La brigada Stonewall
Capítulo VI
CUANDO la epidemia de viruela alcanzó su apogeo, dos semanas más tarde, Hal Perkins trajo suficiente materia extraída de las costras de los niños vacunados, que les habían aparecido en los brazos. Los niños no sólo eran los de su hermana. Oíros padres habían ofrecido los suyos, también, como sujetos aptos para este experimento humanitario, de modo que hubo suficiente material para inmunizar al resto de los reclutas. Como resultado de esta campaña de vacunación, la marea epidémica comenzó a declinar y pronto quedó controlada.
Entretanto, el 9 de octubre, el general Jeb Stuart y mil ochocientos hombres a caballo cruzaron el Potomac en el lugar llamado Black Creek. Penetrando en territorio de Pennsylvania unas treinta millas, alcanzaron Chambersburg y quemaron allí los almacenes militares. En los dos días que siguieron, la rápida caballería de Stuart capturó gran número de caballos antes de dirigirse hacia el este hasta Cashtown, que se encuentra en el camino entre Gettysburg y Baltimore. Rodeando por completo al ejército de casi ochenta mil hombres de McClellan, Stuart atravesó de un solo galope el valle del río Monocacy para volver a cruzar el Potomac a la altura de Frederick, haciendo una cuarta de narices al ejército de la Unión y enviando olas de temor a través de todo el norte hasta Washington.
Solamente un hombre resultó herido en la rápida expedición que, como la que Jeb Stuart hiciera en torno a McClellan poco antes ese mismo año, no aportó nada en sí misma si se exceptúa un buen número de caballos que los del Sur necesitaban con gran urgencia; pero la acción de Stuart tuvo un efecto tremendo sobre la moral de las tropas enemigas. Lachlan Murrell irradiaba felicidad al terminarse la expedición, cuando llegó al campamento de Stonewall Jackson en Bunker Hill. Venía del cuartel general de Stuart, situado en una propiedad que se encontraba a unas cinco millas. En honor de Lachlan, Hal Perkins preparó otro de sus famosos ponches de ron y David se sentó junto a su amigo frente a un buen fuego aquella noche. Ambos se pusieron a beber el ron, hablando de la ya legendaria expedición a través del sur de Pennsylvania.
—Una o dos veces me entraron ganas de descabellar a alguien —dijo incontenidamente el oficial cherokee—. Aunque sólo fuese para que esos malditos holandeses supieran que en la expedición iba un indio vivo.
—Mis antepasados por parte de mi madre vinieron al valle desde Germantown, en Pennsylvania a principios del setecientos. Llegaron a librar una verdadera batalla con algunos indios a lo largo del camino de Philadelphia…
—¿Qué era eso?
—Era el único camino que por entonces llevaba de Pennsylvania al valle. Muchos de los colonos que vinieron a Virginia Occidental e incluso a la parte oeste de Carolina del Norte, lo siguieron. La batalla con los indios tuvo lugar en un lugar llamado Cartmill’s Gap no muy lejos al norte de Buchanan, en el condado de Botetourt.
—Esos indios eran shaunis y nunca se civilizaron como fue el caso con los cherokees y los choctaws —dijo Lachlan—. Eran Valientes. Por cierto mucho más valientes que algunos de los holandeses que nosotros acabamos de perseguir y que salían disparados en busca de refugio cuando atravesábamos la zona de sus cabañas. Tendrías que haberlos oído chillar cuando les cogimos los caballos. Estoy seguro que a estas horas ya le habrán pasado la factura al gobierno, pidiendo indemnización por sus pérdidas.
—¿Supongo que comprendes que la expedición que acabáis de llevar a cabo tendrá como efecto incitar a McClellan para ordenar una nueva invasión en la parte oriental de Virginia, no?
—El viejo Jack y Jeb Stuart lo han planeado así entre ellos, —le dijo Lachlan tranquilizándole—. Se requieren vituallas y municiones, además de una buena cantidad de forraje para los animales (caballos y mulas) para mantener en pie a un ejército. Jackson estima que los yanquis son sus mejores intendentes de ejército; y si puede incitarlos para que se muevan antes de estar preparados, tiene posibilidades de tomarlos fuera de forma. Ya has estado junto a él bastante tiempo y sabes que ése es uno de los secretos de su éxito.
