La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 71 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo IV

 

A mediados de marzo ya nadie podía dudar de que el general George Meade preparaba otra ofensiva pesada a través de Piedmont, en Virginia, que tenía por objeto final la ciudad de Richmond. Junto con esta convicción progresivamente más clara cada día, llegaron rumores de que un segundo ejército se estaba preparando en lo que ahora se llamaba Virginia del Oeste, bajo la dirección del general Franz Stiegel. Nadie pudo dudar que, en tal caso, lo que Stiegel intentaría era atravesar el valle y llegar a Staunton, importante centro ferroviario sin el cual no podrían abastecerse las fuerzas de Lee encargadas de la defensa de Richmond.

Como Lee no podía distraer a un solo soldado en las posiciones que enfrentaban a los federales al norte del Rapidan, Lachlan Murrell y un pequeño escuadrón de caballería fueron despachados hacia sus antiguas metas: Winchester y Martinsburg. Allí debían cumplir dos fines. Les era preciso descubrir qué fuerza tenía en realidad el nuevo Ejército Federal del Valle y destruir cuanta línea férrea estuviese en manos del Norte como fuera posible, a fin de evitar que las nuevas formaciones cobraran agilidad.

El día siguiente a la partida de Lachlan del campamento, John Imboden le trajo a David una carta dirigida al oficial cherokee y que llevaba el sello familiar de Chambersburg, Pennsylvania.

—Sé que el comandante Murrell tiene un corresponsal en Chambersburg a través del cual recibe información, David —dijo Imboden—. Y también sé que mucha de esa información le viene de su hermana, que está en Philadelphia. Pero, como estará ausente por más de una semana, tal vez debas leer la carta.

Estaba firmada por Ellen Porterfield, de la cual ya sabía David que era el contacto que Lachlan tema en Chambersburg, y contenía un breve mensaje:

Querido Lachlan:

Te escribo a las corridas, porque sé que los agentes de Pinkerton,

quienes han estado vigilando estrechamente mi casa en estos últimos tiempos, piensan arrestarme hoy o mañana. Como ya sabes, Araminta y tu tío John están en Washington. Ayer, uno de nuestros emisarios fue aprehendido y, por supuesto, desconozco si los agentes de Pinkerton conseguirán que el capturado revele la relación de Araminta con nuestro trabajo, el cual queda, como es natural, suprimido desde hoy. Pero te imploro, antes de que nuestra vinculación se interrumpa, que trates de poner en antecedentes de cuánto te digo a Araminta, con el fin de que, si le fuera humanamente posible, se escape de Washington antes de resultar arrestada.

Ésta es mi carta de adiós. No sé lo que me espera ni lo que os espera a

vosotros. Salva a Araminta si puedes.

Tuya en la Causa.

ELLEN PORTERFIELD

David devolvió la carta a su viejo amigo y esperó mientras el general de caballería la leía a su vez. Cuando se la devolvió, su expresión era sombría.

—A menudo conseguimos diarios publicados en Washington cuando hacemos incursiones en terreno enemigo para tener idea de las fuerzas que están agrupando —dijo—. En todas las ediciones se habla de las crecientes actividades de Pinkerton en materia de contraespionaje y de persecución de los enemigos de la Unión en el Norte, de modo que tu novia podría hallarse en grave peligro, David.

—Si el emisario habla, la arrestarán; eso es seguro. Por otra parte, en las cartas que de ella he recibido últimamente, habla a menudo de que se encuentra muy vigilada por Pinkerton y su gente, que la vigilan a ella y a su tío, incluso cuando se encuentran en Washington.

—Bueno, aunque la arrestasen, podría ser objeto de un canje También nosotros hemos capturado algunos emisarios espías del Norte.

—No puedo aferrarme a esa posibilidad, John. Y como Lachlan no está disponible en estos momentos, tendré que ir a Washington y tratar de traerla conmigo atravesando como sea las líneas.

—Cuidado. La proclamación de Lincoln advierte que no habrá amnistía para los exoficiales del Ejército y de la Marina de los Estados Unidos que se hayan pasado a la Confederación. Y como ni siquiera te encontrarías allí en misión científica, podrías llegar a ser considerado como espía en caso de que fueras atrapado.

