La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 68 de 89

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La brigada Stonewall

Libro Octavo

 

 

NEW MARKET

I

 

SÓLO un pueblo muy optimista podía encajar el doble desastre de la caída de Vicksburg y del fracaso de la campaña de Gettysburg, ocurridas prácticamente al mismo tiempo, sin gran dolor y sin intenso abatimiento. No era extraño, pues, que los habitantes de la Confederación de Estados de América se hallasen lejos de mostrarse optimistas durante el verano de 1863.

Tanto el Norte como el Sur habían reconocido e incluso aclamado la hazaña del general Robert E. Lee al llevar a efecto con gran maestría la retirada tras la derrota de Gettysburg. Las fuerzas de-la Unión al mando del general George G. Meade también habían sufrido considerables pérdidas en Gettysburg. Ésa había sido la causa por la cual no intentaron perseguir en su repliegue a los confederados del Ejército de Virginia del Norte cuando éste cruzó el Potomac desbordado bajo la protección de la caballería del general John Imboden, quien trataba de cicatrizar los sentimientos exaltados que el nombre del general Stuart suscitaba por causa de sus atolondradas maniobras al comenzar la batalla de Gettysburg.

A poco de retomar el Ejército Confederado a sus viejos cuarteles en la parte norte del valle del Shenandoah, pareció que Meade se disponía a impedir a Lee el paso a través del Blue Ridge que le daría acceso a la zona de Piedmont. Allí, nuevas tropas de la Unión se estaban concentrando de nuevo a la altura del terreno en que se había librado la primera batalla de Manassas, en los alrededores de Chancellorsville y en el desierto. Pero una serie de errores y desacuerdos entre los comandantes y jefes del ejército de Meade, permitió a Lee escabullirse y formar una nueva línea a lo largo del río Rapidan, en las fuentes del Rappahannock, restableciendo así en gran medida la equiparación de fuerzas en la prolongada disputa por la capital del Sur.

En el Sur, las cosas siguieron su curso. Grant, tras la captura de Vicksburg, llevó a cabo un ataque contra Chattanooga, en Tennessee, a fines de septiembre, solamente para encontrarse con una derrota bastante humillante en Chickamagua Creek, a pocas millas al sudeste de dicha ciudad. En una instancia más de las tantas que habían separado dolorosamente a las familias norteamericanas a lo largo de la cruenta guerra, Abraham Lincoln tuvo que lamentar la pérdida de su cuñado, Ben Hardim Helm, que era brigadier confederado, el cual cayó en esa batalla.

Sin embargo, en la última semana de noviembre, Grant se vengó de la derrota de Chickamagua Creek al derrotar al ejército confederado del general Braxton Bragg en Lookout Mountain y en Missionary. Ridge. En esa ocasión, Grant contó con un experto a su lado: el general William T. Sherman. Al neutralizar a Chattanooga, las fuerzas de la Unión comenzaron su avance hasta Atlanta, próxima meta de Grant en su intento por desarticular la parte sur de las posesiones confederadas.

Suministros y provisiones de todas clases habían comenzado a escasear peligrosamente en los ejércitos de la Confederación, particular mente después que Inglaterra proclamó oficialmente su neutralidad. Como consecuencia de ello, tos abastecimientos que de allá llegaban con rapidez a través de ávidos hombres de negocios, cesaron, en gran medida. Al principio de la guerra, el Sur se había aprovisionado también de suministros yanquis, porque mercaderes del Norte vendían sus mercaderías diversas en el puerto mexicano de Matamoros, que estaba junto a la línea sur de la frontera con Texas, en el Golfo de México. Las simpatías del gobierno mexicano estaban de parte de la Confederación, de modo que dejaba que ésta se proveyera de lo que necesitaba, comprándolo en ese país a través de agentes, y pagando con algodón, mercadería que no tardó luego en ser desviada hacia Inglaterra y hacia Nueva Inglaterra, zona ésta, que estaba en América y en plena posesión, desde el principio, del gobierno federal. Pero ahora también esa fuente se agotaba, porque la Confederación se hallaba desesperadamente falta de fondos.

Aunque prácticamente nada faltaba al norte de la línea Mason-Dixon a pesar de la guerra y al margen de que el Norte se perfilaba ya como el bando que en definitiva ganaría la guerra, no todo era color de rosa allí tampoco. Las listas del servicio militar obligatorio crecían y crecían, porque ejércitos más numerosos se requerían para responder a las campañas cada vez más extendidas de las fuerzas confederadas, y sucedió que la resistencia de los reclutados para luchar se hizo cada vez mayor. Y era lógico: la ley que establecía el reclutamiento permitía que aquellos que tuviesen dinero suficiente, pudiesen contratar a un sustituto, liberándose así de tener que hacer la guerra. El privilegio de no atender a la primera llamada a las armas y responder a la siguiente había de ser pagado y costaba trescientos dólares. Muchos compraban este privilegio con la esperanza de que al producirse la llamada siguiente, la guerra estuviese terminada.

