La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 80 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo III

 

AL llegar a Lexington, encontraron la ciudad parcialmente destruida. Ante la tumba de Stonewall Jackson, la larga columna gris se detuvo para saludar con reverencia a quien fuera un símbolo de arrojo y maestro de estrategas.

Dos días más tarde, aprovechando el hecho de que todos los ejércitos federales de aquel distrito habían recibido orden de dirigirse a los alrededores de Richmond con el fin de prepararse para el asalto final contra la capital confederada, las tropas de Early llegaron al Potomac, cruzándolo por Williamsport.

Ya en las fértiles tierras de Maryland, las desharrapadas y hambrientas tropas encontraron alimentos en gran cantidad por primera vez en meses; pero enseguida le llegó a Early la noticia de que un ejército federal al mando del general Lew Wallace había sido despachado urgentemente por Washington para detener su avance.

Ambos ejércitos se encontraron a la altura del río Monocacy, donde una áspera refriega tuvo lugar el 9 de julio.

En lo más álgido de la lucha, la Brigada Stonewall avanzó en una marcha de flanco muy del estilo de Jackson y gracias a ella, los federales fueron rechazados. La noticia llegó a Washington, donde apenas se podía creer que un ejército confederado compuesto por veinte mil hombres (cuando en realidad apenas contaba con la mitad de ese número) pudiera abatir todos los obstáculos y amenazara directamente a la capital de la Unión.

Poniendo en uso el único carro médico que quedaba en condiciones de ser usado, la unidad sanitaria de David se convirtió en hospital volante. A veces intervenía quirúrgicamente a algún herido en pleno campo de batalla y otras hacía mover el carro para atender otros sectores.

Entretanto, el Segundo Cuerpo, aunque soportando bajas terribles de las que nunca ya podría recuperarse, llegó a los arrabales de Washington, sembrando el pánico y la confusión entre sus habitantes, que pedían la cabeza del Presidente Lincoln y del general Grant. Los titulares de los diarios que pudieron capturar los sureños del ejército del Viejo Jube estaban dedicados a denunciar los errores políticos y militares a la vez de los jerarcas civiles y militares de la Unión.

Pero el ejército confederado fue retenido durante un día en el río Monocacy y ese tiempo fue febrilmente aprovechado por los federales para reforzar los fuertes que rodeaban a Washington y organizar milicias, que se despacharon a toda prisa a defender la entrada a la capital. Muchas de éstas se integraban con funcionarios civiles de la administración y carecían por completo de experiencia. Si Early hubiese sido capaz de lanzar el ataque contra Washington el domingo 10 de julio, hubiese podido tomar la capital sin disparar un tiro. Pero gran parte de su ejército había quedado rezagada y lejos de la vanguardia que estaba en condiciones de lanzarse al ataque, aunque no en tan pequeño número.

El 11 de julio el grueso de la fuerza confederada llegó a Silver Spring, en los alrededores de Washington. Jubal Early instaló su cuartel general en la magnífica mansión de un coronel, mientras sus tropas se aprestaban a atacar Fort Stevens, que era el punto más fuerte de las defensas que protegían a la capital de la Unión.

El Presidente Lincoln, en vez de llamar tropas del oeste, como lo hiciera en la ocasión anterior, para proteger a Washington, colocó la defensa en manos del general Halleck. Entre éste y el Ministro de Guerra Stanton, se tomaron rápidas medidas para enfrentar al ejército confederado. Por lo demás, Grant no hubiese estado en condiciones de acudir con la rapidez necesaria.

Cuando Jubal Early se acercaba a Washington, el Presidente Lincoln se encontraba en Soldier’s Home, su habitual residencia de verano. El Ministro de la Guerra envió, pues, transportes que lo volviesen a la Casa Blanca y tropas para defenderlo durante su viaje. Entretanto el general Halleck buscaba por todo Washington elementos capaces de constituir un verdadero ejército que hiciera frente a la amenaza que se cernía. El momento era dramático: el movimiento hacia el sur de los confederados podría dar por resultado la más espectacular hazaña llevada a efecto por un militar confederado: la toma de Washington.

Una línea de hombres destinados a llevar a cabo escaramuzas se movía ya en campo abierto ante Fort Stevens, defendido hasta ese momento tan sólo por un piquete de hombres, que se habían adelantado mucho, con el riesgo consiguiente para el fuerte. A partir de entonces, una vez emplazadas las piezas, comenzó la artillería a disparar. El estruendo de los cañones podía oírse en el Capitolio, situado a menos de diez millas del lugar.

—Muchos peces gordos estarán temblando en estos momentos —dijo Joe Stannard alegremente.

—Pero no el Ministro de Guerra —dijo David—. No creo que el mismo diablo le haga temblar.

