La brigada Stonewall

Frank G. Slaughter · Capítulo 82 de 89

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La brigada Stonewall

Capítulo V

 

EL primero de agosto de 1864, el general Philip Henry Sheridan, hombre, joven ya marcado por el destino para ocupar altas posiciones, fue puesto al frente del Ejército Federal del Valle, al cual dirigió hacia el norte, desde, el sector de Petersburg, para encargarse de cubrir nuevas posiciones. El Ejército Confederado de Virginia del Norte había quedado en posición difícil porque se veía rodeado, en virtud de esa circunstancia, por una fuerza muy superior en hombres y armamento.

Atlanta, también, estaba estrechamente sitiada y el general Hood no había conseguido mayores éxitos que los alcanzados antes que él por Johnston: el ejército de Sherman seguía presionando implacablemente y la ciudad ya no podría resistir mucho más.

En consecuencia, todo el Sur entró en un período de parálisis al llegar el otoño. Aturdido por la sucesión de derrotas y por las privaciones de todo género que debía soportar, en nada levantaban los ánimos confederados las rápidas y a menudo felices escaramuzas de les tropas de Early.

En el Norte, los radicales y los demócratas continuaban sus ataques contra la administración de Lincoln, quien parecía mostrarse curiosamente sensible ante todos los ataques, ahora que se entraba en pleno período electoral: menos de tres meses faltaban ya tan sólo para el día de los comicios.

Sin embargo, a pesar de las derrotas infligidas a la Confederación, el ejército de Grant no había logrado aún tomar Richmond ni Petersburg, fracasos que los opositores de Lincoln no dejaban de agitar constantemente como material electorero contra el Presidente. Nadie, en el Sur ni en el Norte, esperaba que la guerra pudiese ya extenderse mucho tiempo; pero lo cierto era que tampoco se veía una salida al conflicto porque los dos Presidentes, Jefferson y Lincoln, permanecían inconmovibles en sus respectivas posiciones.

El 7 de agosto se confirió a Sheridan el comando de una nueva división que incluía una serie de fuerzas hasta entonces desorganizadas, la cual fue más conocida enseguida con el nombre de Ejército del Shenandoah; con él esperaba Sheridan terminar con las fuerzas de Early.

Para medir las posibilidades de su oponente, Sheridan lanzó en seguida un ataque hacia Winchester, donde se hallaban en ese momento las fuerzas de Early, agotadas pero atrincheradas en fortificaciones que Early había hecho construir en espera de un ataque. Early estaba deseoso de entrar en batalla contra Sheridan para conocer hasta qué punto éste merecía los grandes elogios que por entonces se le dirigían en el Norte.

En su primer empuje, sin embargo, Sheridan demostró no ser tan audaz como los atrincherados esperaban. Tras algunas escaramuzas se retiró con el fin de asegurarse una línea mejor de abastecimientos para su ejército. Aprovechando esa oportunidad, Early salló tras él; pero en una áspera refriega librada junto a Winchester fracasó al intentar dañar seriamente a las fuerzas de Sheridan.

Tampoco pudo Early desgastar al ejército de Sheridan en otros intentos posteriores. Sin embargo en el Norte, Lincoln precisaba una auténtica victoria antes de las elecciones y ésta continuaba sin producirse. En un diario capturado por una patrulla de Early a tropas federales podía leerse el memorándum que el Presidente había presentado a su gabinete, pidiendo a cada uno de sus integrantes que lo firmara sin leerlo. Decía así:

Esta mañana, y en realidad antes ya de que esta mañana amaneciese,

resulta extremadamente probable que la presente administración no llegue a ser reelegida. En tal caso, es mi deber cooperar con quien resulte presidente electo en la tarea de salvar a la Unión en el período comprendido entre el acto de la elección y la toma efectiva del gobierno por el Presidente que me suceda, porque su elección habrá tenido lugar gracias a un tipo de ofertas que no podrá seguir manteniendo una vez en ejercicio de sus funciones como Presidente.

Lo último estaba directamente dirigido a McClellan, que era el más fuerte de los candidatos que se oponían a Lincoln hasta entonces; pero también resumía las propias ideas de Lincoln sobre las implicaciones políticas de la guerra en la próxima elección.

