La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 35 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo III

 

EL 19 de abril de 1862, el comandante en jefe de la Unión, en el Valle del Shenandoah, general Nathaniel Prentiss Banks, puso en marcha su ejército, en un enérgico movimiento tendente a cerrar una de las pinzas planeadas para ahogar al Ejército del Valle. Desplazándose hacia el sudoeste, desde Winchester y Kernstown, después de que Jackson se retirara en busca de la protección de Elk Run Valley, a unos noventa kilómetros en dirección sur, Banks confiaba en alcanzar sus objetivos basándose en que sus tropas representaban varias veces aquéllas de que disponía el adversario.

Por consiguiente, con toda tranquilidad, inició lo que se esperaba que fuese el comienzo del esperado gran plan de batalla por parte de la Unión. Y con McClellan camino de Richmond, a través de Yorktown, a lo largo de la Península, McDowell cerca de Manassas, al ataque, cruzando el río Rappahannock, Frémont amenazando la retaguardia de Jackson, por Lewisburg Turnpike, y Banks presionando desde el norte, Armageddon parecía una pérdida inevitable para las fuerzas confederadas al norte de las Carolinas.

El metódico movimiento federal produjo un efecto no deseado por ninguno de los generales de la Unión. Tampoco podían haberlo previsto, según revelaron luego los acontecimientos. Aquél dio lugar a una de las incursiones relámpago de Jackson, lógicamente apuntada —como Hal Perkins había señalado a David Preston— a las fuerzas de Frémont, que se desplazaban cautelosamente por el este, en dirección al Valle del Shenandoah, cruzando los montes Allegheny.

Gracias a las constantes audacias del coronel Turner Ashby y sus jinetes, Jackson sabía en todo momento dónde se encontraban exactamente las fuerzas de Banks y su potencia. Nunca más volvería Ashby a cometer el error de subestimar a los espías y los efectivos del enemigo.

Desde la elevación de Swift Run Gap, por donde la carretera que unía Harrisonburg, Stanardsville, Charlottesville e, incidentalmente, Richmond, cruzaba el Blue Ridge, Jackson, al frente de seis mil hombres, estaba pendiente de todos los movimientos de1 adversario. Además, estaba en constante comunicación con el general Richard E. Ewell y su división de ocho mil veteranos, acampados en las inmediaciones de Manassas, listos para moverse en uno u otro sentido, dondequiera que fuesen necesarios.

Entretanto, en Valley Turnpike, separado del escondite de Jackson en Elk Run Valley, solamente por el promontorio meridional da Peaked Mountain, en el extremo meridional de la cadena de Massanutten, el general Banks, con 19 000 soldados federales, se desplazó en dirección al sur, hacia New Market.

Movíase lenta y cautelosamente. Estaba impuesto de la capacidad de Jackson cuando se proponía asestar inesperadamente un golpe, pero planeaba continuar marchando hasta Harrisonburg, con la intención de situar al Ejército del Valle entre las fuerzas federales, el Blue Ridge y el único camino de emergencia al sur y hacia Staunton.

Y allí, la fuerza federal al mando del general Robert H. Milroy, una avanzadilla de 3700 hombres pertenecientes al ejército de Frémont, oponíanse a sólo 2200 soldados confederados, a las órdenes del general Edward Johnson. En consecuencia, Jackson tenía que pensar en la proporción de uno a dos, aun contando con la división de Ewell en reserva. Como de costumbre, sin embargo, no reveló a nadie sus planes.

Una hermosa noche de los últimos días de abril, el comandante Hunter McGuire se presentó en la tienda de David, situada en una espesura que quedaba cerca de una de las orillas del Elk Run. Hal Perkins había estado pescando aquella tarde y disponían de truchas para la cena, con corn dodgers (cebollas picadas con cereales y huevos), fritos en grasa de cerdo, con el pescado.

—De haber sabido que tendrías esta noche una cena auténticamente virginiana, David, me hubiera presentado aquí antes —dijo el médico director.

—Señala un día y procuraremos hacernos con una buena provisión de truchas para ti —replicó David—. Podrías traerte al general también…

—Estoy seguro de que no le disgustaría nada tu proposición —declaró McGuire—. He andado tan ocupado desde que evacuamos Kernstown que no he tenido tiempo de darte las gracias por la excelente labor que llevaste a cabo entonces, en el curso de la batalla.

