La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 12 de 89

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La brigada Stonewall

Libro Segundo

 

HARPERS FERRY

I

 

FUE en las últimas horas de la tarde cuando el paciente tiro de mulas que avanzaba por el camino de sirga se detuvo al grito de «¡So, mulas! ¡So!», el cual, por cierto, formaba parte de una canción favorita de los hombres que trabajaban en el canal. La embarcación del Canal de Chesapeake y Ohio había llegado a su fondeadero en Harpers Ferry, al norte del Potomac, a unos sesenta metros de la taberna y hospedería que solía servir refrescos y descanso a los viajeros. Allí había una buena posibilidad de dormir en lechos más confortables que las literas que albergaba la más lujosa de las naves fluviales.

Ésta, que llevaba el nombre de General Winfield Scott. se desplazaba a una velocidad de seis kilómetros por hora, aproximadamente. Tenía veintiún metros de longitud y casi cuatro metros de anchura, moviéndose sin dificultad por unas aguas de un metro y veinte centímetros de profundidad media. Había cubierto el trayecto desde Washington (unos sesenta y cuatro kilómetros) en dos días, viéndose elevada en ruta mediante cierto número de esclusas, la más grande de las cuales era la de Great Falls, a la salida de Washington, precisa mente.

Lachlan Murrell y David habían estado sentados en la toldilla. Seguidamente, se trasladaron a la parte más alta de la embarcación para disfrutar de una mejor visión de la zona.

—Realmente, se siente uno a gusto sin ese caluroso uniforme azul.

Embutido en sus pantalones de piel de gamo, calzado con unas negras botas, luciendo una larga chaqueta de color marrón, una blanca camisa de encajes y una corbata de seda, Lachlan parecía un figurín presentado por uno de los mejores sastres de Washington.

—Pareces uno de esos jugadores profesionales que viajan en las embarcaciones del Mississippi —comentó David.

—Lo seré, lo seré… Por lo menos hasta que lleguemos a Arkansas. Por culpa de esos barcos armados que bloquean la boca del Mississippi por debajo de Nueva Orleáns, la Compañía de Transportes cherokee va a necesitar dinero en abundancia si quiere sobornar a los capitanes de buques yanquis y conseguir que miren hacia el lado opuesto.

—¿Vais a intentar entonces acabar con el bloqueo?

—Al menos hasta que la cosecha de algodón del otoño sea vendida. Mientras Abraham Lincoln ordene la formación de nuevas unidades militares cada vez que por el Sur circulen determinados rumores de que los telares ingleses seguirán funcionando incesantemente y el algodón meridional alcanzará grandes precios.

Unos hombres estaban dando los últimos toques a las amarras de la embarcación. El que se ocupaba de las pacientes mulas las desenganchó y condujo a los establos, apartados del camino de sirga. Araminta salió del camarote, trepando por una corta escalera hasta el sitio en que se hallaban los dos hombres.

—¡Oh! ¡Esto es precioso! —exclamó.

Con un movimiento del brazo derecho abarcó la profunda hendidura de la triple garganta en que el río Shenandoah, desaguando el fértil valle de Virginia de ese nombre hacia el sur, se juntaba con el turbulento Potomac, fluyendo en dirección este, a más de trescientos kilómetros de sus fuentes, en la parte occidental, en los Montes Allegheny.

—¿Estás contento de haber dejado atrás Washington? —preguntó David.

—Más que contento… Esto es ya como mi país.

Señaló la estrecha garganta por donde se deslizaba el río Shenandoah a través de las montañas.

—Ésa es la entrada a uno de los valles más fértiles del mundo, con las únicas excepciones, quizá, de los del Nilo y del Tigris-Éufrates.

Lachlan estudiaba la población con los gemelos de campo de David, fabricados por el Gobierno de los Estados Unidos.

—Yo creí que vuestra famosa milicia de Virginia había conquistado Harpers Ferry, David —dijo.

—Eso dijeron los periódicos. ¿Por qué hablas así?

—Desde aquí sólo acierto a ver como una docena de soldados vagando por el centro de la población… Una bandera ondea al viento en lo que parece ser la fachada de un almacén. ¿Tú crees que pueda ser éste, el cuartel de las tropas ocupantes?

—No me preguntes nada. Cuanto menos veamos a esa gente antes de reanudar el viaje hacia Cumberland, mañana, más a gusto me sentiré.

Desde el puente del ferrocarril, que llevaba sobre el Potomac desde Virginia y Harpers Ferry, en la orilla sur, a Maryland, al norte, llegó a sus oídos el lúgubre y prolongado silbido de un tren de carga. Pronto apareció ante su vista una gran locomotora, tirando de una larga fila de coches tolva, rumbo a Baltimore, Annapolis y Washington. Los vagones habían sido cargados de carbón hasta los bordes, y el tren rugió al cruzar el puente sobre el Potomac, sin la menor intención, por lo que se apreciaba, de detenerse en Harpers Ferry.

—Apuesto lo que quieras a que ese carbón estará en las bodegas de los buques federales que bloquean los puertos del Sur antes de que haya terminado esta semana —declaró Lachlan—. Si la compañía B&Q continúa desarrollando sus actividades, llevando cargamentos de un lado para otro, ¿qué objeto tenía tomar Harpers Ferry?

—He dejado ya de hacerme preguntas sobre el porqué de las guerras, sobre las causas de que unas veces se ganen y otras se pierdan —manifestó David—. Antes de salir de Washington, ¿no te fijaste en que todo el mundo sigue atento a sus asuntos profesionales como de costumbre…?

Lachlan rió, burlón.

—Ahora surgen más negocios y más ganancias que nunca. Tienes razón… Lo más análogo a lo que hemos visto sería la figura de Nerón tocando el arpa mientras Roma ardía.

—Supongo que nadie quiere admitir que nos hallamos realmente frente a una guerra. Me consta que es así. —La mirada de Araminta se paseó por la faz de la ciudad, más bien deprimente, que se veía al otro lado del Potomac—. ¿Por qué construyó el gobierno un arsenal aquí, un lugar tan alejado de todo…? Supongo que nada tiene que ver con eso el hecho de que el encuentro de los dos ríos resulte tan espectacular.

—Tienes que asomarte al interior de esas montañas para ver y calibrar la razón —declaró David—. El Potomac, al encaminarse hacia el este, cae a plomo, de manera que ahí hay energía hidráulica en abundancia para la fabricación… Y desde los días de los indios, a lo largo de los afluentes, han sido emplazados altos hornos para la obtención de hierro.

