La brigada Stonewall
Capítulo III
LOS temores del capitán Alexander sobre la suerte final de las fuerzas empeñadas en la batalla quedaron confirmados casi, por culpa de las confusas órdenes surgidas del cambio de planes de Beauregard, en el último momento, hacia la medianoche del 21 de julio. Afortunadamente, hacia la hora en que David y Hal Perkins enganchaban a su carromato las dos mulas que tiraban de él, el coronel Evans, en Stone Bridge, había decidido que la arremetida en aquel cruce era una finta. Dejando cuatro compañías detrás, para defender el puente —como Horacio, de clásica fama—. Evans se puso a la cabeza de las diez compañías restantes que se encontraban a su mando, cruzando el Warrenton Turnpike a marchas forzadas, para arrojarlas contra la columna federal del coronel Ambrose E. Burnside, en el punto en que se efectuaba el ataque por el flanco, alrededor del vado de Sudley y Matthews Hill, por el sur, a corta distancia.
Muy por delante del ala izquierda principal del ejército confederado, las tropas de Evans sufrieron así el impacto del ataque cuando los federales intentaron envolver al ala confederada. Sus fuerzas fueron capaces de contener al enemigo al comienzo de la batalla, sin embargo, con la ayuda de las brigadas de los generales Bartow y Bee. Este último, ayudado por la artillería a caballo del capitán John Imboden, en la unidad de Jackson, pudo mantenerse en su posición con el otro, teniendo a la 1.a Brigada en reserva.
Habiendo tantas unidades confederadas que cambiaban de posiciones rápidamente, haciendo acto de presencia allí donde la lucha era más enconada, la confusión era grande cuando David trataba de localizar a la 1.a Brigada. Después de enviar a Hal Perkins con su carromato por un camino muy accidentado que discurría entre espesas arboledas, el cual parecía conducir a una elevación marcada en el mapa con el nombre de Matthews Hill, David cruzó un prado llevando sobre su espalda un equipo médico ligero. Tras cruzar un afluente del Bull Run llamado Young’s Branch, se encontró en el centro de la lucha, al borde de los bosques, rodeado de uniformes grises y azules, oyendo silbar a su alrededor las balas.
Habiendo visto caer delante de él a un soldado con una gran herida en el brazo, se arrodilló a su lado, aplicándole un torniquete para contener la hemorragia. Mientras terminaba de dar instrucciones al hombre para que pudiera mantener el torniquete en su sitio hasta que llegara a un puesto sanitario, en la retaguardia, donde le habían ligado el vaso seccionado, David vio pasar junto a él a un chico, un tambor de los regimientos de Virginia, que avanzaba casi a ciegas, aplicándose un ensangrentado pañuelo a los ojos y a lo que le quedaba del rostro. Al lanzarse tras el muchacho, para tratar de guiarle hasta un sitio seguro, sintió por entre las copas de los árboles el paso de un proyectil de cañón. Una gran rama se desgajó de uno de ellos bruscamente, cayendo sobre el sitio ocupado por él momentos antes.
Cegado por el humo y las llamas de la batalla que se libraba a su alrededor, David pudo por fin asir al tambor por una de las mangas de su uniforme. Pero fuera de sí a causa del dolor y el miedo, el chico se resistió a ser ayudado. Hasta que, finalmente, una bala perdida se hundió en una de sus sienes. Muerto antes de empezar a caer, el muchacho fue a dar contra David, manchando su hombro y su manga de sangre mezclada con parte de los sesos de la desventurada criatura. Preston sintió unas náuseas incontenibles…
—¿Adónde debo ir, capitán? ¿Qué camino puedo seguir?
Ni siquiera se había dado cuenta David de que el soldado de la herida en el brazo había estado siguiéndole. Y le oyó cuando su voz resonó en sus oídos, apenas algo más que un grito de dolor y de pánico. Sus palabras sonaron apagadas por el fragor de la batalla y los aullidos de los heridos.
—No sé… —contestó David—. Los árboles y la espesa humareda no permiten que veamos el sol.
—Unos metros más atrás crucé una carretera —dijo el soldado, en el instante en que giraba rápidamente a un lado para eludir unas ramas que hubieran caído sobre él.
—Procure dar con ella, si es posible —contestó David—. Tiene que haber otros heridos por aquí.