Por causa de las injusticias en el reclutamiento, hubo asonadas en casi todas las ciudades del Norte; pero fue en Nueva York donde las mismas adquirieron mayor frecuencia e importancia. Allí, un grupo airado de personas atacó una oficina de reclutamiento que se hallaba en esos momentos fichando a los hombres llamados a filas, y tras saquearla, cogió a unos cuantos negros con el propósito de colgarlos de las farolas de alumbrado de la Quinta Avenida. Sostenían que, puesto que la esclavitud era el fundamento de aquella guerra, la culpa de ella había de recaer sobre los negros. Mucha gente, además, no estaba de acuerdo con la dictatorial suspensión del derecho de habeos corpas decretada por el Presidente Lincoln ni con la censura implantada por el Secretario de Guerra Stanton, a quien el Presidente había concedido poderes de que nunca había gozado en América un Ministro de la Guerra.

El 19 de noviembre se consagró un cementerio militar en Gettysburg con grandes ceremonias, entre las cuales se contó un discurso de una hora de duración a cargo del celebrado orador de la Unión, Edward Everett. Tras él habló el Presidente Lincoln, quien pronunció unas breves palabras que la mayoría de los oyentes consideró muy poca cosa comparada con la caudalosa oratoria de Everett.

Cansado de la guerra y de las grandes pérdidas que resultaban tras muchas proclamadas victorias, el pueblo del Norte podía encontrar poco para alabar en la obra de gobierno de Lincoln. En el punto donde Lincoln y su política encontraba menos simpatizantes era en su proclamación de que todos los seres humanos, blancos o negros, eran iguales y hermanos; en consecuencia unos y otros tenían derecho a votar en las elecciones. Los enemigos políticos de Lincoln confiaban que esa decisión resultase fatal para el Presidente y se confirmara así su esperada derrota en los comicios de 1864. En cuanto a los moderados de aquella época de revueltas y de desaliento, elevaban su clamor por una paz negociada, aunque los radicales de ambas alas los denunciaban constantemente como traidores. Esto sucedía tanto en el Norte como en el Sur.

Entretanto, los periódicos de ambos bandos atacaban crudamente a sus respectivos presidentes.

El general George B. McClellan, que albergaba un profundo resentimiento contra Lincoln por causa de errores que al fin de cuentas eran suyos y no del Presidente, era el candidato casi definitivo de los demócratas para ocupar la Presidencia de la República a partir de 1864. El Partido Demócrata ya había comenzado su campaña presidencial bajo la dirección del exmiembro del Congreso Clement L. Vallandhigham, quien había sido condenado por un tribunal militar por «oponerse a la guerra que buscaba reprimir una rebelión ilegal». Por causa de tal sentencia, el congresista no había podido presentarse a las elecciones para gobernador del Estado de Ohio. Vallandhigham odiaba a Lincoln más aún que McClellan y, según él, era preciso oponerse a la guerra. De todos modos objetaba el modo mediante el cual ésta era conducida. En un artículo periodístico expresaba los sentimientos de los enemigos de la guerra en estos términos:

Hagamos que la lucha cese. Que se firme un armisticio, no un tratado

formal. Que Lincoln retire sus tropas de los estados del Sur, que se reduzcan ambos ejércitos a un nivel estricto propio de tiempos de paz. Que se declare la absoluta libertad de comercio entre el Norte y el Sur; que ambos compren y vendan. Que cese el bloqueo por agua. Que se reduzca la marina. Que se restauren las vías de comunicación. Que se restablezca el telégrafo. Que vuelvan a reunirse las compañías de transporte. Que se terminen los monitores y las armaduras. Que vuelvan a funcionar los vapores. Que se puedan visitar Norte y Sur y el Oeste. Que se intercambien periódicos. Que se reanuden las migraciones. Que la gente del Sur se case con la del Norte y viceversa. Que se deje a un lado el problema de la esclavitud. Que se lleven a cabo elecciones en las fechas fijadas. Cambiemos de Presidente en 1864.