—Nuestros hermanos shawnee y tuscarora hicieron acto de presencia en esa abertura más de una vez para procurarse unas cuantas cabelleras de alemanes y escoceses-irlandeses en el Valle de Shenandoah. Pero a pesar de aparecer desleal con respecto a mis ascendientes indios, David, me alegro de que no hubiera ningún Preston entre esa gente. —Lachlan se llevó de nuevo los gemelos a los ojos—. ¡Oh, oh! Los miembros de tu milicia de Virginia parecen haber dado fin a la siesta.

En el lado opuesto del río, en la porción más alta de una calle que conducía al sector principal de la población, una pequeña compañía de soldados que vestían el uniforme gris de los confederados estaba formando frente al almacén, el edificio en cuya fachada ondeaba una bandera de Virginia que colgaba de un mástil improvisado.

—Esta treta de traer tropas aquí por ferrocarril antes-de que las fuerzas federales pudieran acabar de pegar fuego al arsenal y a las fábricas de municiones, fue una idea genial —señaló Lachlan—. ¿Quién pensaría en tal cosa?

—Si de ello se deriva un éxito, todo el mundo querrá atribuirse la paternidad de la idea —puntualizó David—. Y si se traduce en fracaso, no habrá nadie que quiera cargar con la culpa del mismo.

—¿Qué te parece, hermanita? —inquirió Lachlan—. No viajamos acompañados por un médico militar, sino por un hombre sabio.

—Un sabio extraordinariamente agradable, querido hermano —manifestó Araminta, dejando caer afectuosamente una mano sobre el brazo de David—. Y a ti lo que te pasa es que sientes envidia, porque no se te ha ocurrido decir eso…

En realidad —David lo sabía—, aquella conquista tan cacareada de Harpers Ferry por la milicia de Virginia y Carolina del Norte apenas podía ser considerada una victoria militar. Habiéndose enterado de su llegada, la pequeña guarnición federal había evacuado la ciudad poco antes de que se presentaran las fuerzas virginianas. Nada de soportar un asedio, que, además, habría terminado con una rendición. Sin embargo, como hito político y emotivo en el conflicto que tan rápidamente se acercaba, Harpers Ferry era muy importante a causa de su significación para el Sur.

Dos años atrás, aproximadamente, un abolicionista renegado llamado John Brown, con el apoyo de importantes personajes de Nueva Inglaterra opuestos a la esclavitud, había intentado alzar a todos los esclavos negros del Sur contra sus amos blancos, para destruirlos. Nadie le prestó mucha atención al principio, pero cuando Brown logró reunir una fuerza considerable de partidarios y se apoderó del arsenal federal de Harpers Ferry con la proclamada misión de armar a todos los negros e inducirlos a que acabaran con los blancos, un frenético ramalazo de alarma se apoderó del Sur, especialmente de Virginia.

El Presidente James Buchanan, cuyo período de mandato había terminado con el comienzo del de Abraham Lincoln, actuó rápidamente. Las tropas mandadas por el coronel Robert E. Lee se lanzaron a la busca de Brown, al que detuvieron enseguida, siendo juzgado y ejecutado. No obstante, el nombre de Harpers Ferry continuaba suscitando miedo y una gran indignación entre la población blanca del Sur. Por eso, la acción de la milicia de Virginia, al tomar la ciudad —pese a que las tropas federales se habían ido ya y casi no se hicieron disparos—, tuvo una tremenda significación emocional para todo el Sur.

En realidad, Harpers Ferry había eclipsado casi la caída de Fort Sumter a los ojos del Sur, puesto que la acción del puerto de Charleston había sido realizada dándose ya un ambiente de reto a la Unión. De otro lado, la toma de Harpers Ferry marcaba la entrada de Virginia en la guerra, antes incluso de que el pueblo hubiese aprobado la resolución secesionista, y al mismo tiempo destruía la amenaza de las insurrecciones negras, las cuales, verdaderamente, no habían pasado de ser algo más que un mito.

No pocas cosas de éstas habían pasado por la mente de David durante el domingo siguiente al día de su cena en el Cruchet en compañía de Araminta. Aquella noche había dado el paso final, al redactar su dimisión. El lunes por la mañana se trasladó a las oficinas de los Servicios Médicos del ejército estadounidense, donde hizo entrega del documento que le hacía causar baja en aquél.

La toma de Harpers Ferry había ocupado el espacio dedicado antes al Motín de Baltimore en las columnas del Intelligencer, un ejemplar del cual adquirió al bajar a desayunarse. En el comedor, en torno a él, todos hablaban de ambos acontecimientos. Los dos eran desfavorables para la Unión, ya que el control de Baltimore por los simpatizantes sudistas bloqueaba el tráfico ferroviario procedente del Norte, y hallándose Harpers Ferry controlado por las tropas de Virginia, la línea B&O podía, igualmente, quedar anulada como arteria ferroviaria desde el Oeste.

Lo que el Intelligencer dejó de realzar fue que un hombre brillante, antiguo capitán del ejército estadounidense y veterano de la guerra mexicana en Cincinnati, Ohio, llamado George Brinton McClellan —que había renunciado a su rango militar para convertirse en ingeniero jefe, y luego vicepresidente del ferrocarril de Illinois Central, y más tarde presidente del de Ohio y Mississippi— acababa de ser nombrado comandante general al mando de las tropas del Estado de Ohio, por la Unión. Tampoco se hizo hincapié en que por ser un técnico ferroviario, además de un buen soldado, McClellan comprendería ciertamente la importancia de la línea B&O como ruta de ataque desde el oeste del Mississippi contra Virginia y, particularmente, contra el hermoso y fértil Valle de Shenandoah.

—Por supuesto, lamento mucho que se vaya usted, capitán —habíale dicho el coronel Lawson, de los Servicios Médicos, el lunes por la mañana, tras el Motín de Baltimore, al devolverle el documento redactado por David Preston, sobre su dimisión—. El Secretario desea verle en su despacho y como es él quien tiene que aprobar esto lo mejor será que le lleve el papel.

El Secretario Cameron andaba muy ocupado. Entraban y salían de su despacho muchas personas continuamente. Pero cuando le dijeron que David se encontraba fuera ordenó que le hicieran pasar inmediatamente.

—¿Qué es esto? —preguntó Cameron cuando David colocó el papel sobre su mesa.

