El ejecutor
Cuatro años más tarde…: Sede del Haugesunds Avis. Lunes por la mañana, 13 de octubre de 2014
Cuatro años más tarde…
Sede del Haugesunds Avis
Lunes por la mañana, 13 de octubre de 2014
Un renglón solitario centelleaba en la pantalla del ordenador. «Texto: Viljar Ravn Gudmundsson». Viljar parpadeó. Los ojos le escocían. La primera hora de la jornada laboral ya era historia; sin embargo, él no había hecho más que escribir su nombre.
Alzó la mirada y contempló la calle Karmsundsgata. Un retablo de coches entre la lluvia y la niebla. Los arquitectos que proyectaron el nuevo edificio de la sede de los medios de comunicación de Haugesund tal vez pensaron que las ventanas panorámicas del suelo al techo inspirarían a las hormigas obreras de aquella oficina de planta diáfana y abierta. No obstante, las vistas eran tan deprimentes como escuchar el Black Album de Metallica interpretado con flauta india.
Las instalaciones eran completamente nuevas, pero los diez años que llevaba en la misma redacción habían ido consumiendo lentamente las fuerzas del islandés Gudmundsson. La satisfacción de desvelar algo que pudiera generar titulares sensacionalistas en los medios nacionales había quedado pulverizada por la eterna persecución de primicias que, al poco, se convertían en yesterday’s news. Nada se destiñe con más rapidez que la tinta de impresión.
Intentó enderezar la espalda. Apenas había cumplido los cuarenta y ya estaba anquilosado por las horas interminables delante de un teclado y una pantalla. Al mirar a su alrededor, se percató de que era el único que no estaba trabajando. Los golpes secos del teclado vecino le machacaban los conductos auditivos como un millar de cucarachas sobre un suelo de parquet. El zumbido constante de las voces de los otros periodistas le irritaba infinitamente. El hecho de reemplazar los antiguos despachos herméticos por semejante hormiguero era una infamia puesta en práctica con el único fin de joder.
Además del silencio, lo que Viljar más añoraba era su silla. Aquella estructura que tenía junto a su antigua mesa, de asiento profundo y amplio, y que además era reclinable. Con un respaldo en el que podía apoyar toda la espalda. En un día tranquilo, no había ningún problema si quería echarse una cabezadita. Las sillas nuevas eran de respaldo corto adaptado a la zona lumbar, y uno se sentaba en ellas como si tuviera un tapón anal de diez centímetros metido por el culo.
Viljar sustituyó el insípido chicle de nicotina por un pellizco de snus, y echó otro vistazo a su alrededor. La estampa era la misma. Como siempre. Un compartimento tras otro de lugares de trabajo divididos en grupos de cuatro, separados tan solo por unos bloques blancos de un metro y medio con la parte frontal pintada de azul marino, que parecían más que nada unos descomunales ordenadores de sobremesa. La única nota discordante era un tresillo verde, excepcionalmente horrendo e incómodo, ubicado en medio de la amplia sala.
El director Johan Øveraas permanecía de pie en la zona de los sofás. Viljar lo contempló y constató satisfecho que aquel hombre de sesenta y dos años estaba más cerca de su jubilación de lo que jamás se acercaría al reino de los cielos. Øveraas encarnaba todo lo que debería ser un buen gerente intermedio en un consorcio como Orkla Media. Carente de escrúpulos, insensible y moralmente discapacitado, pero con una lealtad del cien por cien a la cúpula directiva.
Øveraas se percató del contacto visual y se acercó bamboleante al minúsculo compartimento de Viljar.
—¡Puto vago! No pasa ni un día sin que te escaquees un par de horas del trabajo. ¿Crees que soy imbécil? ¿Crees que no me doy cuenta de cuándo va y viene la gente por aquí?
Øveraas se infló como un pez globo, pero lo que más destacaba era la bocaza. Viljar sabía muy bien a qué se refería. El viernes había abandonado su puesto sin dar ningún tipo de explicación.
—¿Tengo que rascarte en algún lugar para que reacciones, o podrías ser tan amable de contestarme cuando te hablo?