Ninguna unidad del Sur ni del Norte estaba tan harta de guerra como la Brigada Stonewall. Acampada al borde del Plank Road, cerca del Juzgado de Orange, se encontraba a unas cincuenta millas al este de sus bases en el valle de Elk Run y a unas setenta y cinco millas al norte de Richmond. Cansada de luchas y viendo caer continuamente a sus veteranos, muertos, enfermos o desolados por la ausencia y la lejanía, la mayor parte de sus miembros hubieran podido suscribir las palabras que uno de ellos escribía a su mujer: «Creo que si por las armas iba a definirse la causa, ya hay suficiente para una definición; y si la lucha no iba a definir nada, no veo la razón para seguir con ella derramando sangre. Es creencia general entre quienes pelean y quienes miran, incluso desde otros países, que las batallas que sigan no arreglarán nada».

Ayudando a los soldados en el hospital —aunque muchos de ellos estaban cumpliendo solamente tareas de vigilancia en una zona en la que habían luchado más veces que en su propio valle del Shenandoah—, David volvió a sentir los síntomas de un fuerte ataque de malaria, lo cual era lo acostumbrado al llegar el verano. Presa del delirio que causa la enfermedad y falto de quinina, puesto que los suministros desde Richmond habían cesado, estuvo en peligro de morir. Pero Hal Perkins se echó encima la tarea de conseguir toda la medicación necesaria para salvarle.

Con dinero que le suministró Lachlan Murrell —quien aún se las arreglaba para conseguirlo mediante ventas de algodón proveniente de territorio cherokee y cobrado en Matamoros—. Hal se puso en contacto con un hombre de Maryland con quien ya había hecho tratos Otras veces. Ese poco honesto personaje había hecho fortuna comprando suministros en Baltimore a los encargados federales de los depósitos, para venderlos luego a las tropas de los confederados. Transportaba las mercancías en barcos que pescaban ostras en Cheasapeake Bay, los cuales las llevaban desde Fredericksburg por el río Rappahannock. En cierto lugar eran desembarcadas para ser vendidas a aquellos que en el ejército sureño tuvieran los medios suficientes para adquirirlas.

Tras ser tratado con fuertes dosis de quinina, David estuvo en condiciones de hacerse nuevamente cargo del l.er Hospital de Campaña de la Brigada Stonewall, cuando Meade trató de hundir el flanco del Ejército de Virginia del Norte en Mine Run, un arroyo tributario del río Rapidan. En una refriega que tuvo lugar los días 26, 27, 28 y 29 de noviembre, los férreos veteranos del Sur rechazaron a los asaltantes, con lo cual pusieron fin a la amenaza de un ataque de los federales por largo tiempo.

Como era lo habitual, en la vanguardia de las tropas sureñas —que en total alcanzaban la cifra de veinte mil hombres contra cuarenta y ocho mil quinientos de los federales— se colocó la Brigada Stonewall, la cual sufrió la pérdida de veinte muertos y ciento veinticuatro heridos o desaparecidos. La alegría que sentían los confederados por la victoria, sin embargo, resultó inmediatamente ahogada por noticias llegadas desde el Sur.

Casi en los mismos momentos en que la Brigada Stonewall se estaba colocando en posición tras las fortificaciones preparadas para oponerse al esperado ataque federal en Mine Run, las fuerzas de la Unión, al mando del general Ulysses Grant y de otro jefe cuya estrella subía rápidamente en el Norte, el general William Tecumseh Sherman tomaban Lookout Mountain y Missionary Ridge. Corriéndose en flanco por Chattanooga, Sherman había conseguido neutralizar los efectos de la precedente victoria confederada en Chickamagua Creek, lugar que se encontraba precisamente al sur de aquella ciudad, unos dos meses antes. Y al tiempo que la aguerrida Brigada Stonewall, muy castigada, se dirigía a sus cuarteles de invierno cerca de las aguas del Rapidan otra vez, Sherman ya se movía hacia el sudeste, rumbo a Atlanta, con la evidente intención de tomar esa ciudad de fundamental importancia y de cortar la más importante vía de comunicación ferroviaria con que aún contaba el Sur.

Entretanto, el general James Longstreet, en un desesperado intento de contener a Sherman y acudir en ayuda del comprometido Braxton Bragg, había llevado sus fuerzas hacia el sur, con dirección al este de Tennessee, en una clásica maniobra militar de movimiento por tren. Era el tipo de maniobra por la cual Longstreet había venido abogando desde antes de dar comienzo la batalla de Gettysburg, sin conseguir que la estrategia superior la aprobara. Lamentablemente, al ser puesta en práctica fracasó. Longstreet estaba en esos momentos sitiado en Knoxville por una fuerza federal muy superior a la suya, que se integraba dentro del plan de Grant de limpiar de tropas confederadas todo el Tennessee antes de organizar el gran avance contra Atlanta.