—Mi dimisión. Quiero dejar el ejército.

—No me acordaba de que era usted virginiano, doctor. ¿Seguro que desea renunciar a su rango?

—No se trata de que yo lo desee o no, señor Secretario. Es el honor lo que me impulsa a hacer esto.

—¿Quiere que le diga una cosa? En esta guerra hay ya demasiado honor implicado y poquísima acción táctica, en cambio. Si los virginianos no hubiesen esperado tanto para empezar con el proceso de la secesión habrían podido tomar Washington por sorpresa en cualquier momento desde lo de Fort Sumter, conquistado hace una semana, casi sin disparar un tiro.

—Todavía podría intentarse una cosa así.

—La ocasión se esfuma progresivamente. Dentro de poco tiempo será imposible. Hacia el fin de esta semana estarán aquí dos nuevos regimientos: el Séptimo de Massachusetts y el Séptimo de Nueva York. No tardará en venir tampoco el Regimiento de Zuavos de Nueva York, que está al mando del coronel Ellsworth, y el brigadier general Benjamín F. Butler tomará el mando en Annapolis. Puede usted tener la seguridad de que Butler cerrará el camino de Baltimore y luego, con el coronel Mansfíeld aquí, en Washington, y el general Patterson en Pennsylvania, la situación estará perfectamente controlada. Pero, en fin, ya está bien de esto, doctor… El Presidente se imaginó que usted presentaría la renuncia a su empleo y quiere que le pida un favor…

—No creo que…

—Esto no implica ninguna acción desleal por su parte hacia Virginia. ¿Es verdad que el Jefe Ross se hallará pronto en condiciones de poder viajar?

—Hacia el fin de la semana, si es que no sufre ninguna recaída.

—Dada la incierta situación de la línea B&O, nosotros creemos que no debe utilizar el tren, desde Washington o Baltimore, al menos. Pero sucede que las tropas de Virginia, apostadas en Harpers Ferry, no han mostrado todavía deseo alguno de interrumpir el tráfico del canal, por cuya razón confiamos en que usted se avendrá a aplazar su dimisión para actuar como escolta médica y militar del grupo Ross hasta Cumberland, en un desplazamiento por vía fluvial. Ellos pueden tomar un tren allí que les lleve a Parkersburg y un vapor, si bien sería mejor que usted continuara hasta el río Ohio con ellos, hasta verlos embarcados sin novedad.

—En todo caso, el teniente Lachlan Murrell podría ser quien…

—El teniente Murrell presentó su dimisión esta mañana, doctor.

Y puesto que Virginia Occidental es en su mayor parte leal a la Unión, opinamos que un oficial que vista el uniforme del Departamento Médico del ejército sería idóneo tratándose de asegurar el viaje sin incidentes del Jefe Ross.

—No aprecio ningún inconveniente en eso, señor… siempre y cuando sea aceptada mi dimisión tan pronto como el señor Ross ponga sus pies a bordo del buque en Ohio.

—Así se hará, pero tengo que informarle que el Presidente se quedó muy impresionado por sus conocimientos médicos y las cosas que usted ha aprendido en Europa. Si usted se decide a quedarse con la Unión, puedo ofrecerle el ascenso a comandante y la perspectiva no muy lejana del empleo de coronel.

David no había hecho la menor pausa al comunicar su decisión.

—Soy de Virginia, señor. Sólo se me ofrece una opción: servir a los míos.

 

—Todo parece indicar que vamos a disfrutar de cierta compañía.

Lachlan Murrell había estado estudiando la ciudad y el alojamiento militar a través de sus gemelos. Sus palabras sacaron a David de sus reflexiones, haciéndole volver a la realidad de aquellos momentos… Se preguntó qué decidirían las autoridades militares de Virginia con respecto a John Ross.

Valiéndose de los gemelos que acababa de alargarle Lachlan, David vio a tres jinetes de uniforme que descendían por la calle. El oficial era un tipo rubio, de aspecto fornido, que se sostenía encima de su caballo con cierta torpeza. Los otros dos hombres, evidentemente, estaban acostumbrados a montar.

—Los holandeses de Pennsylvania fueron siempre unos pésimos jinetes. Son demasiado anchos de caderas… —señaló Lachlan—. Jamás vi uno que se mantuviera un poco airosamente sobre su caballo.

—Visten uniformes virginianos.

—El valle está lleno de holandeses. Lo mismo pasa con la zona occidental de Pittsburgh, alrededor de Wheeling, aunque también ésa es tierra virginiana, ¿eh?

Los jinetes avanzaron ruidosamente por el largo puente sobre el Potomac, en el sentido de Virginia a Maryland, enfilando el camino de sirga para acercarse al embarcadero a que había sido amarrada la embarcación.

—¿No tienes amigos entre los miembros de la milicia de Virginia, David? —preguntó Araminta.

—Alguno habrá, probablemente. Ahora bien, técnicamente me encuentro todavía al servicio del Gobierno de los Estados Unidos, y visto el uniforme de su ejército.

—No hay ni qué decir lo que pasará ahora —convino Lachlan—. Me alegro de ser un civil.

—¿Quién puede beneficiarse y en qué reteniéndonos? —inquirió la joven.

—Una razón suficiente puede ser la de intentar disfrutar de la compañía de una mujer bonita —declaró Lachlan—. Y pensándoselo uno mejor, hermanita, es preferible que te encierres en el camarote.

—A mí no me dan miedo esos hombres.

Araminta hizo un mohín de desdén, encaminándose hacia la puerta del camarote, pero antes de que tuviera tiempo de franquear la misma se escuchó un rumor de inquietos cascos herrados en el embarcadero. Los jinetes se deslizaron por la plataforma de carga. Del cinturón del oficial colgaba una pistola enfundada y un sable. Se detuvo a unos metros de distancia. Al descubrir a la joven se irguió en la silla, como recomponiendo su figura, pensó David, comportándose en suma como un pavo a la vista de la hembra de la especie.

—Teniente Henry Kramer, de la Milicia de Virginia —anunció—. A su disposición, señorita.

—Gracias, teniente —contestó Araminta, grave—. Quizá podría hacemos usted un favor… Necesitamos disponer de alojamiento. Acompañamos a mi tío, que se encuentra enfermo, y a mi tía. Nos dirigimos a territorio indio.