Mientras así hablaba, sus pies tropezaron con un cuerpo. Un breve examen del mismo le permitió comprobar que aquél, embutido en un uniforme azul, no necesitaba ya ayuda médica. Un trozo de metralla le había alcanzado directamente en el pecho, destrozando casi por completo su torso.
—¡Doctor! —Vagamente, David recordó al soldado del brazo herido—. He encontrado la carretera. Queda por aquí.
Echó a andar por entre los árboles, en dirección ahora al sitio de procedencia de la voz, agachándose instintivamente para eludir, con un gesto más bien infantil, las múltiples balas que surcaban el aire con silbidos amenazadores, consciente, sin embargo, de que su proceder no le hubiera valido de nada en el caso de encontrar en su camino un proyectil a la altura requerida, ya que en modo alguno hubiera tenido tiempo de esquivarlo. La carretera seguía siendo invisible. Ardían los matorrales y le envolvía una masa de humo espesa y mareante.
Al llegar al camino estuvo a punto de ser atropellado por las caballerías que tiraban de una pieza de artillería ligera. Unos segundos más y David hubiera podido ser destrozado por las patas de las bestias que tiraban de aquélla.
—¿Qué diablos está usted haciendo por aquí, capitán Preston? —inquirió una voz familiar.
David levantó la vista al tiempo que se incorporaba, enfrentándose con los ojos centelleantes del capitán John Imboden. Éste se detuvo, volviendo la cabeza para prevenir a los servidores de otra pieza que seguía a la anterior. David ya no corría peligro.
—Voy en busca del escenario principal de la lucha… —se oyó decir a sí mismo, con una voz que le pareció extraña, ajena a él.
—Se ha equivocado usted… Esto es una retirada. —Imboden asió a David por un brazo—. Suba… Colóquese detrás de mí antes de que los yanquis nos cojan.
El cabrito de Imboden estaba en movimiento ya. David se asió a la silla, pegándose al cuerpo del oficial.
—Estaba siguiendo a un soldado herido en un brazo…
—Se subió al armón que estuvo a punto de matarlo a usted. Los yanquis nos han hecho pedazos en Matthews Hill y el general Bee ordenó la retirada.
—¿Dónde paran Jackson y la 1.ª Brigada? —se las arregló David para preguntar, mientras procuraba por todos los medios ceñirse a Imboden para no ir a parar al suelo.
Se movían por un terreno muy accidentado y con la mayor rapidez posible…
—Sólo Dios puede saberlo. Y a mí me gustaría mucho que Él me lo dijera. Evans, Bee y Bartow fueron barridos en Matthews Hill cuando se encontraban a la cabeza del núcleo principal de las fuerzas. Si no surge alguien que ponga de una manera u otra coto a lo que aquí está ocurriendo, esto se va a convertir en un auténtico descalabro.
El grupo de las dos piezas artilleras fue a parar a un pequeño claro, detrás de la cumbre de una ladera cubierta de árboles. Cuando Imboden dio el alto, David se dejó caer al suelo por uno de los costados de la montura. No le costó mucho trabajo identificar al oficial que a varios metros de distancia se mantenía muy erguido en la silla de su montura, en medio de dos filas de soldados que, evidentemente, se iban apostando en las inmediaciones de la cumbre de la elevación en que se encontraban.
—¡Maldita sea, general! —exclamó Imboden, irritado—. Esos yanquis nos han estado azotando a placer.
—No debe usted perder la serenidad, capitán —repuso Jackson, severo—. Prepare sus piezas. Pienso hacer frente al enemigo aquí, detrás de Henry House Hill.
En aquel preciso instante, el general Barnard E. Bee, que mandaba la 3.ª Brigada del Ejército del Shenandoah, a las órdenes de Johnston, se aproximó a Jackson. Bee empuñaba la espada y su uniforme estaba cubierto de polvo y cenizas. Había estado cabalgando por entre los árboles y los matorrales en llamas, donde todavía se luchaba. Detrás de Bee empezaron a aparecer algunos de sus hombres, muchos de ellos sin armas ni equipo. Ninguno se detuvo para saludar a los dos generales, buena prueba de que Imboden no se había equivocado al juzgar la situación como una derrota o poco menos.
—¡Nos persiguen en nuestra retirada, general! —exclamó Bee, dirigiéndose a Jackson.
—Pues entonces, señor, los recibiremos aquí, a punta de bayoneta — repuso Jackson calmosamente.
