El ejecutor
Sede del Haugesunds Avis: Martes por la tarde, 14 de octubre de 2014
Sede del Haugesunds Avis
Martes por la tarde, 14 de octubre de 2014
La jornada laboral se acercaba lentamente a su fin. Viljar había entrevistado, redactado, verificado los datos y revisado el texto. Finalmente había enviado el artículo sobre la muerte en las torres a la sección de noticias. Había concluido su tarea, pero no se sentía para nada satisfecho. Cada vez que la muerte llamaba a la puerta, tenía la sensación de que le encerraran en un sótano pegajoso y húmedo. Se veía atrapado por sus propios pensamientos, hundiéndose en una oscuridad inmensa en la que todo parecía gritar como un eco de lo que había ocurrido antes. El teclado cobraba vida propia. No había ninguna conexión entre los dedos que volaban sobre las teclas y su mente, sumida en aquel abismo negro.
Cuando había hablado con Lotte, sintió como si algo emitiera un quejido en su conciencia. ¿Tendría algo que ver con el correo que había recibido? Al principio lo había descartado. No haría más que interferir con el artículo que debía escribir, pero, una vez que lo había entregado, esos pensamientos afloraron de nuevo.
El director Johan Øveraas se detuvo junto a su cubículo, interrumpiendo sus divagaciones.
—Vaya, vaya, Gudmundsson. Hoy te estás aplicando con gran entusiasmo. Ya era hora, coño.
Viljar no tenía ánimos para darse la vuelta y se limitó a contestar con un breve gruñido. Al no recibir respuesta, se vio en la obligación de dejar lo que estaba haciendo y girarse para mirar a aquella bola de sebo y averiguar qué era lo que quería. Øveraas sonrió. No era una de sus habituales muecas sarcásticas, sino una sonrisa genuina.
—Dos cosas, Gudmundsson. En primer lugar, quiero disculparme por mi arrebato de esta mañana. No está bien por mi parte ponerme a insultarte delante de los demás empleados. Fue muy poco profesional por mi parte. Una vez aclarado esto, debo insistir en que quise decir cada una de las palabras que dije.
«Ya me parecían a mí muchas disculpas», pensó Viljar.
—¿Y lo otro que querías decirme?
—¿Cómo?
—Lo otro, Øveraas. Has dicho que tenías que comentarme dos cosas.
—Ah… Se me ha ido la pinza. En segundo lugar, quería felicitarte por el artículo que acabas de entregar hace un rato. Está muy bien redactado. Un trabajo minucioso.
Johan Øveraas se encaminó lentamente hacia su despacho, pero tras dar unos pasos volvió a girarse.
—La policía cree que se trata de un homicidio, ¿no?
—Cuando Lotte Skeisvoll emplea la expresión «muerte sospechosa» ante los medios apenas media hora después de personarse en el lugar de los hechos, está muy claro que debe de tratarse de un homicidio.
—¿Sabemos algo más?
Viljar sabía que aquel era el momento apropiado para hablarle sobre el correo que había recibido, pero optó por no hacerlo.
—No sabemos más de lo que dice el artículo. Veremos qué ocurre mañana.
Johan Øveraas permaneció expectante, escrutando a Viljar como si esperara que dijera algo más. Cuando vio que no daba muestras de profundizar en su respuesta, el director asintió brevemente y continuó andando. En cuanto Viljar oyó el portazo de la puerta de su despacho, empezaron a temblarle las manos. Sacó tres chicles de nicotina y los mascó frenéticamente hasta que los temblores se apaciguaron.
Poco después vibró su móvil. Lo cogió y miró la pantalla. «Número no identificado», decía con letras luminosas. Respondió:
—Gudmundsson, Haugesunds Avis.
—Hola, Viljar. Soy Lotte Skeisvoll.
—Ah, sí…
—¿Puedes pasarte por la comisaría? Tenemos que hablar contigo.
La voz de Lotte sonaba fría y llena de determinación, como de costumbre.
—¿Puedo preguntar de qué se trata?
—Puedes preguntar, pero no vas a obtener respuesta alguna —dijo la inspectora al otro lado de la línea, y colgó antes de que él pudiera protestar.
La comisaría de policía se alzaba junto al muelle de Smedasundet. La entrada del edificio de ladrillo blanco recordaba inconfundiblemente a la de un agradable hotel. Sin embargo, las comodidades que ofrecía a los que pasaban la noche en él eran algo más espartanas que las de otros alojamientos de la ciudad.
Dentro de la comisaría, el aire acondicionado estaba estropeado. El ambiente era caluroso y húmedo, y olía a sudor encerrado. Viljar se encontraba solo en lo que suponía que era una especie de sala provisional de interrogatorios. ¿O tal vez se trataba de un despacho normal y corriente? La silla de madera en la que estaba sentado era dura e incómoda. Miró a su alrededor para intentar detectar el típico «espejo de pared» tras el cual los policías podían observar todo lo que hacía. Viljar se sintió decepcionado al darse cuenta de que la vida real tenía muy poco que ver con los clichés de las películas.
Se abrió la puerta y Lotte Skeisvoll entró con dos tazas de café. Se sentó frente a él y le acercó una taza por encima de la mesa. Viljar la levantó haciendo un gesto como de brindar.
Dirigió su atención a la inspectora policial. Iba vestida de calle, aunque igualmente podría tratarse de un uniforme. La blusa beige, abrochada hasta el cuello y recién planchada. Los pantalones negros con raya. La espalda recta y el gesto rígido.
Lotte encendió una pequeña grabadora digital y, tras recitar las fórmulas introductorias de rigor, la colocó con precisión milimétrica sobre la mesa redonda. Examinó la grabadora durante un par de segundos y esperó un momento antes de mover las manos para pedirle a Viljar que hablara.
