La brigada Stonewall
Capítulo VII
LA primavera llegó temprano aquel año a los valles del James y del Shenandoah, que amenizan la cadena montañosa de los Apalaches. Al finalizar el mes de abril de 1864, los árboles estaban en flor y los laureles mostraban sus capullos rojos o blancos con admirable generosidad y los recortaban contra el verde de las montañas. También las hierbas estaban florecidas y adornaban la ribera del río.
Delgadas y nerviosas, las truchas saltaban del agua como dardos oscuros entre las cascadas de Meadow Greek. El hielo se había fundido y con alegría burbujeante el alegre arroyuelo llevaba consigo el recuerdo de las nieves, que arrastraba desde lo alto de las montañas para que viniese a regar la fértil granja junto a la ensenada donde los antepasados de David habían detenido su marcha desde Pennsylvania para levantar su hogar. El camino se llamaba por entonces simplemente Carretera de Philadelphia; pero más tarde fue conocido como el camino de portazgo del valle. Aquellos antepasados suyos habían llegado en una de las migraciones hacia el sudoeste que 6e produjeron a principios del siglo XVIII. El lugar que habían elegido, junto al río James y no lejos de Fincastle, ofrecía sorprendente belleza y era sumamente feraz. Fincastle había sido sede del gobierno colonial en tiempo de los ingleses y desde allí se negociaban todos los asuntos administrativos del condado de Virginia, el cual, antes de quedar dividido en varias circunscripciones más pequeñas, se había extendido hacia el oeste hasta el Mississippi y hacia el norte hasta el poblado que más tarde llegaría a transformarse en Chicago.
Tan pronto como pudo hallarse en condiciones de viajar, David, acompañado de Araminta, se llegó hasta el pueblo de Eagle Rock. Allí se casaron sigilosamente en la iglesia presbiteriana para volver a la casa la misma tarde y encontrar al doctor Buxton sentado en la silla de hamaca de la galería, gustando un vaso de whisky con agua tomada a un gran manantial que había en cierto acantilado rocoso no muy lejos de la casa.
—Parecéis muy felices —observó el viejo médico cuando la pareja venía a su encuentro para saludarle.
—Hemos ido a Eagle Rock —le replicó Araminta—. David no estaba seguro de que nuestro casamiento de guerra fuera enteramente correcto en los detalles, de modo que el reverendo McIntyre nos casó nuevamente.
—Con un buen lazo presbiteriano —continuó David—. Nunca podrá desatarlo ella.
—He sido insultada —protestó Araminta con fingida irritación—. Y es por esa razón que no habrá fiesta de bodas… a menos que el doctor Buxton acepte quedarse a cenar.
—Imposible —dijo el viejo médico—. La hija mayor de Ezra Karnes está a punto de dar a luz y su marido está en el ejército. Como es su primer parto, tal vez se le haga largo. Precisamente por eso pasé antes por aquí a fortificarme un poco. Como Ezra es profundamente bautista y yo conozco a los bautistas porque también lo soy, sabía que en su casa no encontraría un solo trago.
—En tal caso, ¿por qué no beber otro conmigo? —sugirió David.
—Pues si insistes…
—Iré a preparar café por si fuera necesario devolveros más tarde la sobriedad —dijo Araminta.
El doctor Buxton esperó hasta que ella estuvo fuera del alcance de su voz y expuso la verdadera razón que le había llevado allí.
—¿Has pensado sobre la oferta que te hice en mi última visita David?
—Un poco, sí. Me atrae.
—Te daría libertad.
—Comprendo; pero hay otras consideraciones que es preciso tener en cuenta.
—¿Nada que ver con el ejército, verdad? Tu trabajo en él ha terminado.
David no respondió enseguida y cuando lo hizo fue para murmurar en voz baja:
—No podría amarte tanto, amor mío, si tanto como a ti no amara al honor —dijo como hablando para sí mismo.
—¿Qué has dicho?
David repitió la frase.
—Es parte de un poema, escrito hace más de doscientos años por un inglés llamado Richard Lovelace.
—¿Lovelace? Sí, conozco el poema; pero no veo qué relación tiene…
En ese momento volvió a aparecer Araminta, quien venía de encender fuego en la gran cocina de hierro que no sólo servía para cocinar sino también para entibiar la habitación donde pasaban gran parte del día. Se la veía resplandeciente por el calor que había recibido en la cara.
