La brigada Stonewall
Capítulo IV
TRABAJANDO bajo su tienda de campaña plantada al sur de los arrabales de Sharpsburg, entre la ciudad y Boteler’s Ford, David no tuvo muchas oportunidades de seguir los avatares de la batalla, que comenzó en la madrugada del 17 de septiembre. Las tropas de Jackson habían recibido la orden de atacar hacia el norte, más allá de una pequeña iglesia, e internarse en los bosques del oeste, donde las fuerzas enemigas estaban concentrándose para rodear al ejército confederado por su izquierda. El distante tronar de la artillería que comenzó a poco de apuntar el día le dijo que el combate se libraba allí. La fila de heridos que pronto comenzó a aparecer, al venir de aquella dirección, confirmó sus sospechas.
Cuando el comandante Hunter McGuire llegó a la zona del hospital al cabo de varias horas de contienda, David le miró por encima de la pierna cuyo hueso estaba expuesto. La niebla que cubría toda la campiña en que se luchaba hasta una hora después de salir el sol ya se había disipado; pero McGuire estaba calado hasta los huesos de cabalgar a través de los bosques donde las tropas de Jackson estaban enzarzadas en combates feroces.
—La Brigada Stonewall está luchando en el campo de trigo que se halla al norte de la iglesia —dijo McGuire mientras se bebía una taza de café—. Nos superan en número, claro, como siempre. Esta vez se pelea en proporción de dos o tres por uno.
—¿Qué aspecto lleva la batalla por ahora?
—Si Dante estuviese aquí diría que esto se parece más al infierno que su propia descripción del lugar. Pero el general Jackson parece hallarse a sus anchas allí.
—¿Está pues en plena pelea?
—¿Y dónde, si no? Los federales están tratando de hendir nuestro flanco izquierdo, pero sin mucha suerte, por ahora. También hostigan nuestro flanco derecho a través del puente que cruza el Antietam al sur de la iglesia. De todos modos, si el general A. P, Hill llega aquí lo bastante pronto con sus tropas de Harpers Ferry, aún podría atacar con éxito el flanco derecho del ejército de McClellan.
—Eso suena como algo parecido a lo que sucedió en Manassas Junction.
—Sólo que es peor —dijo McGuire montando en su caballo—. A propósito: el soldado raso Robert E. Lee júnior está luchando; con la artillería de Rockbridge. Me pregunto si un hijo del general en jefe puede ser un simple soldado en las filas del ejército de la Unión.
A lo largo de todo aquel día, David y los dos cirujanos que le ayudaban trabajaron en las mesas de operaciones. Como el hospital estaba instalado muy cerca de las líneas de combate, los heridos eran trasladados directamente desde el campo de batalla. No precisaba David un parte militar en regla para saber que la batalla era encarnizada y que las fuerzas de Jackson, en particular la Brigada Stonewall, cargaban con la peor parte. El número de heridos contaba esa historia con suficiente elocuencia y las palabras sobraban. A media tarde, el comandante McGuire volvió por allí en ronda de inspección. Esta vez su expresión era sombría.
—El general Ambrose Burnside y sus tropas de la Unión han cruzado el puente al sudeste de Sharpsburg —dijo—. ¿Cuánto tiempo tardarías en trasladar tu hospital si llegara a ser necesario trasladarlo?
—¿Trasladarlo adónde?
—A través del Potomac. Si esa fuerza de Burnside consigue hundir nuestro flanco derecho y rodear Sharpsburg, te encontrarías atrapado.
—¿Se repliega Jackson?
—Aparentemente no. —McGuire sonrió—. Hace un rato le di unos melocotones que había cogido de un árbol cercano a los arrabales de Sharpsburg y aproveché para decirle que estaba preocupado por la suerte de nuestro hospital; pero él me señaló el lugar donde estaba el enemigo diciéndome: «McGuire, Dios ha sido bondadoso con nosotros hoy. Han hecho lo peor que podrían haber hecho». Lo dejé coa una pierna cruzada por encima de su montura y comiendo su melocotón. Se hubiese dicho que estaba en un picnic.
—Cuando Jackson se repliegue pasaré el hospital al otro lado del río — dijo David.
McGuire se encogió de hombros.
—Eres tan terco como él; pero no soy yo quien te dará órdenes. Sólo te repito que si Burnside acierta en la maniobra que te describí, trata de escapar hacia el sur, hasta situarte detrás de su ejército. Luego, si puedes trata de cruzar el río por Boteler’s Ford.
McGuire se disponía a salir disparado en su caballo cuando una súbita descarga proveniente del sur le hizo retenerlo mediante un tirón de las riendas.
—Parece como si la batalla se intensificara en torno al puente que ha capturado Burnside —dijo.
Precisamente en aquellos momentos pasaba por allí un correo militar y McGuire le llamó, preguntándole qué estaba sucediendo.
—La división del general A. P. Hill ha cruzado el Potomac, señor. Están enfrentando a las fuerzas de Burnside en las calles de Sharpsburg. Llevo ahora esas noticias al general Lee y al general Jackson.