Lo que sí hice fue preparar una carta de recomendación dirigida al Jefe de Sanidad Militar Moore, en Richmond. Y cuando pedí al general Jackson que la firmara, añadió una postdata.

—Mis hombres merecen ser distinguidos. Más que yo —protestó David —. Especialmente, Hal Perkins. ¿Te ha dicho el general qué planes tiene en cabeza ahora?

—No me ha dicho ni una sola palabra. Jim no sabe nada tampoco. A veces me pregunto si tendrá Jackson en realidad en estos momentos algún plan.

—Claro que sí. Incluso en el VMI trazaba siempre su plan de acción… Con una sola excepción, quizá.

McGuire sonrió.

—Me dijo que había llegado a hacerte despertar una noche, con objeto de que supieras que se había equivocado.

—Lo más chocante del caso es que no cometió error alguno. El problema podía resolverse por dos procedimientos: con el mío se daba un rodeo, ofreciendo derivaciones que implicaban otros pasos. Pero la solución aportada por Jackson apuntaba directamente al corazón del problema… como siempre.

—Tiene el hábito de concentrarse en los elementos esenciales, como ocurrió en la carta que envió a Richmond acerca de ti.

McGuire extrajo de uno de los bolsillos de su guerrera una hoja de papel, que desdobló, leyendo:

El comandante Preston capturó un hospital de campaña de la Unión en

Manassas, hospital que ha mejorado sensiblemente por efecto de su labor personal. Teniendo en cuenta que durante la primavera y el verano se realizarán importantes operaciones militares, que originarán muchas bajas, se sugiere la conveniencia de que el comandante Preston se traslade temporalmente a Richmond, con objeto de explicar sus métodos a los médicos que prestan sus servicios en la brigada y la división.

 

—¿Tengo que dejar la Brigada Stonewall? —preguntó David.

—Sólo por una semana o poco más. El general no quiere prescindir de ti definitivamente. —McGuire entregó a David la carta—. El general Johnston apoyó la indicación de Jackson, lo mismo que el general Lee. La orden está firmada ya. ¿No podrías salir de aquí mañana por la mañana?

—Al amanecer, de ser necesario. Me gustaría cumplir la misión que me habéis asignado antes de que Jackson decida sacarse algo de la manga para confundir al enemigo de nuevo.

—Esta vez será necesario que recurra a todos sus trucos —manifestó McGuire, muy grave—. Se asegura que McClellan ha llegado a concentrar cien mil hombres, para la Campaña de la Península, en Yorktown, y que McDowell, probablemente, dispone de otros cincuenta mil, listos para cruzar el Rappahannock. Si esos dos aparecen juntos mientras el general Banks nos mantiene aquí en el Valle…

—¿De veras crees que los yanquis pueden hacer estar al viejo Jack en algún sitio no escogido previamente por él?

—Es lo que estuvieron a punto de conseguir… en Kernstown. ¡Ah! Acaba de llegar un correo. Había una carta para ti en el paquete de la jefatura y yo opté por traérmela, por si te marchabas antes de que hicieran la distribución de la correspondencia por la mañana.

David no tuvo que abrir la carta, reconociendo enseguida los trazos alargados e inclinados de la letra de Araminta.

Cuando McGuire se disponía a retirarse ya, dijo a David:

—Si te es posible, aprovecha tu estancia en Richmond para hacerte con más medicamentos. Vamos a necesitarlos, en verdad.

Tan pronto como McGuire se hubo ido, David abrió la carta de Araminta.

Querido:

Por una información publicada en el Post-Dispatch, de St. Louis (se

trata de un periódico de la Unión), me he enterado de la derrota sufrida por el general Jackson en Kernstown. Inmediatamente, consulté la lista de bajas que han publicado nuestros periódicos, pidiendo a Dios que no figurara tu nombre en ella.

Supongo que tú habrás oído hablar ya de la Batalla de Pea Ridge,

librada a mediados de marzo en Elkhom Tavern, en Arkansas. Los periódicos de la Unión, particularmente el que publica Horace Greeley, en Nueva York, ensalzaron el comportamiento de las tropas indias, a las órdenes del capitán John Drew, viejo amigo y compatriota… Quizá aullaron como salvajes en medio de la batalla, y si utilizaron arcos y flechas en lugar de fusiles fue porque no les habían entregado armas modernas.

