La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 6 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo IV

 

EL tiempo era magnífico cuando David salvaba la distancia, de diez manzanas, que le separaba del National Hotel. La Pennsylvania Avenue se hallaba muy animada. Algunos congresistas se dirigían al Capitolio. Muchos hombres de negocios se encaminaban al Departamento de la Guerra, donde estaba estudiándose un revolucionario programa para hacer del minúsculo ejército regular de dieciséis mil hombres otro de respetables vuelos. Vendedores de los artículos más diversos iban de un lado para otro. Algunos ofrecían verduras y carnes, de las cuales las moscas se elevaban a nubes cada vez que el propietario del carrito trataba de alejar a las más obstinadas.

El recepcionista del National Hotel dirigió a David hacia las habitaciones ocupadas por el señor John Ross. Llamó a una puerta y ésta fue abierta por una joven. Nunca había visto Preston una muchacha más bonita que aquélla.

—Doctor Preston: yo soy Araminta Murrell —dijo la joven, con una cordial sonrisa—. Le estábamos esperando.

Ella parecía conocerle, pues… Y, evidentemente, había esperado de él una actitud semejante… Esto dejó a David desconcertado, momentáneamente. Cuando vio que la sonrisa se desvanecía rápidamente de aquel rostro, se dio cuenta de que había cometido una falta casi imperdonable al no reconocerla. Y sin embargo, pese a que sus rasgos se le antojaban levemente familiares, no consiguió situarla en su recuerdo…

—Entre, por favor —dijo la muchacha, fríamente—. En di dormitorio contiguo se encuentran los doctores Wilson y Temple con mi tío.

Mientras avanzaba tras ella, David rebuscaba ansiosamente en su memoria, tratando de dar con una respuesta al enigma planteado por la cálida acogida de la joven, pero no logró encontrarla. El esfuerzo mental, no obstante, no le impidió fijarse en que la joven era ligeramente más alta que el tipo medio de las mujeres que se veían por la ciudad, y extraordinariamente graciosa.

Consideró que tendría veintitrés o veinticuatro años. El tono de su piel le llevó a ver en ella, probablemente, una nieta o sobrina de John Ross. Los rasgos de su cara, un tanto aquilinos, la hacían asemejarse a uno de aquellos bellos camafeos que viera en Italia, siendo suficientemente sorprendentes para que se destacaran en cualquier parte. Los ojos eran oscuros y miraban muy directamente; las largas pestañas le hicieron recordar las alas de un colibrí que una vez logró hacer caer en una trampa, y que soltó inmediatamente.

—Yo soy la hermana de Lachlan —dijo la joven, volviendo levemente la cabeza.

—Encantado de verla, señorita Murrell —replicó él.

David se fijó en que los labios de su acompañante se apretaban de nuevo con un gesto de enojo. Pero todavía no acertó a comprender por qué…

—Quizá se esté usted preguntando por qué razón ha sido solicitado su consejo con motivo de la enfermedad de tío John. Verá… Cuando Lachlan me dijo anoche que usted se hallaba en Washington, hablé con el señor Seward…

—¿El Secretario de Estado?

—El señor Seward nos ha visitado varias veces en nuestra plantación de Louisiana y nuestras familias hace tiempo que se mantienen en estrecho contacto.

En el instante en que Araminta alargaba una mano para asir el tirador de la puerta de una habitación, ésta se abrió, apareciendo en el umbral una mujer ya entrada en años. Sus ojos estaban enrojecidos de haber llorado, y entre los dedos de una mano llevaba un pañuelo. Mary Stapler Ross era mucho más joven que su esposo, que había cumplido ya los setenta años, cosa que David sabía perfectamente. Vio que la dama en cuestión poseía ese aire digno y seguro que en tantas aristócratas cuáqueras había tenido ocasión de descubrir cuando estudiaba medicina en Philadelphia.

—Cuando se refiere a usted, doctor Preston, Lachlan no sabe decir más que frases de elogio —dijo la señora después de haber efectuado Araminta las presentaciones—. Dios quiera que pueda usted ayudar a mi esposo.

—Sinceramente, espero tener ocasión de hacer algo por él.

—En estos momentos se encuentra en su dormitorio el doctor Wilson.

Mary Ross y Araminta Murrell entraron en la habitación y David siguió a las dos mujeres. El paciente parecía estar durmiendo. Un hombre de porte majestuoso, de unos sesenta y cinco años de edad, parecía estar aleccionando con ampulosos ademanes a otro mucho más joven.

—Le presento al doctor Preston, doctor Wilson —dijo Mary Ross graciosamente.

Wilson inclinó levemente la cabeza a modo de saludo, pero hizo caso omiso de la mano extendida de David.

—Lamento que el Secretario y el coronel Lawson se hayan puesto de acuerdo para molestarle en unos instantes seguramente muy saturados de quehaceres para usted, por el hecho de estar preparándose para la guerra, capitán.