—¿Son ustedes indios? —Poniendo atención, todos habrían podido percibir, tal vez, el rumor de los pensamientos que cruzaban alborotadamente por la rubia cabeza del oficial—. Seguramente…

—Esta joven dama es la Princesa Sequoyah Murrell, de la Nación cherokee, teniente. —David decidió que no perderían nada dejando impresionado a su interlocutor desde el principio—. El señor Lachlan Murrell y yo hemos sido designados para acompañar al Jefe Roes y su esposa hasta territorio indio.

—¿Y ustedes quiénes son, por favor?

—Yo soy el capitán David Preston, del Departamento Médico del ejército de los Estados Unidos.

—¿Un yanqui?

El joven oficial escupió más que dijo la odiada palabra.

—Un virginiano —respondió David, tan seco como el otro—. Me propongo renunciar a mi empleo de capitán para incorporarme a las tropas de Virginia, en cuanto el Jefe Ross y sus acompañantes queden instalados sin novedad a bordo de un buque en Parkersburg.

El teniente Kramer continuó mirando con recelo a David. Evidentemente, no daba crédito a sus explicaciones.

—Usted y el teniente Murrell son ahora mis prisioneros, señor. —El jinete llevó una de sus manos al arma enfundada—. Les aconsejo que no opongan resistencia, si no quieren exponerse a morir.

—Cuidado, David —previno a éste Lachlan, en un susurro—. Estos holandeses son tan brutos como para disparar primero y dejar las preguntas para luego.

—Si tiene usted algo que decir, señor, puede exponerlo en nuestra oficina militar —manifestó el teniente, con acritud—. De momento, hagan el favor de acompañarme.

Araminta se quedó en la embarcación con John y Mary Ross. David y Lachlan subieron por la calle a cuyo final se encontraba el cuartel de las tropas virginianas. Se trataba de un edificio de rojos ladrillos que antes había sido un gran almacén. Un comandante fornido, cuyo rostro se le antojó a David algo familiar, los recibió sentado tras una mesa, repasando un montón de papeles, trabajo que daba la impresión de no ser muy de su agrado.

Cuando el teniente Kramer se puso firmes, haciendo chocar sus tacones, el comandante levantó la vista, obsequiando al trío con una mirada de amargura.

—¿Qué pasa ahora, Kramer?

—He de darle cuenta a usted de la captura de dos yanquis, comandante Stannard… Son oficiales del ejército de la Unión.

Pronunciadas estas palabras, Kramer obligó a David y a Lachlan a dar un paso adelante.

—¿Los capturó usted sin que nadie le ayudara? —preguntó el comandante Stannard, guiñando un ojo a los prisioneros.

—Se encontraban en uno de los barcos del canal, señor, y no opusieron resistencia. Los dos alegan estar efectuando un desplazamiento para llevar a territorio indio a un jefe piel roja.

—¿Cómo? ¿Qué dice?

—Ellos hablan del Jefe Ross, comandante. Pero yo creo que se trata tan sólo de un engaño. Lo que pretenden, sin duda, es entrar aquí para poder dar a conocer luego a los yanquis las tropas que se encuentran en Harpers Ferry.

—Pongamos primeramente en claro lo del jefe indio, teniente. ¿Usted lo ha visto? —inquirió el comandante.

—Pues no. —Kramer movió nerviosamente las manos, embarazado—. Y también se encuentra allí una princesa, la Princesa Sequoy…

—¿Una princesa en Harpers Ferry? ¿Una princesa india, por añadidura?

—Es lo que ellos han dicho. Sin embargo, nadie diría que la joven es india. Su aspecto…

—Mi hermana y yo somos cherokees, comandante, y mi tío John Ross es el jefe principal de la Nación cherokee —manifestó Lachlan—. El capitán David Preston ha estado cuidándole durante su enfermedad… Padece del corazón. Fue designado por el Presidente Lincoln para acompañarnos hasta Parkersburg, donde nos proponemos tomar una embarcación fluvial y por el río Arkansas encaminarnos a nuestras tierras.

—¿Y ambos son oficiales del ejército federal?

—Yo dimití hace varios días y ahora ingresaré en la Brigada cherokee.

—Yo espero dimitir también cuando hayamos alcanzado Ohio —añadió David—. El Presidente Lincoln y el Secretario Cameron me pidieron que acompañara al Jefe Ross hasta el lugar indicado porque ha sido mi paciente en Washington.

Al teniente Kramer iban a salírsele los ojos de las órbitas. Su asombro había sido enorme al oír mencionar aquellos nombres tan importantes en relación con uno de sus prisioneros.

—Bueno, comandante, no irá usted a dar crédito a una patraña semejante, ¿verdad? —protestó.

—Sucede, teniente, que John Ross es el jefe de la Nación cherokee — contestó Stannard—. Y hace cosa de una semana leí en un periódico que se hallaba en Washington, defendiendo la neutralidad de su pueblo. Ese periódico era de Richmond…

—Pero supongo que usted no dará por cierto que…

—Yo no voy a aceptar nada motu proprio, sin solicitar el dictamen de una autoridad superior. Nos trasladaremos a las Alturas de Maryland, donde están construyendo unos blocaos para los piquetes que harán guardia allí. Después, el coronel Jackson…

—¿Anda Tom el necio por aquí? —preguntó Lachlan.

—Yo sabía que le había visto antes de ahora, señor Murrell. No es frecuente que en el VMI haya cadetes indios —contestó Stannard.

El asombro del teniente Kramer llegó a su expresión máxima.

—Era la clase del cincuenta y siete —explicó Lachlan—. El capitán Preston, aquí presente, fue cadete Primer Capitán aquel año.

—En efecto, señor —dijo David—. Después de haberme graduado en el Instituto, estudié medicina en Philadelphia. Luego, pasé un año y medio en Europa. Durante la mayor parte de este tiempo estuve con las fuerzas de Garibaldi, en Italia.

—Si hace lo que ha dicho, va a ser usted, probablemente, en toda la Confederación, el primer doctor con experiencia previa en medicina militar.

—¿Cuándo llegó aquí el comandante… el coronel Jackson? —preguntó Lachlan.

—Después de lo de Fort Sumter, se llevó a los cadetes mayores del VMI a Richmond, para que colaboraran en las tareas de preparación adecuada de la milicia —manifestó Stannard—. Llevó a cabo una excelente labor, pero él ansiaba pasar a la acción, de modo que el gobernador Letcher le hizo coronel, enviándole a Harpers Ferry, poco después de que la milicia se presentara aquí. Si viera usted lo que el coronel desarrolla aquí no se explicaría por qué los cadetes le dieron el apodo de Tom el necio en Lexington.

