pólvora, oscureciendo momentáneamente el objetivo. Esto era algo característico de todas las Sharps… El humo desapareció rápidamente, sin embargo, y unos segundos antes de que Pendleton padre hiciera fuego con su Parrott, David vio una mancha de color carmesí que aparecía como un diminuto sol en la guerrera azul. Inmediatamente después, el sargento empezó a inclinarse hacia adelante.
—¡Un disparo excelente, capitán Pendleton! ¡Magnífico!
Las siguientes palabras de Jackson fueron ahogadas por el tronar del cañón. La metralla se extendió por el claro, tumbando aquellas figuras del uniforme azul, barridas por el disparo como si hubiesen sido un puñado de bolos.
David sintió unas náuseas indescriptibles ante aquel salvaje espectáculo. Jackson, en cambio, sonreía, aprobador. La dotación de la pieza procedía sin pérdida de tiempo a limpiar el cañón valiéndose de una «esponja» hecha con un cilindro de madera recubierta de badana y puesto en la punta de una larga varilla. Tras haber colocado otra carga de pólvora, le llegó el turno a la metralla. Entretanto, el viejo Pendleton atornillaba el pequeño tubo de cobre, relleno de pólvora, de un cronometrador de fricción en el «fogón» de la pieza.
Los soldados escondidos entre los árboles comenzaron a disparar sus armas sobre los unionistas —menos de la mitad ahora eran capaces de mantenerse en pie—, que fueron abandonando el espacio despejado, buscando la relativa seguridad de los matorrales de los alrededores. Algunos de ellos, presas del pánico, arrojaron sus fusiles, huyendo. Dando gritos, los soldados de la Confederación se lanzaron tras ellos.
—Voy a ser necesario en mi puesto, coronel —dijo David.
—Desde luego.
La voz de Jackson sonaba distante ahora, mientras contemplaba sin el menor rastro de emoción en el rostro la carnicería de que era escenario el claro.
—El Todopoderoso se ha complacido hoy en damos la victoria, doctor. El enemigo necesitará de sus servicios mucho más que nuestros valientes soldados.
Mientras se deslizaba apresuradamente por entre los árboles, en dirección al sitio en que había instalado su sencilla enfermería, David se preguntó qué clase de deidad podía ver con complacencia cómo se mataban entre sí los seres por ella creados. ¿Cómo iba a agradarle a Dios que se dieran muerte mutuamente aquellos que creara a Su imagen y semejanza, que perdían la vida en plena juventud, salvajemente destrozados por una granizada de bolas de hierro impulsadas por una mezcla de carbón, azufre y nitro? Y sin embargo, Jackson, un hombre piadoso, temeroso de Dios, estaba convencido de que eso constituía algo muy normal.
Antes de la batalla, había sido colgada de una rama de árbol que se proyectaba sobre la carretera que conducía a Falling Waters la bandera amarilla que indicaba el emplazamiento del puesto de socorros médicos. También había sido abierto un sendero, ladera arriba, a unos sesenta metros del camino, para que el puesto sanitario se desplazara y no quedara bajo el fuego de los contendientes al producirse alteraciones durante la lucha.
Nada más llegar David al puesto se presentó el primer paciente, un joven llamado Hal Perkins. Cojeaba terriblemente, y al avanzar se apoyaba en su arma. Su falta de experiencia la revelaba el hecho de que la misma se hallaba cargada. Precavidamente, David le quitó el fusil, dejándolo apoyado en el tronco de un árbol. Seguidamente, ayudó al chico a sentarse sobre una piedra, recostándolo contra aquél.
David no tuvo más que echar un vistazo al limpio orificio de la bota para comprender lo que había pasado. Este proceder había sido de carácter muy grave en Italia. Igual ocurría allí, en Virginia, al pie del Blue Ridge.
Pero recordando sus náuseas de minutos antes, al observar la carnicería de que eran objeto los soldados del uniforme azul, junto a la iglesia de Falling Waters, el joven soldado le inspiró simpatía. Su decisión de luchar se había derrumbado al llegar el momento de dar muerte al prójimo, llevándole esto a volver el arma contra sí mismo.
—¿De dónde eres tú, Perkins? —le preguntó David mientras le quitaba la bota.
