La brigada Stonewall
Capítulo VI
EN el Cuartel General del Segundo Cuerpo, cuando acudió a él en busca de instrucciones, David encontró al enfadado Ewell y al pensativo Early. El primero no estaba a todas luces convencido de que debía atacar Culp Hill la noche anterior y reflexionaba si debía o no ordenar un ataque aquella mañana, probablemente —pensaba David— porque temía que el enemigo ocupara aquellas alturas con fuerzas importantes. En cuanto a Early, habiendo conseguido una victoria parcial el día anterior por la tarde con el ataque que desató no más llegar de York, estaba ansioso por ocupar de cualquier manera la colina. Pero, dado que ninguno de los generales podían ponerse de acuerdo convenciéndose mutuamente, la situación estaba en un punto muerto. En ese momento, tremendas descargas de cañón se oyeron, provenientes del norte.
—Ésas han de ser las baterías de Benner’s Hill —dijo Early—. Las de Latimer. Si le conceden media hora, silenciará a los cañones federales que están en Cemetery Hill y en Culp Hill y entonces podremos atacar y vencer a los yanquis antes de que las fuerzas de Meade lleguen hasta aquí desde Taneytown.
Ewell no hizo comentario alguno. Se limitó a salir del recinto cojeando con su pierna de palo.
—Yo tendría que volver a mi hospital —dijo David a Early.
—¿Dónde sugiere usted que lo emplace, señor?
—Sobre la ribera de Rock Creek, entre Benner’s Hill y Culp Hill. Ésa es probablemente la mejor zona. —El viejo Jube rió—. Ewell no tiene más que su pata de palo para preocuparse. En cambio nosotros arriesgamos dos. Si un proyectil yanqui llega a alcanzarme necesitaré de alguien en quien pueda confiar cuando tiene un bisturí en la mano.
Cuando David llegó al lugar donde Hal Perkins y los enseres del hospital estaban a la espera, el ruido de los cañones hacia el norte se había intensificado, lo cual mostraba inconfundiblemente que los cañones yanquis replicaban. Y cuando a varias millas al sudoeste —a juzgar por el ruido— el ronco tronar de más cañones comenzó su tarea, se hubiese dicho que Longstreet había lanzado finalmente su ataque contra el ejército de la Unión que quedaba en la zona denominada Round Tops.
Apenas había quedado habilitado el hospital cuando los primeros heridos comenzaron a afluir. Se trataba especialmente de soldados que habían estado efectuando escaramuzas de reconocimiento o de distracción, que habían resultado heridos cuando trataban de medir la capacidad de las fuerzas enemigas. Un poco más tarde, el sonido de la batalla que llegaba desde Benner’s Hill calló, signo seguro de que las baterías allí situadas habían sido silenciadas por el enemigo.
Durante todo el día y hasta ya avanzado el atardecer, David y su unidad esperaron; pero no pudieron enterarse de casi nada de lo que estaba ocurriendo, con excepción de lo que decían los correos que pasaban en todas direcciones entre los dos separados flancos del ejército confederado que se hallaban al sur de Gettysburg. De pronto, poco antes de que la noche hubiese caído del todo sobre el campo, el súbito chasquido de rifles proveniente de la ladera de Culp Hill anunció que el ataque en esa zona había comenzado por fin… pero casi doce horas después de lo que era preciso.
Pronto los correos trajeron noticia de que se luchaba fieramente en el sudoeste, donde el grueso de las fuerzas de la Unión atacando hacia el norte desde Taneytown se había enfrentado de lleno a las tropas de Longstreet. Lo cual sólo podía significar que un ataque concertado de las fuerzas confederadas, que según la estrategia adoptada debía ser desatado por la mañana, había sido retrasado hasta casi las cuatro de la tarde, por obra seguramente de la vacilación de Longstreet, que estaba en uno de los extremos de la línea de batalla, y de la vacilación correlativa que, suponíase, experimentaba Ewell en el otro extremo.
A poco de terminar la lucha, los heridos comenzaron a llegar al hospital y desde entonces David estuvo en condiciones de conocer las alternativas de la batalla donde estaba situado el flanco izquierdo con bastante detalle. Pero casi todos los informes eran negativos para los confederados. Se hablaba de oportunidades perdidas, muy a menudo.
Y fueron las oportunidades perdidas las que caracterizaron la campaña de Gettysburg, al menos vista desde el Sur.