Seguía dando instrucciones a sus hombres, para que formaran una línea de resistencia por el borde oriental de la elevación. En una de sus vueltas, Jackson descubrió a David y, repentinamente, sus ojos centellearon.
—¡Capitán Preston! —exclamó, secamente—. ¿Dónde tiene usted su equipo?
—No lo sé, señor. Envié el vehículo a la carretera…
—La carretera queda al fondo de esta colina, detrás de nosotros.
Váyase hacia allí y prepare sus cosas, ya que no tardaré en recibir heridos.
David saludó y empezó a descender por la ladera. El general Bee se había unido a sus tropas en retirada. De pronto, le oyó gritar, dirigiéndose a uno de sus oficiales, en un tono que a David se le antojó más bien exasperado:
—¡Allí está Jackson, firme, dispuesto a aguantar la embestida, como si
fuera un muro de piedra[9]! —Y luego, con aire resignado, Bee añadió—: ¡Que todos vayan situándose detrás de los virginianos!
Indudablemente, Bee estaba profundamente indignado por la negativa de Jackson a seguir retirándose. Pero solamente cuando localizó a Hal y el carromato de los servicios sanitarios, al pie de la elevación, pudo David desplazarse hasta un punto desde el cual le era posible apreciar la posición que había provocado la exasperación de Bee.
La 1.a Brigada de Jackson se había movido para ocupar la cumbre de Henry House Hill. Sin torpes apresuramientos, aquél había ido distribuyendo sus hombres y la artillería por las inmediaciones de la cumbre de la elevación, contando con una protectora repisa de pinos. Había escogido para la batalla un lugar en el que disfrutaba de considerables ventajas sobre el enemigo. Parecía decidido a mantenerse allí hasta que los federales alcanzasen aquel punto y replicarles en unos términos semejantes a los suyos.
Mientras trataba de dar con un sitio protegido, en el que instalar su puesto de auxilio, David vio a Jackson a lomos de Fancy, tras la primera fila de soldados. Tan sereno como si estuviese participando en unas maniobras, el viejo Jack dirigía los trabajos de emplazamiento de la artillería de Imboden, alineándola con las de Rockbridge y Leesburg. Se avecinaba una batalla que podía decidir en el plazo de unas horas la suerte de los Estados Confederados de América.
Cuando terminó de contar las veintiséis piezas de artillería instaladas tras la cresta de Henry House Hill, donde aquéllas no podrían ser vistas fácilmente por los yanquis, David comprendió que en medio de algo que había tenido todos los visos de una gran derrota, Jackson, imperturbable, preparaba una trampa a los exultantes soldados enemigos, quienes se lanzarían a la conquista de la cumbre de Henry House Hill en cualquier momento, convencidos de su triunfo.
Jackson daba incluso instrucciones a los artilleros, a fin de conseguir que los proyectiles estallaran cerca de las tropas que avanzaban, tras haber sido disparados por encima de las cabezas de los soldados propios. David comprendió también por qué el general Bee se había mostrado exasperado por la insistencia de Jackson en mantener su posición preferentemente —haciendo de ella literalmente un muro de piedra—, en vez de seguir adelante para aliviar a las apremiadas tropas del primero.
Jackson levantaba la mano izquierda, abriéndola, en un gesto característico, al dar a los artilleros sus instrucciones. David vio al general echar de repente la mano hacia atrás, apareciendo en ella una mancha de sangre, y comprendió que estaba herido. Sin pensárselo dos veces, echó a andar para acudir en su ayuda. Jackson lo vio y su faz se oscureció a causa de la ira, espoleando a Fancy por la ladera abajo, en dirección al carromato del médico.
—Su puesto está en la retaguardia, cuidando de los heridos, capitán Preston —dijo acremente—. No se mueva de él.
—Está usted herido, general.
Jackson se encogió de hombros. En sus ojos, sorprendió David el mismo cálido destello que observara durante la breve lucha en la iglesia de Falling Waters.
—¡Bah! ¡Un rasguño! ¡Un simple rasguño!
Jackson sacó de uno de los bolsillos de su guerrera un pañuelo, con el que envolvió el dedo herido. A continuación, salió galopando hacia el punto en que acababan de quedar emplazadas las baterías artilleras.