Stannard se puso en pie, cogiendo de una percha su gorra.

—Me haré cargo de estos dos hombres, teniente Kramer. Voy a trasladarme a las Alturas de Maryland para hablar con el coronel Jackson.

—El señor Ross lleva unos días enfermo, como usted sabe. ¿No se le podría buscar un alojamiento adecuado para pasar la noche? —inquirió David.

—Estoy convencido de que el teniente Kramer no tendrá ningún inconveniente en echar de la hospedería a algunos de los oficiales más jóvenes, con el fin de que el señor Ross y las damas tengan un sitio donde descansar. ¿Estamos, teniente?

Kramer se puso firme.

—Sí, señor.

—Usted, Kramer, podría mientras tanto también atender a la princesa. No es corriente que tengamos visitas por parte de las personas reales.

Una vez fuera del edificio, Stannard ordenó a los jinetes que habían acompañado a Kramer que echaran pie a tierra, cediendo sus caballos a David y a Lachlan.

Cruzaron el largo puente sobre el Potomac, por el que discurrían carromatos y otros vehículos. Luego, enfilaron una serpenteante carretera, en dirección a las cumbres de las colinas de Maryland, a bastantes metros por encima del río.

Desde aquellas elevaciones podía apreciarse en toda su belleza la hendidura en forma de Y en el punto en que el río Shenandoah se juntaba con el Potomac.

Remontando este río, se veían las turbulentas aguas del mismo en vivo contraste con las muy quietas del Canal de Chesapeake y Ohio, al lado. Desde las Alturas de Maryland se dominaba todo aquel escenario desde el norte. Al sur quedaban las Alturas Loudoun de Virginia, en tanto que detrás de la ciudad, por el oeste, estaban las denominadas de Bolívar.

—No necesito recordarles que Jackson enseñaba artillería en el VMI — dijo Stannard—. Está convencido que desde esta posición, con unos cañones del calibre seis puede acabar con la línea férrea B&O y bloquear el canal cada vez que se le antoje.

—Es posible —confirmó Lachlan—. Esos cañones tienen un alcance de cerca de dos mil metros.

—Toda esta zona es muy espectacular —añadió Stannard mientras continuaban subiendo—. El coronel juzga que no sería empresa fácil su defensa.

Lachlan asintió.

—Con sus pequeños cañones en las crestas, podría aplastar cuanto se le situara por los alrededores, incluyendo las fábricas de municiones y el puente de la vía férrea, si, por ejemplo, el general McClellan atacaba impetuosamente desde el oeste…

—Puede usted estar seguro de que el viejo Jack ha pensado en eso — declaró Stannard—. Pero, por fortuna, ningún ejército va a ser arrojado sobre nosotros en un futuro inmediato, estando como está Washington casi aislado y cogido entre Virginia por el sur y Baltimore por el norte. He aquí por qué se decidió Jackson por Harpers Ferry como segundo objetivo…

—¿Está usted diciendo que el Profesor Jackson planeó este ataque, comandante? —inquirió David.

—El día en que Fort Sumter se rindió, Jackson envió una carta a Lexington, dirigida al Gobernador Letcher, en Richmond, detallando cómo las compañías de la milicia de Virginia y Carolina del Norte podían ser agrupadas y acomodadas en los vagones de las líneas férreas de Virginia Central, Orange y Alexandria.

—¿Incluyendo la artillería de Rockbridge? —preguntó Lachlan.

—Sí, ¿por qué?

—Era sólo una pregunta.

—El teniente Murrell se muestra sumamente modesto, comandante Stannard —manifestó David—. Hace unas semanas me describió ese plan para conquistar Washington.

—No olvides que yo estudié estrategia militar con el profesor Jackson — declaró Lachlan—. Siga, por favor, comandante.

—El Gobernador Letcher acertó a ver las posibilidades que ofrecía el plan y nos permitió su puesta en marcha. El comandante John Harman, el capitán John D. Imboden y yo nos encargamos de llevar a la práctica la parte del proyecto referente al ferrocarril. Todo salió a pedir de boca, excepto lo de nuestra llegada a Manassas Junction… Alguien dijo que esto se debió al temor de Jefferson Davis de que el plan resultara mal, y de que al llegar a Richmond a la semana siguiente, para establecer el Gobierno Confederado allí, Abraham Lincoln pudiera reunirse con él en las puertas de la ciudad. En consecuencia, nos obligaron a desviamos por la línea de Manassas Gap a Strasburg. Tuvimos que recorrer un corto trecho a pie para irnos hacia el Winchester y el Potomac, subimos a otro tren y nos plantamos aquí, donde descubrimos que los federales se habían ido.

—Usted ha dicho que Harpers Ferry era un objetivo secundario para Jackson —puntualizó David.

—Casi. Con los puentes de la línea B&O a través del río y el Canal C&O en nuestras manos, un ejército (si nosotros nos hacíamos uno a tiempo) podía desplazarse para penetrar en el corazón de Pennsylvania. Antes de que los yanquis se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo, podíamos amenazar, e incluso tomar, a Philadelphia y Baltimore, dejando a Washington fuera, en un extremo. Luego, los personajes cautelosos del Congreso estadounidense habrían accedido a dejarnos en paz en el Sur y la guerra habría llegado a su fin.

—Siendo ése el plan de Jackson, ¿por qué no se encargó de realizarlo él desde el principio?

—Supongo que los políticos de Richmond temían que decidiera tomar Washington, por lo cual optaron por enviarlo a Richmond. Ahora, yo no sé cómo se las arregló para convencer al Gobernador Letcher de que debía concederle el mando de Harpers Ferry.

—Sabe mostrarse muy fuerte, a veces —alegó Lachlan.

—Nunca olvidaré el día en que llegó Jackson —declaró Stannard—. Estaba la tarde ya avanzada y los generales y coroneles de esas unidades de la milicia (teníamos tantos casi como soldados) se encontraban participando en el desfile vespertino.

—¿Se habían retirado ya, quiere usted decir? —preguntó Lachlan.

