La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 73 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo VI

 

EL pequeño cuarto estaba lleno de una nube de vapor tan densa, que David Preston no pudo advertir al principio dónde se hallaba. Cuando su visión se aclaró un poco, comprendió que estaba dentro de algo que parecía ser una estructura de forma cónica hecha de zarzos entretejidos o de cañas. El conjunto debía estar recubierto por fuera, porque se encontraba en completa oscuridad. Apenas distinguía una débil línea que parecía indicar la presencia de una puerta. El vapor, a su vez, emanaba aparentemente del agua que se había colocado encima de una gran piedra calentada antes o acaso de carbones, porque creyó distinguir el débil fulgor de unas brasas.

Vio que su cuerpo descansaba sobre una sábana extendida sobre un piso sucio y que se hallaba completamente desnudo. Pero, aunque su cuerpo se hallaba bañado en sudor, no sentía sensación alguna de opresión por causa del calor y el vapor. Por el contrario, le parecía hallarse flotando y derivaba de esa sensación un gran relajamiento y una impresión general de bienestar. No quería saber cómo ni por que estaba allí ni lo que había sucedido desde lo último que recordaba; el camino y el carro que les llevaba entre vaivenes y pequeños saltos hasta la escondida ensenada donde había pasado su adolescencia.

Entregado a la delicia del calor en el cuarto lleno de nubes, David se estaba adormeciendo de nuevo cuando la puerta que había creído entrever en el pequeño recinto se abrió y una brisa de aire frío llego hasta él, la cual disipó un poco el vapor que le envolvía. Distinguí una figura vestida de blanco que se inclinaba para pasar por la estrecha y baja apertura, para entrar llevando consigo un cubo con agua. Se trataba de una mujer y era, sin duda, grácil y armoniosa. Cuando derramó más agua sobre la piedra caliente volvió a espesarse la nube que todo lo cubría; pero David pudo distinguir un brazo, un hombro… La figura dejó caer la túnica que la cubría y vio que se había quedado desnuda como él mismo.

Cuando se le acercó para posar una mano fresca sobre su frente y tomarle el pulso, trató de levantar una mano para tocarla, Pero, como su voz, sus músculos rehusaron de momento obedecer a su voluntad, Sin embargo, algo, la tensión acaso de los músculos de su brazo, sentida en la muñeca donde su visitante oprimía su pulso, hizo comprender a ésta que David estaba despierto y consciente. Dejó entonces su brazo y, tomando nuevamente el cubo, lo vació sobre la piedra caliente. La nueva nube de vapor llenó nuevamente todo el lugar y ella, inclinándose, recogió la túnica con la cual había entrado y volvió a colocársela sobre los hombros.

—¿Hace rato que estás consciente, David? —preguntó la voz de Araminta con un dejo de acusación.

Trató David otra vez de hablar, pero de su garganta sólo pudo escapar un sonido confuso. Ella se arrodilló a su lado y le envolvió el desnudo cuerpo en la sábana sobre la cual estaba acostado; luego lo tomó en sus brazos y le abrazó de modo que su cabeza vino a reposar sobro la cálida y fragante tersura del pecho de ella.

—Ya has vuelto a recobrar conciencia, querido —dijo Araminta con voz alegre en la cual había, sin embargo, algo de sollozo mezclado con nerviosa risa—. Tan cerca has estado de la muerte que a veces no llegaba a advertir si estabas o no vivo aún.

—¿Dónde es…? —David trató de hablar, pero ella le puso un dedo sobre los labios y luego le besó.

Durante un largo y dulce momento no hubo necesidad de palabra alguna.

—Estás en Preston’s Cove —le dijo al fin Araminta—. Empezaste a delirar desde que comenzamos a descender la colina. Jack y Ellen me ayudaron a ponerte en la cama dentro de lo que quedó de la antigua ca…

—No comprendo.

Por fin había logrado encontrar las palabras.

—Desertores (Jack les llama «cuellos amarillos»). Unos desertores se llegaron hasta aquí dos semanas antes que nosotros. Cuando resultó evidente que los yanquis podían tomar esta parte de Virginia atacando por el oeste, mucha gente del Sur enterró su platería y todo cuanto tenía algún valor bajo los pisos de madera de sus casas. Llegaron por aquí unos desertores que buscan esos objetos y cuando levantaban los pisos de esta casa, ésta se incendió. Felizmente Jack y Ellen, ayudados por vecinos que no estaban en el ejército salvaron la cocina y parte de la edificación que no estaba unida a la casa.

