La brigada Stonewall
Capítulo II
LAS NAVIDADES de 1863 constituyeron una triste conmemoración para David Presten, como para toda la Brigada Stonewall, inmovilizada en sus cuarteles de invierno, con el enemigo casi a la vista. No había escrito a Araminta desde las Navidades precedentes, cuando ella le había mencionado que estaba siendo vigilada por agentes de Pinkerton que estaban a las órdenes del servicio secreto de Lincoln. Sin embargo Lachlan había entrado ocasionalmente en comunicación con ella a través de su agente de Chambersburg —cierta señora llamada Ellen Porterfield— y le había asegurado que Araminta comprendía perfectamente por qué no recibía cartas suyas. Comprendía que las cartas podían ser interceptadas, llevando a Pinkerton a articular formales acusaciones de espionaje contra ella.
Alguna que otra carta de Araminta le llegaba en cambio a David a través de Lachlan, porque una de las tareas que debía cumplir la caballería de Imboden estribaba en vigilar la punta norte del valle del Shenandoah por si se advertían signos de que una nueva campaña de la Unión estuviese preparándose para atacar en el valle y diversificar así las fuerzas que siempre se oponían al empuje anual de los federales hacia Richmond.
El día de Nochebuena Lachlan llegó al campamento sobre el Rapidan y al desmontar olió en dirección al fuego donde se estaba preparando una comida frugal.
—Debí figurarme que si alguien era capaz de sacar de la galera una cena de Nochebuena, ese alguien era Hal Perkins —dijo—. Y no me digan que me equivoco porque para algo cuento con narices.
—Llega usted a tiempo, comandante —aseguró Hal—. Mi gente me ha enviado desde más allá de las montañas un pavo salvaje y también algunas cosillas para aderezarlo.
—Quisiera que me hubieses advertido a tiempo: hubiese organizado una pequeña incursión por el norte, para traer arándanos agrios.
De sus mochilas, el oficial cherokee extrajo una botella cuidadosamente envuelta.
—De todos modos me he encargado de las bebidas. Traigo un coñac auténticamente francés destinado originariamente a la mesa del comandante de un cuerpo federal con un nombre muy improbablemente americano. Se llama Franz Siegel.
—¿Cómo lograste apoderarte de la botella? —preguntó David Preston.
—Hicimos una pequeña incursión por el área donde se encuentra el general Siegel, la semana pasada en medio de la noche. No creo que haya imagen más divertida en el mundo que la de un general alemán vestido con su camisón y su gorro empuñando una espada en plena oscuridad.
—¿Significa eso que se reanudarán las acciones militares en el valle? — inquirió David mientras conducía a Lachlan a la cabaña de troncos que habíale servido de morada para el invierno, desde la batalla de Mine Run, librada el mes anterior.
—Recorremos esa zona al menos una Vez al mes —dijo Lachlan—. Aún no hemos visto ninguna concentración del enemigo por allí; pero necesariamente tendrán que agruparse antes de la primavera. Y esta vez estoy seguro que Meade piensa que las circunstancias están a Su favor si de nuevo se dirige contra Richmond.
—Entonces es probable que volvamos al valle.
—Lo dudo. Grant es el único general de la Unión que está de buenas en estos tiempos, de modo que pienso que la acción será cada vez más confiada a grandes masas de tropas enfocadas hacia un punto vital, que podrá conquistarse por la fuerza del número.
—¿A cualquier coste?
Lachlan asintió con la cabeza.
—Tienen los soldados, el equipo y los abastecimientos para llevar la operación a cabo. Dime: ¿tienes por aquí algo de lo necesario para bañarse?
—Los oficiales se las han ingeniado para armar una caseta al borde de un río. Tienen hasta agua caliente.
—Eso me suena a trompetas celestiales —dijo Lachlan.
Dirigió la mano hacia el bolsillo derecho de su casaca y la sacó con una carta.
—Puedes leerla mientras me baño. Luego, si te parece, nos tomaremos un poco del brandy del general alemán antes de probar las aptitudes culinarias de Hal una vez más.
David no necesitó que se le indicara la fuente de la carta. Con sólo mirar la familiar letra de Araminta y su característico papel, su pulso había redoblado la fuerza. Cuando abrió el sobre pudo incluso pensar que algo de su peculiar perfume escapaba de él.
