La brigada Stonewall
Capítulo V
DAVID se encaminó al Departamento de la Guerra por unas calles cubiertas de basuras y cristales rotos. Se presentó al coronel Samuel P. Moore, Jefe de los Servicios Sanitarios militares dentro de la Confederación de Estados de América. El coronel Moore le dispensó una acogida no demasiado entusiasta.
—La verdad es que no veo del todo la utilidad de que usted hable a nuestros oficiales de un tipo de hospital que no estamos en condiciones de fabricar, probablemente, ahora. Habrían de pasar dos años, como mínimo, para eso, comandante Preston. Sin embargo, el general Jackson y el general Lee se interesan por dicha unidad sanitaria…
Moore se encogió de hombros y David comprendió que allí se le aceptaba de un modo provisional.
—El hospital ahora en nuestro poder fue proyectado por el comandante Jesse Bayard, condiscípulo mío en otra época, en el Jefferson Medical College, coronel. Resulta muy efectivo en el campo de batalla, aunque estoy experimentando dificultades debido a que no pueden encontrarse ruedas adecuadas a los vehículos empleados. Espero hacerme con unos ejes nuevos y ya veré más adelante cómo pueden sustituir a los mismos allí, en el Valle.
—Me gusta mucho la idea de utilizar carromatos intercambiables, que sirvan tanto para llevar equipos y víveres como para transportar heridos — declaró Moore.
—El asunto de las ambulancias constituye un grave problema, señor. El comandante Hunter McGuire se está ocupando ahora de esa cuestión.
—McGuire es una excelente persona —dijo Moore, que se había ablandado visiblemente—. Supongo que se llevarán ustedes bien.
—Su trabajo es administrativo en gran parte, en tanto que yo me ocupo de atender a los heridos, señor. Esta tarea se acomoda mucho a mis gustos personales.
—Tiene usted suerte, comandante —repuso Moore, pensativo—. Le hemos fijado tres conferencias para los cuatro próximos días. La primera está concertada para esta tarde, a las cuatro. He visto por su hoja de servicios que ha disfrutado solamente de un breve permiso en casi un año, así que me imagino que le gustará estar en Richmond y pasarlo lo mejor posible antes de reincorporarse a su unidad.
—Permaneceré en Richmond durante los días que usted estime conveniente, señor. Me gustaría, no obstante, volver a la Brigada Stonewall antes de que sea librada la próxima batalla.
—Cosa que no tardará en ocurrir, por lo que he oído contar. ¿Le satisface su alojamiento actual?
—Comparado con el que tengo en la unidad, señor, resulta de un lujo superior. He visto en Richmond cosas que me han dejado perplejo…
—Todo lo de Richmond me desconcierta, comandante. Usted vio no hace mucho una de las causas. —Moore dejó oír una seca risita—. Uno de mis oficiales le vio desde la ventana de un edificio, hace cerca de una hora, cuando le arrastraban los amotinados.
—Creo que pudo más que nada mi curiosidad, señor.
—La gente se muere de hambre, comandante, mientras los contratistas se hacen ricos. En consecuencia, los incidentes de esa clase irán haciéndose más y más frecuentes, a medida que los yanquis vayan haciendo más riguroso el bloqueo. Dentro de cuatro días daré las órdenes necesarias para que sea devuelto usted a su unidad. Esfuércese por conseguir, comandante Preston, que mis oficiales no se sientan demasiado descontentos con lo que les ha tocado en suerte. Buenos días.
—Buenos días, señor. Y gracias por todo.
Eran las cinco cuando David terminaba de explicar a un grupo de cincuenta médicos militares cómo funcionaba el l.er Hospital de Campaña de la Brigada Stonewall. Se produjo un breve y animado coloquio al aludir David a las prácticas antisépticas, gracias a las cuales se habían salvado en la guerra austro-italiana muchas extremidades. Contestando a preguntas muy incisivas, se vio forzado a admitir que durante las luchas en que él participara hasta aquella fecha el ritmo de afluencia de bajas había sido demasiado acelerado para que pudiera recurrir con frecuencia a los tratamientos médicos ideales. También tuvo que reconocer que a causa de los peligros de las infecciones en muchas heridas, la amputación del miembro afectado parecía continuar siendo el mejor método para salvar la vida al paciente.
Viendo la gente que se apretujaba en el bar del Spotswood Hotel, costaba trabajo creer que sólo tres horas atrás Richmond había estado a punto de sufrir los serios efectos de un motín popular. Estaba abriéndose paso David entre los presentes allí cuando alguien le tocó en un hombro. Al volver la cabeza descubrió la alta figura de Ed Mattox a su lado.
—Tengo una mesa en aquel rincón y todas las tardes, en esta época, me
tienen preparados unos [11] julepes, comandante —dijo el periodista—. Le debo un par de invitaciones, por lo menos, por haber contribuido a que adoptara una decisión concreta.
—¿A qué se refiere usted?
Mattox no le contestó, limitándose a indicar a su invitado la mesa. Allí les esperaban dos vasos llenos de hielo picado, con una hoja de menta cada uno.
—Por nuestra amistad, comandante Preston. Y porque dure mucho.
—La verdad: me gustaría saber qué he hecho yo para merecer tantas atenciones por su parte.
