El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 72 de 91

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El ejecutor

Gjøvik: Domingo, 19 de octubre de 2014

Gjøvik

Domingo, 19 de octubre de 2014

 

Tumbado en el sofá, el editor Harald Madsen concluyó que el café ya debía de estar listo en la cocina. Un minuto antes había oído los últimos gorgoteos en la Moccamaster. Tenía grandes planes para disfrutar plenamente del último día de las vacaciones de otoño. Todavía notaba en el cuerpo las secuelas de su estancia en la lluviosa Escocia, aunque unas horas de sueño en su cama le habían hecho mucho bien.

En realidad, su intención había sido la de viajar a una región más meridional, pero no había reservado los billetes a tiempo. Al final se dio por vencido en su intento por conseguir unos rayos de sol a precio barato, y se decidió por emprender un recorrido turístico por la Escocia otoñal. La ruta del whisky…

Escocia era húmeda. Tanto sus huesos como sus ropas habían regresado pidiendo a gritos una secadora, y tenía la esperanza de que sus ojos inyectados en sangre recuperasen la normalidad antes del día siguiente, cuando tuviera que volver al trabajo. Le quedaba un único día para restituirse y ahora su cuerpo reclamaba un café fortísimo y una buena cantidad de paracetamol.

Un pálido sol trataba de abrirse paso entre las nubes. El tiempo era ideal. Los dieciséis grados eran una temperatura mucho más alta de la que había disfrutado durante una semana en el ventoso norte de Escocia, contemplando las granjas que se extendían más allá de la ventana. Si hubiera sido el propietario de una mínima parte de una de aquellas granjas, podría haber multiplicado por mucho el sueldo que le proporcionaba la editorial que había fundado en Gjøvik hacía diez años. Había soñado con ganar grandes cantidades de dinero. Encontrar un nuevo Harry Potter o un Dan Brown. Algo que arrasara el mercado e hiciera desaparecer todas sus preocupaciones económicas para siempre. Pero la realidad había sido muy distinta. Cada vez que se olía algo que podría llegar a ser grande, Aschehoug, Gyldendal o Cappelen Damm acababan fichándolo. A él y a sus tres empleados de la editorial Alfa Madsen no les dejaban más que las migajas.

Aunque a la nave le vendría bien una buena renovación, conseguía mantenerse a flote. Principalmente, gracias a un acertado fichaje realizado durante el segundo año de la editorial. Recibieron un manuscrito de un escritor novel, que incluso había seguido la recomendación de no mandarlo a más de una editorial a la vez. Era una recomendación absurda, pero para Alfa Madsen tenía un gran valor, ya que el nombre de la editorial encabezaba todos los listados alfabéticos. Hacía ya mucho que el escritor había volado a Aschehoug con sus siguientes libros, pero su primera obra seguía vendiéndose muy bien y cada vez llegaba a más mercados internacionales. Los ingresos que generaba contribuían a garantizar la liquidez de la empresa, pero no dejaban lugar para extravagancias ni grandes apuestas editoriales. En un par de ocasiones, Aschehoug y el escritor habían intentado volver a comprar los derechos de aquella primera obra, pero Harald Madsen ya sabía de qué iba aquello. El dinero que sacaría sería como mearse en los pantalones para mantenerse caliente. Una buena situación económica durante un par de años y luego… a echar el cierre si no aparecía algún manuscrito salvador en su buzón.

Harald Madsen se acomodó en el sofá. Apiló varios cojines detrás de su espalda y se arrellanó con la taza de café, los cigarrillos y el cenicero al alcance de la mano. Sostenía el iPad que había adquirido a nombre de la empresa, pero que rara vez utilizaba para otra cosa que no fuera navegar por la red en su tiempo libre. Llevaba una semana entera en el limbo. Arrancar la jornada con cuatro whiskies en alguna granja de la campiña escocesa había convertido el resto de sus días en una neblina de la que no era capaz de recordar gran cosa. Excepto el hecho de despertarse cada día en un hotel distinto con los mismos compañeros de viaje para poner rumbo a nuevas destilerías.