—¿Por qué tienen ambos esas caras tan solemnes? —preguntó.
—Tu marido me ha estado declamando una poesía, Araminta —dijo el doctor—. Una poesía de Richard Lovelace, un poeta inglés.
—El único poema suyo que conozco y recuerdo es aquel que dice: «No podría amarte tanto, amor mío, si tanto como a ti no amara al honor». —Su voz se quebró de pronto en un sollozo y la expresión de sus ojos hizo que David deseara tomarla en sus brazos para consolarla—. ¿No volverás al ejército, verdad, David?
El doctor Buxton se apresuró a depositar su vaso sobre la mesa.
—Será mejor que me vaya a casa de Ezra Karnes. Si no me apresuro, el niño es capaz de llegar antes que yo. Oh, lo olvidaba —agregó, tomando un periódico doblado de su bolsillo—. Aquí es la el Enquirer de Richmond. Es un ejemplar bastante reciente: no tiene más que una semana.
—Sabía que esto era demasiado bueno para durar —dijo Araminta con voz alterada mientras el viejo médico, encorvado y con aspecto cansado subía a su coche y movía las riendas sobre el loma de su caballo para ponerlo en movimiento—. ¿Por qué los hombres prestan tanto interés a su honor aunque deshagan el corazón de las mujeres que los aman?
—Porque si así no fuera carecerían del derecho a reclamar ese amor. ¿Alguna diferencia con el modo de pensar de los cherokees?
—En realidad, no —tuvo que admitir ella volviéndose hacia la cocina—. Un guerrero debe probar que merece el amor de la mujer que le elige. Eso forma parte de las antiguas leyes de nuestro pueblo.
—Entonces no puedes criticarme si me siento obligado a actuar, ¿verdad?
—Supongo que no. ¿Cuánto tiempo nos queda para estar juntos?
—Necesitaré varias semanas más para recobrar mis fuerzas.
—Pues tendrás que recobrarlas antes, porque a partir de hoy haremos el amor por lo menos una vez cada noche, hasta que llegue el momento de tu partida.
—Pero…
—Nada de peros. Las mujeres cherokees saben cuál es la mejor época para engendrar hijos; lo saben por los ciclos de la luna. Pero yo no correré riesgos de equivocación. Tenemos que estar seguros de que he quedado embarazada antes de que salgas de esta casa rumbo a tu hospital de campo. De ese modo, pase lo que pase, siempre tendré algo tuyo. Ahora siéntate y lee el periódico que te ha traído el doctor Buxton.
El diario era del 25 de abril de 1864 y en gran parte se dedicaba a describir los movimientos del ejército federal al norte de Richmond, donde el general Ulysses S. Grant estaba concentrando la fuerza militar más importante y numerosa reunida hasta entonces, con objeto de lanzar una formidable ofensiva contra Richmond. La ciudad estaba defendida por el ejército de la Confederación bajo el mando del general Robert E. Lee.
En cierto espacio de una página interior se veía un artículo que de inmediato atrajo la atención de David. Se trataba de un despacho desde Staunton, en Virginia y decía así:
LAS TROPAS FEDERALES INVADEN DE NUEVO EL VALLE DEL SHENANDOAH
Staunton, Virginia, 24 de abril.
Informaciones llegadas a esta ciudad indican que un ejército formado
por alrededor de seis mil hombres y protegido por nutrida artillería, está siendo parado en el nuevo estado creado por la Unión que lleva el nombre de Virginia Occidental. Dicho ejército estará al mando del general Franz Siegel, jefe militar en ese distrito. El propósito que él mismo persigue es indudablemente marchar rumbo al sur hasta alcanzar el valle del Shenandoah con vistas tomar Staunton y cortar la línea ferroviaria que se dirige a Richmond. Se entiende que la operación forma parte de la campaña que en estos momentos lleva a cabo la Unión para capturar la capital.
Un ejército confederado a las órdenes del general John C. Breckinridge,
jefe militar sureño en el valle, se está desplazando hacia la zona con la intención de rechazar el ataque. La Caballería de Virginia, a las órdenes del general John D. Imboden se halla en estos momentos empeñado en una acción dilatoria en la zona cercana a Strasburg, la cual tiene por objeto retardar el avance federal. Se espera que el Batallón de Cadetes del Instituto Militar de Virginia reciba su bautismo de fuego en este importante movimiento. Según nuestros informes hay mucha excitación en el Instituto.
