La brigada Stonewall
Capítulo IX
—¿NO le había dicho a usted que el viejo Jack sabe lo que está haciendo? —preguntó David a Mattox unos días más tarde. Como trataba de hacer cada sábado, Stonewall Jackson había dispuesto un alto para que sus tropas se tomaran un día entero de descanso en Mount Solon, que se halla a unas doce millas al sudoeste de Harrisonburg y a algo menos de esa distancia del valle Turnpike.
—¿Ha reconocido usted sin duda al oficial que acaba de entrar en el campamento, no?
—Dick Ewell no pasa desapercibido para nadie. Pero, ¿qué es lo que sucede?
—Banks ha empezado a evacuar sus tropas de Harrisonburg hacia Strasburg y Winchester. Sandie Pendleton me lo dijo esta mañana cuando llegaron los despachos del correo militar.
—¿Sería usted capaz de echar en cara a Banks el hecho de negarse a luchar tan lejos de sus bases de suministro, que están en Winchester y Harpers Ferry?
—Más bien no; pero si ha dicho la verdad, su ejército suma el doble de los de Jackson y Ewell. Así ha informado a Lincoln y a Stanton. Nosotros tenemos probablemente ahora unos quince mil hombres, de modo que Banks piensa que ha de enfrentar a treinta o treinta y cinco mil.
—Sumadas las fuerzas de Ewell y de Jackson.
—Usted puede ser un buen periodista, Ed, pero poco vale como estratega militar —dijo David moviendo la cabeza con gesto de burlona misericordia —. Le apuesto diez contra cinco que en este preciso momento Jackson y Ewell están madurando un plan que coloque a Banks entre los ejércitos de ambos.
—No hay apuesta —dijo Mattox—. Iré a meter los pies en ese baño que Hal recomienda. A menos que esté muy equivocado, la famosa «caballería de a pie» de Jackson tendrá que hacer una larga caminata en los próximos días.
Por la mañana, en la iglesia, el reverendo J. L. Dabney, capellán privado de Jackson, predicó su habitual sermón exaltado. Tras la comida del mediodía, cocinada y servida por Jim, ayuda de cámara personal de Jackson, Ewell y sus oficiales volvieron a dirigirse al este, hacia Conrad’s Store y el valle Elk Run.
La suposición de Mattox sobre la caminata resultó acertada: unas dos horas después de la salida del sol, el ejército del Valle comenzó a marchar hacia Harrisonburg entre las aclamaciones de la gente. Unos cuantos vagones de ferrocarril convergían hacia la ciudad, obviamente para servir de base de suministros para la nueva operación militar. Y cuando se dio la orden de depositar los bultos y efectos personales en el juzgado, una aclamación especial salió de las tropas veteranas.
—¿Qué significa todo eso? —dijo Mattox a Hal. Ambos se hallaban sentados en el vagón hospital en el que habían llegado hasta allí. Los pies de Mattox ya no querían saber nada más al pasar cinco millas más allá de Mount Solon.
—Cuando se da la orden de depositar los bultos personales, es que la batalla está próxima —explicó Hal.
A la tarde siguiente, ya tarde, el l.er Hospital de Campaña recorría el camino entre Harrisonburg y New Market. De pronto, una aguda banda de música empezó a oírse detrás y un poco después apareció una columna multicolor de hombres marchando con gallardía. Eran trescientos hombres saludables, vestidos con uniformes grises muy nuevos y llevando polainas blancas. Los últimos rayos del sol de la tarde relucían en sus bayonetas y avivaban los colores de sus estandartes.
—¿A qué unidad pertenecéis? —preguntó Hal Perkins a un sargento que desfilaba detrás de la segunda columna.
—A la Brigada de Zuavos de Louisiana, que forma parte de la división de Ewell —le respondió el sargento con claro acento francés—. Nos manda el general Richard Taylor, que es hijo de un presidente.
