La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 40 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo VIII

 

 

EL 16 de mayo de 1862, Jefferson Davis decretó un día de plegarias y acción de gracias por la victoria de McDowell. Bastante irónicamente, resultaba ser el día en que la nueva Ley de Reclutamiento colocaba bajo banderas a todos los hombres cuya edad estuviese comprendida entre los dieciocho y los treinta y cinco años, que no adujesen una razón satisfactoria para ser eximidos. Dicha ley fue firmada en Richmond por Davis de acuerdo con una disposición separada.

Las fuerzas de Jackson habían perseguido a los ejércitos federales, que se replegaban hacia Monterrey ante el avance de McDowell, por un maravilloso valle que a Davis le recordó una zona deliciosa de Suiza. Luego continuaron hacia el norte a lo largo de la rama meridional del Potomac, hasta llegar casi hasta Franklin. Pero, al saber que Frémont había colocado parapetos en esos alrededores, el ejército fue dirigido hacia el este, en dirección de Harrisonburg, sobre el valle Turnpike.

El 16 fue un día cálido y agradable; pero cuando David despertó en la zona del l.er Hospital de Campo, detrás de la Brigada Stonewall colocada ahora bajo el mando del brigadier general Charles S. Winder, sintió de inmediato que algo iba mal… y sabía dónde encontrar la causa.

—¿Qué pasa, Hal? —preguntó, al terminar de asearse en un arroyo vecino.

—Es en el 27.º Regimiento, señor. Se rumorea que algunas unidades rehusarán congregarse al ser convocadas mañana por la mañana.

—¿Por qué?

—Como el servicio obligatorio va a entrar en vigor, un par de compañías del regimiento consideran que la nueva ley las exime.

Un clarín sonó en aquel preciso momento y las unidades del 27.º Regimiento comenzaron a reunirse para la formación mañanera… excepto un grupo de cerca de cien hombres que permanecieron vagabundeando en torno a sus fogones, sin hacer nada por tomar los fusiles ni engrosar la formación.

—El coronel Grigsby se dirige ahora al cuartel general de la brigada — dijo Hal a un oficial de aspecto sombrío que ostentaba sobre su pecho la insignia de coronel y que atravesaba la zona del vivaque. Pero Grigsby no fue lejos. A poco se le vio volver con expresión más seria que nunca.

—Me pregunto qué le ha dicho el general Jackson —dijo Hal a un compañero.

—Sea lo que fuese, puedes apostarte que no ha sido nada agradable.

Del lugar donde el 27.º Regimiento estaba acampado llegó una sucesión de tajantes voces de mando, de modo que no tardaron en hallar la respuesta.

A lo largo y ancho de la zona del vivaque había jefes vociferando órdenes y las otras compañías del regimiento iban acudiendo, como es lo corriente, armadas con sus rifles. Sólo las dos compañías que se habían amotinado (no puede emplearse otro calificativo) se abstuvieron de acudir a obedecer órdenes y a congregarse para el informe matutino. El coronel Grigsby se mantenía a un lado, con el ayudante del regimiento frente a él y la espada desenvainada en su mano.

—Vosotros, los de allí —gritó, dirigiéndose a los que vagabundeaban—. ¿No habéis oído la orden de congregarse?

—Nuestro alistamiento expiró ayer, coronel —le respondió uno vestido con uniforme de montaña—. Nos iremos a casa de vuelta en cuanto se nos pague.

—Os ordeno que os reunáis a los demás.

—Nuestro tiempo de alistamiento terminó, coronel —dijo otro—. Ya se ocuparán otros de hacer la guerra de Jeff Davis por un tiempo.

—¡Presenten armas! —ordenó Grigsby a las tropas ya formadas.

—¡Oiga! —dijo el portavoz de los amotinados, visiblemente alarmado—. Usted no puede…

—¡Prontos para disparar!

—¡Santo Dios! —gritó el hombre—. ¿Se dispone usted a matamos como perros?

—No, como desertores.

Todos advirtieron la voz un poco alterada de Grigsby, de modo que los ojos se volvieron unánimemente hacia Jackson, quien había llegado sin que nadie se diese cuenta y se había detenido a unos diez pasos de Grigsby.

—Mire usted, mi general…

—¡Listos! ¡Apunten! —dijo secamente Grigsby.