Como de costumbre, empezó leyendo los periódicos digitales y enseguida constató que Noruega se había puesto patas arriba mientras él se atiborraba de whisky al otro lado del mar del Norte. Los titulares sensacionalistas reclamaban su atención sin darle opción a pasar tranquilamente de largo. Mientras leía, iba tomando sorbitos de café. Después del primer artículo, se encendió un cigarrillo. Aquel caso tenía algo que despertaba poderosamente su curiosidad. Sentía una pequeña vibración en la nuca, como algo que tiraba levemente en su memoria, pero no conseguía determinar lo que era.

Cuatro asesinatos cometidos en una semana, al parecer por un mismo hombre. Después de repasar por encima los primeros artículos de la prensa nacional, empezó a leerlos en profundidad. Había algo en todo aquello… Algo que reconocía. Algo que se remontaba a un tiempo atrás, pero que no era capaz de ubicar. Harald Madsen se levantó y sintió inmediatamente que la resaca amenazaba con estallarle entre los ojos. Engulló otro paracetamol que cogió del blíster que estaba sobre la mesa del salón, antes de abalanzarse de nuevo sobre la pantalla. El enfoque era tan sensacionalista que no lograba captar la esencia. Propaganda del miedo para intranquilizar y poner nerviosa a la gente.

Harald dejó de lado la prensa nacional para centrarse en la versión digital del Haugesunds Avis, el diario de la región. En el momento de abrirlo, cayó en la cuenta. ¿Cómo tenía tan claro que el periódico local se llamaba Haugesunds Avis?

Empezó a leer los artículos, pero rápidamente decidió buscar un reportaje más genérico donde se hacía un resumen de los cuatro asesinatos, especificando el lugar, la fecha, la víctima y el método utilizado para cometer el homicidio. Harald Madsen se detuvo en medio de la lectura. Sintió un estremecimiento por todo el cuerpo. La verdad le impactó con toda su fuerza. Intentó convencerse a sí mismo de que aquello no podía ser cierto, pero en cuanto el pensamiento trataba de arraigarse en su mente aparecían nuevas imágenes en el álbum de fotografías de su memoria.

A medida que Harald iba leyendo, se confirmaban cada vez más sus sospechas. Tenía razón. Al final hasta sabía lo que iba a contar cada artículo antes de leerlo. Sin embargo, Harald no comprendía que nadie hubiera acudido a la policía para explicar aquello. Era tan evidente que incluso un hombre de Toten como él, medio atontado y con una bruma resacosa de whisky ante los ojos, se había dado cuenta de inmediato.

«¿En qué coño estará pensando la policía para no ser capaz de ver algo tan obvio?», pensó mientras volvía a reclinarse en el sofá.

Con manos temblorosas sacó un cigarrillo del paquete.

No tuvo que leer más artículos. Sabía muy bien de lo que hablaban. También sabía muy bien lo que iban a escribir en los periódicos al día siguiente. Volvió a coger el iPad para conectarse con el servidor del trabajo. Tras una breve búsqueda, obtuvo la respuesta que sabía que se guardaba en la base de datos de la editorial.

Harald Madsen sacó el móvil y buscó el número de la comisaría de policía de Haugesund. Después de tres tonos, una voz al otro extremo de la línea preguntó insistentemente en qué podía ayudarlo.

—¿Podría pasarme con una inspectora llamada Skeisvoll? Tengo una pista sobre el caso que está investigando.

—Bueno, resulta que nos llama muchísima gente para darnos información, y quienes están al frente de la investigación no pueden hablar personalmente con todos. ¿Podría decirme su nombre y a qué hace referencia su información?

Se produjo un breve silencio. Madsen se preguntó cómo podría expresarse sin que lo tomaran por un chiflado. Se decidió por la versión más pura y dura. Directo al grano.

—Mi nombre es Harald Madsen y creo saber el nombre del asesino que están buscando.