—No se dirá que van rezagados —comentó Hal en tono temeroso—. Cuando el general Jackson entró en New Market esta tarde, la brigada de Stonewall se había extendido cinco millas a lo largo del camino de barrera.
—¿Cuánto camino habéis hecho hoy? —preguntó Ed Mattox al sargento zuavo.
—Salimos de Keezletown Road. Veintiséis millas.
En ese momento, la banda comenzó a ejecutar un vals y, sin fallar el compás, una compañía de la columna empezó a dar pasos de baile.
—¡Bravo, bravo! —dijo un robusto irlandés de los Emerald Guards—. Buen ramillete de maestros de danza.
—He tenido oportunidad de ver el modo de luchar de esos tíos, sargento —dijo Ed Mattox—. Quien entra en un cuerpo a cuerpo con ellos se encuentra con que tiene un pie en la cara antes de darse cuenta de qué es lo que le ha golpeado.
—Ya me puedo volver a casa —dijo el irlandés—. Puedo decir que lo he visto todo.
A la mañana siguiente, a corta distancia de New Market, cuando la niebla de la mañana aún permanecía en las cumbres de Massanutten Range, la cabeza de la columna dobló agudamente hacia el este, en dilección a Luray y a un pasaje montañoso que desemboca en un desfiladero, el cual divide el valle a lo largo de unas cuarenta millas. Pronto la columna atravesó el ramal del sur del río Shenandoah, rumbo al norte donde se junta con el Potomac en Harpers Ferry.
—Quisiera que me dijera adónde diablos nos encaminamos, David —dijo Mattox.
—Probablemente terminaremos en algún lugar situado entre General Banks, en Winchester, y General Shields, en Front Royal —respondió David. Pero también él estaba confundido por aquel cambio de dirección.
—O acaso atravesemos Blue Ridge para colocarnos detrás de McDowell, en Manassas, y así poder atacar Washington —dijo Mattox—. Apuesto por Washington.
—Y yo por la ruta del valle.
—Mi jefe en Richmond se caerá de espaldas cuando yo le envíe un comunicado diciéndole cómo Stonewall Jackson tomó preso a Abraham Lincoln y al secretario Stanton, finalizando así la guerra con un solo golpe de mano —dijo Mattox.
Al final del segundo día de dura marcha, la «caballería de a pie» había atravesado Massanutten Range, penetrando en el estrecho pero encantador valle Luray, que separa aquél de las imponentes alturas del Blue Ridge. La extensión más alta se interponía entre el ejército del Valle y Piedmont, en Virginia, donde el ejército federal al mando del general Irvin McDowell amenazaba Richmond. Entretanto, más al este, el ejército de la península al mando del general George McClellan, tenía la misma misión.
Fue aquí donde se reveló la maestría estratégica de Jackson, pues, mientras marchaba hacia el norte a través de Luray Valley, sus tropas resultaban ocultadas a las fuerzas del general Banks, que se retiraban en dirección al norte, hacia Winchester y hacia la principal base federal para toda la zona del valle de Shenandoah. Al mismo tiempo, Banks resultaba quedar a oscuras en lo referente a saber de dónde debía esperar el ataque que, sin duda, Stonewall Jackson estaba preparando. Al mismo tiempo, la caballería de Ashby, cuyo comandante acababa de ser ascendido a la categoría de brigadier general, iba hacia adelante, desplegando la convencional pantalla, y los correos militares informaban periódicamente a Jackson y a su estado mayor sobre los lugares en que se encontraba el grueso de las fuerzas de Banks.
En Luray, la columna fue engrosada por el resto de la división del general Richard Ewell, que marchaba hacia el norte desde Elk Run, donde se hallaban las antiguas bases de operaciones de Jackson. (Concretamente en Conrad’s Store, cerca de Swift Run Gap). Allí la columna torció nuevamente al norte y Ed Mattox tendió silenciosamente a David cinco dólares. Había perdido.