Cuando Ewell echó a la batalla a la Brigada Stonewall y a la división de Stonewall bajo el mando del general Edward Johnson, junto con la división al mando del general Jubal Early y entre todas buscaron tomar las alturas que estaban ocupadas por las tropas federales, las fuerzas sureñas lucharon con su habitual bravura. Las formaciones de Johnson ocuparon la cúspide de Culp Hill tras considerable refriega, Pero sólo atinaron a detenerse allí, sin advertir hasta mucho más tarde que el tren de suministros de la Unión había obstaculizado la marcha de las tropas por el camino de portazgo de Baltimore tan sólo a unas millas de allí y a una distancia a la cual alcanzaban fácilmente las baterías confederadas.
Al atacar la ladera este de Cemetery Hill, los hombres de Early se encontraron con una cerrada resistencia; pero llevaron a cabo una fulgurante carga del más puro estilo jacksoniano, con la cual consiguieron alcanzar la cúspide de la colina. La división de Rodes estaba en la ciudad misma de Gettysburg, pero ni siquiera intentó facilitar las cosas al ataque de Early cargando por el oeste. De ese modo, la oportunidad de hundir el flanco extremo derecho del ejército de Meade se perdió; y, muy presionado en Culp Hill, el ahora furioso Viejo Jube se retiró finalmente a eso de las diez de su posición original, dejando de nuevo aquella vital posición en manos federales. Al fin resultó evidente que unas seis horas de brava pelea y de centenares de muertos y heridos no habían dejado ganancia alguna a los confederados situados a la izquierda.
Entretanto, al otro extremo del anzuelo, donde estaba el flanco derecho de los confederados, Longstreet había fracasado al intentar tomar Little Round Top y desalojar a los federales de su privilegiada posición en la parte sur de Cemetery Ridge. Y así el segundo día de dura batalla en Gettysburg terminó mucho después de entrada la noche sobre un campo sembrado de muertos de uno y otro bando, sin que los federales hubiesen tenido que abandonar ninguna de sus posiciones importantes. La caballería de Jeb Stuart había llegado a mediodía, pero ya demasiado tarde y demasiado cansada tras la marcha forzada desde Carlisle Barracks, para poder cambiar el curso de las cosas.
Durante una pausa en la batalla por Culp Hill, cuando la Brigada Stonewall llegó a la cumbre, David también tuvo una pausa para descansar y comer un poco de pan con una taza de café en el claro que se extendía junto al Rock Creek, donde estaba instalado el hospital de campaña. La pausa fue breve, sin embargo, y apenas había terminado su rápida comida cuando más gente llevando camillas apareció. El tercer herido resultó ser Jed Burnet.
—Creo que hubiese sido mejor para mí que me hubiese quedado su caballo y no me hubiese movido de Botetourt, doctor Preston —dijo Burnet mientras lo sacaban de la camilla para colocarlo sobre la mesa de operaciones.
David no había necesitado examinar cuidadosamente la herida de Jed. El lento silbido intermitente que la extensa herida que él hombre presentaba en el pecho dejaba escapar, le había bastado para hacer la diagnosis… y probablemente también la prognosis.
—No trates de hablar —le advirtió—. Voy a cerrarte la herida y si te doy cloroformo correremos más riesgos.
—Ya no me importan mucho las cosas, pero tomaría gustoso un trago de ese whisky suyo.
Hal Perkins alcanzó al montañero un vaso servido hasta la mitad y Burnet se lo bebió, con lo que le advino un acceso de tos espasmódica que le dejó jadeante. Le apareció enseguida un poco de sangre en un costado de la boca y David comprendió que el pulmón se había perforado. Trabajando con celeridad, David envolvió unas tiras de paño firmemente en torno a la herida. Un enorme proyectil le había pasado entre las costillas dejando un agujero en las paredes musculares del pecho y en el pulmón derecho.
La intervención fue bastante feliz. Lo que había que ver ahora era si Burnet podría sobrevivir con un solo pulmón, lo cual resultaba difícil. Las estadísticas muestran que los más mueren en esos casos.
—Siempre he dicho que usted me traía buena suerte, doctor Preston. Siempre. Desde aquel día que le robé el caballo entre Harpers Ferry y Martinsburg. —Ahora Burnet podía hablar con más facilidad, porque el aire no se le escapaba de adentro afuera y viceversa a través del abierto pecho—. Usted me ahorró por entonces una larga caminata hasta mi casa cuando me encontraba a tantas millas de ella. Y ahora le encuentro a usted, cuando tengo problemas con una bala yanqui.
—Será mejor que no te extenúes hablando, Jed. El sargento Perkins va a ponerte una inyección calmante y quiero que te duermas.
