La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 28 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo VI

 

STONEWALL JACKSON se sentía indignado ante lo que él consideraba una táctica dilatoria por parte del Presidente Jefferson Davis y el Secretario de la Guerra, Judah P. Benjamín, que no se decidían a reforzar los efectivos militares situados entre Richmond y Fairfax Courthouse, donde la 1.a Brigada había quedado estacionada aquel verano, con el fin de que Washington pudiera ser vigilado de cerca.

Jackson continuaba teniendo problemas con su dedo herido.

Sufría una especie de inflamación crónica. Por suerte, entre el equipo sanitario de que se había hecho David Presten, sin la ayuda de nadie, según era fama, había una bañera metálica en la que podía introducirse un brazo o un pie para llevar a cabo un tratamiento hidroterápico. El recipiente tenía en una de sus caras una rueda de paletas que giraba sobre un eje, hallándose éste unido a una polea por medio de una correa de transmisión. Cualquiera podía utilizar el aparato, haciéndolo funcionar con el pie.

La primera vez que Jackson visitó el hospital de campaña preguntó al ver aquel aparato si podía ser utilizado en el tratamiento de su dedo herido. Y cuando David añadió un poco de cloruro de cal al agua de la pequeña bañera, Jackson se sintió gratamente sorprendido al notar un alivio inmediato en el dedo. Desde entonces, había tomado la costumbre de acercarse por el hospital a diario, casi, con objeto de seguir aquel sencillo tratamiento.

No siempre se encontraba en el hospital David cuando se presentaba Jackson, por cuya razón aquél dio instrucciones a Hal Perkins para que tuviera el baño siempre preparado, guardando la solución en una damajuana. De llegar el general en su ausencia, el chico no tenía más que calentar el líquido, poniéndolo a la temperatura deseada por su jefe.

Por aquel tiempo, la 1.a Brigada vivaqueaba a kilómetro y medio de Fairfax Courthouse, y el 27.º Regimiento se había desplazado a Munson’s Hill, lo más cerca posible de Washington, sólo a unos ocho kilómetros del Potomac. Desde dicha elevación, con ayuda de unos gemelos, podía verse a la gente de la ciudad circulando por las calles, así como los piquetes apostados en la orilla sur del río, cotí los cuales intercambiaban a veces algunos disparos.

Aunque después de la Batalla de Manassas se le había concedido, provisionalmente, el ascenso a comandante, David tenía todavía la costumbre de visitar la zona del 27.º Regimiento cada mañana, para pasar consulta, tras lo cual regresaba al hospital.

Cierto día, después de apearse de su montura, mientras ataba su caballo a un poste, se encontró a Jackson sentado, como en tantas otras ocasiones, junto a la bañera, con el brazo sumergido en la solución de cloruro de cal, mientras movía sistemáticamente con un pie el pedal del aparato.

—Siento no haberme encontrado aquí a su llegada, general —se excusó David cuando entró bajo el toldo de lona que protegía a Jackson del sol—. Espero que su dedo haya mejorado.

—Si ha mejorado ha sido gracias a su iniciativa, doctor. Ahora lo que me gustaría sería visitar el manantial de Bath. Sé que no tardaría en estar bien del todo con sus aguas. —Jackson levantó la vista—. Capitán: si a usted le dieran a elegir el lugar en que combatir más adelante, ¿cuál elegiría?

—El Valle del Shenandoah, por supuesto, señor. Pronto madurarán las manzanas y las pequeñas huertas de las granjas se verán llenas de sabrosos tomates…

—Al frente de veinte mil hombres —Jackson parecía estar ahora reflexionando en voz alta—, yo podría cruzar el Potomac por la parte superior y dirigirme al nordeste para atacar por el flanco la ciudad de Baltimore y conquistarla, obligando al Gobierno Federal a evacuar Washington por vía marítima. ¿Se ha enterado usted de que el general McClellan ha sustituido al general McDowell en el mando del ejército de la Unión en el Potomac?

—Lo leí en el Enquirer.

—Si McClellan sigue siendo el hombre de México, dedicará el tiempo que sea necesario a la tarea de formar un ejército de gran potencia antes de intentar la conquista de Richmond. Entretanto, nosotros podríamos internamos en Pennsylvania occidental para tomar Uniontown y hasta Pittsburgh, quizá, y si el movimiento se lleva a cabo antes de que llegue el invierno, el ejército podría mantenerse sobre el territorio. Cuando el general McClellan, en Washington, se dé cuenta de que se halla desbordado, Virginia Occidental, Kentucky y Tennessee quedarían aislados por completo del Norte. Esto supondría un grave revés para el enemigo, doctor, un grave revés, verdaderamente.