—Hablo del desfile de las cuatro. Todas las tardes, a última hora, paseaban por las calles, montados en sus hermosos caballos, luciendo sus flamantes uniformes, haciéndose admirar por las damas antes de iniciar la sesión de bebidas de la noche. Todo el mundo lo pasaba a lo grande hasta que un día se presentó Jackson a lomos de un caballo de aspecto terrible. Yo no había visto nunca nada semejante. Debía de haberlo desenganchado de algún arado por el camino… Nadie quería creer que ostentaba el mando. Hasta que por fin sacó la orden del Gobernador Letcher, que le autorizaba a degradar hasta el rango de capitán a todos aquellos que ostentaran una graduación superior a este empleo. Quisiera que hubiesen oído ustedes sus lamentaciones camino de Winchester. Jackson no cedió lo más mínimo, sin embargo, y a la caída de la noche todavía nos quedaban algunos coroneles, pero habían desaparecido los generales. Yo era capitán entonces, pero habiendo hecho para Jackson, en Lexington, tiempo atrás, diversas gestiones de tipo legal, me ascendió al día siguiente a comandante, nombrándome, temporalmente, brigadier ayudante. Desde esas fechas ha andado muy ocupado, esforzándose por hacer un ejército de esta chusma.

Habían llegado ya a lo más alto de Maryland. Oyeron los golpes de las hachas y los gritos de los hombres coincidiendo con la caída de los árboles que talaban con el propósito de construir los blocaos. Desde aquel punto se dominaba perfectamente la garganta en que se encontraban los dos ríos. Cuando por último hicieron un alto, tuvieron ocasión de contemplar un sorprendente espectáculo.

Medio centenar de hombres, quizá, embutidos en toda clase de uniformes, desde el gris del Quinto de Virginia hasta el de tono marrón de ignorada procedencia, trabajaban como castores en compañía de voluntarios que ni siquiera uniforme poseían, vistiendo por tanto sus camisas y pantalones civiles. Unos se dedicaban a cortar leños, otros los iban colocando en las inmediaciones del sitio en que iban a ser utilizados; en un tercer grupo se procedía al cortado de las puntas de los leños para que encajaran debidamente llegada la hora de tu montaje.

—Nunca vi a unos soldados trabajando de esa manera —declaró Lachlan —. ¿Cómo ha podido conseguir esto, comandante?

—De no obedecer, están expuestos a tener que presentarse ante el coronel.

—¿Y dónde está él?

—Allí, donde se procede a la colocación de los leños.

—¡Santo Dios! —exclamó Lachlan—. ¡Pero si viste el mismo uniforme que llevaba en el Instituto la última vez que lo vi, hace cinco años!

—Probablemente, está usted en lo cierto… Me inclino a pensar que ese mismo uniforme vestirá cuando haya terminado la guerra.

Al ver al coronel Thomas Jonathan Jackson por vez primera en un espacio de tiempo no menor de cinco años, David Preston se inclinó a mostrarse de acuerdo con el comandante. Jackson era un hombre de mediana altura, pero se mantenía siempre tan erguido, incluso cuando se encontraba sentado (y algunos aseguraban que procedía igual cuando dormía), que daba la impresión de destacar sobre los otros o de poseer su misma talla. Siempre había sido delgado. Ahora David lo veía más enjuto que nunca. Su uniforme, de un gris no muy limpio, tirando a azulado, estaba cubierto de fragmentos de corteza de pino y hojas. A la tela habíanse quedado adheridos también algunos trozos de resina.

El día era caluroso y la mayor parte de los soldados trabajaban con el torso al aire, pero Jackson continuaba con su guerrera puesta. David estaba seguro de que se tocaba con la misma gorra que llevara en el VMI, una gorra que tenía su leyenda. Se la echaba hacia delante, de forma que la visera le sombreaba los ojos, que sólo podían ser vistos cuando levantaba la cabeza.

A David le sorprendió en aquellos instantes lo mismo que te sorprendiera en tantas ocasiones anteriores ya lejanas: los ojos de Jackson reflejaban la firmeza del espíritu de su dueño, así como su cordialidad. Los ojos de Tom el necio, o el viejo Jack, puesto que con estos dos apodos era conocido el profesor entre los cadetes, suscitaban inmediatamente sentimientos de lealtad y profunda confianza. La frente, con la línea de los cabellos en retirada, se había hecho despejada; la barba, como la cabellera, se había tornado gris. Con todo, David identificaba perfectamente, pese al paso del tiempo y a los implacables cambios dictaminados por éste, a su viejo profesor con el comandante que tenía delante. En el fondo, Jackson no había cambiado.

Éste, auxiliado por una docena de hombres, procedía a la colocación de un largo leño destinado a formar parte de un muro. Aun que el comandante Stannard se había detenido con su montura a unos metros del grupo, Jackson no hizo el menor gesto para denotar que había advertido su presencia. Para eso, Stannard tuvo que esperar a que el leño que los hombres tenían entre manos quedara colocado en su sitio.

Había algo allí que a David se le antojó raro. Primeramente, no acertó a concretarlo. Hasta que se fijó en que la brigada de trabajadores estaba compuesta de sudorosos irlandeses y estólidos alemanes, no oyéndose, sin embargo, ninguna maldición, ninguna blasfemia… Tal actitud constituía un tributo a la conocidísima aversión que Jackson sentía por el lenguaje fuerte, aquel que quebrantaba la prohibición bíblica de mencionar el nombre de Dios en vano.

Los tres hombres se apearon, esperando pacientemente a que Jackson se apartara del refugio en construcción para acercarse a ellos. Los tres se pusieron en posición de firmes, pese a que Lachlan no iba de uniforme. Jackson retomó el saludo puntillosamente, con militar cortesía: había sido una de las diversas cosas que enseñara en el Instituto.

—Lamento verle a usted, capitán Preston, vistiendo el uniforme del enemigo —dijo—. Y a usted, señor Murrell, de paisano.

El comandante Stannard sonrió al ver que los dos jóvenes se habían quedado boquiabiertos: al cabo de cinco años, casi, Jackson los reconocía sin dificultad.

—Estos caballeros, coronel, acaban de llegar desde Washington en una de las embarcaciones del canal. Fueron capturados como espías por el teniente Kramer.

—Me gustan los oficiales diligentes, comandante. Ocúpese de que el teniente sea mencionado en la orden del día por ello. —Una débil sonrisa iluminó ahora la palidez de las mejillas del profesor—. Por otra parte, la madre del teniente Kramer y la señora Jackson son íntimas amigas… ¿Puedo preguntarles, caballeros, qué es lo que les ha traído a Harpers Ferry?

—Yo he renunciado a mi empleo en el ejército regular, señor, —dijo Lachlan—, y acompaño a mi tío, el Jefe John Ross, que regresa a territorio indio.