—Cuando ha llegado a sobrevivir tras esas campañas destinadas a salvar Richmond, la idea de volver hacia atrás y luchar nuevamente por el mismo territorio (y será la tercera vez) mientras la gente enferma de malaria, no me resulta particularmente atractiva.
—Tomamos gran cantidad de equipos móviles en el Valle de Cumberland; deshicimos las líneas de ferrocarril de Hanover en Chambersburg y quemamos gran parte de todo eso —dijo Lachlan—. Pero antes de cortar las líneas de telégrafo, el sargento Walheim se las arregló para enviar un mensaje a Washington haciéndoles creer que era del propio McClellan, en el cual se decía que Jackson había cruzado el río al frente de cincuenta mil hombres y que se disponía a marchar sobre Philadelphia. Apuesto que al viejo Lincoln se le mojaron los pantalones ese día.
Del bolsillo de su chaqueta Lachlan extrajo un cigarro largo y delgado, encendiéndolo mediante una pequeña vara que arrimó a los carbones enrojecidos del fuego de campaña. Cuando la fragancia del humo le alcanzó las narices, David se irguió súbitamente, porque aquel aroma le resultaba familiar, aunque había pasado año y medio desde el día en que lo oliera por primera vez. Sí, ahora recordaba: había sido en el apartamento de John Ross, en el Hotel Willard de Washington.
—Ese cigarro —dijo con voz velada—, ¿de dónde lo has sacado?
—Araminta me envió un paquete. Ya me imaginé que reconocerías el olor. El tío John siempre gustó de las mejores hojas de La Habana y ella los enrolla como nadie en el mundo.
—¿La has visto?
—No, pero puse tu carta en el correo precisamente cuando recogí estos cigarros que ella envió a mi amiga de Chambersburg. También me envió otras cosillas.
Buscando en el bolsillo pectoral de su chaqueta, Lachlan extrajo un sobre y se lo extendió a David. A pesar del aroma del cigarro que su amigo estaba fumando, aquél reconoció el perfume favorito de Araminta en el papel delgado y crujiente que estaba dentro del sobre.
—Es para ti.
David puso la carta en uno de sus bolsillos. Prefería leerla más tarde a solas.
—Esa amiga tuya…
—Tal vez sea mejor que no digas nada de ella —le interrumpió Lachlan —. Sospecho que hay por aquí tantos espías de ellos como nuestros en campo norteño. Ese tal Allan Pinkerton que el Ministro de Guerra de la Unión ha contratado parece tenerlos en todas partes.
—¿Cuándo crees que los yanquis desatarán su próxima ofensiva?
—En nuestra expedición obtuvimos plena evidencia de los preparativos en las vías del ferrocarril y en los caminos que llevan a Chambersburg y a Frederick; pero yo diría que les hemos destruido equipos suficientes como para retenerlos un poco. Stuart y Jackson están trabajando en el cuartel general en este preciso momento y creo que redactarán un informe para el general Lee. Hemos oído en Winchester, además, que Jefferson Davis ha pedido al gobernador Letcher que reclute a cuatrocientos o quinientos negros para trabajar en las fortificaciones de Richmond. Creo que desea que nos contengamos un poco y no incitemos a McClellan al ataque.
Lachlan se puso de pie, desperezándose.
—Creo que será mejor que vea al general Stuart por si ya se dispone a volver a su campamento. Esta noche habrá un baile en su honor allí.
—Llévate el resto del ponche —le dijo David—. Además tengo por ahí media botella de ron que también puedes llevártela.
Cuando su amigo se marchó, David se introdujo en su tienda y encendió una lámpara que tenía siempre disponible por si se le llamaba en caso de alguna urgencia para visitar a algún soldado enfermo o muerto. En este último caso tenía que extender rápidamente el certificado de defunción para poder efectuar el entierro antes de la diana de la mañana. El espectáculo de muchos hombres que morían de la viruela, ahora felizmente controlada, y de otras enfermedades (todas las cuales en conjunto cobran más vidas que los mismos combates) a menudo lleva a los hombres a desertar. Ése es un permanente problema en las campañas militares.
