La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 8 de 89

Páginas del PDF

La brigada Stonewall

Capítulo VI

 

—ME siento tan feliz que me dan ganas de darle un beso —dijo Araminta a David, muy excitada, nada más abrir la puerta de la suite del hotel.

—Pues cuente con mi permiso —respondió él.

Ella, sin embargo, se limitó a asir una de sus manos, haciéndote entrar en un saloncito. La felicidad de que se hallaba poseída había arrebolado sus mejillas. David se confesó que no era posible que existiera en el mundo una cara más bonita que la que tenía delante en aquellos momentos.

—Sepa usted, doctor, que comparto la emoción de Araminta… Ahora bien, nosotros, los cuáqueros, estamos obligados a mostrarnos siempre muy reservados —manifestó Mary Ross con una cálida sonrisa.

—Nos deshicimos de las medicinas que prescribió el doctor Wilson —le aseguró Araminta—. Y tío John ha estado pidiendo semillas de esa planta milagrosa que le dio usted con el coñac. Quiere sembrarlas en Park-Hill, a fin de que los médicos cherokees la utilicen.

—Espero mucho de esa sangría que practicamos, a modo de efectos inmediatos.

David siguió a las dos mujeres, que entraron en el dormitorio contiguo al salón, uno de los dos de que constaba la suite.

—Aquí tienes al doctor David Preston, tío John —dijo Araminta—. Tú dormías cuando él se presentó aquí esta mañana, pero te salvó la vida.

—Le estoy inmensamente agradecido, doctor.

John Ross había sido incorporado en el lecho, apoyando la espalda en unas almohadas. Evidentemente, estaba mejor. David observó que sus ojos, eran azules, lo cual le sorprendió, recordando enseguida que pese a su oscura piel Ross tenía muy poca sangre cherokee en sus venas. Era indio por elección, más bien.

—Todos hemos contraído contigo una deuda de gratitud, David.

Estas palabras fueron pronunciadas por Lachlan Murrell, quien hasta aquel momento había estado sentado junto a la cabecera de la cama, poniéndose ahora en pie.

—¡Espero, señor Ross, que no le importará que lleve a cabo otro reconocimiento! —dijo David—. El Presidente Lincoln ha estado preguntándome por usted esta mañana…

—¿Viste al Presidente? —preguntó Lachlan.

Entró en el despacho del señor Cameron cuando yo estaba informando sobre el caso del señor Ross al Secretario y al Comisario Dole.

—No pierdes el tiempo, David —señaló Lachlan, sonriendo.

—Si no te pasaras las noches enteras jugando al póquer, tú también podrías entrevistarte con gente importante —dijo Araminta, acremente, a su hermano.

—Esta tarea de despojar a los yanquis ricos de su plata y billetes se merece todos los elogios, mi querida hermana —repuso Lachlan, imperturbable—. Supongo que no habrá nadie que espere que pueda vivir con la miseria que el gobierno estadounidense paga a los oficiales de caballería.

Poco después, Lachlan cogió el sable que había apoyado en el sillón que ocupaba antes de la llegada de David.

—Al otro lado del vestíbulo está mi habitación —manifestó, mirando a su amigo—. He ordenado que me preparen el baño para las cinco y media. He de estar dispuesto para la noche. Es la habitación número 215. Pósate por allí cuando salgas. Nos tomaremos unas copas.

—De acuerdo.

David se aproximó a la cama, asiendo una de las muñecas del jefe cherokee. Araminta salió para acompañar a su hermano y cerrar la puerta de la suite.

—Lachlan y Araminta son estupendos —manifestó Mary Ross—. El señor Ross es tío-abuelo suyo, pero ambos los miramos como si fueran hijos nuestros.

—Todo está mejor, señor —declaró David, después de haber efectuado el reconocimiento—. Espero que soportara con paciencia el medicamento que le estamos administrando. La verdad es que no sabe muy bien.

—Bueno, usted, doctor, no ha tenido ocasión de probar la Bebida Negra de los cherokees, ¿verdad? A mí, de momento, su medicina me sirve: no veo otro modo de tomar un poco de coñac. Las mujeres son muy tozudas y vienen negándose a dármelo de otra forma.

—Les diré que aumenten su ración alimenticia. Mañana o pasado recortaremos las hojas de digital, pero entretanto puede tomar algún coñac.

—Tengo que confesar otro vicio: me gustan mucho los puros. En Park Hill cultivamos tabaco, pero yo prefiero las hojas que importamos de Cuba. Y Araminta es una experta en la elaboración de mis cigarros, especialmente los finos, los que me gustan más.

—Podrá fumar de nuevo dentro de unos días… Moderadamente, por supuesto.

—Esta mañana, cuando ya estaba en todo su conocimiento —informó Araminta, que había vuelto a la habitación—, lo primero que pidió fue un puro. Yo no quise dárselo mientras usted no lo autorizara.

—No se deje usted arrebatar nunca el látigo por una mujer, doctor Preston —recomendó Ross, burlón y afectuoso—. Y menos si la mujer en cuestión es ésta…, turbulenta, pendenciera, dominante.

—Hermosamente rebelde, igual que la Kate de La fierecilla domada.

—El año pasado, la Sociedad Dramática del Seminario de Mount Holyoke puso en escena esa obra y yo representé precisamente el papel de Kate — explicó Araminta—. ¿Hemos de continuar con la medicación como hasta ahora?

—Al menos, hasta que vuelva yo por aquí, mañana por la mañana. Aumentaremos su dieta alimenticia con sopas y cosas blandas, pero procure escatimar la sal. Algunos médicos europeos creen que la sal no es buena en situaciones como ésta…