Tenía los ojos abultados y el color de su tez estaba cambiando de matiz, volviéndose morado.
Viljar había supuesto que el artículo que Øveraas le había encargado el viernes sería asumido por quien estuviera de guardia durante el fin de semana, pero no había sido así. En la reunión matinal del lunes, el asunto había vuelto a aparecer arrastrándose sobre su mesa como una babosa, y le habían dado de plazo hasta las doce para entregar el artículo.
En otras palabras, tenía tres horas para escribir un artículo principal de mil doscientas palabras, además de uno secundario de otras seiscientas, acerca de la asociación Salud Mental y de su insatisfacción con el tratamiento recibido en su eterno deambular entre los servicios de urgencias, los hospitales, los médicos de cabecera y las unidades psiquiátricas. En esta ocasión querían advertir a la opinión pública de la gran cantidad de personas afectadas por enfermedades psíquicas que había en nuestra ciudad, y de las que no quedaba constancia porque el sistema no las registraba.
Viljar miró al director con aire afable. Convendría calmarle un poco para que no reventara como un lemming colérico.
—¡Tranquilo! Tenía el estómago mal. Y no quería molestar a toda la redacción con la peste a mierda. Pero ya estoy trabajando en el artículo.
Johan Øveraas se quedó paralizado un par de segundos antes de centrar su rabia, como era habitual, en cualquier objeto material a su alcance. En aquella ocasión pagaron el pato dos bolígrafos, que tiró al suelo barriendo el escritorio con la mano. Luego se giró bruscamente y volvió a su despacho pateando con fuerza el suelo.
Viljar suspiró, recogió los bolígrafos y volvió a echar un vistazo a los datos sobre los que debía escribir.
«Insulso». «Aburrido». «Anodino». Tres palabras muy acertadas no solo para el artículo en cuestión, sino también para el trabajo requerido para redactarlo. Sin embargo, una hora más tarde casi había concluido. El texto carecía por completo de alma, de sensibilidad y de cualquier artificio literario que apelara a la emoción. Un tipo de artículo que la gente del gremio solía denominar PPC, «pasto políticamente correcto».
Viljar bostezó, hundió los zapatos en la moqueta y, en un momento de descuido, trató de reclinarse sobre el negro respaldo. A duras penas logró incorporarse de nuevo cuando la silla se desequilibró y amenazó con tirarle al suelo. Miró rápidamente a su alrededor para comprobar si alguien se había percatado de lo sucedido, y, sin antes revisar el texto, hizo clic en «Enviar» con un suspiro frustrado.
Estaba listo para fumarse el primer cigarrillo del día. Se puso el largo abrigo gris comprado por cincuenta coronas en la tienda Fretex del Ejército de Salvación, que le había acompañado durante los últimos tres años. La prenda revoloteaba tras él mientras cruzaba los pasillos en dirección al ascensor. Uno de los periodistas suplentes le saludó alzando la mano cuando pasaba junto a los últimos compartimentos. Viljar ni siquiera se dignó mirar al niñato. Los suplentes todavía estaban por debajo de él en la jerarquía laboral. Aunque por poco.
Uno de sus compañeros estaba fumando en el aparcamiento exterior. Viljar se fue en la dirección contraria y encendió un cigarrillo. Lo único que odiaba más que el pasto políticamente correcto era la cháchara de los colegas. Viljar tenía más que suficiente consigo mismo.
Le recorrió un breve sentimiento de mala conciencia al acordarse de que había olvidado comprobar si Alexander había ido al instituto. Viljar recordó la última vez que estuvo en su casa. No se había dado cuenta, pero resultaba que Alexander había pasado de ir a clase durante varios días. Viljar no llevaba muy bien la responsabilidad de convivir periódicamente con un adolescente diagnosticado con TDAH.
«¿Qué estoy haciendo mal? Antes siempre nos teníamos el uno al otro. Nos encantaba estar juntos. Ahora solo queda una cáscara vacía y silenciosa de todo lo que teníamos. ¿Qué demonios nos ha ocurrido?».