En Richmond, el general Lee ha informado que tiene presente la
posibilidad de un ataque de la Unión en la parte alta del Valle, el cual no ha dado muestras de beligerancia durante la mayor parte de este año, porque dicho ataque podría implicar una seria amenaza para las defensas de la capital. De ahí la decisión de llamar a los cadetes del Instituto Militar de Virginia, para el caso de que la situación los tomase necesarios.
—No pueden enviar a esos niños a la guerra —protestó Araminta cuando más tarde David le enseñó el artículo del periódico—. ¿Cómo se puede ser tan insensible?
—Stonewall Jackson reclutó a los cadetes del Instituto Militar de Virginia en 1862, aunque los destinó a la retaguardia, donde permanecieron junto con las unidades de reserva. —David vaciló un poco y luego continuó hablando —. ¿Supongo que sabes que Lachlan está en la Caballería de Imboden, no es verdad?
Ella asintió con un gesto.
—Según me ha escrito, se siente muy a gusto con el general Imboden.
—John es un jefe sumamente capaz, pero carece de los hombres necesarios para detener mucho tiempo a un ejército como el de Franz Siegel. Todo dependerá ahora de qué tiempo pondrá Breckinridge hasta llegar al Valle.
El análisis de la situación esbozado por David tuvo su confirmación unos días más tarde, cuando el comandante Lachlan Murrell, cubierto por un uniforme muy manchado de barro y cabalgando un caballo exhausto, llegó hasta la semiderruida casa de Preston’s Cove y desmontó, dando las riendas a Jack para que le alimentara y le diera de beber.
—Me parece que te tomas tu tiempo, amigo —le dijo bromeando a David mientras entraba en la galería—. De acuerdo con el telegrama que enviaste al doctor Hunter McGuire, esperaba que para estas fechas ya estuvieses de nuevo en tu puesto.
—El telegrama fue cosa de tu hermana. —David le sirvió a Lachlan una generosa dosis de whisky, agregándole un poco de agua procedente del cercano manantial—. Pero, como yo estaba en coma por obra de un nuevo ataque agudo de malaria, no puedo realmente mostrarme en desacuerdo con ella.
—¿Dónde está Araminta?
—En el arroyo, un poco más arriba, tratando de pescar algo para la cena de esta noche. Pero ya estará por regresar.
Lachlan sonrió.
—No me dirás que un pundonoroso personaje como tú vive pecaminosamente aquí con mi hermana.
—Oh, no. Ahora somos realmente cuñados —afirmó David—. Y en cuanto a estar aquí, de no ser por Araminta, ya me habría marchado. Cuando el médico de los alrededores me había desahuciado, me hizo un tratamiento médico a la manera cherokee. Ya sabes: la «Bebida Negra».
—¡Dios mío! ¡Te está convirtiendo en un indio!
—Haga lo que haga, me gusta. Hacia el momento en que llegamos aquí procedentes de Washington, hace unas semanas, el ataque me había transformado en una especie de idiota delirante.
—Yo creía que la malaria sólo atacaba durante el verano.
—Eso es lo corriente. Pero yo me hallé hasta los huesos al andar con el agua al cuello durante una hora, desde el barco pescador de ostras hasta la orilla. Pero dejemos eso. ¿Qué es lo que te ha traído por aquí?
—Voy a integrarme en las fuerzas de John Imboden otra vez. Me había enviado al sudoeste de Virginia para que averiguase qué es lo que retiene al general Breckinridge.
—He leído en el Enquirer que un ejército federal al mando de Franz Siegel se dirige al Valle. ¿Qué hay de cierto en esa información?
—Siegel va en esa ruta, pero avanza con cautela. Las fuerzas irregulares sureñas le han dado tantos dolores de cabeza que aparentemente no quiere asumir riesgos. Hasta ahora le hemos estado complicando en lo posible las cosas con algunas escaramuzas de esas que tanto le molestan. Pero el problema sigue en pie, porque cuenta con fuerzas infinitamente superiores a las de Imboden. A menos que éste y Breckinridge se pongan de acuerdo para presentarle batalla en alguna parte al norte de Staunton, hasta un tonto perdido como Siegel es capaz de derrotarlos, poniendo al valle en manos de la Unión.
—Me imaginé que la situación era grave cuando Lee aprobó la idea de enviar al frente a los cadetes del Instituto Militar de Virginia.
