La brigada Stonewall
Capítulo IV
EL cuartel del 27.º Regimiento de Virginia era un barracón situado al pie de las tres colinas (por el sur) que dominaban el Potomac, el Shenandoah, el ferrocarril y el canal, en Harpers Ferry. David observó mientras avanzaba por el sendero que conducía al barracón que el agua potable provenía de una fuente no muy lejana.
Los hombres vivaqueaban bajo cobertizos de hierbas o en tiendas provisionales, preparando sus raciones de tocino, judías y galleta en grupos de cuatro a ocho hombres, utilizando pequeños fuegos. Pero según pudo advertir mientras caminaba entre aquella zona y el alojamiento principal, no se habían hecho allí previsiones sanitarias. Los hombres, como el comandante Stannard le había advertido, hacían sus necesidades donde querían, detrás de los matorrales o en los sitios despejados, especialmente cuando se sentían afectados de repente por la dolencia casi común.
El capitán Everett Sanders, oficial ejecutivo del regimiento, era un hombre grueso y bajo, de cuarenta y tantos años de edad, con un vientre prominente y un gesto de preocupación en el rostro. Levantó la vista al entrar David en el barracón de leños que servía a la unidad de cuartel y correspondió al saludo del joven con un descuidado movimiento de su mano derecha.
—¿Quiere que le diga una cosa? Tiene usted suerte por el hecho de pertenecer al personal civil —manifestó Sanders—. Y en las ordenanzas militares no se especifica que usted tenga que saludarme obligatoriamente.
—Yo soy el doctor David Presten. Sucede que el coronel Jackson me ha conferido el empleo de capitán médico en la milicia de Virginia hace poco, no habiendo dispuesto por tanto de tiempo para proveerme del uniforme.
—Siga mi consejo, doctor: procure mantenerse mientras pueda lo más alejado posible de nosotros. Estoy pensando ahora en su saludo Usted debe de poseer alguna experiencia militar, sin duda.
—He pasado medio año en Italia, y otros seis meses en Washington, con nombramiento de la Jefatura de los Servicios Médicos oficiales.
—¿Y se ha dejado usted eso para ingresar en la milicia de Virginia? —La faz de Sanders revelaba una gran perplejidad—. Siga mi consejo y de marcha atrás. Aquí disfrutamos de un comandante qué es el propio diablo en persona. ¿Querrá usted creer que me obliga a mantener a nuestros montañeros en constante ejercicio, a razón de una instrucción que dura seis horas por día?
David sonrió al oír aquellas palabras, pronunciadas en un leve tono de desesperación.
—No es cosa de risa, doctor —manifestó ahora Sanders, irritado—. ¿Cómo voy a obligar a estos hombres a hacer la instrucción y las prácticas si cuando se trata de correr sólo tienen piernas para alcanzar el matorral más próximo y llevan una mano ocupada con el arma, mientras intentan con la otra soltar la hebilla de su cinturón?
—Conozco los métodos de Jackson, capitán. Estuve en el regimiento de cadetes del VMI durante tres años.
—Yo duré en el Instituto solamente seis meses. Me expulsaron por haber metido en el dormitorio a una chica cierta noche —explicó Sanders con cierto orgullo.
David se echó a reír.
—Al menos, usted tiene la satisfacción de haber hecho en el instituto algo que nadie hizo jamás… Y no creo que se haya repetido el episodio.
Sanders estaba radiante.
—Me consta que a mí en Lexington se me recuerda. ¿En qué puedo servirle, doctor?
—Soy su nuevo oficial médico.
—¡Magnífico! Espero que acabe usted con la disentería.
—Poseo alguna experiencia sobre tal dolencia. Es bastante común en muchas agrupaciones militares. ¿Qué tal andan ustedes de medicamentos y otras cosas sanitarias?
—En este aspecto, hemos tenido suerte aquí. Cuando los federales salieron de Harpers Ferry, andaban tan ocupados pegando fuego a las fábricas de municiones que no se acordaron de incendiar unos almacenes del ejército que estaban llenos de medicinas.
—¿Sabe usted si hay aquí píldoras de opio?
—El médico que estuvo atendiéndonos por unos días (se trataba de un doctor contratado) las utilizó en cantidad. Al hacer su visita a los enfermos, si las tripas del paciente se hallaban abiertas, le daba una píldora de opio. Y si estaban cerradas ponía en sus manos un terrón azul. El suministro de píldoras de opio se mantiene y, prácticamente, nadie necesita ahora lo segundo. Pero lo que no logro comprender es por qué se ha desatado esta dolencia entre nuestros hombres al llegar aquí, a menos que sea debido todo, como decía el médico, a alguna sustancia mineral particular que contenga el agua.
—La causa de todo, probablemente, es el agua, pero no los minerales. A propósito: ¿cuántos sumideros han sido abiertos aquí?
—El viejo Jack ordenó que fuera excavado uno por regimiento, como mínimo, así que procedimos de acuerdo con sus instrucciones. Pero los hombres se empeñan en no usarlos.
Para David, ésta era una historia muy conocida. En los campamentos, los médicos se veían constantemente luchando por vencer la resistencia que ofrecían los soldados (alentados a veces por el ejemplo de sus oficiales) a seguir los preceptos más elementales de tipo sanitario. La excavación de letrinas se hacía siempre entre continuas protestas, y se utilizaban a disgusto, excepto, naturalmente, cuando las órdenes eran extremadamente severas.
—Como ya le he indicado, teníamos a nuestro servicio a ese médico contratado —prosiguió diciendo Sanders—. Pero ayer mismo llegó una orden de Richmond: en lo sucesivo, todos los médicos habían de incorporarse como oficiales. El hombre no quiso saber nada de este asunto y se fue a casa. Ahora que caigo en la cuenta: seguramente, en estos momentos, usted es el único médico militar que puede encontrarse en la milicia de Virginia, doctor Preston. ¿De qué quiere ocuparse en primer lugar?
