La brigada Stonewall
Capítulo III
EL sol brillaba cálidamente sobre Richmond la mañana del 2 de abril de 1865. Las gentes se apiñaban en las iglesias para asistir a los servicios religiosos y algunos llegaban a sentirse optimistas ante las posibilidades de Lee de tomar la derrota inminente en victoria. Al fin y al cabo, el cañoneo había sido mucho más nutrido dos años antes, cuando el general McClellan había llegado a situarse al lado de la ciudad; y Richmond aún no estaba en manos federales.
Pero ahora Richmond estaba prácticamente sola. Cuando las fuerzas de Lee iniciaron la evacuación de Petersburg, el general Sheridan, siguiendo órdenes expresas de Grant, se dedicó a evitar que las mismas llegaran a Richmond. En consecuencia, con una ferocidad extrema, buscó dispersarlas del modo más rápido y eficiente sin prestar atención a las bajas, pues no sólo era preciso evitar que los defensores de Petersburg llegaran a la capital o a Carolina del Norte, sino volver hacia donde estaba Grant para engrosar el ejército de éste en la etapa final de la guerra.
Cortadas en pequeñas unidades, las fuerzas de Lee se negaron a desertar, sin embargo, mientras se replegaban. Y como Grant ya sabía cómo luchaban los sureños, era preciso hostigarlos permanentemente para evitar que se reagruparan y se uniesen a las tropas del general Johnston, que era el único cuerpo de ejército con que contaban ahora los confederados.
Mientras oraba hincado en la iglesia de Richmond, el Presidente Jefferson Davis sintió que alguien le daba leves golpes en el hombro. Un ayuda de campo le tendió un telegrama que decía: «Creo absolutamente necesario que abandonemos nuestras posiciones esta noche». Davis no necesitaba leer la firma al pie y también sabía lo que aquel mensaje significaba. Por otra parte, ya no tenía fuerzas para discutir con Lee, cuyo valor, devoción y sabiduría guerrera habían hecho posible prolongar la resistencia de la Confederación cerca de un año más de lo que parecía posible.
A las once de la noche de aquel día, Davis y la mayor parte de su gabinete, dejaban Richmond para dirigirse a Danville, en Virginia, donde llegaron el 3 de abril. Entretanto Grant no se había detenido a festejar la caída de Petersburg en sus manos. A galope tendido, él y su estado mayor, que estaban a unas doce millas de la ciudad tomada, habían corrido a juntarse con las tropas de Sheridan.
Mientras Joe Stannard conducía el carro con los restos de lo que fuera el hospital de David Preston, ambos amigos pudieron advertir claramente que los signos de descomposición en el Sur eran evidentes. Armas, municiones y todo cuanto impidiera una marcha rápida podía verse a lo largo del camino, dejados por los desertores, que trataban de huir buscando refugio donde fuese, con el fin de escapar a la batalla final que se avecinaba y a una completa destrucción. Mientras tanto, los grupos que aún osaban agruparse en pequeños núcleos y luchar eran barridos rápidamente por los federales.
En Sayler’s Creek, el 27 de Virginia perdió su bandera en la lucha.
Y allí mismo (se trataba de un pequeño pueblo sobre el río Appomattox), en lo más encarnizado de la batalla, estaba el general Richard Ewell.
Colocado a cierta altura que dominaba el campo de batalla de Sayler’s Creek, se dice que el general Robert E. Lee dijo volviendo la vista: «La mitad de lo que quedaba de nuestro ejército ha sido derrotada».
El resto de la fuerza confederada siguió batiéndose en retirada a lo largo del Appomattox, tras cruzarlo y quemar los puentes. Así protegido (pues era demasiado profundo y caudaloso para que lo cruzaran los federales a nado o a pie) siguió, con sus enemigos situados en la otra orilla. Pero ya entrada la tarde, los yanquis lograron llegar a un puente que aún no había ardido demasiado y, apagando el fuego, consiguieron ponerlo de nuevo en uso. De inmediato una oleada se desbocó hacia la ribera del norte donde se hallaban los confederados (es decir, el moribundo gigante de lo que un día fuera el orgullo del Sur, es decir, el Ejército de Virginia del Norte) y lo atacaron por la retaguardia.