Los que llevaban a cabo la escaramuza fueron enfrentados por una fila de federales armados de rifles. Por ambos bandos los soldados comenzaron a caer, heridos o muertos. De pronto Joe Stannard, que había estado observando las fortificaciones artilleras federales con sus prismáticos dejó escapar un sonido de sorpresa.

—¿Qué sucede? —dijo David.

—¡Aquel hombre alto que está sobre ese punto, cerca de nosotros! ¡Míralo! ¡Es Abraham Lincoln en persona!

David observó, sirviéndose de los lentes de Stannard.

—En efecto, es Lincoln. Y está haciendo lo que su deber le ordena hacer.

—Por cuanto se ve, no sólo el Ministro de Guerra no le teme ni al diablo. Ya son dos. Bueno, ya se va. Por lo visto le han convencido para que bajara antes de quedar en el radio de tiro de nuestros rifles.

En esos momentos llegó hasta ellos Lachlan Murrell. Su brazo estaba prácticamente curado y había resuelto unirse a la caballería de Imboden. Cuando insistió en retornar al servicio, David no pudo oponerse.

—Detrás de nosotros, todo el estado de Maryland está desierto —dijo Stannard—. Sin embargo, las fuerzas del general Wallace tienen que haberse dirigido hacia aquí luego que las rechazamos desde el Monocacy.

De pronto, nuevos soldados comenzaron a dividirse en el bando federal.

—Ésos son veteranos —dijo Stannard, que había estado observando con sus prismáticos—. Puedo verlo por sus insignias. Las llevan bien visibles.

—Bien; pero ¿de dónde? —preguntó Lachlan.

—Son del 29 de Caballería de Nueva York y también del 150 de Guardias de Ohio —respondió Stannard.

—Eso significa que han llegado refuerzos desde Petersburg —dijo el oficial cherokee—. He oído a Jubal Early decir a John Imboden que han llegado correos militares con la noticia de que Grant controla los ferrocarriles de Richmond, Fredericksburg y el Potomac.

—Un prisionero yanqui que mis hombres capturaron esta mañana dice que parte del Cuerpo Sexto es esperado por vapor proveniente de City Point en cualquier momento —aseguró Stannard—. Se trata de hombres bien equipados y preparados y su presencia hará mucho más sólida a la defensa de Washington.

—Pues el Viejo Jube tendrá que tomar rápidamente una resolución —dijo Lachlan—. ¿Apostamos a cuál será?

—Pareces estar muy seguro de lo que hará —le respondió David—. ¿No será que estás en posesión de informes que nosotros desconocemos? Sería la primera vez que un vulgar indio le toma el pelo a un hombre blanco.

—Te aseguro que corro sin ventaja alguna. Veamos: ¿Toma o no toma Washington el Viejo Jube?

—Una cosa es cierta —dijo Stannard—. Stonewall hubiese tomado la ciudad… ayer. ¿Lo pones en duda, comandante Murrell?

—En absoluto. Pero ahora lo que importa es sacar partido a esta absurda situación. Y creo que ha llegado el momento de llegar a un acuerdo negociado que contenga términos razonables. Debiéramos aceptar, por ejemplo, renunciar al esclavismo y reunimos con los Estados Unidos.

—No estoy tan seguro de que la gente que apoya a los demócratas y más concretamente a McClellan, estén de acuerdo con Lincoln para entablar una negociación conjunta —dijo David.

—De todos modos, afirmo que si el Viejo Jube pudiese ponerse en comunicación con Lee, éste le diría de permanecer en esta posición, pero aprestándose a volverse atrás antes de que Grant le corte la retirada.

Las fuerzas confederadas situadas frente a Fort Stevens siguieron con sus escaramuzas ante Fort Stevens durante todo el día 11 y capturaron varios trenes que se dirigían hacia Washington. Sembrando el miedo en esta ciudad y también en Baltimore, ciudad con la cual cortaron toda comunicación, se transformaron, aunque por un breve espacio de tiempo solamente, en los héroes de la Confederación.

Pero los cañones pronto dejaron de tronar en la zona, devolviendo en cierto modo la tranquilidad a la capital, en la cual se elogió la sangre fría de Lincoln y de su estado mayor inmediato, aunque el dólar bajase de precio en un treinta y nueve por ciento en los mercados financieros y tanto los demócratas como los liberales levantaran olas de protesta contra Lincoln.

Entretanto, el bull dog Grant se preparaba para el ataque final a Richmond, comenzándolo por un sitio por hambre. Los abastecimientos que llegaban a la capital confederada por Carolina del Norte fueron interrumpidos de golpe. Desafortunadamente para el Sur, las cosas no iban tan bien en Richmond ni en Atlanta como en Washington.

El mismo día en que Early se retiraba de Washington ante el temor de quedar él mismo prisionero de los refuerzos que ya estaban llegando a la capital, Jefferson Da vis le escribía desesperadamente al general Lee:

El general Johnston ha fracasado y hay fuertes indicios de que se verá

obligado a abandonar Atlanta.