Su ex, o «la bruja», como le gustaba llamarla a Viljar, había insistido en que él debía asumir su parte de responsabilidad desde el primer día. Al principio él se limitaba a devolverle al crío los domingos por la tarde, pero ahora que Alexander había cumplido dieciséis años, el chaval iba y venía cuando quería. Su madre decía que era una evolución natural, y Viljar no tuvo ánimos para protestar, por mucho que aquello le complicara la vida.
Viljar exprimió el jugo que le quedaba al cigarrillo, antes de tirarlo al suelo para volver a entrar. Una desagradable peste a tabaco recién consumido le persiguió por los pasillos. Un par de no fumadores arrugaron la nariz cuando pasaba por su lado. A Viljar no podía importarle menos. Al ver que Øveraas le esperaba junto a su compartimento, trató de mitigar el aliento a tabaco con un nuevo chicle de nicotina.
—Si te descontara todas las putas pausas que te tomas a lo largo del día, Gudmundsson, tu sueldo mensual sería una miseria.
Sus manos permanecían bien hundidas en los michelines.
—Y si compararas el número de palabras que aporto a este periódico con el que producen los demás colegas, te darías cuenta de que me merezco un aumento de sueldo. Un mismo asunto siempre puede verse desde varias perspectivas, Øveraas. Es algo que deberías saber, ya que te denominas director de periódico.
La cabezota del corpulento director enrojeció visiblemente.
—Joder, Gudmundsson, no siempre depende de la cantidad.
—No. Como ya he dicho… es algo que deberías saber.
Viljar sonrió burlonamente y pasó con dificultad por delante del director, que mostraba todos los signos de estar a punto de perder los estribos. Afortunadamente, también había perdido el habla. Øveraas giró sobre sus talones y, dando una patada en el suelo, abandonó la zona de conflicto antes de que estallara el fuego.
Si Viljar hubiera tenido una puerta de despacho, habría cerrado de un portazo. En cambio, se limitó a ponerse los auriculares. Miró abatido a la inmensidad que se extendía más allá de las ventanas. Podría permanecer horas y horas contemplando cómo caía la lluvia. Las gotas formaban una especie de celosía convulsa sobre el vaho de los cristales. La gente se encogía bajo el cielo plomizo junto a la estación y el 7-Eleven del otro lado de la calle, antes de salir corriendo hacia los coches que les esperaban.
Sacó de un cajón una vieja camiseta, con la que se secó el pelo para evitar que las gotas cayesen sobre el teclado del ordenador. Después tiró la camiseta debajo de la mesa. Abrió la bandeja de correo electrónico, constatando por el rabillo del ojo que estaba llena de mensajes entrantes. Empezó a borrarlos. En su mayoría se trataba de circulares informativas de la dirección sin ningún interés, además de publicidad.
Viljar tuvo que concentrarse para no eliminar algunos correos importantes. Al final se quedó solo con tres. Una cita médica con la Seguridad Social. Un mensaje del grupo de apuestas de la redacción, y un correo electrónico de alguien cuyo nombre desconocía. Probablemente sería un lector que quería llamar su atención sobre algún detalle olvidado u omitido en algún artículo escrito por él. Suspiró. Era la peor parte del trabajo. Los continuos comentarios de gente que parecía no tener nada más importante que hacer que enviar quejas. Por lo general eran solo unos pocos lectores los que le escribían una y otra vez. Abrió el correo.
Al cabo de unos breves segundos, Viljar sintió un dolor en el pecho. Le costaba respirar. Le daba vueltas toda la redacción. Cuando sintió que las punzadas le subían a la cabeza, soltó un gemido. Se levantó de la silla y empezó a deambular sin rumbo aparente por la amplia sala. Inspiraba profundamente, tal y como le había enseñado su psicóloga. Intentó pensar en otra cosa, pero en ese momento le resultaba muy difícil. Viljar hizo un gran esfuerzo para saludar con la cabeza a un compañero, antes de desanudarse una corbata imaginaria y volver a su escritorio y a la pantalla del ordenador. Se quedó mirando fijamente el texto. Las letras comenzaron a bailar cuando una salada gota de sudor le cayó sobre un ojo. Se la enjugó y volvió a leer el mensaje.