El orificio era tan limpio por debajo como por arriba de la misma.
—De Winchester, doctor… Bueno, capitán, quiero decir. Estudiaba en la escuela de medicina de allí.
La herida se veía también muy limpia, encontrándose situada entre la base del dedo gordo y el contiguo. Un breve examen le permitió observar que el proyectil no había afectado a los huesos largos —los metatarsos— de ambos dedos. Ello constituía una prueba decisiva de que la herida había sido autoinfligida.
—¿Es grave, doctor? —preguntó el muchacho, con voz un tanto temblorosa.
—No. Pero vas a pasar un mal rato cuando te veas obligado a explicar esto ante un consejo de guerra.
—No sé qué me pasó, doctor. —El chico sentía la necesidad de justificarse porque creía que David simpatizaba con él—. Cuando cayó Fort Sumter nos alistamos prácticamente todos los de mi clase y…
—Hubieras debido quedarte en Winchester para terminar tus estudios. El Sur va a necesitar muchos médicos.
—Ahora lo comprendo… Pero el caso es que todos nos fuimos. La gente hablaba de que íbamos a tomar Washington y de que Abe Lincoln sería colgado… Decía también otras cosas por el estilo.
—Y esta mañana, por ejemplo, te has dado cuenta ya de lo que es realmente la guerra, ¿verdad?
—Yo estaba a menos de quince metros de ese sargento, doctor. Estaba apuntándole, pero no pude apretar el gatillo. —A Perkins se le quebró la voz por un momento—. Cuando la bala abrió en el pecho del hombre aquel gran agujero y empezó a salir la sangre… creo que perdí la cabeza.
—Ésa podría ser la explicación médica. —David inició el vendaje de la herida—. Pero los componentes del consejo de guerra no acogerán con mucha simpatía tus palabras, especialmente por el hecho de haberte tomado la molestia de cargar de nuevo tu arma.
—Me parece que cometí una estupidez. Sin embargo…
—Te figurabas que si no estaba cargada alguien sospecharía que te causaste tú mismo la herida, ¿no es eso?
Perkins asintió, secándose los ojos con el borde de la manga de su guerrera.
—Todo ello me hace aparecer como un cobarde a los ojos de los demás, ¿eh?
—Para algunos… sí, lo eres. ¿Cuántos años tienes, Hal?
—Diecinueve. Mentí en la oficina de reclutamiento.
—Entonces estabas dispuesto a…
David guardó silencio de pronto. Desde los matorrales cercanos acababa de llegar a sus oídos un crujir de ramas. Pensando en que se aproximaban nuevos heridos, terminó su operación con el pie de Hal Perkins, arrojando la bota acusadora entre la maleza, donde nadie pudiera verla. Estaba atando las puntas del vendaje cuando cesaron los crujidos de momentos antes y en ese instante levantó la vista para ver a menos de tres metros de distancia un soldado de gran talla vestido con el uniforme azul. La sangre procedente de una herida que tenía en la cabeza se le derramaba por la cara. Sus ojos centelleaban a causa del dolor y el miedo.
—¡Maldita sea! ¡Rebeldes! —gritó, irguiéndose, para lo cual tuvo que apoyarse en un árbol.
Al mismo tiempo, se llevó a la cara el rifle Enfield de que era portador. David pudo ver perfectamente que acababa de echar hacia atrás el percutor con la mano derecha y que su dedo índice se ceñía al gatillo. Impresionado por la repentina y grave amenaza que suponía aquel rifle en manos del soldado de la Unión, David no hizo el menor esfuerzo por moverse, limitándose a esperar el impacto del proyectil que de un momento a otro acabaría con su vida. Rezó porque el movimiento de oscilación del cañón que le apuntaba fuese suficientemente violento, como para errar el blanco de su cuerpo. Cuando el sonido de la detonación llegó a sus oídos, no obstante, lo notó duplicado, como si hubiera sido seguido inmediatamente por su propio eco.
Aguardó una punzada dolorosa, que le dijera dónde había sido alcanzado. Pero no sintió nada… David se preguntó en virtud de qué milagro aquel hombre había errado el tiro disparando de tan cerca. Porque era un milagro, sí, aun tratándose de un soldado herido y atemorizado… Y entonces se dio cuenta de que la herida de la cabeza del yanqui se había ampliado, quedando expuesta la pulpa rezumante y roja de su cerebro.