Wilson hizo sonar esta última palabra como un epíteto despectivo. David no pudo evitar una sonrisa ante su actitud, adoptada para satisfacerse a sí mismo y pensando también en la familia del dormido paciente.

—¿Conoce usted a mi ayudante, el doctor Temple?

—Hasta ahora no había tenido el honor de saludarle.

David estrechó la mano del joven médico.

—El Jefe Ross está durmiendo por efecto del láudano que le administré —continuó diciendo Wilson—. Mi consejo es que no se le despierte.

—No voy a hacer nada susceptible de causarle molestias —prometió David, colocando el pequeño maletín negro de que era portador encima de la mesita de noche—. ¿Cuál es la temperatura del enfermo, doctor?

—Está febril… naturalmente.

—¿No puede concretar más?

Wilson se quedó perplejo, abriendo mucho los ojos al ver que David sacaba de su maletín un tubo de madera de irnos treinta centímetros de longitud, con una hendidura alargada, en las que se veía un tubo mucho más pequeño de vidrio, que contenía mercurio. Echando a un lado la ropa que cubría el pecho de John Ross, David deslizó un extremo del termómetro clínico bajo el brazo del enfermo, subiendo el instrumento hasta la cavidad axilar. Luego, se aseguró de que el brazo quedaba bien pegado al cuerpo.

—Ahora, antes de que termine el reconocimiento, sabremos la temperatura exacta del paciente —explicó—. Indudablemente, usted, doctor Wilson, habrá leído los informes publicados por el doctor Joseph Skoda, de Viena, relativos al diagnóstico físico en unas condiciones que afectan al estado del corazón…

—Por supuesto. Sin embargo, no acierto a ver…

Wilson no siguió hablando porque David acababa de levantar el blanco camisón del enfermo para dejar expuesto el ancho y musculado torso de John Ross. La piel de éste, a diferencia de la de Lachlan, o Araminta, era oscura, y el hombre tenía una cara ancha, con los pómulos prominentes, características, todas ellas, que denotaban su ascendencia india. De mediana altura, debía de haber sido un hombre fuerte y de buena salud. Los músculos de su cuerpo se habían desarrollado perfectamente. La respiración del enfermo era ahora tranquila, pero poco profunda y algunas veces más bien acelerada.

Cogiendo una de las muñecas de Ross, David tentó el pulso. Con la mano izquierda, se sacó un reloj de la guerrera. Seguidamente, contó las pulsaciones del paciente durante dos minutos.

—Ciento veinte pulsaciones por minuto —manifestó después.

—Un médico experimentado no necesita que un reloj le diga que ha aumentado el número de pulsaciones a consecuencia de la fiebre —replicó el doctor Wilson, obstinadamente.

—Desde luego. —El tono de David continuaba todavía inalterable—. Ahora bien, tentando su piel siento la duda de que la temperatura sea suficientemente elevada para dar lugar a tan rápidas pulsaciones. Además, observará usted que las venas del cuello están hinchadas y que la respiración es poco profunda.

—También se trata de indicios de pirexia —declaró Wilson.

David había apoyado ya el dedo corazón de su mano izquierda en el pecho de John Ross, golpeándolo suavemente con el mismo dedo de la otra mano. Desplazando ambos de un punto para otro del torso, notó variaciones en el sonido. Entonces, utilizando una pluma de ave que le entregó Araminta a petición suya, en unión de un tintero, que se encontraba en una mesita, empezó a trazar unas marcas. David, guiándose por éstas, dibujó una línea, y al ver la mirada del ayudante del doctor Wilson, cuyos ojos se habían dilatado, comprendió que era la única persona dentro de aquella habitación que se daba cuenta de la importancia de lo que estaba descubriendo.

—Entre los médicos europeos, el doctor Skoda pasa por ser un artista, ya que domina esta rara habilidad de la percusión con los dedos —señaló David, siempre en el mismo tono suave—. Pero creo que aquí esto no se practica mucho todavía.

Del maletín extrajo ahora una pieza de pulida madera en forma de cono, obra de algún artesano, sin duda. Los dos extremos se hallaban comunicados, formando un túnel estrecho. Preston aplicó el extremo más ancho de la pieza al sitio del corazón de John Ross, donde antes había estado golpeando con los dedos, acercando el oído a la otra punta. Luego, movió el instrumento de un lado para otro, imitando el recorrido anterior con las manos. Finalmente, ayudado por el colaborador de Wilson, dio una media vuelta al enfermo y auscultó su espalda.

Acababa de oír lo que buscaba, en la base de los pulmones: una serie de sonidos parecidos a los que producirían unos perdigones sacudidos dentro de una botella. David dejó el estetoscopio en su sitio y miró inquisitivamente al doctor Wilson, que se paseaba de un extremo a otro del dormitorio, delatando su impaciencia.

