La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 86 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo IV

 

 

AL día siguiente se publicó la última orden del general Lee a sus tropas. Decía así:

Tras cuatro años de duro servicio en los cuales quedó de relieve el

insuperable valor y la fortaleza moral de nuestras tropas, el Ejército de Virginia del Norte se ha visto obligado a ceder ante el número abrumadoramente superior de sus oponentes. No necesitaré decir a los bravos sobrevivientes de tantas duras batallas que han permanecido en sus puestos hasta el final, que no he cedido por falta de confianza hacia ellos. Lo he hecho porque comprendo que el valor y la devoción a la causa nada pueden ya conseguir que compense las pérdidas que una prosecución de la lucha nos acarrearía. Por eso he resuelto evitar ulteriores e inútiles sacrificios a aquellos que han merecido por sus servicios pasados el respeto de sus compatriotas.

Siguiendo las cláusulas de la rendición, hombres de tropa y oficiales

pueden retomar a sus hogares, permaneciendo allí. Con ellos irá la satisfacción que emana del deber cumplido. Hago fervientes ruegos para que Dios Misericordioso les otorgue su bendición y amparo.

Con incesante admiración por vuestra constancia en la devoción por la

patria de que habéis hecho todos vosotros gala y reconocido por vuestra amable y generosa consideración hacia mi persona, os doy a todos mi afectuosa despedida.

Sólo quedaba una ceremonia: la del desfile final del miércoles.

12 de abril. Por una vez, no llovía, aunque la jornada era fría y el cielo estaba cubierto. De los cinco regimientos que habían compuesto en su día la Brigada Stonewall, sólo quedaban doscientos diez hombres. Como tributo final a su bravura, fue a la brigada que se le encargó encabezar la división del general John P. Gordon cuando ésta cruzó el río Appomattox rumbo a las filas de tropas federales ante las cuales debían depositar las armas.

Muchos de los hombres cojeaban; otros se apoyaban en muletas improvisadas. Joe Stannard iba a pie con David Preston, junto al carro hospital conducido por Hal Perkins. Al marchar la famosa brigada junto a sus captores para depositar sus armas, una orden fue emitida desde las filas azules de tropas de la Unión que habían combatido contra ella durante los cuatro años de la guerra. La orden era la de presentar armas en homenaje a los vencidos.

Ante este reconocimiento a su valor en aquel momento de derrota, los miserables restos de la Brigada Stonewall se cuadraron. Sus hombres estaban flacos y desvalidos; pero se las apañaron para levantar la cabeza respondiendo al saludo. Luego, siempre guardando filas, se dirigieron hacia el lugar donde debían dejar caer para siempre sus armas.

La guerra había terminado y la Brigada Stonewall pasaba a ser leyenda como una de las más reverenciadas unidades en la historia militar americana. Desarmado, como correspondía a su misión, David Iba con ellos, sintiendo que su garganta se apretaba con la emoción y el orgullo que le embargaban.

Si puede haber alguna gloria en la guerra, pensaba, ésta ha de ser: la del valor de los vencidos ante el rostro de sus vencedores.