Comprendió por fin. De una manera u otra, Hal Perkins se las había arreglado para coger el fusil, con tiempo para apretar el gatillo y alcanzar al otro soldado en la cabeza, una fracción de segundo antes de que se abatiera el percutor del Enfield. El cañón de esta arma se había elevado en el último momento, perdiéndose la bala, inofensiva, entre los pinos, al otro lado de la corriente de agua.
—No podía permanecer aquí tan tranquilo, viendo cómo lo mataban a usted, doctor. —Hal Perkins pronunció estas palabras en un tono de excusa, casi—. Después de haberme tratado tan bien habría sido un desagradecido…
—¡Me has salvado la vida, Hall!
En aquel instante, David se dio cuenta de lo que debía hacer. Tenía que actuar con presteza si pretendía evitar que el joven estudiante de medicina pagara con su vida haberse dejado llevar del pánico por unos segundos. Acercándose rápidamente al sitio en que había dejado sus alforjas, sacó una cajita que contenía tres bisturís, tres afiladas hojas del mejor acero sueco.
—¡Suéltate el vendaje del pie, Hal! —ordenó—. ¡Y a toda prisa!
El soldado Perkins no necesitó que le dijera aquello dos y veces.
Entretanto, David seleccionaba una de las brillantes hojas de acero de la caja.
—Voy a convertirte esa herida en otra. La voy a transformar de manera que dé la impresión de que pusiste el pie sobre la bayoneta del rifle de un soldado enemigo muerto —explicó—. Agárrate bien a algo, ya que lo que viene te va a doler.
David situó la punta del bisturí escogido en la entrada de la herida, sobre la parte superior del pie del chico. La hoja de acero miraba hacia abajo. Se hundió en la carne, desplazándola inmediatamente hacia los dedos de un golpe.
Perkins ahogó un gemido. David dejó que la sangre fluyera, recogiendo todas las partículas del vendaje que hubieran podido quedar. Luego, cogió el arma de Perkins, deslizándose entre la maleza, por la parte adonde había arrojado la bota. Atravesó ésta de parte a parte con la bayoneta, reproduciendo así en ella la herida que ya había «presentado» en el pie del chico.
La hemorragia producida por la nueva herida se había cortado ya cuando David acabó de destruir las pruebas que hubieran podido condenar a Hal Perkins. Entonces, procedió a colocar un nuevo vendaje. A menos que hubiera alguna infección, aquello curaría perfectamente.
—¿Cómo podré agradecerle esto, doctor? —dijo Hal Perkins, con la voz ronca, a causa de la emoción—. Probablemente, me ha librado usted de ser fusilado.
—Cuenta lo que te he dicho que cuentes. Quizá salgas sin novedad de este tropiezo.
—¿Por qué no me deja trabajar con usted cuando tenga la herida curada? Seré su esclavo, doctor…
—Tú podrías actuar como ayudante mío. Con el año que pasaste en la escuela de medicina más la experiencia que habrá ocasión de adquirir aquí antes de que transcurra mucho tiempo, quizá puedas superar un día el examen de practicante. Antes de que haya terminado esta guerra vamos a necesitar muchos auxiliares en los hospitales.
—Haré lo que usted diga, doctor.
Mientras trabajaba en el puesto, atendiendo a los pocos hombres heridos en el encuentro de Falling Waters, David pensó, guiándose por la intensidad de los disparos, hacia el norte, que la pequeña fuerza de Jackson, al parecer se las había tenido que ver con la avanzadilla del principal cuerpo de fuerzas federales. No se sorprendió, pues, cuando vio a Sandie Pendleton, llegado de la carretera, con órdenes de Jackson: los heridos habían de ser acomodados en carromatos para ser inmediatamente transferidos a Darkesville. El propio Jackson hizo acto de presencia poco después a lomos de un indescriptible caballo alazán capturado al enemigo. Y antes de que se hubiera puesto el sol, el grupo que había efectuado la escaramuza volvía a su punto de procedencia.