—¿Y mi madre?

—El doctor Buxton dice que al perder su casa, el corazón le faltó. Murió unos días más tarde. Jack trató de hacértelo saber, pero cuando envió el mensaje tú estabas en Washington.

—Mi madre adoraba esta casa. Puedo comprender que al perderla se le rompiese el corazón.

—Jack tiene un daguerrotipo que muestra lo deliciosa que era. La reconstruiremos tú y yo una vez que termine la guerra.

¿Cuánto tiempo hace que estamos aquí?

—Dos semanas, creo. He estado tan atareada tratando de mantenerte con vida que he perdido yo misma un poco el sentido del tiempo.

David extendió una mano para tocar las paredes del recinto.

—¿Qué es esto?

—Una sauna cherokee. En cuanto llegamos aquí, Jack fue a buscar al doctor Buxton, que ejerce en Fincastle. Pero no tenía quinina. Dijo que no pensaba que pudieses recuperarte. Pero yo sí.

—¿Cómo has hecho para salvarme… sin quinina?

—Cuando Lachlan y yo visitábamos a nuestros parientes en Carolina del Norte durante el verano, siempre nos entreteníamos visitando a Tsali, que era el curandero de la tribu. Me permitía ir con él cuando salía a recoger hierbas y cortezas de árboles para hacer sus pociones. De él aprendí a hacer la «bebida negra» de los cherokees y también otras infusiones medicinales. De modo que fui al monte, busqué los ingredientes y te di a beberlos.

Rió, con la más adorable risa que David había nunca escuchado.

—El doctor Buxton dice que te he tratado con un brebaje de brujas, aunque admite que fue eso lo que te ha mejorado. Eso y los baños de vapor que te he preparado con el fin de que expulses el veneno de la malaria.

—Me parece que te debo la vida.

—Mientras temblabas como una vara verde con los escalofríos o te abrasabas en fiebres, pensaba que iba a perderte para siempre —confesó Araminta, mientras se inclinaba para besarle larga y amorosamente de manera que él sintió la vida correr de nuevo con fuerza por todo su ser.

Al fin, ella se apartó un poco de él.

—Mejoras a ojos vistas —dijo casi sin aliento—. Recuerda que por ahora sólo soy tu novia, no tu esposa.

—Remediaremos eso en cuanto me encuentre lo bastante fuerte como para salir en busca de un pastor.

—El doctor Buxton cree que ya estamos casados —dijo, riendo nuevamente con su risa clara y contagiosa; la misma risa que había enamorado a David en Washington tres años antes—. Cuando le expliqué cómo los cherokees usan sus saunas pareció escandalizarse un poco ante la idea de que hombres y mujeres tomasen juntos su baño de vapor, aun estando casados, de modo que tuve que mentirle un poco. Oh, sólo un poco, porque esta tarde me he casado contigo de acuerdo con el ceremonial cherokee.

—¿Cómo te las arreglaste para eso?

—Para los cherokees, la promesa de vivir juntos y enamorados es suficiente. Y por si no lo recuerdas, te diré que eso fue lo que me prometiste en el muelle de Parkersburg hace mucho tiempo.

—No lo he olvidado.

—De acuerdo con el ritual nuestro, el novio da a su desposada un trozo de carne de venado, con lo cual simboliza su compromiso de velar por su esposa y sus hijos, llevándoles los alimentos necesarios, que obtendrá en la caza del venado. La novia le da en cambio una oreja de cuerno, prometiendo ser una buena esposa y cuidar de la casa. La ceremonia se cumple en la «Casa Larga» que cada poblado cherokee tiene y luego el pueblo bebe y danza hasta caer agotado.

—Muy parecido a cualquier otra boda.

—Con la excepción de que en este caso tuve que ir yo misma a cazar el venado.

—¿Con arco y flechas?

—No. Jack me prestó su rifle. Me causó un gran dolor matarlo. Era un animal espléndido y bebía en el río, aquí, junto a la ensenada. Pero necesitábamos su carne y yo no estaba dispuesta a separarme otra vez de ti.

Se puso de pie.

—¿Te gustaría dar un paseo hasta lo que ha quedado de la casa? Sólo tendrás que dar unos pocos pasos. Yo te ayudaré.