Esa misma noche, al llegar a Farmville, Grant envió un mensaje al general Lee invitándolo a rendirse para, según palabras del propio Grant, «deslindar responsabilidades en lo que ya era un inútil derramamiento de sangre». Pero las tropas de Virginia resolvieron presentar una última batalla en el camino de Appomattox. Cuando el 9 de abril, en Appomattox, sólo ocho mil soldados confederados se formaron para el pase de revista de rigor, era evidente para todos que la derrota era inevitable.
El carro hospital de David fue, como siempre, con las tropas enviadas al oeste, junto con lo que había pasado a llamarse la «Brigada Ligera», un cuerpo compuesto por los restos de muchos otros, comandado por el coronel Kyd Douglas, quien había sido propuesto para el cargo de brigadier general por el general Breckinridge, recientemente nombrado Ministro de Guerra en el gabinete de Jefferson Davis. Sin embargo, Douglas no había recibido aún la notificación de su ascenso.
Tanteando terreno por el oeste sin advertir particular resistencia, las tropas de Douglas, entre las cuales se hallaban la Brigada Stonewall y el resto de los regimientos de Virginia, llegaron a un punto en que se ordenó hacer un alto. El carro hospital se inmovilizó en espera de recibir instrucciones. Y mientras David y el herido Joe Stannard miraban la escena, el coronel Kyd Douglas llegó hasta ellos y desmontó.
—He oído que el general Lee está en el juzgado de Appomattox conferenciando con Lee sobre los términos de una rendición —dijo enseguida —. Esperaremos.
Joe Stannard miró hacia el oeste, viendo a un grupo de federales a caballo que atravesaban el campo.
—Espero que ellos sepan eso —dijo, señalando con el brazo que le quedaba al grupo de jinetes—. Lo que queda de la Brigada Stonewall, y el resto de los ejércitos de Virginia están por esa zona y sería terrible que alguno de sus integrantes muriera si la guerra está realmente por terminarse.
—Será mejor que vaya por allí y vea lo que está ocurriendo —dijo Douglas.
—Iremos con usted —aseguró David—. Si tuviera lugar alguna batalla, sería necesariamente al oeste de aquí y será allí donde habrá heridos.
—¿Pensaste acaso que esto terminaría un día así cuando ambos observábamos el campamento federal aquella noche en Sitlington’s Hill, en McDowell? —preguntó Joe Stannard a Douglas mientras cabalgaban junto al carro.
—Ciertamente nunca pensé que un día sólo quedarían ocho mil hombres en el Ejército de Virginia del Norte —respondió Douglas.
—Quisiera que esta vez los yanquis se evaporaran del campo como aquella noche —dijo Stannard—. Pero eso no sucederá esta vez.
Frente a ellos una súbita descarga se oyó y la pequeña caravana apretó el paso por la cuesta por la cual en ese momento ascendían. Pero al llegar a la cumbre retuvieron a caballos y mulas. Delante de ellos se veía una sólida falange de tropas vestidas de azul con cerca de una docena de expedicionarios confederados pertenecientes a la «Brigada Ligera» y al ejército del Valle que se enfrentaban con ellos. Cuando el ataque azul parecía inminente, no se produjo. Como un ejército fantasma, la fuerza federal de pronto se volvió y se perdió de vista.
—Tal vez tu deseo se ha cumplido, Joe —dijo Douglas por lo bajo—. Parece que el enemigo se evapora.
—¿Pero qué demonios está sucediendo? —exclamó Stannard.
Nadie podía responder a la pregunta.
De pronto Hal Perkins que miraba desde el carro, logrando en consecuencia ver más lejos, señaló algo.
—Un oficial a caballo viene por la retaguardia, comandante Presión — dijo—. Parece el comandante Murrell. Según creo ha sido adscrito al estado mayor del general Gordon.
—¿Qué sucede aquí, coronel Douglas? —dijo el oficial cherokee deteniendo su caballo a unas yardas del grupo—. El general Gordon desea saber si está usted al mando del ejército o si el general Lee está aun a su cabeza. Porque Lee se ha rendido.
Los otros tres hombres se miraron solemnemente, como si les costara creer lo que acababan de oír.
—El Viejo Jack hubiese preferido que las cosas sucediesen así —dijo—. La Brigada Stonewall ha cumplido su misión en esta guerra.