—¿Quiere usted oír los sonidos que produce la respiración del paciente? —preguntó Preston a su colega.

El viejo doctor hizo un movimiento denegatorio de cabeza, alejándose de él.

—¿Y usted? —inquirió David ahora, mirando al médico más joven.

Temple no necesitó que el otro insistiera. Desentendiéndose de la iracunda mirada de Wilson, estuvo escuchando un momento los significativos ruidos.

—¿Qué interpretación da usted a esto? —preguntó, casi en un susurro.

—Los estertores son producidos por la presencia de algún líquido en la base de los pulmones.

—¡Ah! —exclamó el doctor Wilson—. Una congestión pulmonar… Justamente lo que yo diagnostiqué.

David no dijo nada, limitándose a guardar el instrumento en su maletín. Seguidamente, se hizo con el termómetro que había colocado bajo la axila de Ross, examinando la columna de mercurio.

—La temperatura se ha elevado un solo grado —manifestó, guardando también cuidadosamente el termómetro en el maletín—. Ciertamente, no justifica un ritmo de ciento veinte pulsaciones.

—Entonces… ¿qué? —quiso saber el doctor Wilson.

Acercándose a los pies de la cama, David retiró las ropas y dejó al aire los fuertes tobillos del enfermo. Estaban muy hinchados, tal como Lachlan le notificara la noche anterior. Y al oprimir la piel con el dedo índice, el pequeño hoyo así formado no desaparecía.

Expresándose con idéntica serenidad que al principio, David procedió a tabular los resultados:

—Un pulso rápido… Apenas una elevación de temperatura… Un corazón dilatado y una respiración rápida aunque poco profunda…

Hay un edema en los tobillos, además, en un paciente que se acerca, claro está, a una situación in extremis…

—Un fallo cardíaco —respondió Temple, quien volviéndose hacia el doctor Wilson añadió—: Y a usted se le pasó eso, doctor. No llegó a verlo, en absoluto.

Wilson levantó una mano, como para golpear al joven médico. Finalmente, dio la vuelta.

—Ya puede usted recoger sus cosas, señor Temple, y salir de mi casa — ordenó Wilson secamente, de espaldas al joven, al abandonar la habitación.

Temple miró a David, esbozando una sonrisa de tristeza.

—Un asunto liquidado —comentó, encogiéndose de hombros.

—Siento haberle hecho perder su empleo, doctor.

—Bueno, lo que ha hecho usted ha sido soltar unos lazos que me mantenían atado, doctor Preston —dijo Temple, con una inflexión de gratitud en sus palabras—. De todas maneras, no creo que hubiera podido soportar mucho más tiempo a ese comediante. El Medical Bureau necesita profesionales para trabajar en las clínicas mientras no llega para ellos el momento de examinarse para el ingreso en el ejército. Pienso solicitar uno de esos puestos mañana mismo.

Araminta había estado siguiendo con la máxima atención la dramática escena que se acababa de representar en el dormitorio.

—¿Puede usted hacer algo por mi tío, doctor Preston?

Éste detectó en la voz de la joven una nota de terror. Su enfado de los primeros minutos se había desvanecido.

—En estos instantes hay una cantidad excesiva de sangre en su cuerpo y su corazón está muy débil para que pueda bombearla de un modo efectivo — explicó David—. La circulación sanguínea no es buena. En tales condiciones, el corazón redobla sus esfuerzos, no logrando otra cosa que debilitarse más y más.

—¿No se podría fortalecer el corazón recurriendo a las hojas de digital? —preguntó Temple.

—Ciertamente que sí. La digital es, junto con la amapola, que nos da el opio, una de las plantas más útiles desde el punto de vista de la medicina —

contestó David—. Pero la [2] digitalis folia necesita tiempo para actuar, lo cual supone un inconveniente en un caso como el presente. Yo creo que será mejor disminuir la carga que opera sobre el corazón rápidamente. ¿Cómo? Extrayendo parte de esa plétora…

Preston miró a Araminta.

—¿Quiere usted traer un recipiente de tamaño regular? —inquirió—. Bastará con que quepa algo así como un litro de líquido.

—Sí, doctor.

A su regreso al cuarto, Araminta se encontró con que David había subido a Ross una de las mangas del camisón, desplazándolo hasta el borde del lecho con la ayuda de Temple. Después, procedió a atarle al desnudo brazo su pañuelo, por encima del codo. Seguidamente, introdujo por el nudo un lápiz, que hizo girar varias veces. Gracias al torniquete improvisado, las venas cercanas se hincharon un poco.

—Voy a necesitar que mantenga usted totalmente quieto el brazo pero habrá de apartarse cuanto pueda —dijo David a Araminta—. Voy a sangrar a su tío. El doctor Temple se encargará de sujetar el recipiente. No quisiera manchar su vestido innecesariamente.