Las baterías lanzaban su carga mortal casi al unísono y la tierra se estremecía. David se sintió extraordinariamente animado al comprender que el plan de Jackson estaba abocado a funcionar como una máquina bien lubrificada… Luego, se acordó del pequeño tambor del regimiento y del cuerpo destrozado del soldado de la Unión que había encontrado en los bosques. En aquellos instantes, los proyectiles artilleros, preparados convenientemente, estarían estallando casi en las caras de los federales que avanzaban, lanzando una furiosa lluvia de mortal metralla en todas direcciones.
Durante las siguientes horas, David anduvo demasiado ocupado con los heridos que llegaban por la ladera posterior de Henry House Hill para preocuparse de la marcha de la batalla. De vez en cuando, sin embargo, los soldados más levemente heridos le daban noticias sobre las horrorosas escenas que se desarrollaban en el lado opuesto de la elevación, lo cual le permitía imaginarse cómo iban las cosas.
En un momento crítico de la lucha por la posición estratégica, el 33.º Regimiento de Virginia, escondido hasta entonces en unas espesuras cercanas al extremo izquierdo de la línea de defensa, había atacado las baterías federales que estaban castigando la posición de Jackson. Sin saberse por qué, el enemigo había tomado a los virginianos por unidades propias, absteniéndose de disparar.
Profiriendo el grito de los rebeldes, calculado para sembrar el terror en los corazones enemigos, los soldados del regimiento, integrado principalmente por hombres de las zonas más remotas de los montes Allegheny, habían irrumpido en la colina haciendo fuego y atacando a la bayoneta mientras corrían. Y mucho antes de que pudieran disparar su cañón en defensa propia, los artilleros unionistas habían sido aniquilados, quedando la batería sin servidores.
Medio diezmadas por el fuego artillero de Jackson, así como por la devastadora carga de la caballería de Jeb Stuart, por el flanco izquierdo de las fuerzas confederadas, las tropas unionistas cedieron terreno. Pudieron éstas replegarse una vez, evitando ser arrojadas violentamente de la elevación, pero advirtiendo que lo que había estado a punto de ser una inminente derrota se convertía ahora en victoria, Beauregard ordenó un avance general. Y cuando los confederados pasaron a la carga de nuevo, las tropas unionistas cruzaron en desoís den el camino de Warrenton y el Young’s Branch.
En el momento culminante de esta carga, Johnston y Beauregard aparecieron en el campo de batalla, según supo David más tarde, avanzando con los estandartes del 4.º Regimiento de Alabama junto a ellos. Entretanto, desde su posición en la cumbre de Henry House Hill, la artillería de Jackson continuaba machacando a las tropas federales en retirada. Este avance se detuvo brevemente por efecto de una audaz carga de los zuavos del 11.º Regimiento de Nueva York, ataviados con sus uniformes azules y rojos, tocados con blancos turbantes. Respaldados por dos piezas artilleras, con su desesperado contraataque aquéllos habrían podido paralizar el avance confederado de no haber hecho acto de presencia la caballería de Jeb Stuart desde el flanco izquierdo, rechazando a los zuavos en el instante en que el 33.º Regimiento de Virginia irrumpía con un griterío ensordecedor y la fuerza de las bayonetas.
Trabajando en su puesto, a menos de mil metros de distancia del centro principal de la lucha, David Preston percibió el fragor de la batalla claramente a lo largo de toda la tarde. Podía distinguir, desde luego, el nutrido fuego de fusilería de los estampidos de las pequeñas piezas artilleras, que Jackson se había preocupado de situar idóneamente para sus propósitos cerca de la cumbre de la elevación. Pero de no haber sido por los ocasionales estallidos en los bosques vecinos de algún que otro proyectil de cañón o de granada, David se hubiera podido creer a veces a mucha distancia del conflicto.
Por haber sido concentradas varias unidades de la 1.a Brigada en una posición, en virtud de su crucial papel en la misión de detener el avance federal, el puesto sanitario de David era el punto central para los heridos de toda la brigada. Otros dos médicos colaboraban, pero David, a causa de su considerable experiencia en el campo de batalla, que los otros no poseían, se había hecho cargo de la atareada unidad desde el principio.