David hizo una pausa, recordando que hacía tan sólo unos meses.

Stonewall Jackson había pedido un millar de picas a Richmond con objeto de armar a los nuevos reclutas, que todavía no disponían de rifles. Y él dudaba de que el aullido de los indios resultara más atemorizador que el que había oído proferir más de una vez a los confederados cuando se lanzaban a la lucha.

Además, a los soldados cherokees no les habían dado uniformes.

Tampoco habían recibido sus pagas. Tío John se enfadó mucho con el general Van Dorn y el comandante Pike, que se hallan al frente de las tribus indias que se han unido a la Confederación, por ordenar a nuestras tropas que salieran de sus territorios, donde se había convenido que desempeñaran el papel de simples guardianes del orden. Lachlan escribe, sin embargo, que los hombres de Stand Watle se portaron muy bien en Pea Ridge. Hemos montado aquí un pequeño hospital y hacemos cuánto podemos para ayudar a las víctimas de algunos atropellos (realizados principalmente por los jayhawkers), y a quienes padecen hambre a consecuencia de la escasez de alimentos. Pero disponemos de pocas cosas aparte de lo que podemos recolectar en el campo, o de lo que es posible pescar en el río.

Hasta hace poco, Lachlan ha podido vender algodón a través de Nueva

Orleáns y Matamoros, en México, a pesar del bloqueo. Aunque los yanquis se las dan de puros e idealistas, varios comerciantes de Boston han estado cargando el algodón en buques que pudieron burlar el bloqueo, llegando a las Bahamas o a las Bermudas, lugares en los cuales la mercancía es vendida de nuevo, con destino a las fábricas de tejidos de Nueva Inglaterra. Lachlan nos habla de bailes y de extravagantes cuestiones sociales de Texas y Arkansas, pero aquí, a orillas del río Arkansas, no conocemos nada de eso.

Cuando recuerdo las recepciones a que asistí en Washington y Boston,

me siento, naturalmente, un poco nostálgica. Todo ello pertenece ahora al pasado. Luego, cuando veo a mi alrededor gente que padece hambre, que está enferma, que no puede conseguir los medicamentos que precisa, ni siquiera las prendas de vestir indispensables, me arrepiento, me avergüenzo incluso de mis pensamientos. En realidad, estoy mucho mejor que tú o que Lachlan, si bien he de decir que mi hermano tiene ahora lo que quiere.

Te acordarás de que he sido yo siempre quien le hacía los cigarros a tío

John, aquellos que a él le agradan más. Milagrosamente, casi, Lachlan ha podido arreglárselas para hacerte con tabaco importado de Cuba, así que tío John no se priva de ese pequeño placer todavía. En el jardín cultivo ahora la planta digital. De medicamentos, en general, andamos escasos. Nos falta particularmente la quinina, que siempre hemos tomado en la primavera, que es la época del año en que se declaran las fiebres en esta región, habiendo mucha gente que sufre también de indisposiciones más o menos emparentadas con aquéllas. En los viejos tiempos, los Murrell nos trasladábamos a las montañas Great Smoky cuando empezaban las fiebres, pero creo que este año tendremos que arreglárnoslas aquí, como podamos.

Lachlan ha pasado unos días con nosotros, pero se irá dentro de unos

minutos, por cuya razón he de dar fin a esta carta, para que pueda llevársela y echarla al correo en Fort Smith. Te envía muchos recuerdos. Lachlan, desde luego, ha sido siempre un romántico, y estimo que al principio le agradó vivir la experiencia de la guerra. Pero ahora, habiendo visto ya qué es lo que representa para la gente inocente, que no es responsable de nada, sé que comprende la amarga verdad, que nadie gana nada realmente… con la única excepción, por supuesto, de los políticos, que salen de tales conflictos con más poder.

Y ésta es la razón, seguramente, de que se produzcan aquéllos. No me queda ya más que decirte lo mucho que te amo y lo mucho que

ansio estar a tu lado.

Siempre tuya,

ARAMINTA