—¿Está usted seguro de que habla del general A. P. Hill?
—Estoy seguro, señor. Viste su conocida camisa roja de batalla y lucha como un diablo él mismo.
—¡Gracias a Dios! —dijo McGuire.
Pero cuando David se echó a reír a carcajadas le miró con el ceño fruncido.
—¿Cuál es el chiste?
—Oh, sólo pensaba que Dios debió decirle a Jackson que Hill ya estaba cerca. De otro modo, ¿cómo podía saber cuándo le diste el melocotón que McClellan ya había sido detenido?
—Sólo creeré lo que vea con mis propios ojos. Por cierto que será un hermoso espectáculo —dijo McGuire—. Pero todo cuanto he podido ver hasta ahora en el campo de batalla son filas de cadáveres, que a veces son tan nutridas que sería posible recorrer un largo trecho sin que los pies lleguen a tocar el suelo. De todos modos me ingeniaré. Buena suerte, David.
Atardecía ya y la noche empezaba a espesarse, de modo que David pidió a Hal Perkins que encendiera la lámpara de petróleo que iluminaba la tienda de campaña que servía de hospital, cuando un coro de gritos llegó desde el sur. A poco, los que portaban unas camillas desde esa dirección dieron cuenta que la división del general A. P. Hill habían empujado a las tropas de Burnside otra vez más allá del estrecho puente, eliminando, por el momento al menos, el peligro de que toda la parte sur de la línea de batalla de los confederados se hundiese. Al mismo tiempo llegaron noticias de que Jackson había logrado neutralizar un tercer intento de las fuerzas federales en el camino de portazgo de Hagerstown, entre la pequeña iglesia y la granja de Nicodemo.
David continuó trabajando toda la noche y parte de la mañana siguiente. Increíblemente, McClellan fracasó cuando quiso reasumir el ataque tras haber sido batido el día anterior, tal vez porque sus bajas habían sido muchas: se hablaba de veintisiete mil hombres muertos o heridos, es decir, casi la tercera parte de su ejército, caídos en un solo día en la zona del arroyo de Antietam. También el ejército de Lee había sufrido un tercio de bajas. Se hablaba ya de aquella jornada como la más sangrienta de la historia de la guerra entre la Confederación y la Unión. Los cadáveres, en cierto lugar llamado «el callejón sangriento», se apilaban a una altura que alcanzaba los quince pies.
Expedicionarios de caballería que habían recorrido las riberas del Potomac a retaguardia del ejército de McClellan al final de la tarde manifestaron que unos doce mil hombres de reserva se habían agregado al ejército federal, que venían a sumarse a los veintidós mil que McClellan había mantenido en reserva durante la batalla, en previsión de que Stonewall Jackson se alzara con otra victoria inexplicable arrancada a las puertas mismas de la derrota gracias a una de sus fulgurantes tácticas. El ejército confederado comenzó a replegarse atravesando el Potomac poco después de caer la noche y la Brigada Stonewall fue una de las últimas en cruzarlo. Su número había decrecido bastante tras aquella durísima refriega de un solo día.
David conducía una de las carretas que contenían su hospital mientras su propio caballo le seguía. Al llegar al arroyuelo vio al general Lee que, montado a caballo en medio de la corriente junto al general Jackson, observaba a sus tropas cruzar el puente. Ambos parecían muy cansados; pero cuando el último hombre (la mayor parte de ellos llevaban ahora zapatos, aunque el resto del uniforme dejara aún mucho que desear) entró en el riachuelo y, viendo a Lee y a Jackson, prorrumpió en gritos de adhesión y saludo, el general Lee se irguió sobre sus estribos y saludó marcialmente.
Sin embargo, si bien Robert E. Lee podía dar gracias a Dios de haberle permitido salir airoso de lo que pudo haber sido la mayor catástrofe de la guerra, la prensa del Norte no tenía los mismos motivos de agradecimiento. Un ejemplar del Tribune de Nueva York que trajo Lachlan Murrell, que cabalgaba con los expedicionarios de Jeb Stuart al norte del Potomac para conocer los movimientos del ejército de la Unión y que, durante su misión, pudo conseguir, podía dar crédito del descontento norteño.
Ante la hazaña de Lee, que había conseguido salvar su ejército, el Tribune descargaba sus iras contra el general George Brinton McClellan, cuya estrella parecía ascender tan sólo un año antes y que ahora resultaba vencido por dos generales llamados Lee y Jackson.
«Nos deja los desechos de sus campamentos, dos piezas inservibles de artillería, unos cuantos centenares de sus rezagados y aún más muertos sin sepultar. Ha dejado perder todas sus armas pesadas, sus furgones, ambulancias y vagones. No ha conservado una sola tienda de campaña, ni una caja de provisiones ni una libra de munición. Lee y Jackson se han llevado los suministros recogidos en Maryland y el rico botín de Harpers Ferry».