Nada más llegar al campamento base temporal, David se puso a trabajar en el hospital provisional, montado cerca del cuartel de la 1.ª Brigada. Los vendajes y tablillas colocados apresuradamente tenían que ser ahora repasados y quitados. Uno de los soldados había sufrido una grave herida en la cadera, que afectaba al fémur. Hubo que amputarle la pierna, una operación siempre penosa, desagradable.
Esta intervención corrió a cargo del doctor Hunter McGuire, porque a él le correspondía realizarla. David le ayudó, y aunque McGuire carecía de experiencia dentro del campo de batalla, aquél advirtió que era un hombre competente, bien preparado.
Seguidamente, David limpió cierto número de heridas, retirando de ellas trozos de carne en mal estado e hilachas de los uniformes, utilizando con abundancia el agua caliente. Andaba atareado colocando una tablilla a otra pierna —otro caso de fractura, aunque, afortunadamente, no grave—, cuando oyó no muy lejos de él un rumor de pisadas.
Era el coronel Jackson, que se había plantado junto al fuego, donde hervía el agua de un recipiente, y habrían de ser colocados otros que contenían la sopa y el café destinados a los heridos.
—Siga con su trabajo, capitán Preston —dijo el coronel al ver que David se incorporaba para saludarle, desentendiéndose momentáneamente del enfermo que estaba atendiendo—. Es más importante ahora que los formalismos militares.
—Habré terminado dentro de unos minutos, señor.
—¿Qué es ese instrumento que está usted utilizando, doctor?
Jackson tenía el hábito de usar, indistintamente, este título y el referente a la graduación militar.
—Es una tablilla combinada, con objeto de aplicar un poco de tracción en los casos de fractura. Con la tracción se vence la tendencia de los músculos a contraerse, lo cual puede ocasionar el desplazamiento de los huesos.
—Ingenioso. Espero que ese dispositivo haya salido de 1 magín de algún médico de la Confederación.
—La tablilla fue ideada por el doctor Nathan Ryno Smith, de la Facultad de Medicina de Maryland, en la Universidad, hace ya algún tiempo, señor. El mecanismo para conseguir la tracción fue añadido por vez primera por un médico de Nueva York, el doctor Gordon Buck.
—A todos nos dice la palabra de Dios: «Aquellos que están sanos no necesitan un médico, sino quienes se encuentran enfermos». Así pues, yo estoy convencido de que nuestro Padre Celestial no quiere que le sea arrebatado a nadie el don de curar.
—En el juramento de Hipócrates, suscrito por todos los médicos, nosotros decimos: «En la medida que me lo permitan mis fuerzas y mi discernimiento, trabajaré para beneficio del enfermo, evitándole todo daño» —repuso David —. Nunca he experimentado la impresión de que existiesen discriminaciones entre el amigo y el enemigo.
—Nuestro Dios nos dijo una vez: «Amad a vuestros enemigos; corresponded con el bien a aquellos que os odian». —Una sonrisa dulcificó la normalmente dura línea de los labios de Jackson—. Pero en el calor de la batalla, me temo que no siempre tenemos esto presente.
—La misión de esta mañana fue brillantemente ejecutada, señor. Espero que sus resultados le hayan dejado satisfecho.
Jackson se acarició la barba por toda respuesta. Tardó tanto en contestar que David llegó a imaginarse que había hablado demasiado.
—Raras veces me dejan satisfechas las cosas que intento, capitán Preston. Hoy hemos hecho retroceder una avanzadilla y conseguido la paralización, casi, de momento, de una columna de unos catorce mil hombres…
—¿Tantos?
—Es lo que el coronel Ashby me notificó antes de iniciar la escaramuza. Cuando uno piensa que ha de atacar a catorce mil hombres contando con sólo trescientos y con tres cañones, inevitablemente se acuerda de David lanzándose contra Goliat, ¿no le parece?
—Es más que hacerse con todo el ejército filisteo, señor.
Jackson tornó a sonreír.
—Hicimos tres disparos y nos retiramos con cuarenta prisioneros de guerra, un centenar de rifles, quizá, de acuerdo con el capitán Pendleton, sufriendo a todo esto menos de una docena de bajas por nuestra parte.
—Yo consideraría eso una victoria, señor.