Att.: Viljar Gudmundsson
Le escribo porque sé que es usted un hombre honrado. Un hombre que condenará lo que estoy a punto de
hacer, pero que, al mismo tiempo, será capaz de entender mi indignación y frustración ante un estado de derecho que ya no funciona.
Tenemos unas leyes que supuestamente deben protegernos contra los abusos de los demás. No diré nada
negativo sobre las personas que admiten su culpabilidad y asumen su justo castigo. Pero quiero centrar el foco de interés en la otra gente. En esas personas que, incluso a la hora del veredicto, eluden su castigo y escapan de la justicia. Esas son las hienas de nuestra sociedad. Cobardes, avariciosas y evasivas. Esas personas se merecen el castigo que yo les impongo, y, por mi parte, yo sí quisiera que se me castigara por mis actos. Cuando llegue el momento, asumiré mi castigo con la cabeza bien alta. Pero, hasta que llegue ese día, esa gente morirá por mi mano. Esas personas culpables que, por diferentes motivos, se libraron de su castigo legítimo.
En la sociedad actual, la gente piensa cada vez menos en nadie que no sea uno mismo. El sentido de la
solidaridad ha muerto. El espíritu de la labor colectiva ha desaparecido. La lealtad al patrón es un concepto ajeno. La gente roba de la mano que le alimenta.
Una de esas personas codiciosas es una mujer. Es culpable de cometer graves malversaciones y de deslealtad
en el servicio público. No tiene antecedentes, pero eso no es una circunstancia atenuante. Su castigo será impuesto mañana, martes 14 de octubre.
13-10-2014
Stein Åmli
UL7-1
Viljar se metió una nueva bolsita de snus bajo el labio. Sentía cómo se le entumecían los dedos de las manos y los pies. Volvió a respirar profundamente antes de soltar el aire. Una oscuridad que le resultaba muy familiar envolvía su corteza cerebral como un manto. ¿De verdad iba a tener que enfrentarse también a esto? Las letras irradiaban de la pantalla. Viljar irradiaba hastío. Durante un instante se planteó borrar toda aquella mierda, empleando el mecanismo de defensa que mejor dominaba. «El síndrome de evasión», lo había llamado la psicóloga, quien había intentado persuadirle de que «la mayoría de nuestras preocupaciones son infundadas». Él estaba bastante convencido de que aquel correo en cuestión no pertenecía a esa categoría. Un simple clic y el problema desaparecería. Pero no. No era así.
En el fondo, pensaba que no se trataba de una carta de amenaza real. Nadie escribía ese tipo de cosas. Sin embargo, había algo en aquel correo que le provocaba angustia. Se secó las manos sudadas en el pantalón. El mensaje parecía sacado de una mala novela negra. Sobre el clásico «justiciero» que se toma la ley por su propia mano y luego justifica sus actos ante un periodista. Un cliché tan manido que haría que cualquier editor desestimara el manuscrito antes de acabar el primer capítulo.
La «sentencia» tenía pinta de haber sido redactada sin mucho esmero en apenas cinco minutos. ¿Tal vez era ese el motivo por el que se le erizaba el vello de la nuca? Al autor no parecía importarle que la carta recordara más a un documento jurídico. Era como si la hubiera escrito porque no le quedaba otro remedio, no porque tuviera la necesidad de expresar su rabia contra la sociedad. De alguna manera, aquello asustaba más a Viljar de lo que lo haría una furibunda carta de amenaza.
Buscó en internet el nombre «Stein Åmli». Naturalmente, sirvió de muy poco, o más bien de nada. Lo más aproximado que encontró fueron varias ofertas para comprar piedra, guijo y grava en una localidad llamada Åmli. Así pues, se trataba de un nombre falso.