Tan pronto empezaron a llegar heridos, uno de los médicos se había trasladado a la carretera que llevaba a la zona de auxilios sanitarios, al objeto de clasificar a los necesitados de atenciones inmediatas. Se daba prioridad a todos los que podían volver a la lucha una vez vendadas sus heridas, ya que en las primeras líneas eran desesperadamente necesarios todos los hombres posibles. Los que con una cura provisional estaban en condiciones de andar pasaban a la enfermería de la brigada, bajo la dirección del doctor Hunter McGuire, en Manassas Junction, a poco más de tres kilómetros, hacia el sur. Atendidos aquí rápidamente, eran enviados a la retaguardia. Del tercer grupo, de los gravemente heridos, se ocupaba David. Eran aquellos hombres cuyas vidas peligraban, exigiendo sobre la marcha, sin dilaciones, el corte de una hemorragia, el ligamiento de una artería o cualquier otro remedio heroico. David tuvo que entablillar muchos miembros fracturados. Y cuando no podía hacer otra cosa, preparaba a los pacientes para el viaje en la ambulancia hasta la enfermería de la brigada.
En las últimas horas de la tarde disminuyó notablemente el número de heridos precisados de atención y David decidió investigar si era conveniente buscar otro emplazamiento más adecuado para sus servicios. Cabía la posibilidad de que les conviniera aproximarse algo más al centro neurálgico del combate. Proveyéndose de un equipo ligero con vendajes, medicamentos, unos cuantos instrumentos y ligaduras, dio la vuelta a Henry House Hill, dirigiéndose al punto en que la corriente de agua del Young’s Branch cruzaba el camino de Warrenton. Se vio entonces en el escenario de una sangrienta carnicería, algo jamás contemplado por David, ni siquiera en las más terribles escaramuzas de los partisanos de Garibaldi contra las tropas austríacas.
El suelo estaba materialmente alfombrado de cadáveres y de objetos de uso militar, pertenecientes lo mismo a los unionistas que a los confederados. Algunos hombres vagaban a ciegas de un lado para otro, tropezando con los cadáveres de sus camaradas, cayendo sobre ellos o sus equipos, arrastrándose cuando ya eran incapaces de incorporarse. En una pequeña hondonada había un puñado de soldados muertos, grises y azules, dispuestos en bien ordenadas filas. Era una macabra formación militar, espeluznante por lo desusada.
Enfrente y a lo lejos, hacia la izquierda, por donde entrara la caballería de Jeb Stuart, los caídos cuerpos de los zuavos de Nueva York, por los polícromos colores de sus uniformes, hacían pensar en una fantástica colcha, de grandes dimensiones. Cada uno de sus tonos venía a representar una vida humana que había llegado a su fin en un polvoriento campo de batalla situado a cuatrocientos kilómetros, más o menos, del escenario de su existencia regular. Todos aquellos hombres habían estado encuadrados en la Sección de Contraincendios de Nueva York.
A la derecha, más allá de Henry House Hill, David creyó distinguir algunos de los cañones de las baterías de John Imboden, que continuaban disparando. Se movió guiándose por sus estampidos, llegando así a una pineda cuyos árboles, evidentemente, habían estado haciendo de parapetos naturales a juzgar por los destrozos que se observaban en sus ramajes y troncos. Éstos aparecían chamuscados. David pensó en los efectos de un tornado, como el que conociera de niño, una vez, en el condado de Botetourt.
El fuego era todavía intenso en aquel sector. El sol moriría antes de una hora y los bosques estaban llenos de sombras oscuras y amenazadoras. Saltando sobre un cadáver uniformado de azul aquí y allá, notando entre los árboles más próximo que nunca el ocaso, David se quedó sobresaltado al descubrir frente a sí una pequeña extensión dotada de luz. Se encaminó hacia ella. Y cuando llegó a sus inmediaciones no se atrevía a dar crédito a sus ojos…
El claro —no habría allí más de media hectárea de terreno— hubiera podido tener originalmente una docena de aplicaciones. Seguramente, había estado dedicada la tierra en cuestión al cultivo de las patatas, del trigo, de la cebada, del tabaco… Tal vez hubiera sido un huerto, también. Ahora contenía un pequeño hospital, bajo la lona de una gran tienda, cuyas partes laterales habían sido enrolladas para que circulara libremente el aire, puesto que aquella tarde de julio era muy cálida. Una bandera de la Unión colgaba de una rama a la entrada de la tienda. Llenaban el espacio cubierto varias filas de literas, ocupadas por unas dos docenas de hombres heridos. Una segunda bandera, por debajo de la anterior, ostentaba la insignia de la unidad, que David no identificó.