Philadelphia, 15 de diciembre de 1863
Mi queridísimo David:
Sé que no me has escrito por temor de que me tome sospechosa para los
agentes de Pinkerton que constantemente nos vigilan aquí. Pero no puedo dejar que pase otra Navidad sin arriesgarme a enviarte aunque sea una breve carta, para decirte que te amo más que nunca y que solamente espero el fin de esta terrible e insensata guerra para transformarme en tu esposa. ¿Te resulta crudo que te escriba en esos términos? Sé que muchos en el Sur me considerarán una traidora: pero a estas alturas ya debería resultar claro para todo el mundo que todo cuanto podemos esperar es que el precio que tiene que pagar la Unión por esta guerra sea tan elevado que ésta prefiera por fin permitir al Sur que se quede dónde está.
Aquí en el Norte hay un descontento generalizado por si señor Lincoln y
su política; pero creo que el Presidente Davis es tan obstinado como él en el Sur. Sin embargo, si el Presidente Lincoln es derrotado en las elecciones que tendrán lugar dentro de diez meses (como parece probable) algo podrá intentarse para poner fin a la guerra de una vez para siempre.
Me disgusta sobremanera tener que darte malas noticias de tío John,
pero la verdad es que no ha estado nada bien últimamente. El médico que ahora le atiende, el cual es muy competente y nos ha sido recomendado por tu amigo el doctor Jesse Bayard, sigue el tratamiento que tú mismo indicaste, pero le ha aumentado la dosis de digitalina y lo sangra una vez al mes para que disminuya su plétora. ¿Sabías que el doctor Bayard es ahora médico general asistente en el hospital de Washington? Le vi solamente una vez, pero tiene la apariencia de ser un hombre bondadoso y te está muy agradecido por enviarlo directamente al doctor McGuire después que capturasteis su hospital, y a él mismo, luego de la Batalla de Manassas. Después de eso pudo ser canjeado rápidamente.
Iremos nuevamente a Washington, tal vez a fines de febrero. Será por lo
menos un cambio y así resultará bienvenido, aunque siempre que viajamos allí se nos vigila continuamente y muy de cerca. Yo misma escribo al National Hotel cada vez que planeamos el viaje allí y hasta ahora éste se las ha ingeniado para damos siempre las mismas habitaciones que ocupábamos cuando te conocí. No sólo es una suite muy cómoda, sino que me recuerda intensamente los maravillosos días que pasamos juntos en Washington.
Por lo menos una noche de las que pasamos en Washington cenamos en
el restaurante de monsieur Crochet y siempre se acuerda de preguntarme por ti. Aunque yo siempre finjo ignorar por completo tu paradero, estoy segura de que monsieur Crochet, que como buen francés es hombre romántico, puede advertir en el tono de mi voz y en el carmín que me sube a las mejillas cuando te nombra, que me da alegría simplemente porque pronuncia tu nombre.
Como el Presidente Lincoln se enfrenta por estos tiempos con una labor
sumamente ardua, pensamos quedarnos en Washington no menos de un mes y acaso más, de modo que el Presidente recuerde con toda claridad la solemne promesa de que la Nación cherokee no sufrirá represalias cuando la guerra termine, por causa de su breve alianza con la Confederación.
Mi querido, podría seguir escribiéndote toda la noche; pero podrías
llegar a cansarte de leer siempre la misma frase: Te amo, una y otra vez, de modo que será mejor que introduzcas la hoja en su sobre antes de que te aburras de mí. Sé muy bien que me porto como una desvergonzada cuando te expongo con toda claridad lo que siento. Dicen que es conveniente que una novia tenga en suspenso a su enamorado para que éste no cese de interrogarse sobre el grado de su amor. Pero yo no puedo hacer eso. ¡Tan felices y francos hemos sido siempre el uno con el otro! Sé que así seguirá siendo todo entre nosotros.
Tal vez no tengas más noticias mías hasta las próximas Navidades, pero
entretanto ruego cada noche para que mucho antes de que aquéllas lleguen de nuevo, pueda encontrarme de nuevo en tus brazos.
Como siempre, tu enamorada
ARAMINTA