—¿Tuvo éxito el señor Ross al concertar la venta de su Tierra Neutral al Gobierno de los Estados Unidos?

Lachlan Murrell miró, desconcertado, al otro. Momentáneamente, no supo qué contestar.

—No, señor, no tuvo suerte —declaró por fin—. Sin embargo, confía todavía en que la Nación se mantenga neutral en la guerra.

—Es una acción digna de elogio la suya, estoy seguro. No obstante, resultará considerablemente difícil para él mantener tal postura.

—Yo no comparto su decisión, señor —informó Lachlan—, pero es un familiar mío y he querido cerciorarme de que regresa sin novedad a su casa antes de incorporarme a las fuerzas de la Confederación.

—¿Y usted qué tiene que decir, doctor Preston?

—Yo tuve la fortuna de acertar en mi diagnóstico y de tratar al señor Ross con éxito durante su enfermedad, hallándose en Washington, coronel. El Presidente Lincoln y el Secretario Cameron me pidieron que le acompañara hasta Ohio. Tras esto, me propongo ofrecer mis servicios a Virginia… Deseo incorporarme a sus fuerzas, si ustedes me aceptan.

La sonrisa de Jackson era muy cordial.

—Usted fue en el Instituto un excelente cadete. Indudablemente, será un buen médico también. A su regreso, preséntese al doctor Hunter McGuire. Proviene de Richmond y será Médico Director de nuestras fuerzas aquí. Estoy convencido de que podrá hallar una plaza adecuada para usted.

—Gracias, señor. ¿Puedo suponer que no tendrá inconveniente alguno en que el Jefe Ross prosiga su viaje mañana?

—El comandante Stannard se ocupará de que no surja ningún obstáculo en ese sentido. Ahora bien, antes quiero presentar mis respetos a un hombre que ha sido el conductor de su pueblo por espacio de más de treinta años. Si me lo permiten, los acompañaré.

David había olvidado la extraña figura que Thomas J. Jackson componía a caballo, pero no se sorprendió al advertir que se mantenía todavía muy erguido en la silla, inclinándose un poco hacia delante, quizá. Y como el caballo que montaba no era muy alto (David, en efecto, no había visto jamás a Jackson a lomos de un animal de gran alzada), las piernas del coronel quedaban a escasa distancia del suelo, dando la impresión de que el jinete podía dejar deslizarse al noble bruto, quedándose plantado el primero sin más en tierra.

El descenso por la carretera, llena de curvas y con un piso en mal estado, fue algo más accidentado que la subida. En ningún momento hizo Jackson nada para adaptarse a las posturas de su caballo. Y cuando llegaron al nivel del embarcadero y se deslizaron por los tablones de madera, con algún estruendo, su delgado cuerpo continuaba tan rígido como al emprender la bajada.

Una vez en la embarcación, Jackson acogió con corrección el saludo de Kramer, a quien sorprendió en interesado coloquio con Araminta. Jackson se había apeado de su montura con los torpes movimientos proverbiales en él, pero cuando David le presentó a la joven su reverencia fue más sincera y cortés que la que hubiese podido hacer un depurado dandy.

—Es usted una joven muy atractiva —dijo—. Me hubiera gustado que mi esposa se encontrara aquí, para conocerla.

—También a mí me habría agradado mucho verla.

—¿Quiere usted llevarme ante su tío? Deseo presentarle mis respetos.

Jackson ofreció su brazo a Araminta con un estilo más bien de otro tiempo. Con todo, allí, por su persona, parecía el suyo un gesto enteramente adecuado, pese a que se encontraban en una embarcación detenida junto a las sucias aguas del Canal C&C.

Cuando Jackson y Araminta entraban en el camarote de la embarcación, rasgó el aire cálido y tranquilo de la tarde el silbido de otra locomotora que tiraba de una larga serie de vagones tolvas, al cruzar el río, en la vía principal del ferrocarril B&O.

—Ése es el segundo convoy cargado de carbón que he visto pasar por aquí, con destino a los buques de la Armada estadounidense, comandante Stannard —dijo Lachlan—, y ¿cuánto tiempo van ustedes a dejar que sigan pasando tales trenes?

Stannard se encogió de hombros.

—Tendría que hacer esa pregunta al Alto Mando. Y el Alto Mando no suele revelar sus planes a todos los oficiales de buenas a primeras. En este sentido, actúa exclusivamente cuando se propone llevarlos a la práctica.

—Esta situación tiene que hacer muy difícil su tarea.

—Al menos, nuestros superiores consiguen que no lleguen a conocimiento del enemigo. Uno no se queja al coronel Jackson, optando por limitarse a hacer lo que él ordena. La cosa es descansada porque se piensa que él ha reparado o procurado reparar en los más ínfimos detalles. Por otro lado, no hay que perder de vista que si uno no quiere hacer lo que sea a su manera él siempre dará con otro que sepa complacerle.

—Así trataba a los cadetes —señaló David—. Pero ninguno dijo jamás que no obraba con justicia.

—Y aquí ocurre lo mismo con el personal. Con él siempre sabe uno a qué atenerse concretamente. Esto vale mucho.

Un joven oficial cruzó el puente desde Harpers Ferry, De cabellos rizados, guapo, encajado en su silla como un joven dios, no tendría más de veinte años.

—Kramer declaró haber hecho prisioneros a dos yanquis, comandante — manifestó el jinete—. Yo no di crédito a sus palabras, sin embargo.

—Tenía razón y estaba equivocado a la vez —contestó Stannard—. Capitán David Preston y teniente Lachlan Murrell… Teniente Alexander Pendleton…

—Caballeros —dijo Pendleton, rígidamente correcto.

—Sandie Pendleton es el ayudante de campo del coronel Jackson — explicó Stannard.

—¿Se encuentra su padre todavía al mando de la artillería de Rockbridge? —inquirió David.

Pendleton miró a éste sobresaltado. Después, se serenó.

—Ustedes dos estuvieron en el Instituto, ¿verdad? Me acuerdo del teniente Murrell porque…

—Porque nadie podía esperar que un piel roja formara parte del regimiento de cadetes del Instituto, ¿eh? —inquirió Lachlan con una sonrisa.

—No me refería a eso, señor. La verdad: usted no es de las personas que se olvidan fácilmente.

Lachlan hizo una reverencia.