Un oficial médico de la Unión se movía por entre las filas de heridos, vacilando a veces, como si se sintiera impresionado por el holocausto a que había sido llevada aquella unidad, inclinándose otras para dar de beber a alguien un poco de agua, o para ajustar un vendaje. En el borde del claro, David pudo ver varios vehículos de nuevo tipo, dotados de suspensiones desconocidas para él. Los caballos que, evidentemente, habían sido llevados hasta allí se encontraban atados a un poste sujeto entre dos árboles. Al cabo de unos momentos, el oficial médico de la Unión miró en dirección a David, levantando al mismo tiempo una mano.
—¡No dispare! —exclamó con voz que denotaba su cansancio, como si realmente le hubiera importado poco que fuese desoída su advertencia—. Soy oficial médico y no combatiente.
—¡Jesse Bayard! —contestó David.
—¡David Preston!
Los dos hombres habían sido condiscípulos en el Jefferson Medical College. Hacía dos años que no se habían visto.
—¿Qué diablos haces tú aquí? —preguntó Bayard cuando I00 dos se hubieron estrechado las manos.
—Pertenezco como oficial médico al 27.º Regimiento de Virginia,
—A esa unidad debe de pertenecer el grupo de rebeldes que se presentó aquí dando gritos hace un par de horas, forzando a nuestras tropas a emprender veloz carrera.
—Creo identificar por las señas a un puñado de combatientes irlandeses, a quienes denominan Emerald Guards. Pero, ¿qué es todo esto?
—Un nuevo hospital de campo, proyectado para ser montado detrás de las primeras líneas… Todavía no logro explicarme cómo diablos nos hemos puesto delante de todos sin movemos un centímetro. —El comandante Bayard se encogió de hombros—. Bueno, somos tus prisioneros, David. ¿Qué piensas hacer con nosotros?
—Mentiría si te dijera que lo sé… Una cuestión como la presente se sale de las instrucciones normales. Desde luego, podría correr un riesgo y aceptar tu palabra…
—¡Oh, no! —exclamó Bayard—. Por la forma de correr, nuestras tropas, ahora, no deben de encontrarse muy lejos de Washington. Estoy seguro de que antes de que pudiera llegar a nuestras líneas me matarían.
—¿Han sido atendidos todos estos hombres?
—Se han llevado a cabo las intervenciones quirúrgicas necesarias.
El comandante Bayard señaló con un movimiento de cabeza el montón de cosas desechadas que quedaba a unos metros de distancia de ellos. Había allí media docena de brazos y piernas, fruto de unas amputaciones…
Sentándose en una silla de lona pegada a un armario del hospital portátil, el doctor de la Unión rebuscó en el interior de éste, sacando una botella de whisky. Después de echar un largo trago, se la alargó a David, quien le imitó, tras lo cual se dejó caer en otra silla.
—¿Desde cuándo cuenta la Unión con esta clase de equipos? —inquirió.
—Ésta es la primera instalación de este tipo —explicó Bayard—. Poco tiempo después de haberme graduado, me matriculé en la Universidad de Pennsylvania, prestando servicio en su hospital, a fin de ampliar estudios. Cierto día leí algo acerca de estos hospitales móviles que los austríacos utilizaron en Italia…
—Tuve ocasión de ver unos cuantos durante la guerra.
—Me hubiera gustado sacar de éste el máximo provecho… Bueno, el caso es que cuando comprendí que estábamos abocados a un conflicto armado di los pasos necesarios para hacerme con una unidad sanitaria como la que estás viendo. El Departamento de la Guerra la aceptó provisionalmente… Ya sabes la lentitud con que procede la Jefatura de Sanidad cuando se trata de sancionar una innovación…
—A mí me parece que esto da resultado.
—Es un pequeño hospital, limpio y relativamente confortable. Funcionó perfectamente mientras dispuse de gente. Pero cuando los proyectiles empezaron a silbar por entre los árboles, alrededor del mediodía, la mayor parte de mi personal se fue, encaminándose al norte. Todos salieron corriendo, detrás de un periodista que se había presentado aquí con el propósito de hacer un reportaje.
—Su información sobre la unidad sanitaria se quedó en proyecto.
—Supongo que dejará de correr cuando haya dejado a su espalda el Potomac.
