La brigada Stonewall
Capítulo III
A la mañana siguiente, alrededor de las nueve, David dio fin a su diaria visita, en el hospital. Deteniéndose en el porche un momento, dejó que la brisa que soplaba desde Greenleaf Point, por donde el Anacostia se adentraba en el Potomac, se llevara los últimos e invisibles residuos de las miasmas interiores del centro. A continuación, cruzó la explanada de delante del hospital para dirigirse al poste en que había dejado atado su caballo. De pronto, vio a Jedediah Thorp, su ordenanza en el Washington Infirmary, que se le aproximaba al galope.
—El coronel Lawson desea que se presente usted inmediatamente en su despacho, doctor —dijo Jedediah, deteniendo su montura al lado de Preston —. Acaba de llegar al hospital un mensaje con el sello de «Urgente».
—Voy para allá —contestó David, cogiendo las riendas de su caballo y montando en éste con la agilidad de un consumado jinete—. Dígale a la enfermera jefe que me retrasaré un poco a la vuelta.
En el punto en que la Pennsylvania Avenue describía una curva en torno al palacio del Presidente, David cruzó el Parque siguiendo uno de los numerosos senderos existentes, para atar su caballo a uno de los postes que se veían frente al formidable edificio de ladrillos rojos, el del Departamento de la Guerra. Se encaminó luego hacia la planta en que se encontraban las dependencias del Medical Bureau, Un ordenanza le hizo pasar al despacho del coronel Thomas Lawson, jefe de los Servicios Médicos del Ejército, quien le dirigió una sombría mirada al corresponder a su saludo.
—Se ha tomado usted su tiempo para llegar aquí, capitán.
Lawson había insistido siempre en que a los médicos militares había que darles un rango de oficial. Siempre se les había llamado, simplemente, «doctores» antes de que él se las arreglará para lograr, mediante un decreto, en 1847, que les fuera asignado el rango de capitán, como mínimo. También podían ser comandantes. Esto dependía del tiempo de servicio y, lo que era más importante, de sus relaciones políticas en la capital. Con sus ochenta años de edad y su firme resistencia frente a cualquier cambio, Lawson se hallaba en la prehistoria si se establecía una comparación entre sus puntos de vista profesionales y los de David.
—Me encontraba en el hospital, señor. Dos nuevos casos de viruela…
—Yo ya tenía bastante, capitán, con este nido de avispas que Jefferson Davis ha removido… No necesitaba para nada una epidemia de viruelas a mí alrededor.
De pronto, la faz del viejo doctor se iluminó.
—Sin embargo, una pequeña epidemia podría ser algo así como una bendición si sirviera para alejar de la ciudad a esos contratistas que intentan dejar al departamento con sus arcas vacías… siempre y cuando no dejaran de llegamos sus vacunas.
—Vamos a necesitar muchos medicamentos y otras cosas de tipo sanitario cuando empiece la guerra, señor.
—Si es que hay guerra —puntualizó el coronel Lawson—. Al Presidente Lincoln no le faltan recursos para evitarla, poniendo no obstante a esos incendiarios de Charleston en el lugar que les corresponde al mismo tiempo. Alguien dijo en una ocasión que Carolina del Sur es demasiado pequeña para llegar a ser una nación y excesivamente grande para constituirse en asilo. Y a juzgar por la forma de conducirse sus gentes desde que Lincoln fue elegido Presidente, hay que convenir que sus límites se corresponden con lo último.
—En la guerra de Italia…
—Eso no fue una guerra, capitán, sino una escaramuza —declaró Lawson, severamente—. Hubiera debido vestir usted el uniforme tras lo de Santa Anna. —El anciano doctor revolvió unos papeles que tema encima de la mesa —. ¿Qué era lo que deseaba de mí, capitán?
—Usted me mandó llamar, coronel.
—¡Ah, sí! El Secretario de Estado desea que vea usted a ese jefe indio, a John Ross, que a toda costa desea mantener a nuestro lado, en consulta con el doctor Thaddeus Wilson.
—¿Fue requerida mi presencia a la cabecera del lecho del enfermo por el doctor Wilson, señor?
—¿Cómo? —Lawson soltó una sarcástica risita—. Wilson quería agarrar el techo con las manos, o poco menos, cuando se enteró de eso. Dice que Ross se está muriendo.
—Pero si sólo sufre una ligera congestión pulmonar…
Lawson levantó la vista bruscamente.
—¿Ha estado usted intentando ocuparse de Ross a escondidas del doctor Wilson, capitán? Usted sabe que no me gusta que los médicos del ejército trabajen particularmente, como civiles.
—El teniente Lachlan Murrell es sobrino del jefe indio, coronel. Fuimos condiscípulos años atrás y hacía casi cinco que no lo veía, hasta que nos encontramos casualmente ayer por la tarde, en el bar del Willard.
—Puede ser entonces que usted no sea culpable de nada, pero la verdad es que no hace aún media hora que salió de aquí el doctor Wílson, hecho una fiera, declarando que no pensaba celebrar consulta con un médico del que nadie ha oído hablar.
—He de asegurarle que el teniente Murrell y yo no concretamos nada sobre la cuestión de la asistencia de su tío, señor.
—Es posible… Bueno, al parecer, el Jefe Ross está peor. Será mejor que vaya a verle inmediatamente. Veamos… Se aloja en… —Lawson rebuscó entre los papeles de la mesa-r—. Yo tenía sus señas por aquí…
—El teniente Murrell me notificó, señor, que su tío estaba en el National Hotel.
—¡Eso es! Esperemos que no se dé allí otra epidemia…
Cuando la proclamación del Presidente Buchanan, cuatro años antes, habíase declarado una grave enfermedad intestinal entre los huéspedes del atestado National Hotel. Los congresistas fervientes partidarios del Sur solían frecuentar el viejo edificio, emplazado en la calle Sexta y la Pennsylvania Avenue, por su bar. El whisky de Kentucky suponía una atracción de mayor orden allí. Algunos habían alegado que la enfermedad formaba parte de un complot urdido por los republicanos, que deseaban envenenar a los líderes del Partido Demócrata. Pero al final todo había sido atribuido a unas emanaciones del alcantarillado. Los guasones de la capital alegaron que sólo se trataba de un «producto secundario», tóxico, proveniente de la palabrería congresista, a que tan aficionados eran, según aquéllos, los fanáticos partidarios del Sur.
—¿Desea usted un informe detallado sobre Ross en cuanto lo vea, señor? —inquirió David.
—Yo no puedo perder el tiempo ocupándome de los indios que se meten en cuestiones políticas, capitán. Tengo otras cosas más importantes que hacer. Redacte un informe para el Secretario de la Guerra, pero envíeme una copia del mismo…
—¿Y otra para el doctor Wilson?
Lawson se echó a reír.
—Él se limitaría a romper el papel. Buenos días, capitán.