La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 53 de 89

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La brigada Stonewall

Libro Sexto

 

CHANCELLORSVILLE

I

25 de diciembre de 1862

Cerca de Moss Neck, Virginia

Araminta querida:

Te escribo esta carta desde los cuarteles de invierno cercanos a Guiney

Station, que es una parada de estación en la vía de ferrocarril que va a Richmond, Fredericksburg y el Potomac. Llegamos a este lugar unas dos semanas después de la batalla de Fredericksburg y estamos magníficamente situados para pasar el invierno, estación que nunca es del todo agradable. Los soldados han levantado chozas con troncos de árboles y yo comparto la mía con Lachlan, quien de nuevo está con nosotros. Ya habrás leído probablemente sobre la desastrosa decisión del general Burnside de emprender un ataque directo a través del río Rappahannock contra nuestras fuerzas, que estaban en condiciones muy superiores pues ocupaban las alturas de la ribera sur. Obtuvimos una gran victoria, pero, desafortunadamente, cada vez que obtenemos una, parece que sólo nos llevara a un punto en que no podremos seguir adelante por mucho tiempo más.

La Brigada Stonewall sólo luchó al final de la batalla, pero acusó gran

número de bajas; tantas que ahora el censo que le corresponde sólo arroja cuatrocientos once soldados. En realidad, hemos perdido alrededor de un tercio de la brigada desde que cruzamos el Blue Ridge, hace un mes. Once de los quince oficiales que teníamos resultaron muertos o heridos y fuera de combate tras la batalla de Fredericksburg.

El general Jackson está muy contento por ahora, quizá p0r% que su

esposa dio a luz una niña en Carolina del Norte. La han llamado Julia. Desgraciadamente, sin embargo, hay muchos desacuerdos entre los oficiales del campamento, incluso entre aquellos que están situados al más alto nivel. Por mucho que admiremos todos a Jackson, no hay duda de que se vuelve cada vez más empecinado a medida que la guerra dura y más intolerante ante cosas que la mayor parte de la gente admite como pequeñas miserias humanas. Está enzarzado en una querella con el general A. P. Hill, además; de modo que los ataques y contraataques están aquí a la orden del día. El general Lee hace cuánto puede para echar aceite sobre las olas encrespadas pero hasta su especial capacidad se pone a dura prueba en la tarea de mantener los ánimos dentro de cierta paz.

Anteayer nevó por primera vez desde que estamos aquí y hubo mucha

algarada en el campamento a cargo de quienes no podían ir a su hogar a pasar las Navidades. Hunter McGuire y yo tiramos al aire una moneda para echar a suertes la licencia y él ganó, de modo que aquí estoy, haciendo de médico de familia a un grupo de muchachos de todas las edades. Curiosamente, aunque muchos han tenido que arreglarse con sandalias improvisadas que hacen las veces de zapatos, o envolverse los pies con tiras de sábanas viejas para protegerlos y evitar que se les hielen, la moral guerrera de la Brigada Stonewall es excelente. Tampoco la afecta la falta de ropa adecuada para el invierno.

En cuanto a lo que el futuro nos tiene reservado, nadie puede profetizar

nada, realmente, aunque sabemos que para la primavera las fuerzas del Norte desencadenarán sin duda un ataque frontal y macizo contra Richmond y que la Brigada Stonewall estará en la vanguardia de nuestro ejército, como siempre, para repelerlo. En lo referente a mi trabajo, te diré tan sólo que se me hace constantemente más duro, porque nuestras reservas de medicamentos merman sin descanso. La quinina es ya casi imposible de obtener y por eso me alegro de que se necesite escasamente durante el invierno, época en la cual la malaria es más rara. Yo tuve otro ataque durante el otoño, antes de que comenzara el frío y probablemente me esperan más escalofríos y fiebre en cuanto el tiempo vuelva a ser un poco caluroso. En mi misma situación están centenares de soldados nuestros.

Al caer la noche pienso mucho en ti y doy gracias a Dios de que estés

sana y salva en Philadelphia, donde al menos habrá comida nutritiva para vosotros tres y medicamentos si llegáis a enfermar, que Dios no lo permita. Es terrible que un país se escinda tan hondamente como se ha escindido el nuestro y que los seres que se aman no puedan hallarse juntos.

Lachlan piensa que la guerra ya estaba perdida en el verano de 1861,

cuando no se permitió a Jackson perseguir al ejército de la Unión hasta Washington tras la primera batalla de Manassas. El mismo error se cometió, dice, cuando nos detuvimos durante la invasión del Norte en Sharpsburg y Antietam. Acaso tenga razón, pues ciertamente el resultado, en lo que respecta a una victoria confederada, parece cada día más sombrío. Sólo un vuelco radical de la situación militar, del tipo que sólo un hombre como el general Jackson puede suscitar, podría darnos alguna esperanza, por débil que fuese. Tal vez se saque alguna maniobra de la manga —estoy seguro de que en eso trabaja permanentemente— aunque el tiempo y las provisiones de toda clase disminuyen continuamente, mientras las deserciones y las enfermedades ralean las filas de los ejércitos del Sur.

En cuanto a lo que a mí respecta, sólo puedo orar para que al llegar las

próximas Navidades haya terminado esta guerra y podamos estar reunidos tú y yo. Hazme el favor de decir a los Ross que les deseo a ambos unas felices Navidades. Lamentablemente, todo cuanto puedo enviarte a ti es mi amor, que, quiero decírtelo con alegría, crece a medida que pasan los meses, lo que no podría decir de mi estado de ánimo en este día de Navidad, aunque, para cambiar, el tiempo se transformara por aquí y volviera a reinar el sol y la tibieza.

Felices Navidades, mi querida.

DAVID