—Acepto el cumplido, teniente. También a mí me costaría mucho trabajo olvidar la figura del rector de la iglesia episcopaliana de Gracia, en Lexington, predicando el domingo, investido de sus hábitos sacerdotales, para verle al día siguiente apuntando un cañón de la artillería de Rockbridge, en el curso de unas maniobras. Haga el favor de presentarle mis respetos, en su doble condición de sacerdote y artillero, teniente.

—Ya veo que es usted médico, capitán Preston —manifestó Pendleton—. Pero se ha equivocado de ejército, ¿no? Es decir, tratándose de un virginiano.

—Me propongo cambiar este uniforme azul de la Unión por el gris de los confederados tan pronto como de fin a la misión que me ha traído aquí.

—Espero que se decida por el 27.º Regimiento de Virginia, doctor Preston —dijo Stannard—. Buena parte de nuestros hombres son de Botetourt y Rockbridge. Es probable que entre nosotros tenga amigos, parientes incluso.

La aparición de Jackson con Araminta en la toldilla de la embarcación cortó la charla de los presentes. Al joven Pendleton parecieron salírsele los ojos de sus órbitas al ver a la joven. Su reacción había sido igual que la de Kramer una hora atrás.

—Gracias por haber traído más belleza a estos parajes, mi querida princesa —dijo Jackson, cortésmente—. Y cuide de su tío. Su salud es muy importante para gran número de personas, de uno y otro bando.

—Haré cuanto pueda por él, coronel. —Ella inclinó la cabeza en una leve reverencia… si bien David tuvo tiempo de sorprender una mirada burlona en sus ojos, al ver el gesto perplejo del joven Pendleton—. Buenos días, caballeros —agregó, grave.

—He puesto en manos del Jefe Ross un salvoconducto válido para todas las zonas cubiertas por tropas virginianas, capitán Preston —informó Jackson cuando bajaba por la plataforma—. Ya sabe que deseamos tenerle con nosotros a su regreso de Ohio.

—El teniente Kramer encontró dos habitaciones para nosotros en la hospedería en que se alojan normalmente los viajeros del canal —notificó Araminta a David y a Lachlan cuando Jackson y sus hombres se hubieron marchado—. Me temo que vosotros tendréis que dormir aquí.

—Es decir, que nosotros no tenemos nada que agradecer a Kramer —dijo Lachlan.

—El coronel Jackson es un hombre muy agradable, David. No sé por qué tenía que ser en el Instituto el blanco de vuestras travesuras. —Araminta abrió la puerta del camarote—. Nos llevaremos a tío John a la hospedería tan pronto esté listo para salir. Ya os llamaré.

—Hay personas que dan la impresión de no poder encajar bien en ninguna parte. Hasta que llega un día en que encuentran su particular acomodación.

Lachlan estaba mirando al otro lado del río. Jackson y sus acompañantes cabalgaban a lo largo del puente, cruzando el Potomac. El jefe de Harpers Ferry, metido en su uniforme gris, de un gris un tanto sucio, componía la figura chocante de siempre, que, sin embargo, no dejaba de resultar impresionante.

—Creo que ha sido necesaria una guerra para que Jackson diera con el sitio especial que le correspondía, David —añadió Lachlan Murrell.

—Siempre y cuando los demás accedan a dejarle aquí —convino Preston —. No obstante, me pregunto hasta qué punto las teorías sobre estrategia militar que nos enseñó en el Instituto darán buen resultado en las condiciones de la batalla real.

—La mayor parte de ellas fueron probadas sobre el terreno de la lucha, una, particularmente, hace tres mil años —alegó Lachlan—. ¿Te acuerdas de las explicaciones del viejo Jack cuando daba las razones que motivaron el triunfo de Josué en la batalla de Haai?

—Vagamente. Ten en cuenta que después de mi estancia en el Instituto concentré mi atención exclusivamente en la medicina.

—Jackson estaba leyendo siempre la Biblia, así que era natural que parte de su estrategia saliera de la Sagrada Escritura.

David movió la cabeza lentamente, burlonamente incrédulo.

—Me cuesta trabajo creer que un Don Juan y jugador profesional a la vez pueda hablar con cierta soltura de la Biblia.

—Las escuelas cherokee fueron fundadas por misioneros, moravos en su mayor parte… En consecuencia, todos los alumnos nos vimos obligados a estudiar la Biblia. Lo que más me interesó de ella fueron las batallas, principalmente, y algunas de las maniobras clásicas de estrategia militar realizadas por Josué, especialmente cuando atacó la ciudad de Haai.

—Creo que no me acuerdo de eso.

—Porque tú fuiste educado en el seno de la Iglesia Episcopaliana, siéndote enseñado únicamente el Libro de la Plegaria Común. ¿Te acuerdas de cómo Josué capturó Jericó, marchando alrededor de esta población siete veces, y armando tal estruendo con las trompetas que las murallas se desmoronaron?

David asintió.

—Eso sí que lo recuerdo.

—Bueno, pues de ese mismo modo habría caído Washington, de haber tenido las autoridades de Richmond valor suficiente para permitir que la artillería de Rockbridge disparara uno solo de sus cañones desde las Alturas de Maryland. Mediante una marcha nocturna a través de las montañas, Josué hizo que los hombres que componían el principal cuerpo de su ejército se escondieran tras unas elevaciones situadas cerca de Haai. Luego, al amanecer, asaltó las murallas con una pequeña fuerza y cuando el rey de Haai salió para acabar con el grupo el resto del ejército israelita abandonó su escondite para destruir a los soldados de Haai y saquear la ciudad.

—Un método ingenioso, pero no muy honorable.

—¿Y cuándo ha existido algo honorable en la tarea de acabar con el prójimo porque éste no se halla de acuerdo con nuestras convicciones políticas? —resopló Lachlan, irritado—. Si nosotros, los indios, hubiésemos continuado luchando como indios, todavía conservaríamos nuestras tierras de antaño en lugar de haber sido empujados hacia el Oeste más y más, primeramente por los georgianos y Andrew Jackson, y ahora por los jayhawkers de Missouri y Kansas, a quienes les disgusta vemos prosperar cuando no hacemos otra cosa que recurrir al trabajo arduo, al trabajo que ellos siempre han rechazado.

—¿Y creéis vosotros que la Confederación os protegerá?

—¡Al infierno con su protección! Todo lo que nosotros queremos son armas y permiso para exterminar a nuestros enemigos en nombre de la guerra. He aquí por qué Stand Watle está organizando la Brigada cherokee.