El miércoles 24 de agosto de 1864, en un último intento de lograr la paz, Lincoln autorizó al editor Henry J. Raymond a buscar una conferencia con Jefferson Davis para discutir un acuerdo, notificando a Davis que la guerra terminaría «sobre el restauración de la Unión y la autoridad nacional». El presidente, por supuesto, se negó a aceptar.

El 21 de agosto, Jubal Early, todavía jugando al tábano, había conducido a su ejército, incluida la Brigada Stonewall y! los otros regimientos de Virginia, que ahora contaban con poco más de cuarenta y cinco hombres cada uno, en un nuevo movimiento hacia Shepherdstown, West Virginia, con la intención de cruzar una vez más el Potomac hacia Maryland y Pennsylvania. Esta vez, sin embargo, los vados del Potomac estaban bien vigilados y Early se vio obligado a retirarse.

El 29 de agosto, mientras se dirigía al Partido Demócrata Na! Convención Nacional en Chicago, embriagado ahora con la convicción de que podrían nominar a un candidato para derrotar a Lincoln y poner fin a la guerra de inmediato, August Belmont dijo a los delegados reunidos:

Cuatro años de desgobierno por parte de un partido compuesto por

varias secciones independientes, fanático y clandestino han llevado a nuestro país al borde de la ruina.

Y al día siguiente, los demócratas adoptaron la plataforma para poner fin a la guerra y proponieron para presidente, para sorpresa de nadie, el general de división Georg B. McClellan, con Thomas H. Seymour, ex gobernador de Connecticut, como vicepresidente.

El 30 de agosto, los demócratas adoptaron una plataforma destinada a terminar la guerra y designaron como candidato del partido al general McClellan, lo cual no constituyó sorpresa para nadie. La plataforma electoral decía así:

La justicia, la humanidad, la libertad y el bienestar público exigen que

se lleven a cabo de inmediato esfuerzos eficaces que pongan fin a las hostilidades. Posteriormente habrá de celebrarse una convención de todos los estados y buscarse todos los medios pacíficos para que la paz pueda restaurarse sobre la base de una unión federal en todos los estados.

Esto no era nada nuevo, puesto que insistía sobre algo que el propio Lincoln venía propugnando desde hacía ya bastante tiempo. Pero la situación cambió radicalmente cuando el propio Presidente recibió un telegrama del general Sherman desde Atlanta, en el cual le comunicaba que la batalla por la ciudad estaba «limpiamente ganada». En la misma fecha, Lee, en Richmond, ordenaba a Early que se dirigiera a reforzar las defensas de Richmond y de Petersburg, lo cual mostraba a las claras que estimaba imposible e inútil toda acción contra el Ejército de Sheridan que rápidamente incrementaba sus fuerzas en el Valle. Con palabras que parecían marcar la sentencia de muerte para la Confederación, Lee urgía también a los que se encontraran licenciados a unirse a las fuerzas y lanzaba una solemne llamada para que aumentara los nuevos enrolamientos. La proclama decía:

Nuestras filas son cada día menos numerosas por obra de las pérdidas y

de las enfermedades. Y como son pocos los nuevos reclutados, las consecuencias parecen inevitables.

El 19 de septiembre, el ejército de Sheridan, compuesto por más de cuarenta mil hombres, batió sin remedio a la dividida fuerza de Early que por entonces ya sólo sumaba doce mil, en la tercera Batalla de Winchester, obligando a las unidades confederadas a retirarse hacia el sur, hasta el camino de portazgo del Valle. Más tarde, en otro, encuentro cerca de Fisher’s Hill el 22 de septiembre, Sheridan insistió en el ataque, desalojando a los confederados de esa posición y llevándolos hasta más lejos, en el Valle. Fue en esta última batalla donde Sandie Pendleton, quien había permanecido junto a la Brigada Stonewall como David, Joe Stannard y John Imboden, resultó herido.