Sabía que, si acudía a Øveraas con el correo, el símbolo del dólar iluminaría los ojos del director como una tragaperras en el ferry que va a Dinamarca. Puso su dedo anular por última vez sobre la tecla de «Borrar», en el extremo derecho del teclado, antes de retirar la mano. Necesitaba saber la opinión de Ranveig sobre aquel montón de mierda que le había caído encima. Se levantó de la silla con la espalda encorvada, en una actitud que no invitaba a ningún intento de acercamiento o charla amigable. Se percató de que la gente hacía lo posible por evitarlo.
Ranveig Børve se fijó en la mirada oscura de Viljar unos segundos antes de que llegara a su mesa. Con Viljar las cosas siempre eran así. Mantenía las distancias en los buenos momentos y acudía rápidamente a ella en los malos. En una ocasión, Ranveig fue al festival gastronómico de Stavanger y le compró una camiseta que ponía «Siempre pasa algo». Él la llevaba a menudo en el trabajo y, por lo visto, no había captado la ironía de la frase.
No era fácil querer a Viljar, pero Ranveig lo quería. Era diez años más joven que él. Viljar había sido su mentor cuando entró a trabajar en el diario. En aquella época él mostraba todavía un ferviente interés por su labor periodística, tenía ese brillo especial en los ojos, y además había demostrado su enorme valía creando grandes noticias donde los demás solo veían pequeños sucesos. Ahora ya no era así.
Algo le había ocurrido. Tras un largo período de baja hacía cuatro años, Viljar había vuelto a la redacción como una sombra de lo que había sido.
Nadie sabía qué había apagado la chispa del islandés, pero los rumores que corrían por el periódico se alimentaban como un ogro insaciable.
Ranveig esbozó una sonrisa forzada bajo el largo flequillo rubio y se giró hacia él en su silla.
—Hola, Viljar. ¿Has acabado ya ese artículo social sobre sanidad? ¿El que casi le provoca un infarto a Øveraas cuando descubrió que no lo habías hecho?
Viljar se dejó caer en la silla del compartimento vecino. Gesticuló con las manos para desechar sus preguntas y plantó sobre la mesa el documento que traía impreso, dándole unos golpecitos con el dedo.
—¿Qué te sugiere esto? Ha llegado a mi bandeja de correo hace unos minutos.
Ranveig se apartó el flequillo para colocárselo detrás de la oreja, y recorrió la hoja con el índice a medida que leía. Se detuvo varias veces, mirando con aire inquisitivo a Viljar, pero él le impidió decir nada y la instó a seguir leyendo.
—Son sandeces —dijo ella al fin—. Se trata de un capullo que nos quiere trastornar para que saquemos los titulares amarillistas que empleamos en el caso TERRA.
Viljar pareció aliviado, pero su mirada todavía revelaba cierto pavor.
—No te estarás tomando esto en serio, ¿verdad, Viljar?
—No, claro que no, pero no se lo puedo enseñar a Øveraas. Si ve este correo, se pondrá cachondo y se pasará empalmado el resto del día.
Ranveig se rio a carcajadas y se inclinó hacia Viljar.
—Pues sí, igual que cuando Arsène Wenger vino a la ciudad para fichar a Håvard Nordtveit para el Arsenal —susurró ella con una risita infantil y traviesa.
Viljar asintió sonriente. Cogió la hoja y miró interrogante a Ranveig.
—Ahora en serio… ¿Qué hago con esto?
Ranveig examinó el bolígrafo que tenía en la mano como si fuera una especie de tinaja de Sarepta.
—Reenvía una copia del e-mail a la policía y luego manda todo este tema a la mierda. No ha pasado nada y, si pasa, en realidad es asunto de la policía, ¿no?
—Por supuesto. Tienes toda la razón.
Se inclinó para darle un breve abrazo. Ranveig se quedó paralizada y respondió con un gesto torpe.
—Bien. Quedamos así —dijo ella, esbozando una sonrisa fingida para hacer desaparecer, como por arte de magia, el momento de incomodidad que había surgido entre ambos.
Ranveig no quiso comentárselo, pero había varias cosas de aquel correo que no le acababan de cuadrar. Esto era Haugesund, no un mal episodio de Mentes criminales. Esperaba estar equivocada y no volver a tener más noticias del tal Stein Åmli.