El ritmo de la marcha no se aminoró, pero resultó considerablemente más fácil a lo largo del río Shenandoah que a través de la zona montañosa de Massanutten Range.
El 23 de mayo, la Brigada Stonewall, que aún seguía a retaguardia de la larga columna, hizo veintiséis millas en dieciséis horas, hasta llegar a una posición que dominaba Front Royal, a unas veinte millas al sur de Winchester. La caballería de Ashby tomó el flanco izquierdo, cruzando el río Shenandoah y desplegándose para colocar una pantalla entre el general Banks, que estaba en Strasburg y las fuerzas de Jackson, situadas en Front Royal. Entretanto la cabeza de la columna de infantería de los confederados torcía hacia la derecha y subía por un sendero que rodeaba el lado oriental de la ciudad.
Fue allí donde tuvieron el primer contacto con el enemigo. Un grupo que intentaba una escaramuza y que formaba parte de la cabeza de la columna de Jackson se encontró al salir de un bosque con un piquete de federales, de manera súbita. Las fuerzas de la Unión retrocedieron a través de la ciudad de Front Royal luchando incansablemente para hacerse fuertes cerca del río, sobre una parte elevada, desde la cual descargaron su artillería pesada con dos cañones. Sin embargo, cuando la caballería de los confederados, moviéndose hacia el oeste desde la ciudad, comenzó a amenazar la retaguardia federal, las tropas de la Unión quemaron los puentes que cruzaban las dos ramas del río Shenandoah que se unen precisamente al norte de Front Royal y comenzaron a retirarse.
David se había precipitado hacia adelante al oír el fragor de la batalla, llegando justamente a tiempo para ver a los zuavos de brillante uniforme del general Taylor tratando de apagar las llamas en los dos puentes mientras se esforzaban en el ataque. Al mismo tiempo, Stonewall Jackson lanzó a la Sexta División de caballería de Virginia hacia el río para perseguir al enemigo que huía. Él mismo se mezcló a ellos, alentándolos. Con su inconfundible gorra sobre los ojos, tan calada que visto por detrás parecía carecer de cabeza, Jackson recordaba al famoso Caballero Decapitado de Washington Irving.
La escaramuza —puesto que apenas fue eso— sólo duró un breve tiempo. Pronto la caballería retornó con unos seiscientos prisioneros, cien caballos tal vez, y suficiente ración para las bestias. También se apoderó de los cañones que habían entorpecido más que ninguna otra cosa el paso del Shenandoah. Al caer la noche, la derrota de los federales era completa en Front Royal. Cerca de setecientos cincuenta prisioneros, la mayor parte procedentes de Maryland (del regimiento del coronel J. R. Kenly) habían sido hechos prisioneros y todo el ejército había estado tan cerca de caer, que cabía la posibilidad de que el general Banks pudiese pensar que apenas poco más que la caballería o, mejor dicho, la pantalla formada por la caballería —la cual le había perseguido durante todo el camino hasta Harrisonburg— había bastado para derrotarle.
Bastante antes de la salida del sol, al día siguiente, todas las fuerzas fueron puestas de nuevo en movimiento hacia el valle Turnpike y Winchester. Grandes suministros de alimentos y de materiales habían caído en poder de las tropas de Ashby, que, al igual que las otras, habían recorrido vastos territorios a marchas forzadas y con raciones escasas. Cuando se detuvieron para tomar el botín y comer, el propio Jackson fue hacia ellos y los incitó a ponerse de nuevo a la obra. Pero era demasiado tarde. Varias compañías del ejército de la Unión que se encontraban en retirada consiguieron escapar, previniendo de la situación al general Banks, que se encontraba en Strasburg, y avisándole que su implacable enemigo Stonewall Jackson estaba pisándole los talones llevado por incontenible ira.
