La brigada Stonewall
Capítulo V
DOS días más tarde, al atardecer del 14 de abril de 1865, el Presidente Abraham Lincoln fue asesinado por un actor llamado John Wilkes Booth, mientras asistía a una representación teatral en el Ford’s Theatre. Lincoln murió a la mañana siguiente y con él las esperanzas de la Confederación de que se cumpliesen los generosos términos sobre cuyas bases el general Lee había depuesto las armas tras la batalla de Appomattox, en el juzgado de la pequeña ciudad, tres días antes.
El vicepresidente Andrew Johnson, al asumir la Presidencia anunció, mientras solicitaba al gabinete del expresidente que continuara junto a él: «La conducta que he seguido en el pasado en lo que tiene que ver con la rebelión, ha de considerarse como una garantía de futuro». Y nadie osaba esperar que Johnson fuera capaz de controlar a los elementos radicales del Congreso que clamaban por un duro castigo contra los antiguos estados confederados.
David se enteró de la muerte del Presidente Lincoln por un periódico del domingo, hallándose en Lynchburg, por donde pasaba en su camino hacia el oeste, pues se dirigía, como es natural, a Preston’s Cove. Lachlan Murrell, de su parte, se había encaminado directamente adonde se encontraba la Nación cherokee para conocer cuál era allí la situación tras la firma que sellaba la derrota del Sur.
Al día siguiente, cuando cabalgaba a través del paso que daba acceso a la ensenada, David se detuvo a observar la serena belleza del paisaje que se extendía ante él.
Podía ver lo que había quedado de la casa de sus padres: la cocina y parte de lo que otrora fuera el comedor estaban en pie, así como la galería. Los árboles, con sus hojas nuevas y las flores que por doquier crecían, dulcificaban en cierto modo aquella desolación. Un hilo de humo escapaba de la chimenea.
Al acercarse más, una graciosa y bella figura de mujer vino corriendo hacia él y se detuvo luego para mostrar a David un pequeño bebé. El corazón de David comenzó súbitamente a cantar. Araminta le había visto desde lejos, porque millares de veces había posado fijamente la vista en el paso que daba acceso a la ensenada con la esperanza de divisar a David. Éste, al ver a su esposa y al niño, hincó las espuelas en su caballo en el cual venía desde Appomattox tras las ceremonias de la rendición. Gritando su felicidad mientras acuciaba a su cabalgadura, pronto llegó a donde estaban ella y su hijo.
La guerra había terminado para David Preston y para la Brigada Stonewall.