—Quisiera llevar a cabo una inspección sanitaria. ¿Dispone de tiempo para acompañarme?
—¿Hoy?
—Ahora mismo. La disentería que está dejando a sus hombres fuera de combate sin luchar sólo dejará de actuar cuando desaparezca la causa…, que hemos de proceder a eliminar enseguida.
—Usted es el médico —contestó Sanders, con un encogimiento de hombros—. En marcha.
David no tuvo que dar muchas vueltas para descubrir la respuesta a aquel problema. La zona donde el personal vivaqueaba había sido elegida inteligentemente. Ocupaba las laderas mejores de las Alturas de Loudoun. Numerosos robles y pinos proporcionaban agradable y amplia sombra. Del fondo de una ladera, entre rocas, brotaba un manantial de mediano tamaño. Se formaba así un arroyo de unos quince metros de longitud, que moría en una corriente de agua algo mayor. Esta última procedía de un punto de las Alturas, ya que David vio, levantando la vista, algunas pequeñas cascadas, antes de llegar al fondo y formar un estanque de dimensiones reducidas. En sus orillas, varios hombres estaban bañándose y secando unas prendas de vestir.
La letrina destinada a proporcionar a todo el campamento facilidades sanitarias había sido excavada en una zona de tierra blanda, casi carente de piedras, situada como a una docena de metros del manantial, por la parte de arriba, al otro lado de un seto natural de espesos matorrales.
—Las ordenanzas militares especifican que estas instalaciones quedarán dispuestas a alguna distancia del campamento, estando protegidas en lo posible desde el punto de vista de la observación —señaló Sanders, muy satisfecho—. Ya ha visto usted que nos hemos atenido a lo mandado.
—Excepto en una cosa.
—¿Cuál?
—Ya la verá usted, capitán. Supongo que entre los artículos del regimiento figurará alguna cantidad de azulete… ¿Sabe a qué me refiero? Le hablo de lo que las mujeres utilizan cuando lavan prendas blancas, con el fin de que éstas no se pongan amarillas.
—Probablemente, no hay aquí de eso. Pero, en fin, la tienda del intendente queda por aquí. Si hace falta, enviaré a un soldado a la población…
Antes de que la inspección terminara se presentó un soldado con el azulete solicitado por David.
El capitán Sanders observó con el ceño fruncido cómo David arrojaba el contenido de la cajita que habían puesto en sus manos en la letrina del regimiento.
—No acierto a ver qué puede usted probar procediendo así, pero… bueno, ya lo dije antes: usted es el médico.
—Finalicemos la inspección. Todavía pasarán unos minutos, seguramente, antes de que se produzcan los cambios que yo espero ver aparecer.
Una hora después, David se había hecho cargo perfectamente de la disposición general del campamento y también de la causa del característico hedor que se percibía dentro de él. La letrina, pese a haber, sido excavada de acuerdo con las ordenanzas, parecía ser utilizada solamente por quienes se encontraban cerca de ella. Las instalaciones en que eran albergados los animales, gallinas, cerdos y alguna que otra vaca o venado, quedaban en las inmediaciones del manantial, con objeto de tener más facilidades en cuanto al suministro de agua. Allí se sacrificaban dichos animales, cuya carne se distribuía entre los cocineros situados ante un centenar de pequeños fuegos. Y en aquel sector, los despojos, sin enterrar hacían la atmósfera casi irrespirable.
En conjunto, decidió David, lo que se veía en el campamento del 27.º Regimiento de Virginia no era ni mejor ni peor que lo que pudiera descubrirse en otras unidades semejantes. Siempre sucedía lo mismo a lo largo de los primeros meses de movilización de un ejército. Eran casi las cinco cuando regresaron a la letrina del regimiento, advirtiendo entonces David que el azulete había desaparecido.
—Estoy sediento —dijo a Sanders—. ¿Por qué no nos acercamos al manantial?
—No me parece mal —respondió Sanders—. Ahora bien, yo había pensado en algo más fuerte en forma también de líquido.
—De acuerdo. No obstante, primero quisiera inspeccionar el abastecimiento de agua del regimiento.
Al pie del manantial había una pequeña balsa, de unos tres metros de longitud. Era perfectamente visible el punto, en las rocas, del cual brotaba el agua. David se movió en torno a la balsa, haciendo a Sanders una seña para que se le acercara. No tardó en ver en el agua una mancha azul que se fue esparciendo hasta desaparecer…
Sanders se arrodilló, estudiando atentamente el agua. Al levantar la cabeza, David vio que estaba muy pálido. Se alejó unos pasos, presa de unas náuseas terribles.
—¿Quiere usted decir, doctor, que nosotros hemos estado bebiendo eso?
—Acaba de enfrentarse con la prueba.
—¡Maldita sea! ¿Qué hemos de hacer ahora?
—Aumentar notablemente la distancia existente entre el manantial y la letrina, o, lo que es mejor, utilizar para el abastecimiento de agua otra de las fuentes, eligiéndola con cuidado para no perjudicar a las tropas acampadas en otro nivel.
—En las Alturas de Loudoun no hay más unidad que la nuestra.
—Magnífico. Estoy seguro de que antes de que hayan transcurrido cuarenta y ocho horas notará que sus hombres mejoran.
—Estoy dispuesto a creerme todo lo que usted me diga tras la experiencia del azulete —replicó Sanders—. En serio: si usted afirma que el ácido fénico es bueno para mi organismo, me apresuraré a procurarme el que haga falta para mezclarlo con mi whisky.