Cuando David Preston llegó al valle de Turnpike con su hospital móvil, un extraño espectáculo se presentó a sus ojos. Por cuanto se veía, el capturado ferrocarril federal de suministros corría por sus vías hacia el sur. Algunos de los vagones ardían; pero la gran mayoría habían podido ser tomados intactos. Como no era posible disponer de soldados que custodiaran aquella preciosa carga, puesto que tendrían que ser sustraídas al combate, civiles de todas clases, pero también militares se habían dedicado al pillaje. Los vagones estaban rodeados de personas que se llevaban el botín.
Más adelante, allí donde la rápida caballería de Jackson había detenido el tren, montones de cadáveres de hombres y de animales indicaban los puntos donde la pantalla de la caballería federal había pretendido inútilmente proteger sus suministros, presentando batalla a los atacantes antes de que éstos cortaran el tren. En cierto lugar, un par de vagones se habían colocado bajo una fila de robles gigantescos que estaba fuera del camino y un grupo de bribones —que también se habían retirado de Harrisonburg pero cambiando de bando en el proceso —había instalado allí un prostíbulo provisional, ante el cual filas de hombres esperaban bajo los árboles.
—Ahí tiene una pequeña historia de esas que ustedes llaman de interés humano, Ed —dijo David Presión a Mattox cuando pasaban al lado de las filas. Iban a caballo. El periodista se había apropiado de uno perteneciente a la caballería federal y lo pensaba destinar a su propio transporte.
—No vale la pena dedicar tiempo a describir esa escena. Jefferson.
—Davis se opondría a su publicación —dijo Mattox.
—¿Por qué?
—Porque ha venido haciendo cuanto estaba de su mano para clausurar los burdeles en Richmond. Hay que decir, sin embargo, que uno nuevo se abrió casi enfrente al hospital pocos días antes de salir nosotros de allí. Uno de los médicos del hospital me dijo que había tenido que tratar más casos de gonorrea durante la semana siguiente a su apertura que en el curso de toda su vida profesional.
—Es que la vida continúa, ¿sabe usted? ¿Supongo que escribirá usted un libro una vez que todo esto finalice?
—No estoy seguro de creer en cosas que he visto con mis propios ojos — dijo Mattox—. Hasta que la división de Ewell se unió a Stonewall dudaba que el ejército del Valle tuviese más de quinientos hombres. Sin embargo Jackson ya ha derrotado a dos ejércitos federales compuestos de, por lo menos, el doble de ese número. Y eso en poco más de un mes. Empiezo a preguntarme si los federales serán capaces de detenerlo antes de que llegue al Potomac.
—Ya lo ha visto usted tomar Washington hace unos días —recordó David al periodista—. ¿Será que ya está perdiendo la confianza?
—Oh, no. Sólo me pregunto qué pasaría si Jeff Davis pusiera la guerra enteramente en manos de Lee y de Jackson.
La Brigada Stonewall se hallaba a la vanguardia del frente de acción contra Winchester. David estaba un poco detrás, prestando ayuda a los atareados cirujanos del regimiento allí donde se habían instalado centros de curación, es decir, en zonas cercanas al camino de portazgo. Pero, como la columna se movía con rapidez hacia adelante y pequeñas escaramuzas desataban batallas en miniatura a cada milla, corría el riesgo de que entretanto la acción se desplazara a veces hasta varias millas. No había manera de instalar un hospital en regla cerca del frente.
El domingo 25 de mayo de 1862 Winchester cayó en manos del ejército del Valle al mando de Stonewall Jackson. Fue ocupada al día siguiente. Mientras el resto del ejército celebraba el acontecimiento, sin embargo, David Preston estaba muy ocupado para hacerlo. La campaña relámpago del Valle no había sido llevada a cabo sin considerables bajas de ambos bandos. Aprovechando el hecho de que el ejército de Banks se desbandaba desordenadamente cruzando el Potomac y viendo que una unidad sanitaria podía funcionar normalmente durante unos días por lo menos y encargarse de atender a los heridos, David instaló el primer hospital de campo bajo una tienda de lona en los arrabales del sur de Winchester.