David se dedicó a examinar el instrumental quirúrgico, en una tienda contigua de reducidas dimensiones. Había allí una mesa de operaciones, lámparas de aceite con pantallas reflectoras para concentrar la luz en el campo operatorio, un hornillo para calentar agua, un armarito en cuyos estantes se veían diez o doce bandejas metálicas, que facilitaban el acceso a los instrumentos…
—Todo ha sido pensado para hacer posible la intervención quirúrgica lo más cerca posible de la línea de fuego —dijo Bayard—. Toda la unidad puede ser desmontada en una hora para su acomodación en esos vehículos especiales… siempre y cuando el personal no se sienta presa del pánico y opte por emprender la huida.
—¿Han sido construidos los carromatos para hacer también el papel de ambulancias?
—Sí. Las literas se deslizan por unos rieles a propósito.
—Desde luego, has hecho una magnífica labor.
—Vas a disponer de tiempo en abundancia para estudiarlo todo. —Bayard tomó a empinarse la botella de whisky—. Ahora la unidad os pertenece y yo soy vuestro prisionero.
—Me acompañarás. Tengo que hablar con el Jefe de Sanidad, a ver qué es lo que desea hacer contigo —contestó David—. Puesto que estuviste trabajando en la Universidad de Pennsylvania, seguramente conocerás al doctor Hunter McGuire.
—Naturalmente que lo conozco. McGuire ha sido uno de los doctores más brillantes entre todos los que han pasado por esa Universidad. ¿Por qué me has hablado de él?
—Es el médico personal del general Jackson. Y además el jefe de los servicios sanitarios de la 1.a Brigada.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Me quedaré con las tropas en el campo de batalla… Al frente de uno de estos hospitales, si puedo conseguirlo.
—Como ya te he indicado, éste os pertenece.
—Todavía he de convencer al Departamento Médico de Richmond que necesitamos disponer con toda urgencia de hospitales de esta clase.
—El presente conflicto, tal como se desarrolla, lo está poniendo de relieve… ¡Ah! ¿De qué lado se inclina en estos momentos la victoria?
—No creo que haya alguien que sepa a qué atenerse con respecto a tal cuestión.
—¿Por qué no nos quedamos aquí los dos hasta que ellos decidan quién de nosotros va a ser prisionero del otro?
La idea era como para echarse a reír, pero los dos amigos se quedaron muy serios al ver irrumpir en el claro un hombre más bien achaparrado, con una faz curtida, en la que brillaban unos ojos hundidos e inteligentes. John Imboden echó pie a tierra, atando su caballo a la rama de un árbol.
—Buenas noches, doctor Preston —dijo, tan imperturbable como si hubiera acabado de tropezar con David delante de su casa—. ¿Anda acaso necesitado de ayuda?
—El comandante Jesse Bayard… El capitán John Imboden —repuso David—. Jesse fue condiscípulo mío en la Facultad de Medicina, John.
Imboden estrechó la mano del oficial de la Unión.
—A mí me parece, comandante, que el uniforme que usted viste no es el que mejor conviene a este escenario en los momentos presentes —declaró—. Por hoy, la lucha ha llegado a su término, pero los hombres del 33.º Regimiento encontraron por ahí un carromato de los servicios de intendencia cargado de whisky. Otros afirman que el vehículo en cuestión es de propiedad particular, que lo trajo aquí un cantinero, en vista de que medio Washington se ha trasladado a estos parajes para asistir a la destrucción de las tropas confederadas por las unionistas y que había que disponer de algo de beber para celebrarlo…
—Anteayer tuve que apartar mis carromatos de la carretera media docena de veces para que pasaran otros tantos vehículos de senadores y amigos de Abraham Lincoln —manifestó Bayard, resentido—. Puesto que su ejército ha capturado este hospital, cuánto hay en él les pertenece ahora…, conmigo. — Cogiendo otra botella de whisky del armario de antes, el doctor se la alargó al artillero—. ¿Quiere echar un trago, capitán?
—Nada mejor que un buen trago de whisky al final de una ajetreada jornada. —Imboden se empinó la botella, secándose los labios con el borde de su manga derecha—. Bueno, David, ha logrado usted capturar algo de gran importancia sin la colaboración de nadie. ¿Qué piensa hacer con todo esto?
—El comandante Bayard y yo acabábamos de decidir, cuando se presentó usted, que debíamos esperar aquí hasta mañana por la mañana. Entonces sabremos quién es el prisionero de quién.