—Me he criado en una plantación, doctor. Aprendí bien de pequeña a no desmayarme a la vista de la sangre.

—Perfectamente. Esto ha de seguir igual de apretado que ahora, ¿eh? Pretendemos taponar las venas, para que se llenen de la sangre que retoma, pero no hay que obturar la arteria.

Mientras Temple colocaba en el sitio preciso el recipiente, para no moverse ya, David seleccionó un pequeño y bien afilado bisturí en un estuche que llevaba grabado el nombre de un famoso fabricante suizo. Ross intentó mover el brazo cuando David oprimió contra la carne el instrumento, con el fin de seccionar la pared de una de las grandes venas visibles. Preston, que esperaba la reacción, se lo impidió. Araminta respiró hondo al ver brotar del brazo de su tío un pequeño surtidor de sangre, que fue a parar al recipiente preparado. David levantó la vista. La joven apretaba los dientes, habiendo empalidecido, pero sus dedos permanecieron inmóviles.

En un cuarto de hora, David extrajo unos tres cuartos de litro de sangre del cuerpo del jefe cherokee. La sangre tenía un color rojo oscuro. Las pulsaciones, en las sienes, eran ya más lentas; la respiración se tomó menos acelerada, y la distensión de las venas era visible en el cuello.

—Es frecuente que en estos casos las sangrías produzcan espectaculares efectos —aclaró David al retirar el bisturí.

Aplicó a la herida un trozo de tela limpio en varios dobleces y procedió a vendar aquélla con los materiales que Araminta le facilitó. Luego, buscando en el fondo de su maletín, sacó un paquete de hojas secas de digital, que introdujo en una copa que contenía un poco de coñac, vertido por la chica previamente. A continuación, sujetando a John Ross por los hombros, le incorporó levemente. Una vez pegada la copa a los labios del enfermo, se encontró con que éste podía tragar, pese a hallarse aún medio inconsciente.

—¡Esto es un milagro! —exclamó la joven, cuyos ojos centelleaban—. No habíamos conseguido hacerle tragar nada desde anoche.

—Con un poco de suerte, habrá recobrado el conocimiento por completo dentro de unas horas, en cuanto se le pasen los efectos del láudano —aseguró David—. Cuando salga de aquí entraré en la primera farmacia que encuentre al paso para comprar unos paquetes de hojas de digital, que venden ya preparados, en dosis individuales. Así podrá administrar a su tío una cada cuatro horas, aproximadamente, durante el primer día.

—Pero usted volverá por aquí, ¿no, doctor Preston? —inquirió ella, rápidamente.

—Antes de la cena… Y más temprano aún, si me necesitan. —Hubo una pausa.

—Muchísimas gracias, doctor Temple —añadió David, mirando al otro médico.

Ya en la puerta de la suite, Preston se enfrentó con Araminta.

—A mi llegada aquí, usted esperaba que yo la reconociera, ¿verdad? —le preguntó.

—Sí. —De repente, los párpados de ella se agitaron, alumbrando una mirada traviesa—. Era lo que hubiera debido ocurrir.

—Pero es que yo…

—Lachlan insistió en que sería eso lo que sucedería, probablemente, de manera que al ver confirmado su pronóstico me sentí herida en mi orgullo. Por añadidura, he perdido la apuesta que crucé con mi hermano.

—¿Por qué no me da una pista?

—Fue hace cinco años…

—¡Ya caigo! ¡Cuándo Lachlan y yo nos graduamos! Usted era entonces…

—Una niña regordeta de dieciséis años, que lucía un vestido corto y calzaba unas botas altas. Llevaba además unas largas trenzas…

—Era, en verdad, una promesa… La niña anunciaba ya a la mujer de rara belleza que ahora es ya más que una realidad, una realidad superada.

Las mejillas de Araminta se tiñeron de carmín y sus ojos se iluminaron cálidamente.

—Bueno, a cambio de eso tendré que perdonarle.

—Ha perdido una apuesta, acaba de decirme… ¿No podría hacerla efectiva yo?

—Se trataba de una cena… en el Cruchet.

—Yo me alojo allí —manifestó David—. Tan pronto como su tío mejore, usted y Lachlan cenarán conmigo allí.

—¿Cree usted que saldrá con bien de esto? —La joven volvió a ponerse sería—. El doctor Wilson nos indicó que a tío John no le quedaban más de cuarenta y ocho horas de vida.

—Todavía está muy enfermo, pero guiándome por la forma en que reaccionó su corazón cuando le aliviamos de su pesada carga, mediante la sangría, creo que existen fundadas esperanzas de que podamos verte de nuevo como antes.

—Toda la Nación cherokee estará entonces en deuda con usted, Tío John es todo lo que queda entre nosotros y esta horrible guerra civil.