Una hora más tarde fue llevado por una ambulancia hasta el improvisado hospital de David Preston, compuesto ya de un solo carro, plantado junto a un camino. A David le bastó una mirada al joven oficial para comprender que su estado era grave. Estaba mortalmente pálido. Su uniforme mostraba grandes manchas de sangre y llevaba colocado un torpe vendaje en torno a la cintura y en el abdomen. Dirigiéndose a un lugar que mantenía cuidadosamente secreto, extrajo de él una de las muy pocas dosis de morfina que aún le quedaban. Sirviéndose de una aguja hipodérmica, inyectó a Sandie una fuerte cantidad del narcótico, antes de dedicarse a practicar el siempre doloroso reconocimiento de las heridas. Sandie abrió los ojos cuando sintió el pinchazo de la aguja.

—Nunca uses un caballo blanco en una batalla nocturna, David —dijo el joven oficial, quien había alcanzado el grado de jefe del estado mayor de Jubal precisamente antes de resultar herido. Ya me lo había advertido Kyd Douglas; pero yo quería que los hombres supiesen que sus comandantes no sentían miedo.

—Trata de no hablar, Sandie. Quiero ver bien el estado de tus heridas.

—Creo que son mortales. Pero al menos no se dirá que me han matado mis propios hombres, como sucedió con el general Jackson.

La herida en la cintura había interesado una arteria vital y continuaba sangrando, aunque no en demasiada cantidad. Para controlar la hemorragia hubiese sido preciso abrir la herida y buscar la arteria, lo cual, como David sabía muy bien, hubiese significado aumentar la hemorragia. Y aun cuando hubiese estado en condiciones de suturarla —eventualidad muy remota, puesto que trabajaba a oscuras y sin cloroformo, el cual se había acabado— la pierna hubiese quedado sin la correcta irrigación y la gangrena no hubiese tardado en aparecer.

Trabajando con el mayor de los cuidados, David envolvió la cintura de Sandie con largas tiras de género, para presionar los vasos de toda esa zona, aunque sabiendo hasta qué punto heridas como aquélla eran graves y conociendo los terribles sufrimientos que esperaban a Sandie. Casi se vio tentado por la idea de no hacer nada por conservarle la vida, dejando que la misma se apagase tranquila y misericordiosamente.

Hal Perkins tenía ya la suficiente experiencia para no solicitar explicaciones sobre el estado del joven oficial. Fue de otra grave situación de lo que habló:

—Si fió abandonamos este lugar, seremos capturados, señor. Los yanquis están avanzando.

—¿Cómo dejar a un moribundo?

—Conozco muy bien esta parte de valle, señor. El doctor Murphy vive en Woodstock, localidad que está a unas millas de aquí y se ha encargado ya de cuidar heridos de guerra. El coronel Pendleton estará mucho mejor con él que dentro de una ambulancia en fuga.

—¿Y si es tomado prisionero?

—Los yanquis avanzan demasiado rápido para prestar atención a los heridos.

—Creo que tienes razón, Hal. Lleva al coronel a Woodstock y pide al doctor Murphy que cuide de él. Llévale asimismo la morfina que ha quedado. Probablemente no tiene y puede servirle para aliviar los dolores de Sandie.

De nuevo se presentaron las habituales confusiones en la retirada rápida que los sureños tuvieron que improvisar. Cuando, al día siguiente, se dirigían hacia el sur, David, Joe Stannard, John Imboden y Lachlan Murrell (cuyo brazo había cicatrizado perfectamente y estaba tan bien como antes) se detuvieron en Woodstock para asistir al funeral de Sandie Pendleton, que había muerto la noche anterior.

Los amigos vieron en el sol de octubre un pequeño grupo de hombres que llevaban rifles y que se aproximaban. Casi todos ellos habían formado parte de la Brigada Stonewall cuando Sandie Pendleton había llegado para incorporarse a ella y acudían a disparar una descarga para despedirlo. Al retirarse todos del pequeño cementerio pudieron ver los fuegos federales que ardían en numerosos campamentos situados por todo el Valle, muda evidencia de que Sheridan estaba llevando a cabo el plan de Grant, por el cual todo el Valle debía quedar para siempre libre de tropas confederadas.

Sin embargo, el general Jubal A. Early aún no se había dado por vencido en el Valle del Shenandoah. El 19 de octubre lanzó una ofensiva a cuya vanguardia iba la Brigada Stonewall y lo que quedaba de los otros regimientos de Virginia, logrando derrotar a una fuerza yanqui sorprendida mientras acampaba en las cercanías de New Market. Sin embargo, al replegarse sus enemigos no quiso perseguirlos por temor a quedar aislado, aunque quizá también el Viejo Jube comenzaba a cansarse de luchar por una causa que estaba absolutamente perdida.

