La brigada Stonewall
Capítulo II
DAVID dejó tras de sí a Richmond antes de la madrugada del 3 de junio. Cold Harbor, que era su punto de destino, estaba a unas quince millas del centro de la capital confederada. A medida que avanzaba, podía oír con creciente claridad el rugir de los cañones, prueba tangible de que la batalla se acercaba a su culminación.
En Richmond se sabía perfectamente que Lee estaba tratando de bloquear el obvio plan de Grant, consistente en aislar la capital mediante un anillo de tropas de la Unión; de ahí que ahora los norteños se afanaran por hundir el flanco derecho confederado, con el fin de operar la fusión del círculo en ese punto.
Al acercarse al escenario de la batalla, David empezaba a localizar con frecuencia creciente trenes de ambulancias que traían heridos desde el frente hasta la retaguardia. A poco instaló su hospital en Gaine’s Mili y comenzó de inmediato a ayudar al sobrecargado personal sanitario que ya estaba en servicio.
A media tarde, a juzgar por informes incompletos llegados al hospital, se comenzó a vislumbrar la victoria del Sur en Cold Harbor. Al comenzar la batalla aquella misma mañana, Grant había lanzado un ataque frontal y macizo contra las fortificaciones confederadas de la zona, lo cual trajo como consecuencia lo que se ha llegado a considerar como la carnicería más grande de toda la Guerra de Secesión y tal vez la mayor de la historia. Ante el verdadero vendaval de plomo que el ejército de la Unión enfrentó —sin éxito, para colmo—, Grant tuvo que detener el ataque antes de la caída de la noche, habiendo perdido en el correr de breve espacio de tiempo a siete mil soldados, que habían caído bajo el fuego de artillería y los rifles de los confederados.
En total, las pérdidas arrojadas por los feroces combates en Spotsylvania y Cold Harbor sumaron cincuenta mil hombres en filas de la Unión y algo menos de treinta mil entre los confederados. Y todo eso en Una campaña que había durado menos de un mes.
El gran trabajo que tuvo el hospital de David, le retuvo en Cold Harbor hasta la tarde del 5 de junio, en que volvió a Richmond, encontrando allí a sus viejos camaradas virginianos del Segundo Cuerpo. Cuando se presentó al cuartel general de Early, situado en las trincheras que rodeaban a Richmond, Joe Stannard, que había sido ascendido a coronel, se le acercó cojeando, pues una bala le había interesado la rodilla derecha en Gettysburg, y le saludó con gran afecto. Aunque tenía el cabello más blanco, no había perdido su buen humor ni su alegre descuido ante la disciplina militar en el mundo extrañamente violento en que debía moverse.
Stannard escoltó a David al pequeño l.er Hospital de Campaña, donde Hal Perkins se volvió a ingeniar para ofrecerle un vaso de ron y una porción de jamón frito.
—Cuando nos enteramos de cómo te habías enfrentado al general Breckinridge en New Market hace tres semanas, supimos que habías vuelto a ser el de siempre, David —dijo Stannard—, y nos alegramos muchísimo.
La conversación se extendió durante horas, porque ambos amigos tenían innumerables cosas que contarse, las cuales no siempre resultaban gratas. David se enteró de que Jeb Stuart había resultado muerto en Yellow Tavern el 11 de mayo y que Dick Ewell, aunque vivo, se hallaba incapacitado y en ese momento dirigía un trabajo administrativo de rutina en la defensa de Richmond. En cuanto a la Brigada Stonewall, aunque reducida a números sumamente bajos, formaba aún parte de las tropas de Virginia que tan bizarramente se habían desempeñado desde el principio de la guerra.
En realidad todo el Segundo Cuerpo estaba muy raleado de gente, como David pudo advertir al día siguiente cuando el ejército se formó. Pero los desharrapados miembros de la gloriosa brigada, con el pelo revuelto y las barbas hirsutas, vestidos de muchos tonos de gris por obra de las distintas lejías usadas para borrar el azul de los uniformes tomados a los muertos federales y muchas veces descalzos, eran fácilmente perceptibles a distancia.
—¿Crees que el Viejo Jube ha cambiado mucho? —le preguntó Stannard cuando ambos observaban al general Jubal Early (recientemente ascendido a teniente general) mientras hacía un alto frente a sus tropas.
—Parece cansado.
—Pues no creo que lo esté. Pero algo sucede cuando ha hecho formar a todo el ejército.
—Hombres del Segundo Cuerpo, tengo buenas noticias para vosotros — gritó con voz aguda y un poco temblorosa el Viejo Jube—. Volvemos al Valle.
El anuncio arrancó grandes aclamaciones que Early no trató de contener. Cuando amainaron siguió:
—Sin embargo, no vayáis a pensar que se trata de un paseo. Se nos ha informado que el general Grant ha ordenado a Hunter que ataque a fondo en Virginia.
Early hizo una pausa mientras abucheos y gritos hostiles escapaban de los pechos de los soldados.
—Eso significa que Grant intenta suprimir el paso a todos los abastecimientos dirigidos a la capital de la Confederación —dijo Stannard por lo bajo.
—En estos momentos, los yanquis avanzan hacia Lynchburg —continuó Early—, de modo que el general Lee ha confiado a nuestras fuerzas y a las del general Breckinridge la tarea de detenerlos. Nos marcharemos de inmediato.
El ánimo de la Brigada Stonewall y de los virginianos que completaban el ejército era excelente cuando las largas filas grises torcían hacia el oeste en aquella soleada mañana de junio. En dos días de marcha fueron cubiertas sesenta y cuatro millas de camino, con lo cual se actualizaban las largas marchas de la «caballería de a pie» que había hecho la gloría de Jackson. Se detuvieron a comer en el juzgado de Louisa, que esté sobre la ruta de Charlottesville, y allí te les informó que un tren les esperaría al día siguiente para transportarlos más allá de las montañas. La noticia había sido recibida con lógica alegría; pero como tan a menudo sucedía con los ferrocarriles de la Confederación, se supo más tarde que el transporte no podría tener lugar porque la locomotora había sufrido desperfectos.
La marcha continuó en consecuencia a pie, mientras llegaban informes de que las tropas federales habían recibido refuerzos provenientes de otras unidades venidas de Virginia Occidental y de Tennessee. También se supo que los del Norte habían efectuado una pausa en Lexington para quemar los edificios del Instituto Militar de Virginia, noticia que hizo arder de indignación a los cadetes que seguían afectados a las unidades mandadas por el general Breckinridge. Pero resultó que la pérdida de tiempo que aquella operación torpe había provocado costó cara al ejército federal, que se retrasó mientras las fuerzas confederadas alcanzaban a marchas forzadas las alturas al este del Blue Ridge. Así, en una reñida batalla al día siguiente, los confederados repelieron a los yanquis hacia el oeste a lo largo del río James.
Asegurado de este modo el sector alto del Valle, los hombres de Early se detuvieron para distribuirse las primeras raciones tras dos días de marcha continua y feroces refriegas. No consistía de mucho: un cuarto de libra de tocino y una libra de maíz. Los capturados soldados del ejército de Hunter no pudieron comer nada.
El 23 de junio, tras un breve descanso, el Segundo Cuerpo entró en una ruta que le era familiar: la del camino de portazgo del Valle, testigo de tantas maniobras fulgurantes del Viejo Jack. De allí, la columna se dirigió hacia el norte, rumbo al Potomac.