—Cuéntame —dijo ella.
—¿Que te cuente el qué? Me has llamado tú.
—Pero tú eres la persona que nos ha enviado un correo electrónico sobre unos asesinatos inminentes —replicó secamente.
—Ah… Ya veo. —Tal y como se temía Viljar, la policía había empezado a relacionar los dos sucesos—. ¿Creéis que ese correo tiene relación con la muerte de Rita?
—No creemos nada. Y si creyésemos algo, no se lo contaríamos a los medios. A vosotros simplemente os contamos lo que ya sabemos. Y puesto que todavía no sabemos nada, te invitamos a que nos cuentes algo más sobre ese correo electrónico en cuestión. ¿Cuándo te llegó? ¿Había otros destinatarios? ¿Por qué motivo lo consideraste lo bastante serio como para reenviármelo a mí personalmente? ¿Has recibido más mensajes? ¿Quién más en el periódico tiene constancia de ese correo? En resumen… cuéntamelo todo.
En la medida en que pudo, Viljar habló. Sobre el correo electrónico, sobre los pensamientos que había tenido acerca de que se trataba de una broma, sobre la conversación con Ranveig y lo que habían acordado hacer.
—¿El director no sabe nada? —preguntó Lotte extrañada.
—No, todavía no, pero si llegasen otros correos tendría que… Entonces tendría que…
Lotte asintió. Un destello de reconocimiento apareció en su mirada.
—Eso quiere decir, si te he entendido bien, que en la edición de mañana del periódico no saldrá nada sobre un desequilibrado mental que ha decidido informar a la opinión pública acerca de sus amenazas.
—No, mañana no.
A Viljar le gustaría prometer que así sería también en el futuro, pero conocía demasiado bien a Johan Øveraas.
—Bien. Entonces disponemos de algo de tiempo antes de que suelten a los lobos.
Lotte se detuvo. Dejó el bolígrafo sobre la mesa, alineándolo con precisión milimétrica junto a la grabadora. Lo examinó minuciosamente antes de alzar la vista. Miró fijamente a Viljar. Vaciló un poco.
—¿Y por qué te envió el correo electrónico a ti? —preguntó, captando su mirada e impidiendo que la desviara a otra parte.
Viljar se incorporó en la silla.
—¿A qué te refieres? ¿Por qué? No tengo ni idea.
Viljar se percató de que las glándulas sudoríparas de sus axilas empezaban a trabajar a marchas forzadas. Tenía la sensación de encontrarse en un bungalow turco sin aire acondicionado.
—Me refiero a la pregunta que te he hecho: ¿por qué te envió el correo electrónico a ti?
—Lotte, siento tener que decepcionarte. —Viljar inspiró calmadamente antes de proseguir—: No tengo ni idea de por qué él o ella me eligió precisamente a mí. Hay muchas personas que desean fastidiarme por haber escrito sobre ellos, pero en este caso yo no soy la víctima.
Lotte se lo quedó mirando largo rato. Intentó que su silencio provocara más respuestas. Al ver que no daba resultado, continuó:
—Está bien. Dices «él o ella», pero el correo muestra muy claramente que el remitente es un hombre.
—No. Salvo el nombre ficticio y la dirección de Gmail que él o ella ha creado para este fin, no encuentro ninguna otra referencia a que se trate de un hombre.
—Puede que tengas razón, pero al principio del correo utiliza la frase «soy un hombre honrado».
Viljar pidió a Lotte que esperara un momento. Sacó su teléfono y abrió la aplicación de Outlook. El remitente había dicho que «el hombre honrado» era Viljar, no se había referido a sí mismo. Estaba muy seguro de ello.
En el mismo instante en que abrió el programa de correo, sonó un pitido en el móvil. La pequeña disputa entre ambos perdió todo su sentido. En la parte superior de la bandeja de entrada apareció un nuevo mensaje del mismo remitente. Cualquier posibilidad de que se tratase de una broma de mal gusto se vio reducida a añicos como un molesto escarabajo bajo la suela de un zapato. Le hizo señas a Lotte para que se acercara y ambos se inclinaron sobre el teléfono.
A la atención de Viljar Ravn Gudmundsson
Supongo que esta vez gozaré de toda tu atención. Hoy has sido testigo de la muerte de Rita Lothe. No ha sido
una muerte trágica, como seguramente constará en el obituario, sino simplemente justa. Estoy seguro de que tus pesquisas lo confirmarán.
Tenemos unas leyes que nos protegen de la gente que se toma la justicia por su mano, y no hay nada que
recriminar a aquellos que admiten su culpa y asumen su justo castigo. Pero quiero llamar la atención sobre aquellas otras personas que, a la hora del veredicto, eluden su castigo y escapan de la justicia. Esas personas se merecen el castigo que yo les impongo, y, por mi parte, yo sí quisiera que se me castigara por mis actos. Cuando llegue el momento, asumiré mi castigo con la cabeza bien alta. Pero, hasta que llegue ese día, esa gente morirá por mi mano. Esas personas culpables que, por diferentes motivos, se libraron de su castigo legítimo.
Uno podría pensar que, en la sociedad noruega actual, la dignidad de las mujeres vale más de lo que en
realidad vale; no obstante, en los casos de violación, la seguridad pública de las mujeres es igual a cero. Muy pocos violadores reciben el castigo que merecen por sus actos. La pena recae directamente sobre la mujer, no sobre el agresor.
Uno de esos agresores sexuales es un hombre al que condeno por la violación de al menos una mujer, y
probablemente de otras mujeres inocentes. Ha sido condenado anteriormente, pero no según este artículo. Su castigo será impuesto mañana, miércoles 15 de octubre de 2014.
14 de octubre de 2014
Stein Åmli
JN3-5