—Como usted diga, doctor. Pero no puedo dejar de pensar que si hubiésemos tomado aquella colina la noche anterior, cuando los yanquis aún no habían plantado en ella sus cañones, nada de esto hubiese sucedido.
—Tal vez tengas razón —dijo David, dándose la vuelta hacia otra camilla. Pero la voz de Jed se volvió a oír.
—Tuve mucha suerte de que me trajesen aquí, doctor Preston. Le pido que no me evacúe hacia otro sitio, donde podría encontrarme con alguno que no es tan capaz como usted. Mientras me sienta cerca suyo me siento seguro.
—Tranquilo, Jed, Aquí te quedarás.
—Y otra cosa, doctor.
—¿Sí?
—Si me muero, prométame que me hará enterrar como se debe. Nosotros, los de Botetourt, permanecemos siempre juntos. Que allá me lleven algún día.
—Te lo prometo, Jed.
El nudo que David tenía en la garganta le impidió decir más.
Hal Perkins dio al herido una inyección tomada a su cada vez más pobre reserva de morfina y David se dedicó a tratar una arteria abierta en otro soldado. Pero no podía dejar de pensar en la verdad que había dicho Jed sobre el error de cálculo cometido en las posiciones y la estrategia sureñas, Y dando eso por admitido, supo lo que el fogoso Jubal A. Early hubo de haber sentido cuando un general súbitamente asustado cuyo nombre era Ewell había resultado incapaz de tomar y mantener la elevación de Culp Hill la noche anterior.
Ed Mattox había estado ayudando en la medida que podía en las tareas del hospital de emergencia durante parte del día, pero luego había escalado el Culp Hill junto con las tropas que lo habían atacado aquella tarde. El periodista llegó de vuelta al hospital precisamente cuando Jed Burnet era traído en una camilla. Había oído la conversación entre éste y David.
—¿Un amigo? —preguntó.
—Pues podría usted decir que sí. Me robó el caballo para desertar en Harpers Ferry hace poco más de dos años y tuve que seguir a pie durante diez millas.
David se volvió para observar y comenzó a tratar a uno que tema roto el hueso en una pierna. Mattox le siguió.
—Eso no parece hablar mucho de amistad —observó.
—Jed Burnet es hombre del condado de Botetourt y está Orgulloso de ello, del mismo modo que la mayor parte de los integrantes de la Brigada Stonewall son de Virginia y se enorgullecen de ser virginianos.
—Veremos qué sucede con la brigada.
—Ya le han sucedido muchas cosas. En la primavera de 1861, en Harpers Ferry, la Primera Brigada contaba con más de cuatro mil hombres, es decir, que era más numerosa que nunca. En todas las batallas en que ha intervenido (y puede decirse que éstas son todas las batallas importantes libradas desde que la guerra comenzó, desde Manassas hasta Gettysburg) siempre ha estado a la vanguardia de los ataques. Ha perdido más hombres per capita que ninguna otra unidad.
—Eso no lo discuto.
—Eso es lo que el Norte nunca ha sido capaz de comprender: que hombres que saben a estas alturas que su causa está irremisiblemente perdida sigan luchando y muriendo.
David terminó de vendar la pierna a su paciente.
—Podría decirse que todo el Sur es una inmensa Brigada Stonewall que no quiere saber qué está perdida —concedió Mattox—. Tras cada refriega unos pocos quedan, pero cada vez un gran porcentaje de voluntarios, o de reclutas, eligen la brigada antes que cualquier otra unidad, de modo que su fuerza vuelve a reponerse.
—Pero no llega en números a su poderío anterior —dijo David Supongo que así seguiremos la guerra, hasta que casi no quede ya nadie. ¿Estuvo usted en el cuartel general del general Lee esta noche?
—Sí. Como último recurso, Lee trata de decidir cuál es el punto más débil del enemigo para lanzarse contra él mañana y ver si puede partir al medio el ejército de Meade.
—¿Se sabe ya cuál será la decisión final?
Mattox movió la cabeza.
—Sospecho que sólo el general Lee sabe eso, de modo que veré si duermo un poco.
David estaba seguro que Mattox en realidad sabía más de lo que decía.
A la mañana siguiente, muy poco después del alba, un correo militar llegó al cuartel general de Lee, ordenando a David que se dispusiera a trasladar el hospital de campaña a una posición cercana al nuevo cuartel general de Lee, situado al lado del Seminario Luterano, que estaba sobre Seminary Hill.