Se produjo un momento de tensión y el clic de los gatillos se oyó con inusitada claridad en el mortal silencio, mientras varios centenares de rifles se erguían disponiéndose a apuntar a los hombres desarmados. Luego éstos se precipitaron hacia las armas que estaban en un montón y así se terminó el breve motín. A los dos minutos, todos los hombres estaban formados, cada uno con su arma al hombro.

—Pase revista a sus compañías —dijo el coronel Grigsby a los comandantes. De inmediato se procedió a pasar lista.

Al llegarse a las compañías amotinadas del 27.º Regimiento, sus integrantes respondieron con voz tan clara como los otros; más clara y alta, tal vez. Al terminar, el ayudante del regimiento se dirigió hacia Grigsby.

—Todos presentes y a la orden, señor.

—¡Rompan filas!

Cuando los comandantes dieron la espalda a los hombres, éstos rompieron filas. El coronel Grigsby extrajo un pañuelo de su bolsillo y se enjugó la frente, bañada por gruesas gotas de sudor que desafiaban el intenso frío de la mañana.

—¡Gracias a Dios! —se le oyó murmurar.

—Sería necesaria la intervención de la Divina Providencia para que Grigsby acudiera a pedir auxilio a Jackson en un caso tan insignificante — dijo una voz.

La voz resultaba familiar, de modo que David se dio la vuelta, para encontrarse con que quién había hablado era el coronel John Imboden, que se hallaba a su lado.

—¿Ha sido el general quién ha dicho a Grigsby que hiciera eso?

—Se lo ordenó hacer —dijo Imboden. Luego, al ver a Ed Mattox que se aproximaba tras haberse mantenido a cierta distancia contemplando la dramática escena, agregó—: Buenos días, señor Mattox.

—¡Hola, coronel! —dijo el periodista—. Creo que no le había visto a usted desde aquella mañana en que juntó unos trenes fuera de Richmond y los dirigió a Harpers Ferry.

—De eso hace ya mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo.

—¿Cree usted realmente que el general Jackson hubiese hecho matar a esos hombres si se hubieran negado a obedecer la orden? —preguntó Mattox.

—Hubiese ordenado matar a cualquiera que se negara a obedecer una orden legítima, señor Mattox —dijo Imboden—. ¿No lo crees así, David?

—Sin ninguna duda.

—Estoy comenzando a entender por qué los soldados de Jackson le son tan leales —dijo el periodista—. No teme compartir con ellos el peligro, pero espera de la otra parte el mismo coraje y la misma adhesión a la causa.

Y consigue ambas cosas, no lo olvide usted —dijo Imboden—. Bueno, será mejor que me vaya. Hay mucho trabajo.

—Me pregunto si en este momento alguien en la Confederación advierte con exactitud cuánto hay que hacer —dijo Mattox con sencillez mientras, junto a David, se encaminaba hacia la zona del hospital—. Tras un año cumplido de guerra, el ejército de Jackson es prácticamente el único en no hallarse en situación comprometida. El general Albert Sidney Johnston resultó herido en la batalla de Shiloh, en Tennessee, el mes pasado y su ejército barrido del campo. Nueva Orleáns ha sido capturada por las lanchas cañoneras de Farragut, quedando así cerrada la boca del Mississippi y la parte superior del río al norte de Memphis ya se encuentra en manos de los federales.

—Excepto la región de Vicksburg.

—Ulysses S. Grant no va a parar hasta que tome esa región también — dijo Mattox—. Aquí en el este, McClellan tiene a más de cien mil hombres que se dirigen hacia la península. Según el último informe que he recibido, está en White House, sobre el río Pamunkey, a veinte millas de Richmond. Y para colmo, McDowell tiene algo así como cuarenta mil soldados cerca de Fredericksburg, de donde puede caer sobre Richmond desde el norte o bien reforzar las posiciones de McClellan. Aparte de eso, las cañoneras federales han subido lo bastante el río James como para amenazar Richmond.

—¿Está usted tratando de decirme acaso que estamos ya derrotados?

—Sólo digo que Stonewall Jackson y el Todopoderoso tendrían que ponerse de acuerdo cuanto antes sobre la realización de algún milagro. De lo contrario, la capital de la Confederación tendrá que desplazarse hacia atrás y situarse en Montgomery. Y lo peor es que ese Jackson no me permitirá enviar una palabra de mensaje desde aquí a Richmond.

—Todo lo cual podría significar que ya está planeando cuál será su parte en el milagro de que usted acaba de hablar —dijo David.