La brigada Stonewall
Libro Déci8mo
APPOMATTOX
I
LAS NAVIDADES de 1854 fueron muy duras en todo sentido para 3a Brigada Stonewall, que se hallaba en las trincheras que defendían Petersburg, a unas veinte millas al sur de Richmond. Había llegado allí el 9 de diciembre para enterarse de que el fuego y la destrucción sembrados por el general Philip Sheridan en el Valle del Shenandoah sólo podía compararse a la que el general William Tecumseh Sherman derramara a manos llenas al abrirse paso a sangre y fuego desde Atlanta hasta el mar a través de Georgia.
El Congreso Federal y el Presidente Lincoln (éste había ganado finalmente con cierta holgura las elecciones de noviembre de 1864) recibieron con entusiasmo la noticia de que Sherman había llegado a la ciudad de Savannah, en Georgia. Eso significaba, ni más ni menos, que los Estados Confederados de América habían sido divididos de oeste a este por la marcha de Sherman desde Atlanta, cuando ya estaban divididos de norte a sur desde la batalla de Gettysburg, ocasión en la cual Grant había capturado el bastión ribereño del Vicksburg. Ahora, según se informaba, se estaba preparando Sherman para quitar otro pedazo al Sur, moviéndose hacia el norte a lo largo de la costa marítima del este.
Con el enemigo a menos de un tiro de piedra de las trincheras de Petersburg, la cabeza que osara asomar por encima de ellas podía estar prácticamente segura de recibir una bala; y, aunque se habían practicado aperturas por las cuales pasar un rifle por ellas, la protección que eso brindaba a quienes allí debían estar noche y día era relativamente escasa, porque los federales bombardeaban las fortificaciones con artillería pesada.
Un hecho terrible había agregado un poco de vitalidad a las acciones militares del verano. Los zapadores federales, que en su mayoría eran mineros, habían logrado excavar un extenso túnel detrás de las defensas de Petersburg, el cual sirvió para que se hiciesen explotar bombas de gran poder con el objeto de crear una brecha en las trincheras. Las fuerzas de la Unión encargadas de pasar por la brecha con el fin de penetrar en la ciudad sitiada, habían vacilado, sin embargo, porque la detonación había abierto un verdadero cráter en la tierra y no sabían si pasar a través de él o rodearlo. Ese instante de vacilación fue aprovechado por la artillería confederada para descargar sobre ellos una lluvia de fuego, que envió a una inmensa tumba colectiva a más de cuatro mil hombres del ejército de Sherman.
En las trincheras, los que quedaban de los regimientos de Virginia no guardaban ya gran respeto por la disciplina. Jugaban a las cartas, predicaban, oraban, cantaban y esperaban que el tiempo transcurriese. Entretanto, las condiciones de vida se tornaban día a día más duras. Según un testigo, la mayor parte corrían el riesgo de morir de inanición, de frío o de enfermedades diversas. Los resfriados rápidamente solían transformarse en altas fiebres, éstas en neumonías y así hasta la muerte, que no siempre era mal acogida.
Las provisiones médicas ya casi no existían. David Preston y Hal Perkins veían en consecuencia su trabajo reducido casi a la nada, como no fuese vendar alguna herida o diagnosticar algún mal que, de todos modos, no podían generalmente curar. De los accesos a Petersburg sólo los del sudoeste quedaban aún abiertos. La comunicación con Richmond se hacía a través del camino de Boydton Plank y por el ferrocarril del South Side. Tales eran las dos vías de comunicación dejadas al movimiento de abastecimientos y de entrega de municiones que pudieran llegar desde el sur, todo lo cual era ampliamente insuficiente y cada vez en mayor grado.
El 6 de febrero de 1865, la Brigada Stonewall se vio envuelta en un activo fuego, cuando las tropas federales trataron de extender su garra hasta Hatcher’s Run, al sur de la ciudad, con vistas a cortar las dos vías de comunicación que aún eran posibles entre Petersburg y Richmond. La Brigada se batió con bravura, aunque algunos veteranos se rindieron. La baja más notoria fue la de Joe Stannard, quien fue llevado al raquítico hospital de David con su brazo izquierdo seriamente herido.
Pálido por el dolor y el shock, pero con la hemorragia momentáneamente interrumpida por un apresurado torniquete que el mismo Stannard se había hecho con su pañuelo y un trozo de palo, el herido llegó a donde David estaba, por sus propios medios.
—Espero que, al menos, tus bisturíes corten bien —dijo Stannard a David cuando éste le examinaba el brazo.
—Están afilados; pero no nos queda cloroformo, Joe —replicó David.
—¿Y whisky?
David dirigió la mirada a Hal, quien asintió con la cabeza.
—Sí.
—Pues alcánzame la botella, Hal —dijo Stannard—. Hace tiempo que buscaba una excusa para embriagarme bien. Y ahora se ha presentado.
Cuando David estuvo pronto para iniciar la intervención, Stannard ya iba rumbo a su embriaguez. Su voz era pastosa y mal articulada.
—No te apiades de mí, doctor —dijo—. En Lexington me considerarán un héroe, de modo que sacaré mucho partido a esta amputación del brazo. Por otra parte, todo cuanto un abogado debe hacer es dar vuelta a las páginas de
los libros y echar firmas a los escritos y a los [17] otrosíes. Para, eso, al fin y al cabo, una sola mano basta. Salgo así de la guerra de un modo honorable. Si mi herida no me hubiese llegado ahora, de seguro obedecería órdenes de romper de algún modo el cerco que nos rodea y, ciertamente, me hubiesen matado.