A la luz de la lámpara desdobló la página que Araminta le había enviado y leyó:
Washington Square Sur, 708
Philadelphia, Pennsylvania
7 de octubre de 1862
Mi querido:
Te escribo desde Philadelphia, donde el tío John, la tía Mary y yo nos
hallamos ahora internados (según creo se dice) por toda la duración del conflicto entre los Estados Unidos y los Estados Confederados de América, para citar el documento que se nos dio cuando fuimos enviados a Philadelphia desde Saint Louis, tras nuestra captura en Park Hill. No entraré en detalles sobre ese episodio porque Lachlan ha escrito diciendo que está contigo, de modo que sé que los conoces. Llegamos por barco a Wheeling, en el nuevo estado de Virginia Occidental que el señor Lincoln está en proceso de crear. Desde allí nos dirigimos por tren a Philadelphia. Afortunadamente, la tía Mary tiene una casa aquí, la cual no resultó dañada en los tumultos que se produjeron y que tuvieron por víctimas a los simpatizantes de la Confederación. La casa está en la Plaza de Washington y los tumultos de que te hablo tuvieron lugar en los primeros días de la guerra. Estamos bien situados y hasta contamos con la vieja aya que cuidó de la tía Mary cuando ella era pequeña, y ahora nos ayuda en las tareas de la casa. El tío John se encuentra bien y hasta ahora me las he arreglado para conseguirle la digitalina que necesita.
Sin embargo, las noticias de Tahlequah no son buenas. Tras la captura
de tío John, el capitán John Drew y las tropas cherokees que le son leales permanecieron en Park Hill con el fin de proteger los bienes de la familia Ross y los de los Murrell. Pero se nos ha informado —por una fuente mediante la cual Lachlan puede comunicarse a la vez con Park Hill y con nosotros, pero que yo no puedo mencionar porque perjudicaría a nuestros amigos en Pennsylvania— que Stand Watle y sus hombres se han transformado en bandidos.
En agosto se apoderaron de la tienda de suministros generales
perteneciente a Daniel Ross y a Sam Gunter, leales ambos al tío John, en Fort Gibson. Watle quemó la tienda y desparramó por los suelos un centenar de bolsas de azúcar cuando muchos soldados del Sur están a media ración en el mejor de los casos y los niños cherokees se hallan casi muertos de hambre.
El 21 de agosto Stand Watle reunió un consejo cherokee y a punta de
pistola se proclamó a sí mismo Gran Jefe. Sus hombres, por otra parte, mataron a dos leales cherokees en el huerto de nuestra casa familiar en Park Hill y, puesto que los Murrell y los Ross permanecían fieles al tío John, no sé lo que podrán llegar a destrozar más tarde.
El 15 de septiembre fui con el tío John a Washington. Le había invitado
a ir el presidente Lincoln y entre ambos mantuvieron una larga conferencia al día siguiente. Sea cual fuere tu opinión sobre el presidente Lincoln y su resolución de invadir el Sur, se mostró muy comprensivo ante los problemas que enfrentaba el tío John y los cherokees que le siguen siendo leales. Nos atrevemos a esperar que cuando la guerra haya terminado por fin, el gobierno de la Unión no mantendrá el tratado que los cherokees firmaron con el Sur en contra de los intereses de nuestra nación.
Trato de ayudar siempre que puedo en los hospitales situados aquí en
Philadelphia. Mis pacientes son a menudo prisioneros del Sur que se hallan enfermos o heridos. Unánimemente rezan y yo con ellos para que esta guerra termine cuanto antes.
Tal vez te resulte tedioso que constantemente te escriba para decirte que
te amo. Cierta vez me dijiste que te gustaría ser poeta. Yo, por mi parte, quisiera ser una de las Bronte o tal vez Elizabeth Barrett Browning, cuyos poemas leí en Mount Holyoke. Si así fuera, podría describir el amor que por ti siento en frases poéticas. Pero, como tú, nada tengo de literata y las palabras no me sirven. Cuando por fin me encuentre junto a ti podré probarte mi amor entre tus brazos.
Destroza por favor esta carta. Estoy segura que mucha consideraría que
soy una persona poco delicada e incluso desvergonzada por escribirte eso. Pero tenía que escribírtelo por que a los cherokees se nos enseña desde niños a decir la verdad De modo que te lo repito: te amo.
Tuya
ARAMINTA