—Seguramente, el Presidente Davis advertirá eso, señor. En fin de cuentas, fue Secretario de la Guerra en el Gabinete del Presidente Buchanan antes de la ruptura de las hostilidades, y senador de los Estados Unidos con anterioridad a esto último. Asimismo, ha pasado por West Point, donde se graduó.

—El militar, cuando actúa como político, y especialmente si ocupa un puesto como el de Davis, tiende a comportarse de un modo extraordinariamente cauteloso. —Jackson sacó la mano de la solución de cal, estudiándola distraídamente—. ¿Sabe usted que en Fairfax Courthouse se celebró no hace mucho una conferencia sobre la guerra?

—No lo sabía, señor. ¿Y no fue usted invitado a ella?

Una fugaz y fría sonrisa alteró la expresión del rostro de Jackson.

—El jefe de una brigada no puede hablar nunca en nombre de una división ni de un ejército.

—Pero es que esa brigada, señor, salvó a la Confederación de una derrota en Henry House Hill.

—Aquélla fue una gran batalla.

La voz de Jackson sonó distante de nuevo, como si hubiera vuelto a encontrarse entre las filas de soldados, yendo de un lado para otro, poco antes de vivir una hora de gloria —y de tremenda carnicería— aconsejándolos, indicándoles que debían esperar la llegada del instante preciso para hacer fuego. De un modo parecido a como otro oficial llamado Israel Putnam, cuando avanzaba la oleada escarlata de los regulares británicos, previniera a sus tropas en Bunker Hill, con estas palabras: «¡Esperad hasta el momento en que veáis el blanco de sus ojos! Luego, ¡poneos en pie y abridles los vientres con vuestras bayonetas!».

—Bien… ¡Buenos días, comandante Preston! —saludó Jackson—. Y muchas gracias, una vez más, por haber pensado en este tratamiento hidroterápico para mi dedo.

El comandante Hunter McGuire entró en el hospital poco después de haberse marchado Jackson.

—¿Ha estado aquí el general? —preguntó—. No se encontraba en su alojamiento al detenerme en éste, a mi vuelta de Richmond.

—Se fue no hace mucho. ¿Qué noticias circulan por Richmond?

—El Enquirer publicó ayer una información, en la que se asegura que McClellan intenta convencer a Lincoln de que el próximo ataque contra Richmond debe ser realizado a lo largo de la península, entre el York y el James.

—Si se saliera con la suya… llegaría a poner un ejército en las puertas de Richmond.

—No teniendo buques en el James, el Sur tendría que atacar al ejército federal cuando éste intentara llevar a cabo un desembarco —declaró McGuire —. ¿Cómo se encontraba de animado Jackson esta mañana?

—Me pareció que estaba un poco deprimido. No le pregunté por qué.

—Así pues, ¿no sabe usted nada acerca de los ascensos?

—Tuve que ir a Munson’s Hill. Volví de allí hace cosa de una hora.—

—El gobierno de Richmond ha anunciado los ascensos de Samuel Cooper, Albert Sidney Johnston, Robert E. Lee y Joseph E. Johnston. Ha sido confirmado el ascenso que sobre el Campo de batalla concedió Jeff Davis a Beauregard, en Manassas…

—Y para el pobre Jackson nada, cuando, quizá con la única excepción de Lee, es quien más merece tal recompensa.

—Eso es lo que pasa.

—No es de extrañar que estuviera tan deprimido y qué quisiera regresar al Valle. ¿Qué malas noticias podrán darle ya?

Pasaban los bochornosos días de agosto por el campamento de las inmediaciones de Centerville. Se enfrentaban ya con el mes de septiembre. El general Stonewall Jackson no era allí el único en pensar que estaban perdiendo un tiempo precioso. El Ejército del Shenandoah y el del Norte de Virginia tenían bajas a diario, a causa de las enfermedades y de los desertores. El malestar de Jackson afectaba a toda la Brigada Stonewall, siempre peculiarmente sensible a los estados de ánimo de su jefe.

Cuando Jefferson Davis se presentó en el campamento de las cercanías de Fairfax Courthouse para revisar con Beauregard determinadas cuestiones, el día 1.º de septiembre —un día después de haber sido anunciados los ascensos de los cinco generales—, Jackson buscó a Davis. El Presidente de la Confederación había revisado el l.er Hospital de Campaña, que mereció por su parte una cálida aprobación. David no pudo escuchar toda la conversación que sostuvieron Jackson y el Presidente, pero de lo que oyó dedujo el airé que había informado el resto del encuentro.

—¿Puedo preguntarle cómo marcha la guerra en Virginia Occidental, señor Presidente? —Inquirió Jackson, poco antes de que Davis abandonara el campamento.

