La brigada Stonewall
Capítulo IV
DOS mañanas más tarde, dejando tiempo al general Lee para que aprobara las sentencias refrendadas por Jackson contra los desertores, todo el Segundo Cuerpo del ejército de Virginia del Norte recibió la orden de congregarse en formación en un campo cercano a Harrison’s Landing. Cuando se dirigía a reunirse con el pequeño cuerpo de soldados afectados a los servicios médicos del l.er Hospital de Campaña del Segundo Cuerpo, David pudo ver tres tumbas ya cavadas en la zona que bordeaba una zona de montes a un lado del campo de formación y a tres hombres de pie, con los ojos vendados que estaban al lado de las tumbas.
Hal Perkins, vestido con un uniforme recién planchado que lucía las barras de sargento mayor en la manga prestó inmediata atención cuando se impartió la orden a todo el Segundo Cuerpo. Un completo silencio rodeó la atmósfera del campo donde formaban miles de soldados que observaban el ritual. Sólo podía escucharse la plegaria que en voz baja recitaba uno de los condenados.
De los bosques llegó el redoble de un tambor y el escuadrón de fusilamiento, compuesto de doce hombres de mirada sombría mandados por un teniente que presentaba el mismo grave aspecto, se pusieron en fila entre los condenados y el monte.
—¡Atención! ¡Alto!
Ante la orden, los hombres del escuadrón tomaron posición.
—¡Vuelta a la derecha!
El escuadrón, como un solo hombre, viró hacia la derecha y enfrentó a los tres condenados de ojos cubiertos. El teniente que mandaba el escuadrón miró rápidamente a la flaca figura vestida de gris herrumbroso que observaba la escena rígidamente sentado en la montura de su caballo a una docena de pasos más allá. La cabeza del general Jackson estaba desacostumbradamente erguida, de modo que era posible ver, por debajo de su típico sombrero, sus ojos que miraban inmóviles a los tres sentenciados que ahora se habían puesto de rodillas ante las tumbas recién cavadas. Viendo el teniente encargado del fusilamiento que no había ningún signo de cambio en la actitud del comandante general, volvió a mirar a los fusileros.
—¡Presenten armas!
El campo resonó con el ruido metálico de los rifles «Sharps» que eran puestos en posición.
—¡Listos para disparar!
Doce artefactos de muerte fueron puestos en posición de disparar.
—¡Apunten!
Doce ojos fueron dirigidos hacia los lustrosos caños de los rifles y centraron la puntería sobre el corazón de los condenados. Dos de ellos se habían puesto rígidos al oír la última orden; pero el tercero empezaba a caer hacia adelante antes de que la metralla le alcanzara.
—¡Fuego!
Mientras los chasquidos de los doce rifles volvían en ecos desde el monte, dos cuerpos se desplomaron en sus tumbas, instantáneamente sin vida. Pero el tercero, que en el momento de los disparos no se mantenía firme porque acaso sufriera un desvanecimiento, se agitó espasmódicamente, ya que las balas destinadas a su corazón le habían alcanzado en los hombros y en el cuello, provocando una inmediata y abundante hemorragia que manaba de varios sitios. Una media docena de reclutas se desvanecieron aquí y allá, mientras de la masa de hombres que observaban aquello salía el ruido propio de quien vomita. El teniente extrajo su pistola y, encaminándose hacia la, tumba del centro, encañonó la cabeza del desertor herido y oprimió el gatillo El disparo final rasgó el aire y, con la misma pistola, el oficial empujé el cadáver hacia atrás para que cayera en la tumba.
—Comandante Pendleton, tome el mando —ordenó Jackson y, dando un tirón a las riendas de su caballo, lo dirigió a un lugar apartado del campo. Extraña figura la de aquel desgarbado hombre, amo de la vida y de la muerte de unos veinte mil hombres.