—Creo que de momento nadie sabría dar una solución al problema — admitió Imboden—. Por ahora, parece ser que estamos ganando, pero nos vimos casi perdidos durante la primera fase de la lucha esta mañana, en Matthews Hill, al ser enérgicamente rechazadas las fuerzas del coronel Evans. El general Bee salió en ayuda de Evans y luego corrimos todos la misma suerte que éste… Fue cuando nos vimos en las primeras horas del día, David. Eso se habría convertido en un serio descalabro para nosotros de no haber optado el viejo Jack por establecer con la 1.a Brigada una línea de resistencia en la cumbre de Henry House Hill. La artillería no descansó entonces.
—Oí contar al general Bee, dirigiéndose a Jackson, la forma en que el enemigo estaba obligando a nuestras tropas a retroceder. Pero el viejo Jack se limitó a contestarle: «Si es preciso, señor, los recibiremos oponiéndoles nuestras bayonetas».
Imboden asintió.
—A Bee no le gustó que le sugirieran que sus tropas debían establecer una línea de resistencia. Sin embargo, logró hacer que se detuvieran.
—Oí a Bee formulando acusaciones contra Jackson, reprochándole que se empeñara en mantenerse como si fuera un muro de piedra en la cresta de Henry House Hill cuando sus propias tropas estaban siendo hechas pedazos —explicó David.
—Los hombres han empezado a llamarle Stonewall Jackson —declaró Imboden. A continuación, añadió, muy grave—: Lo malo es que no podremos saber nunca qué ideas pasaron por la cabeza del general Bee realmente. Le mataron esta tarde, a última hora.
—Mala suerte. Era un valiente.
—Por aquí han muerto en unas horas muchos valientes, pertenecientes a los dos ejércitos rivales. Hoy he realizado más amputaciones que podré hacer el día de mañana trabajando en mi consulta a lo largo de un año —indicó el médico federal—. Lo peor del caso es que estoy seguro de que en Philadelphia, en mi hospital, hubiera podido evitarme la mitad de las amputaciones que aquí he practicado.
Imboden echó un vistazo a su alrededor.
—Yo me dirijo al cuartel del general Beauregard para informar en nombre del general Jackson —manifestó—. ¿He de llevar algún mensaje suyo, David?
—Puede usted hacer algo más que eso. —David acababa de dar con la respuesta a su problema. ¿Qué otra cosa podía hacer con su prisionero?—. ¿Tendría usted inconveniente en llevarse al comandante Bayard, para entregárselo a Hunter McGuire? Los dos son viejos amigos y McGuire hará lo necesario para que Bayard sea tratado con la máxima corrección.
—¿Y qué va a ser de usted mientras tanto?
—Yo me quedaré aquí. ¿No podría detenerse un momento en el puesto sanitario situado en Henry House Hill? Dígale a Hal Perkins que traslade todos nuestros efectos a este punto. Creo conocer bien a Jackson. Lo más probable es que piense atacar de nuevo por la mañana y éste es un lugar muy adecuado para mi trabajo.
—Algunos de mis pacientes deberían ser llevados a la retaguardia — señaló Bayard.
—Utilizaremos para eso dos de tus carromatos, si el capitán Imboden dispone de tiempo. Tú podrías encargarte de uno, Jesse, y así dispondríamos de más espacio para atender a otros heridos, en el caso de que se produjeran nuevas operaciones.
David se sintió muy solo mientras presenciaba la salida de los dos vehículos, desplazándose hacia el sur, a causa de que Imboden había tenido un aparte con él, antes de marcharse, para decirle que sería lanzado un ataque a gran escala poco después de las tres de la madrugada. Lo cual significaba que él mismo podía convertirse en un prisionero de la Unión antes de que transcurrieran unas horas.
David anduvo bastante ocupado a partir de aquellos momentos, atendiendo a los restantes prisioneros heridos. Se quedó maravillado al descubrir lo bien que había sido planeado aquel hospital de campo, dotado además de un equipo excelente.
El núcleo principal de la unidad era la tienda destinada a las intervenciones quirúrgicas, que ya examinara al principio, complementada con un depósito cubierto, más la «sala-tienda», que albergaba a treinta y seis pacientes, pudiendo ser ampliada con la adición nada difícil de otras tiendas de similar tamaño. Todo había sido bien estudiado allí. Dos de los carromatos estaban cargados de alimentos desecados, que quedaban dispuestos para el consumo al añadir el agua necesaria, tras lo cual se calentaban en recipientes a propósito, en unos hornillos de campaña que consumían queroseno o leña asegurándose así una dieta alimenticia adecuada para los heridos.