—No muy bien, general Jackson, no muy bien.

—Yo nací y me crié en la región de Clarksburg —respondió Jackson, intencionado—. Mi primer trabajo, a la edad de Catorce años, lo tuve en el camino de Parkersburg-Staunton.

—¿Sí? Ignoraba eso, general.

—Teniendo a Morgantown, Virginia y Cumberland, de Maryland, en nuestras manos, quedaría amenazado el puesto federal en su totalidad en la Pennsylvania occidental. En efecto, sólo la amenaza de un posible ataqué por el flanco, en dirección este, a través de Maryland y Pennsylvania, contra Washington, induciría al general McClellan a desplazar alguna de las fuerzas ahora concentradas para la siguiente embestida contra Richmond.

—Una interesante teoría, general.

Davis pronunció estas palabras a modo de comentario, sin querer dar a entender nada. Inmediatamente, se fue de allí, acompañado de sus oficiales.

David habló de la conversación de Davis con el más famoso de sus generales mientras cenaba aquella noche en compañía de Joe Stannard y John Imboden. Hal Perkins había realizado uno de sus peculiares esfuerzos culinarios y disponían para el final de una botella de buen coñac, el coñac que un desafortunado senador estadounidense había destinado a la celebración de la esperada victoria en Manassas. Stannard formuló una pregunta:

—Dígame, David: ¿ha pretendido Jackson indicar a Davis cómo debía montar la próxima fase de la guerra? Usted fue alumno del general durante tres años en el VMI y quizá esté en condiciones de aclarar tal cuestión…

David se echó a reír.

—Lo único que se puede esperar de Jackson es que, probablemente, haga lo más inesperado. Pero al analizar sus acciones más tarde, uno suele descubrir que la lógica presidía en todo momento sus pensamientos y que los árboles no dejaban ver el bosque.

—En realidad, todo esto se halla planteado como un juego de ajedrez. Hay ya una partida en marcha… —declaró Imboden—. Lincoln ansia tomar Richmond y dar fin a la guerra.

—Y Jackson pudo haber conquistado Washington hace un mes, después de lo de Bull Run —indicó Stannard.

—No podemos hablar de eso con seguridad. Por otro lado, ahora ya es tarde. McClellan ha organizado el ejército más poderoso de toda la historia de los Estados Unidos —manifestó el oficial de infantería—. Evidentemente, Lincoln ansia apoderarse de Richmond, pero teme exponer a Washington a un ataque… Y Jefferson Davis teme a su vez desencadenar una ofensiva en una parte u otra, porque ella implicaría ineludiblemente el debilitamiento de las fuerzas que defienden Richmond. Yo creo que nunca se ha dado una guerra grande hallándose las capitales de los bandos opuestos a una distancia, entre sí, inferior a los ciento sesenta kilómetros.

—De los dos Presidentes —dijo David—, es Jefferson Davis el menos seguro, puesto que sus fuerzas vienen a representar menos de la mitad de las colocadas a las órdenes de McClellan por Lincoln.

—Si el plan de batalla de la Unión es llevado a la práctica —convino Imboden—, Richmond será atacado por dos puntos y nosotros podríamos perder la guerra antes de la Navidad… A menos que Jefferson se las arregle para producir un milagro.

—Un milagro denominado Thomas J. Jackson podría sacamos del atolladero —apuntó David.

—Es posible —concedió Imboden—. Pero hay que tener en cuenta que Jackson es ya considerado un héroe por la gente de Virginia y Richmond. Davis no querrá proporcionarle la oportunidad de ser todavía más héroe echando por tierra los planes de McClellan antes de que los federales lancen su principal ataque. Mucha gente de la Confederación piensa que Jefferson Davis no era la persona más idónea para el cargo de Presidente… Yo figuro entre los que así piensan. Y de aparecer un Napoleón llamado Jackson, de repente, nuestro Presidente podría quedar relegado a un segundo término…, cosa que no está dispuesto a hacer.

—¿Qué va a pasar entonces?

—De hallarme yo en la piel de Jefferson Davis, realizaría una maniobra de diversión para asustar a Lincoln y llevarle a reservar un buen número de tropas para la defensa de Washington.

—Quizá con ese fin ha sido enviado Lee a Virginia Occidental.

—Probablemente. Ahora bien, al parecer, Lee no apunta a nada concreto. Lo que necesita Jefferson Davis realmente, en estos momentos —y también la Confederación—, es un ejército con un hombre al frente que sea capaz de amenazar a Washington por el oeste.

—Y ese hombre, ¡Dios lo bendiga!, espero que sea el viejo Jack — remachó Joe Stannard.