La brigada Stonewall
Epílogo
A principios de agosto de 1866 el sol brillaba cálido y brillante sobre el verde campo mientras un pequeño grupo de personas abandonaba el cementerio de Brandywine, en Wilmington, Delaware. Tras ellos los sepultureros ya habían comenzado a llenar la fosa en la cual el cuerpo de John Ross yacía ahora junto al de su esposa Mary Stapler Ross, hasta que la Nación cherokee dispusiera el destino final de sus restos.
—Creo que preferiría que el cuerpo de tío John se quedase aquí —dijo Araminta mientras pasaba su brazo junto al de David para dirigirse al carruaje.
Detrás de ellos iba Lachlan Murrell, ya serenamente consciente de sus deberes y responsabilidades frente a la Nación cherokee, que le había designado como su jefe.
Ross había muerto el primero de agosto de 1866 en la ciudad de Washington, a los quince meses y medio de la rendición de los estados confederados en el juzgado de Appomattox. El general cherokee Stand Watle había logrado la distinción de ser el último general confederado que admitió la derrota.
Los meses que habían seguido al final de la guerra le resultaron difíciles a John Ross, ya enfermo, quien consideró como verdaderamente trágico el asesinato del Presidente Lincoln. La muerte de su esposa, un año antes, había significado ya una pérdida irreparable para el jefe cherokee. Sin embargo, consideró su deber intentar una paz tan honorable como fuese aún posible, con la cual pretendía, además, evitar que su pueblo se escindiese en dos bandos irreconciliables.
En la casa de Lachlan Murrell había sufrido un desvanecimiento a poco de asistir a un consejo celebrado en Park Hill, en territorio indio. En dicho consejo, un delegado de Washington había propuesto la unión de todas las tribus indias en una sola nación a cuya cabeza se colocaría un gobernador blanco. Esto era algo contra lo cual Ross había luchado durante gran parte de su vida. Sin embargo, no había sido definitivamente resuelto y los cherokees permanecían unidos, al menos de momento.
El tratado final con los cherokees fue firmado en julio de 1866 y sus cláusulas contenían lo mejor que John Ross, a menudo desde su lecho de enfermo, pudo obtener del gobierno de Washington. Por él se anulaba enteramente el tratado con la Confederación de 1861, se abolía la esclavitud (como en todos los Estados Unidos) y se concedía una amnistía para aquellos que habían empuñado las armas contra la Unión.