Lachlan le miró sorprendido.
—¿Al fin se decidieron a tomar esa resolución? No sabía nada. Hace más de una semana que falto de aquí.
—Eso es lo que dice el Enquirer en un despacho. Supongo que el autor habrá confirmado la veracidad de lo que afirma en sus fuentes.
—John Imboden tiene a un hermano menor estudiando en el Instituto, de modo que imagino que estará en contra de esa medida. Por otra parte, cuando la guerra llegue a su término, el Sur necesitará la clase de personas que el Instituto está formando para integrarlas en su esfera política. Me disgustaría mucho ver a ese batallón de chiquillos morir al tratar de contener a un estratega de tercer orden como Siegel.
En ese momento entró Araminta a la galería con varios peces colgando de un cordel, los cuales dejó caer para ir a abrazar a Lachlan.
—¿Por qué no nos avisaste que venías? —le preguntó en cuanto pudo recuperar el aliento y tras mucho besarle las barbudas mejillas—. Hubiéramos matado al ternero más gordo en tu honor.
—Tu marido me ha dado esto, que vale por un ternero —dijo Lachlan enseñándole su vaso—. Estás magnífica, hermanita.
—Creo que estoy embarazada, Lachlan. Y creo que, si tengo un varón, le pondremos tu nombre.
—Me halagas, naturalmente; pero ¿estás tú de acuerdo con esa decisión, David?
—Acabo de enterarme de ambas cosas —confesó David—. Pero estoy en favor de las dos.
La velada se desarrolló demasiado rápidamente. Empezó con una cena espléndida a base de pescado, maíz, judías verdes y bizcochos.
—En tu favor es preciso reconocer algo, David —dijo Lachlan, cuando retiró un poco la silla hacia atrás al fin de la cena—. Que has sabido transformar a una frívola mariposa de sociedad en una verdadera ama de casa.
—El amor llevó a cabo esa transformación —intervino Araminta—. Te aconsejo que pruebes la receta.
—Tal vez la pruebe; pero antes he de ver terminada esta guerra. ¿Qué tal se hallaba el tío John cuando le dejasteis?
—Se está debilitando rápidamente, Lachlan —dijo Araminta—. Estoy feliz de hallarme aquí, porque aquí está mi mundo ahora; pero nuestro pueblo necesitará como nunca nuevas autoridades cuando la guerra acabe. El tío John ya no tiene fuerzas para llevar esa carga.
—La Confederación pierde terreno en todos los frentes —dijo el oficial cherokee—. Alguien debe comprender (alguien que no puede ser Jefferson Davis) que nuestra causa está irremediablemente perdida y debe intentar conseguir la mejor paz que pueda negociar. No hay tiempo que perder.
—Si comenzamos a enviar chavales de dieciséis y de diecisiete años a la guerra, el hecho sólo puede significar que estamos desesperados —dijo David.
—Muchos sureños duros de pelar hablan de emigrar a México cuando la guerra se pierda —dijo Lachlan.
—Supongo que tú te quedarás con tu pueblo —insinuó David.
—En el único lugar donde se me necesitará será donde se encuentren los cherokees. ¿Adónde más he de ir?
David prefirió seguir informándose.
—¿Qué me puedes decir de la Brigada Stonewall? —preguntó.
—Aún enfrentan al enemigo desde las fortificaciones que dan al Rapidan, aunque me temo que el mal tiempo en esta primavera ha sido especialmente duro para ella.
—¿Los hombres siguen sin zapatos, como siempre?
—Ni medias, hasta que las señoras de la familia del general Lee tejieron algunas y se las han enviado. De hecho, el Ejército de Virginia del Norte está falto de comida, ropa, municiones, elementos sanitarios, medi… —Lachlan se interrumpió—. Creo que he metido la pata.
—David ya ha resuelto volver a su puesto —le dijo Araminta—. Solamente yo lo he retenido para que recobrara las fuerzas y para que me dejara embarazada. Ahora que ambas cosas están en regla, supongo que nada le retendrá.
—Hazme el favor de enviar un telegrama a Hunter McGuire en mi nombre desde Staunton, Lachlan, cuando vuelvas a emprender la marcha hacia el Valle, diciendo que solicito se me readmita en el servicio activo.
—Muy bien, si eso es lo que ambos deseáis.
—No se trata de lo que deseamos —dijo Araminta— sino de lo que cree David que debe hacer.