—Quiero ver si tengo la fuerza suficiente para andar solo.

Las piernas le temblaban, de modo que Araminta le ayudó a dirigirse al edificio separado de la casa, en el cual había una habitación que servía a la vez de cocina y de comedor en Preston’s Core. Parte de una galería que en otro tiempo unía esa zona de la casa con el edificio principal se había salvado del fuego, también, al menos en gran parte. Al ver los cimientos calcinados de la casa y los ladrillos que en otro tiempo habían sido el hogar y la chimenea de la casa donde había nacido y pasado la infancia y buena parte de su juventud, David sintió un gran peso en su corazón. Pero, al mirar que a su lado estaba la muchacha que él amaba y que le había salvado la vida cuando la ciencia del hombre blanco se declaraba impotente, se sintió tan convencido como ella de que sería reconstruida con toda la gracia y la sencillez que antes la caracterizara.

El doctor Buxton, que era el médico de la familia desde hacía muchos años y que vivía en Fincastle, a unas doce millas de allí, vino a visitar a David dos días después, encontrando al enfermo sentado en un sillón de hamaca puesto en lo que en un tiempo fuera la vieja galería de la casa y bebiendo el aire primaveral.

—Debo admitir que yo había dado el caso por perdido. Pero no había tenido en cuenta los méritos de tu experta esposa, David. Es a ella que le debes la vida —dijo el visitante—. Por lo menos en este caso ha resultado ser un médico superior a mí.

—Supongo que nosotros los médicos blancos tenemos mucho que aprender de la medicina india.

El viejo médico se puso a beber un poco del whisky que Jack había logrado esconder a los ojos de los desertores que habían saqueado el lugar.

—La quinina se extrae de la corteza de un árbol que primeramente se encontró en el Perú. Aún recuerdo los tiempos en que recetábamos la toma del polvo mismo en que la corteza era transformada en vez de la droga pura que hoy se extrae de ella —dijo el doctor—. Los curanderos indios

probablemente conocían las virtudes de la [14] cinchona en el caso de ciertas fiebres y hacían uso de ella mucho antes de que los jesuitas llegaran a instalarse en Sudamérica. Fueron precisamente los jesuitas quienes llevaron el remedio a España. Hemos de creer que si hay quinina en la corteza de la cinchona, parece razonable que también se la encuentre en la corteza de otros árboles.

El doctor Buxton bebió otro sorbo de su vaso.

—¿Te ha dicho tu esposa que a petición de ella envié un telegrama al comandante Hunter McGuire, que está en Richmond, diciéndole que no estás capacitado para seguir cumpliendo con tus obligaciones militares?

—Sí. Iba precisamente a ir a visitarle a usted para agradecérselo Sólo esperaba a sentirme un poco más fuerte.

—Estoy ya viejo para andar recorriendo casas de esta zona visitando enfermos. En muchos casos, por otra parte, se trata de falsas alarmas. Muchas mujeres, por ejemplo, lo llaman a uno mandándole decir que se están muriendo cuando en realidad no sufren de nada Cuando te sientas en forma, espero que me reemplaces, David.

—Aún soy un oficial del Ejército de la Confederación, señor.

—Sin esta mujer que tienes no estarías aquí.

—Estoy de acuerdo.

—Pues entonces le debes tú más a ella que a la Confederación. ¿Qué te impide reemplazar a un viejo médico que está ya muy achacoso para seguir trabajando? Podrías traer a esta comarca un tipo de medicina mejor que aquél al que estaban acostumbrados.

—De eso no estoy tan seguro.

—No trates de halagarme, muchacho. Tu esposa me ha contado cómo le salvaste la vida a mi tío en Washington, cuando ese médico de la alta sociedad lo daba por muerto.

—Su opinión no es imparcial.

—Leo los periódicos y sé que lo que se aprende en las facultades de medicina europeas nos coloca a nosotros, viejos médicos rurales a la altura de unos vulgares enfermeros. —El doctor Buxton vació su vaso y se puso de pie con desgana—. Piénsalo, muchacho. No es preciso que me contestes enseguida. De todos modos, no le haría esta proposición a nadie más. Pero, de todos modos, has de pensar que un hombre que ha estado a las puertas mismas de la muerte en dos ocasiones (pues tu esposa me ha hablado de la otra) ya no debe nada al gobierno de Richmond.