—Al quedar destruidas las viejas legiones de Jackson, el fin ya era sólo cuestión de tiempo —dijo un extenuado oficial confederado.

El 6 de diciembre, los alicaídos veteranos de la Brigada Stonewall se despidieron de su querido Valle del Shenandoah y se dirigieron por tren a Petersburg. Detrás de ellos quedaba, ya sin defensa, el Valle, que pronto sería escenario de pillajes y destrucciones, tras las rápidas y contundentes campañas de limpieza llevadas a efecto por Sheridan por orden de Grant.

—Nuestros hombres suman cada día menos —dijo Joe Stannard con voz inerte mientras el tren que llevaba a parte del ejército de Jubal Early entró en la ladera este del Blue Ridge, camino a Richmond.

Seis meses antes, el general Early había usado esa ciudad como una especie de plataforma para penetrar profundamente en campo enemigo, en campañas que en un caso le llevaron hasta las puertas mismas de Washington. Ahora ya se disponía a abandonar todo. Se acababa la retención del Valle del Shenandoah por parte del ejército confederado, retención que había desempeñado un papel fundamental en la determinación de las estrategias, tanto federal como sureña, encaminadas por un lado a tomar Richmond y por el otro a defender la capital. Pero, al menos la batalla por Richmond aún estaba por librarse definitivamente. Era la batalla que había comenzado en realidad con el encuentro en Manassas Junction y en Bull Run, durante el verano de 1861.

—Tal vez el Viejo Jack haya resultado afortunado cuando la suerte se lo llevó en la cúspide de su carrera —dijo Lachlan Murrell—. Murió tranquilo, creyendo obedecer la voluntad de Dios, tal como él la interpretaba. Así se ahorró el espectáculo de una bien amada Causa que se derrumba, aunque el derrumbe se deba en gran parte a las estrategias erradas y a los sucios manejos de la política.

—Tengo la impresión de que aún nos espera lo peor —dijo sombríamente Joe Stannard.

—No a mí —replicó David—. Ahora comprendo lo que quiso decir Jackson con sus últimas palabras, que fueron: «Crucemos el río y descansemos bajo los árboles». Hay una pequeña ensenada en el condado de Botetourt, donde el rencoroso Congreso de los Estados Unidos no podrá hallarme. Y hacia allí escaparé en cuanto la lucha termine.

—Sigue mi consejo y vete ya —le dijo Stannard—. Ya sé que volviste al ejército por causa de la Brigada Stonewall; y como ya vamos quedando tan pocos, no vale la pena que te sacrifiques.

—Los virginianos nos presentamos a luchar entre los primeros en esta guerra —replicó David—. Y nos quedaremos para ver el final.

—Ruega a Dios entonces para que la agonía no se prolongue demasiado —dijo John Imboden, quien estaba de acuerdo coa Stannard—. Cuando recuerdo cómo era este Valle cuando lo atravesamos camino a Manassas Junction aquel primer verano y veo cómo ha quedado ahora, comprendo qué horribles dimensiones ha alcanzado la guerra en todas las zonas en que se ha luchado como aquí.

—Siempre que pienso en Sandie Pendleton lo veo como un personaje de historias de caballería —dijo David, recordando la recién llenada tumba de Woodstock—, pero, aunque anacrónico, el personaje aún puede despertar un espíritu como el del caballero español… al recuerdo la letra de la canción.

—Yo la recuerdo —dijo Joe Stannard.

Y empezó a cantar en voz baja:

The Spanish cavalier stood in his retreat

And on his guitar played a tune, decur,

The music so sweet, we’d oft-times repeat,

The blessings of my country and you, dear[16].

—A Sandie le cuadraba aquella canción. Por eso es tal vez mejor que haya muerto cuando aún quedaba de la guerra un dejo propio de un antiguo romance caballeresco —dijo John Imboden—. Sospecho que los señores Ulysses S. Grant y Philip Sherman se encargarán de que todo eso camine para siempre hacia el olvido.