Como no quería que las tropas de Banks se reposaran cerca del Potomac, Jackson envió nuevas fuerzas persecutorias al día siguiente. Ed Mattox aprovechó para ir con ellas; pero sólo para encontrarse de vuelta dos días más tarde.
—Por fin he obtenido permiso de Jackson para escribir la historia de la campaña del Valle con destino a mi periódico —le dijo a David a quien encontró en el hospital—. Y verá usted qué historia será.
—¿Ya la ha puesto usted en el telégrafo?
—Aún no: demasiadas comunicaciones telegráficas más allá del valle Turnpike se encuentran por ahora en manos federales. Me propongo ir a caballo hasta Blue Ridge, cruzarlo y alcanzar el tren de Richmond en Gordonsville. Mañana a estas horas estaré en Richmond escribiendo como un desaforado.
—Recuerde que no tendrá muy sano el trasero.
Mattox se alzó de hombros.
—Ese remedio de Hal Perkins realiza maravillas con los pies, de modo que es probable que también las haga con el trasero. Una vez que llegue a Richmond y vea mi historia impresa, me prepararé un baño, echaré en él el remedio y me quedaré inmóvil durante un buen rato.
—¿Ha ido usted muy lejos hacia el norte con las tropas nuestras?
—La Brigada Stonewall llegó hasta Harpers Ferry. De camino ocupó Loudoun Heights…
—El 27.º Regimiento vivaqueaba allí cuando me uní a ellos hace más o menos un año. Mi primer trabajo consistió en evitar que el agua de los retretes continuara mezclándose con la que se usaba para beber.
—Algunas unidades persiguieron a Banks hasta Martinsburg, pero consiguió cruzar el Potomac —agregó Mattox—. Los cruces están muy protegidos, sin embargo, de modo que se vio obligado a llevar a efecto una retirada estratégica tras destruir mucho material y los vagones que pudiesen ser traídos por nosotros hacia aquí. Ese telegrafista llamado Holbein Jeb Stuart pudo interceptar los telegramas —por lo menos algunos de ellos— que el general Banks envió a Washington explicando lo que había sucedido.
Mattox extrajo de un bolsillo de su chaqueta unas cuantas hojas de papel.
—Oiga esto. De Banks al Ministerio de Guerra:
Parte de nuestras tropas atravesó Winchester en cierta confusión; pero
la columna fue prestamente rehecha y pudo continuar en orden la marcha. Mis hombres no han sido derrotados en el ataque. Han llevado a cabo una marcha “prevista” de cerca de sesenta millas de cara al enemigo, desbaratando sus planes y presentándole batalla allí donde lo encontraba.
Mattox detuvo la lectura y levantó los ojos.
—¿Cree usted que el secretario Stanton se creerá todo esto?
David movió la cabeza.
—No conozco a Stanton, pero algo sé de él. Tiene la reputación de ser bastante terco y por lo tanto realista. Es probable que adivine la verdad.
—Sería bastante difícil para cualquiera que no sea el general Banks ignorar la evidencia de las brillantes escaramuzas de Jackson cuando atacaron las colinas que están alrededor de Harpers Ferry, aunque no hayan llegado a tomarlas —dijo Mattox—. Tengo un viejo ejemplar de mi periódico que tomé cuando atravesamos Charles Town. Había en él una noticia anunciando que Jackson había cruzado ya el Potomac en ruta hacia Maryland con fuerzas considerables y que pensaba emprender rumbo a Philadelphia.
—Cualquier tonto sabe que es demasiado sensato para llevar a cabo eso, teniendo en cuenta que en el oeste está el ejército de Frémont y en el este el del general Shields, que aún no se halla demasiado mermado.
