La brigada Stonewall
Capítulo VIII
MUY interesantes resultaron los acontecimientos de los meses de septiembre y octubre de 1861, con el ascenso de Jackson y su traslado al Valle, pero para David Preston hubo otro hecho que todavía revistió mayor interés, y que fue acogido con júbilo por la prensa confederada: la firma el 7 de octubre, en Park Hill, en territorio indio, de un tratado entre la Nación cherokee y el Gobierno Confederado. John Ross, según contaron las informaciones periodísticas de Richmond, firmó en nombre de la Nación, junto con un grupo de jefes principales.
David no se sorprendió al recibir una carta de Araminta un par de semanas más tarde. Lo que sí le extrañó fue su tono. Sabiendo cuán fuertes eran sus sentimientos hacia el Sur y su Causa, él había esperado frases cargadas de júbilo. Y se encontró con que en cada párrafo se traslucía una profunda preocupación por John Ross y el futuro de la Nación cherokee.
Park Hill, Nación cherokee
Territorio Indio, ECA
10 de octubre de 1861
Queridísimo David:
Seguramente estarás informado ya de que el 7 de octubre tío John no
tuvo más remedio que firmar el tratado con la Confederación, cosa que hizo muy en contra de su voluntad. Efectivamente, él firmó solamente porque la parte leal de la Nación se hallaba en grave peligro de quedar a merced de la facción meridional capitaneada por Stand Watle y Elias Boudinot… así como los choctaws, chicksaws, los creeks de Lower Town y algunos indios de las llanuras.
No tienes más que echar un vistazo a un mapa para comprender que si
la Nación cherokee hubiese permanecido neutral habríamos llegado a vemos sitiados por nuestra propia gente por el sur, y al oeste y al norte por los jayhawkers de Kansas y Missouri, que sólo son un puñado de ladrones, que viven del saqueo y el pillaje. Incluso antes de que se firmara el tratado, muchas de nuestras plantaciones habían sido atacadas. También nos robaron reses y caballos, al objeto de ser vendidos.
No es ningún secreto que Stand Watle y la facción Boudinot intentan
apoderarse del gobierno de la Nación, respaldados por el general Ben McCulloch, de las tropas confederadas, y la Brigada cherokee. En realidad, tío John se avino a firmar el tratado no por las simpatías que pudiera inspirarle la Confederación sino para parar a aquéllos los pies. Esperamos que reine ahora la tranquilidad en el Territorio, aunque las informaciones referentes a las victorias del Sur en Wilson’s Creek, Missouri y Manassas, donde tú te encuentras, han hecho que muchos amigos nuestros se inclinaran por la unión con los confederados.
Por tal motivo, así como por otras razones, quienes apoyamos a tío
John en todo lo que hace, hemos de tener mucho cuidado con lo que decimos o hacemos en público. No tengo la menor duda de que muy pronto nuestro correo se verá censurado, en busca de pruebas susceptibles de ser usadas contra nosotros cuando la facción Boudinot se considere suficientemente fuerte para formular un cargo de traición contra tío John. Los cherokees somos orgullosos y siempre hemos hecho honor a nuestra palabra al empeñarla. Es un golpe terrible, por tal causa, ver lo que sucede ahora, cuando se van desvaneciendo la lealtad y otros bellos sentimientos a medida que aumenta la desconfianza entre todos.
Los periódicos de Little Rock y Memphis, e igualmente el Times-
Picayune, de Nueva Orleáns, nos han traído con regularidad noticias referentes al general Jackson y a la Brigada Stonewall. Me siento sumamente orgullosa cuando hago saber a la gente que tú perteneces a la valiente brigada que combatió con tanto valor en Bull Run. Lachlan sigue aún enviando algodón río abajo, a Nueva Orleáns, así que a veces llega a nuestras manos el Tribune de Nueva York y algunos de los artículos de Horace Greeley. Me sentí muy divertida al leer unas palabras suyas apremiando al Presidente Lincoln a «conquistar Richmond»… poco antes de la Batalla de Manassas. En cambio, tras la grave derrota sufrida por la Unión en la misma, la voz del señor Greeley se oía por encima de todas las demás, requiriendo una paz negociada.