—Araminta me importa más que mi propia vida, John —respondió David —. Lo mismo harías tú si tu mujer estuviese a punto de ser arrestada.

—Supongo que sí. ¿Tienes alguna idea de cómo te las arreglarás?

—Cuando casi muero de malaria el verano pasado, Hal Perkins me trajo quinina procedente de un barco que pesca ostras cuyo patrón se dedica al contrabando entre ambas líneas, llevando su carga por el río Rappahannock. Pronto estará por aquí de vuelta y, si le pago bien, tal vez quiera llevarme al otro lado de las líneas.

—Creo que eso será lo mejor —dijo Imboden-4. Ni siquiera la gente de Pinkerton estará atenta a la posibilidad de que un oficial confederado viaje de Baltimore a Washington. Parece algo absurdo.

Pero cuando David llamó a Hal Perkins y le expuso la situación y el plan, surgió un obstáculo.

—Podría arreglármelas para que suba usted a bordo del Belle of Annapolis, doctor —dijo Hal—. Asa Blandings hace el recorrido entre Baltimore y Mundy’s Point, que está cercano a las bocas de los ríos Rappahannock y Potomac, dos veces a la semana y las mercancías son traídas más tarde aquí por ferrocarril. Pero Asa no hace negocios si no se le paga por adelantado; y quiere dinero de la Unión.

—Me da la impresión de que tendrás que asaltar a un pagador del ejército del Norte. Es la única manera de obtener billetes de ésos por aquí —dijo Imboden.

—Y ya no nos queda tiempo para eso —dijo David volviéndose hacia Hal —. Sólo tu magia podría salvar esta situación, Hal.

—Esa especie de magia está más allá de mis posibilidades, señor — replicó Hal—. Fue el comandante Murrell quien proporcionó el dinero norteño para comprar su quinina.

—¿Dinero de la Unión?

—Sí, señor. Me dijo que aún obtiene ocasionalmente algún dinero procedente del algodón que se vende en el Norte cruzando el bloqueo.

—¿Podrías saber si Lachlan ha recibido algún dinero de allí últimamente, John?

—Hace una semana que no se recibe correo —contestó Imboden meneando la cabeza.

—Pues tendré que inspeccionar las pertenencias de Lachlan —dijo David —, acaso encuentre algún dinero que él ha escondido.

—Te enseñaré la cabaña que habita.

Siendo al menos parcialmente indio, Lachlan sabía cómo han de esconderse las cosas; pero David estaba resuelto a encontrar lo que buscaba si es que estaba allí. Con la ayuda de Hal Perkins, terminó por encontrar quinientos dólares en brillantes monedas nuevas acuñadas en la Unión. Estaban en una bota que Lachlan había echado a un costado como si no le interesara. Estaba llena de barro y sin duda había sido usada en una de las incursiones del cherokee.

—¿Pedirás una licencia en el hospital? —preguntó Imboden, mientras David depositaba cuidadosamente las monedas en un pequeño saco que Hal le tendía.

—No tengo tiempo para eso. Tendría que correr los trámites de rigor y al llegar el consentimiento ya Araminta podría estar perdida. Sin hablar de que el consentimiento podría serme denegado. Debo irme.

—Le diré a Sandie Pendleton lo que te dispones a hacer, en privado. Tal vez pueda conseguir una orden que te haga pasar a mi compañía para un trabajo temporal. Para integrar una excursión de caballería con fines de inspección en la zona federal, por ejemplo —dijo Imboden—. Dentro de una semana, tal vez ya estés de vuelta o… ante un pelotón de fusilamiento federal. —El tono de voz de David era sombrío—. Si eso sucediera, dile a Lachlan que disponga lo necesario para que me lleven a Preston’s Cove cuando la guerra haya concluido. El Cove y aquel lugarcillo donde enterré a Jed Burnet después de la batalla de Gettysburg me parecen los dos mejores lugares de este mundo para descansar eternamente.

—No te atrevas a permitir que los yanquis te fusilen —le advirtió Imboden—. Como ya te dije en Gettysburg, te quiero ver de vuelta en Botetourt para que cuides de mi salud cuando sea viejo. Adiós, David. Buena suerte.