—Imagino que Frémont se halla aún dolorido después de lo de McDowell; pero lo que Jackson ha conseguido hacer durante las pocas semanas pasadas es suficiente para hacer de él un héroe. De mi parte haré todo lo posible para que así sea. Ya tengo escrito el principio de mi historia:
El arrojo y el misterio son las dos cualidades principales que distinguen
al general Stonewall Jackson, héroe de la Confederación en la que ésta puede ciertamente confiar. Durante el período de unas tres semanas en que este corresponsal estuvo junto a Jackson, tuvo oportunidad de ver y de admirar ambas cualidades suyas en varias ocasiones. En ese breve período, el audaz Jackson no sólo confundió con sus enigmáticas tácticas a sus enemigos, sino incluso a sus soldados. Cruzó el Blue Ridge hacia el este desde Eík Run Valley en donde el general Banks pensaba tener acorralado a su enemigo y embarcó sus tropas en la estación de Mechum River, cerca de Charlottesville. Pero de pronto volvió a cruzar el Blue Ridge, esta vez por ferrocarril y rumbo al oeste, en busca de Staunton y McDowell. Allí infligió una colosal derrota a los generales de la Unión Frémont y Milroy.
En los días que siguieron a la derrota de las tropas del general
Frémont, Jackson se movió hacia el norte y, más allá del valle Turnpike, ocupó Harrisonburg antes de presionar sobre New Market. En este punto cruzó el Massanuttens hacia el este para enlazar con el ejército del general Ewell, engañando de este modo otra vez al enemigo, de donde avanzó rápidamente al norte para hostigar el flanco del ejército federal en retirada a cuyo mando estaba el general Banks. Tomó luego Front Royal. Desde allí, el general Jackson se desplazó hacia el oeste, llegando de nuevo al valle Turnpike y cortando el ferrocarril federal por la mitad. Así obtuvo un magnífico botín de guerra y suministros médicos de los que su ejército se hallaba críticamente escaso. Continuando su presión sobre el general Banks para impulsarlo al norte, Jackson derrotó de nuevo al ejército federal en Winchester, empujándolo hasta el Potomac y obligándolo a cruzar el río.
La hazaña de Jackson ha sido extraordinaria al derrotar al ejército del
general Banks, mucho más numeroso, y desalojarlo del valle. Tanto que el secretario de Guerra de la Unión decidió formar un inmenso ejército puesto al mando del general Shields, que volvió a cruzar el Blue Ridge; pero Shields no ha podido afirmar al ejército de la Unión en Rappahannock. Entretanto, los jefes militares de la Unión se enfrentan a una difícil pregunta, que también se hacen el secretario de Guerra Stanton y el propio señor Lincoln: ¿Dónde golpeará la próxima vez este Napoleón sureño?.
—A Jackson le agradará eso de «Napoleón sureño» —dijo David— aunque nunca llegue a admitirlo en público.
—Estuvo muy amable cuando fui a despedirme de él esta mañana —dijo Mattox—. Y Sandie Pendleton me hizo ver la razón: una carta del general Johnston, que he copiado.
Mattox alisó con la palma de la mano otra hoja de papel y leyó:
Cuartel General de Virginia del Norte 27 de mayo de 1862
General:
Le envío mis felicitaciones por sus nuevas victorias y por los nuevos
títulos que usted ha adquirido para merecer el agradecimiento de la nación y del ejército. Si puede usted amenazar Baltimore y Washington, hágalo. Eso daría lugar a una importante maniobra de diversificación.
McClellan se halla cerca y McDowell, se me anuncia, avanza desde
Fredericksburg.
Los movimientos que usted verifique se hallan, por supuesto,
condicionados a las fuerzas enemigas que permanezcan en los alrededores. De ese hecho depende la viabilidad de su avance hacia el Potomac y el eventual cruce del río. No tengo noticias de tropas hostiles que puedan oponerse a ninguna de ambas operaciones.
Muy respetuosamente, S.S.S.
General J. E. Johnston
P.S. Ganaremos y ahorraremos tiempo si se dirige usted a mí
personalmente y no a través del gobierno.
J. E. J.