Antes de que termine esta guerra estoy segura de que habrá muchos
yanquis que se arrepentirán de no habernos dejado en libertad aquí, en el Sur, y rezo porque tú y otros seres que amo salgan con vida de este terrible conflicto. Al leer lo que la señorita Clara Barton y otras mujeres están haciendo en los hospitales del Norte quisiera verme entre los heridos de Richmond… Pero es que tío John me necesita aquí. No soy solamente su enfermera, la que le obliga a tomar sus medicamentos, a observar el descanso por ti prescrito… Soy también su secretaria, viéndome forzada a escribir muchas cartas a diario, de modo que me encuentro constantemente ocupada.
Te amo,
Araminta
David se quedó ensimismado, con la mirada perdida en los ondulantes campos de trigo de Centerville. Menos de treinta kilómetros le separaban de la ciudad en que por vez primera viera a Araminta. Una semana atrás había estado con los piquetes de Munson’s Hill, paseando la vista por Georgetown, donde presenciaran la subasta de esclavos un domingo por la tarde. Le parecía que había transcurrido mucho tiempo desde entonces.
Sin embargo, todo había cambiado, nada era igual ya. Los ingenieros federales habían transformado el acueducto que servía para que el Canal C&O cruzara el Potomac en un puente. Por éste había pasado el ejército, en su avance hacia Manassas. Por allí habían pasado también, en sentido inverso, numerosos soldados y civiles, impulsados por el pánico, al día siguiente, tras la irritante derrota sufrida por el ejército de la Unión.
Ahora le separaban dos guerras de la mujer que amaba. La grande había lanzado a unos hermanos contra otros, haciendo imperar la ley del fuego y la espada, arrasándolo todo. Y en estos momentos, a casi mil quinientos kilómetros de allí, se estaba incubando otro conflicto que podía estallar en cualquier instante, lanzando a unos indios contra otros, afectando eso plenamente a su amada.
—¿Por qué tan pensativo? —preguntó alguien.
La voz era familiar. David miró a un lado, viendo al comandante McGuire a unos metros de él.
—Acabo de recibir una carta… de mi prometida.
—No quiero interrumpirle…
—La he leído ya.
Hacía cinco meses que McGuire se había incorporado a las tropas de Jackson, en Harpers Ferry. Los dos médicos se habían hecho muy amigos.
—¿Se encuentra su prometida en el Valle? —inquirió McGuire.
—Está en el valle del río Arkansas, a muchos kilómetros de aquí.
—En territorio indio, ¿no?
—Mi prometida es india. —David no se sorprendió al observar una sobresaltada mirada en los ojos del comandante, añadiendo—: Es la sobrina de John Ross, Jefe de la Nación cherokee.
—Vi a. Ross en Philadelphia, en cierta ocasión. Creo que contrajo matrimonio con una dama cuáquera de allí, ¿no es así?
—Su segunda esposa se llama Mary Stapler, una aristócrata de Philadelphia. Ross es cherokee en octavo grado, lo mismo que Araminta.
—¡Qué nombre tan bonito!
—Se llama como una parienta de John Ross, pero mi Araminta es una Murrell. Se graduó en el Seminario Femenino de Mount Holyoke, de Massachusetts, la pasada primavera.
—Bueno, bueno… —McGuire se sentía embarazado, evidentemente—. Yo no he pensado nada que…
—Lo sé, lo sé, Hunter. —David dio a su amigo una afectuosa palmada en la espalda—. Nosotros, los virginianos, podemos presumir de llevar en nuestras venas la sangre más azul del país, pero los ascendientes de Araminta fueron jefes de la Nación cherokee centenares de años antes de que Colón desembarcara en San Salvador.
—Y ya se ve cómo los hemos tratado —contestó McGuire—. He venido para preguntarle si quiere cenar esta noche con el general Jackson y algunos de sus oficiales.
—Me sentiré muy honrado. ¿A qué hora?
—Nos reuniremos a las seis, en el alojamiento de nuestro jefe.