La brigada Stonewall
Capítulo III
LA división de Stonewall, junto con la Brigada Stonewall y el l.er Hospital de Campaña, estaba acampada en Carlisle Barracks a finales de junio esperando órdenes para unirse a la división del general Jubal Early y emprender todos el ataque sobre Harrisburg. Había comida en abundancia gracias al ganado que habían arreado por delante de ellos al avanzar hacia el norte a través del sur de Pennsylvania. Pero una vez comenzada una campaña, lo que la brigada quería era luchar y ninguno de sus integrantes podía de momento darse ese gusto.
A unas ciento cincuenta millas al norte de su antiguo cuartel general situado en la ribera sur del río Rappahannock, en Harrison’s Landing, en pleno territorio enemigo y a un día de marcha del grueso de las fuerzas de Lee, la brigada se sentía solitaria y vacilante. Por experiencia sabían sus hombres que el enemigo no tardaría en atacar con toda su fuerza. Finalmente, el primero de julio llegaron órdenes de que la Brigada Stonewall y la división del mismo nombre se pusieran en marcha hacia el sur, aparentemente para unirse a Early en la defensa ante el esperado ataque federal sobre Harrisburg.
La línea de marcha pronto tomó una inclinación más aguda al sur, sin embargo, y a poco se encontraron con parte del ejército de Early, que escoltaba a un grupo de prisioneros federales hacia el sur. Por eso advirtieron que no se disponían a atacar Harrisburg, lo cual trajo como consecuencia un gran desánimo y con él un aumento en el número de rezagados, aunque, puesto que estaban hondamente metidos en territorio enemigo, las deserciones no fueron muchas.
Uno de los rezagados en la larga marcha resultó ser Jed Burnet. El montañero había conseguido por fin proporcionarse un par de botas, pero no las llevaba puestas. Por el contrario, ambas colgaban de su cuello sostenidas por los cordeles. Cojeaba y parecía de muy mal humor. La causa de todo aquello era fácil de advertir, porque Jed mostraba una ampolla del tamaño de un dólar de plata en su tobillo.
—Creo que me sentiría mucho mejor ahora si hubiese continuado descalzo, doctor —dijo—. ¿No puede usted hacer algo por mí?
—Te extraeré el agua de la ampolla —dijo David. Y empuñando una aguja extrajo el humor de la lesión, colocando sobre ella una venda.
—El sargento Perkins te dará un poco de alumbre para que lo pongas en agua y sumerjas en ella el pie —le dijo a Jed Burnet.
—Creo que debería meter en ella la cabeza también —dijo el otro—. Diablos, pensé que en el ejército el botín que podía conseguirse hoy en día era un poco mejor. Las cosas no van bien en casa.
—¿Piensas permanecer esta vez con nosotros, Jed, o desertar?
—Pues mire usted, se dice que si los yanquis ganan darán toda la tierra a los negros y harán trabajar a los blancos para ellos. Entieso y ser fusilado, no veo la diferencia.
—¿Pero tú no irás a creer eso, verdad?
—Pues es lo que todo el mundo cree —replicó mientras se jaba cojeando.
Viendo a los últimos miembros de la Brigada Stonewall pasar, Da vid Preston no pudo contener un temblor de orgullo. Estaban vestidos con harapos, el pelo y la barba de cada uno eran verdaderas marañas estaban muy sucios y llevaban en los bigotes manchas amarillentas de tabaco. Aquí y allá se veían hombres que andaban pesadamente, con sus zapatos muy grandes o muy pequeños atados por sus cordeles y colgándoles del cuello, tal como Jed Burnet. Otros arrastraban sus rifles. Sin embargo, todos ellos estaban rodeados de una indefinible atmósfera de orgullo, de una vitalidad que siempre había distinguido a los hombres de la Brigada Stonewall. Allá en el Cielo, en el que con tanto ardor creía Jackson, sin duda él estaría observando la escena con mirada aprobadora.
Poco antes de caer la noche, la Brigada Stonewall entró en Gettysburg y acampó a eso de una milla al sudeste del centro de la ciudad, Era el primero de julio. La caballería de Stuart, según se aseguraba, aún se hallaba a bastante distancia, hacia el sudeste, completamente aislada tanto del enemigo como de las fuerzas del general Robert E. Lee, quien trataba de sacar el mejor partido posible de la situación, aunque ignorando por completo lo que las fuerzas federales, que, según se pensaba, estaban en las cercanías de Taneytown, en Maryland, estaban haciendo, aunque sólo se hallaban a unas catorce millas al sur.
El pequeño colegio de Gettysburg albergaba, o podía albergar, a dos mil cuatrocientas personas. Era un edificio antiguo de cuatro pisos, coronado de cúpulas y filas de chimeneas, que estaba plantado en las colinas, unas millas al este de las estribaciones bajas de los Apalaches. Justamente más allá del borde sur de la ciudad había una elevación aguda llamada Cemetery Hill. Era el lugar donde se enterraba a los muertos de la ciudad y continuaba hacia el sur por unas dos millas, hasta una zona de declives que terminaba en dos pequeñas elevaciones. A poca distancia al este del cementerio había una colina muy arbolada llamada Culp’s Hill, a los pies de la cual acampó por la noche la Brigada Stonewall.