—No es una victoria exactamente, doctor. De haber dispuesto de tres mil hombres, en lugar de trescientos, y haber tenido treinta cañones, en vez de tres, hubiera podido enviar al coronel Ashby y al coronel Stuart, al frente de su caballería, en un movimiento por el flanco, al puente de Williamsport, para que lo atacaran y destruyeran. Luego, me habría sido posible hacer retroceder al enemigo contra la barrera del Potomac, destruyendo la efectividad de sus fuerzas, probablemente, hasta la próxima primavera, lo cual me hubiera permitido ganar tiempo para entrenar y equipar a mis fuerzas, con vistas a la batalla real que habría de librarse.
Si se exceptuaban sus días de estudiante, David Preston no había tenido ocasión todavía de oír a Jackson explicando su filosofía de la estrategia militar. Jackson era considerado por sus oficiales un hombre taciturno y ellos se quejaban de no oír nunca nada de sus labios. David, indudablemente, les llevaba mucha ventaja ahora.
—Ahora bien —continuó diciendo el coronel—, eso habría supuesto comprender a toda la fuerza, con la probabilidad, si perdíamos, de que no pudiéramos contener al enemigo en su marcha hacia el Sur, por el Valle de Shenandoah, cortando las líneas del ferrocarril al oeste y flanqueando Richmond. En consecuencia, el general Johnston, probablemente, estaba en lo cierto al decidir que el ataque de esta mañana fuese solamente una escaramuza con la que tentar el empuje del enemigo.
David se fijó en el frecuente uso que hacía Jackson de la palabra «probablemente». Ahora, comprendió algo que no había visto antes: tras su grave aire exterior, tras unas rarezas y peculiaridades de carácter que hacían destacar a Thomas Jonathan Jackson de entre otros hombres, se escondía un corazón amante de la aventura, un individuo fulgurante y osado, con una personalidad propia, totalmente distinta de la de Jeb Stuart, el soldado de las pulidas botas, del emplumado gorro, de la guerrera con forro de roja seda.
—Buenas noches, doctor.
Cuando Jackson se volvió para encaminarse a su tienda, una figura familiar entró en el círculo luminoso proyectado por las brasas del pequeño fuego. Era el coronel Turner Ashby, y a juzgar por la animada expresión de sus ojos al saludar, evidentemente, era portador de buenas noticias.
—Nos desplazamos hacia el norte, en dirección a la línea telegráfica que une Martinsburg con Harpers Ferry, por lo cual el sargento Holbein, del Cuerpo de Comunicaciones, pudo entender el mensaje, coronel —declaró Ashby—. El general Patterson telegrafió al general Winfield Scott, en Washington, que usted atacó esta mañana al frente de 3500 soldados. Va a cruzar de nuevo el río, en Williamsport, para reagrupar sus fuerzas. Piensa hacerlo mañana.
Jackson rió, burlón.
—¡Imagínese usted! Un coronel de infantería al frente de tantos hombres…
En el claro resonó la risotada de Ashby.
—Nadie ha oído hablar nunca de una cosa semejante, señor. Holbein se ha mantenido más tiempo a la escucha, por si son cursados nuevos mensajes entre Williamsport y Washington. ¿No cree que deberíamos enviar al general Patterson uno firmado por usted, diciéndole que de aquí en adelante procurara mantenerse lo más alejado posible de Virginia?
—La tentación es grande, pero acuérdese de que en el Libro de los Proverbios se dice: «No pienses en el mañana con jactancia, pues no sabes qué puede traerte el día». Dé las gracias al sargento Holbein en mi nombre y manténgase en contacto con él por correo.
—He dado órdenes en tal sentido, coronel. Mañana, el telégrafo no va a parar un momento. Habrá, sin duda, numerosas comunicaciones entre el general Patterson y el Departamento de la Guerra. ¡Quién sabe! Quizá nos enteremos de muchas cosas.
—Espero averiguar algo sobre lo que el general Beauregard lleva entre manos al otro lado de la montaña. —Jackson estaba muy serio ahora—. Si yo fuera el general McDowell, atacaría sin la menor vacilación a Beauregard, antes de que éste tenga tiempo de concentrar un fuerte ejército entre Washington y Richmond.