—Usted me dio el valor que necesitaba para escribir mi última información en la forma exigida por Jefferson Davis y no como un relato fiel de los hechos. Eche un vistazo a estas instrucciones, dictadas por nuestro amado líder.
Máttox sacó una hoja de papel de un bolsillo y la extendió sobre la mesa:
A la Prensa de Richmond.
Caballeros:
Puesto que existe la posibilidad de que el desventurado episodio de hoy
sea interpretado por algunas personas no familiarizadas con nuestra situación como prueba del descontento de unos cuantos sectores ciudadanos de los Estados Confederados, se solicita de ustedes que eviten, ahora y en el futuro, referirse a sucesos como el ya señalado, a menos que se desee prestar un servicio al enemigo y aumentar su moral.
De otro lado, la compañía telegráfica ha recibido instrucciones en el
sentido de no permitir la transmisión de mensajes relacionados con hechos como el ya indicado.
JEFFERSON DAVIS
Presidente de los ECA.
—Lo que está usted viendo, doctor Presión, es una censura oficial de la peor clase —comentó Mattox, con amargura—. Hemos estado esperando una cosa así desde hace tiempo. Ya la tenemos.
—La guerra siempre da lugar al establecimiento de la censura, ¿no?
—Habitualmente… Pero la censura afecta a los generales, no al gobierno civil. No existe el periodista capaz de admitir que deben ser censurados los documentos que no contienen informaciones militares. Ahora, por estúpidos que seamos, hemos de reconocer que vamos escribiendo lo que Davis quiere, lo cual es tan malo como lo otro.
Mattox desplegó una hoja de papel de copia.
—He aquí lo que escribí, en parte, sobre el asunto de esta mañana… No sé si Davis permitirá alguna vez su publicación. Le dejo decidir. ¿Qué cree usted que es peor: no decir nada o enmascarar la verdad?
Solemnemente, Mattox leyó:
Un puñado de prostitutas, ladrones profesionales, brujas irlandesas y
yanquis, carne de horca de todas las tierras menos de la nuestra, se congregaron en Richmond, capitaneados por una vendedora ambulante acostumbrada a comprar carne a cien para venderla luego a doscientos cincuenta en el mercado.
Lanzando imprecaciones, jurando y perjurando que habían de tener
mercancías a los precios marcados por el gobierno, destrozaron media docena de zapaterías, sombrererías y estancos, llevándose todos los artículos, menos pan, claro, puesto que era lo que menos necesitaban.
Mattox levantó la vista del papel.
—¿No le dan ganas de vomitar, comandante?
—He de reconocer que está bien escrito…
—Pero… ¿es lo cierto acaso?
—No.
—Lo escribí todo esta tarde, doctor. Luego, fui a ver a mi redactor-jefe, rogándole que me mandara al Distrito del Valle como corresponsal de guerra.
—¿Por qué ha obrado así?
—Si Stonewall Jackson es un hombre capaz de ganarse la incuestionable lealtad de otros como usted me invitará a escribir la verdad… incluso cuando hable de sus fracasos.
—He de decirle que tiene pocos fallos.
—Tanto mejor. ¿Cuándo va usted a regresar al Valle?
—Dentro de cuatro días.
—Perfectamente. Cuatro son los días que necesitará el Departamento de la Guerra para acreditarme documentalmente como corresponsal. Si todo sale bien, podríamos hacer el viaje juntos.
—¿Admite usted la posibilidad de que le nieguen lo que ha pedido?
—No hice absolutamente nada por disimular mis opiniones en lo tocante a la censura, así que Jeff Davis sabe a qué atenerse con respecto a mí. Yo me imagino que se alegrará mucho de verme salir de Richmond.
—¿Está Richmond realmente en peligro?
—McClellan está remontando la Península, diciendo a cada paso a Washington que necesita más hombres, y McDowell procede igual mientras se desplaza para cruzar el Rappahannock. Por donde se mire, la situación parece ser desesperada, casi, pero no hay que olvidar que un año atrás el Norte estaba convencido de que no tardaría más de dos días en conquistar Richmond…, hasta que surgió el viejo Stonewall al frente de sus tropas desde el Valle, salvando a Beauregard. Tal vez sea capaz de repetir su proeza.
—No creo que el pensamiento de Jackson esté puesto en Richmond en estos momentos —declaró David—. Frémont, Banks y Shields convergen sobre nosotros en Elk Run Valley… Vamos a estar muy ocupados, dentro de poco.
—Entonces, ¿por qué seguir tranquilamente allí? No es ésa la manera habitual de combatir por parte de Jackson.
—¿Usted ha visto alguna vez pelear a un francés?
—Creo que no…
—El francés asesta un golpe, da un manotazo, propina un puntapié. Yo me inclino a pensar que el viejo Jack está esperando a que los yanquis se sitúen a su alcance a fin de castigarlos desde todos los ángulos.
—¿Para vencer a un enemigo que cuenta con doble número de efectivos?
—La proporción es de uno a tres, o más, para ser exactos. No obstante, continúo apostando por Jackson.
—Hay mucha gente que piensa como usted —contestó Mattox—. Hágame saber, en su momento, la fecha de su partida. Quizá viajemos en el mismo tren, camino del oeste. Sentiré un gran alivio cuando pueda perder de vista ese globo de observación yanqui… Me hace experimentar la impresión de que alguien, a todas horas, está examinando algo por encima de uno de mis hombros.