El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 76 de 91

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El ejecutor

Comisaría de policía de Haugesund: Domingo por la noche, 19 de octubre de 2014

Comisaría de policía de Haugesund

Domingo por la noche, 19 de octubre de 2014

 

Ahora que tenían el nombre ante ellos, de repente todo parecía de lo más normal. Un nombre corriente. Un hombre corriente con una profesión corriente. Un profesor de instituto. Muy alejado del perfil que Olav Scheldrup Hansen había trazado. Un padre de familia con esposa e hijos. Un tipo simpático, una cara conocida dentro de la comunidad local. Un declarado aficionado al fútbol, con un pasado en la política y que aparecía cada dos por tres en la televisión local.

—Se le debe de haber ido la pinza.

Lars Stople rompió el silencio que se había extendido por el despacho cuando Harald Madsen colocó el manuscrito sobre la mesa. Dos de los presentes miraron con gesto interrogante a Lars. Como era lógico, Olav Scheldrup Hansen y Harald Madsen no tenían ni idea de quién era aquel hombre. Para ellos no era más que un nombre escrito en un papel.

—¿Quiere decir que ya sabéis quién es? —le preguntó el editor a Lotte con expresión sorprendida.

Por supuesto, él no podía saber que se trataba de una especie de celebridad local.

—Sí, Geir Tangen es una persona muy conocida en Haugesund —contestó Lotte.

—Llevamos siguiéndolo toda la tarde, desde que nos revelaste su nombre — añadió Knut Veldetun—. Tenemos la esperanza de que nos conduzca al lugar donde mantiene retenido al periodista.

Harald Madsen pareció algo irritado durante un instante y carraspeó varias veces antes de hablar:

—Creo que deberíais dejarlo en paz… ¿No escuchaste lo que te dije por teléfono, Skeisvoll?

—¿A qué te refieres?

—Te dije que el asesino nos envió un manuscrito bajo el seudónimo de Geir Tangen.

—¿Y eso quiere decir…?

—Un seudónimo es un nombre falso que utilizan algunos escritores para ocultar su verdadera identidad. Maria Amelie fue muy popular hace un par de años, pero no era su nombre real. En la literatura clásica encontramos algunos autores que publicaron con seudónimo, como por ejemplo George Orwell. Su verdadero nombre era Eric Arthur Blair.

Lotte notó que le ardían las mejillas. No solo era embarazoso, sino absolutamente catastrófico.

—¿Me estás diciendo que, después de todo, seguimos sin saber el nombre real del asesino? ¿Que estamos siguiendo a una persona inocente, mientras que el hombre que buscamos probablemente esté a punto de prenderle fuego a alguien en algún campo?

Harald Madsen le sostuvo la mirada durante un buen rato, aunque finalmente la bajó. Sin embargo, no era él quien había perdido la batalla. Sin duda había sido ella.

—Eh… Sí.

—¡Joder! ¿Es que eres idiota? —gritó Lotte—. ¡Deberías saber que yo quería el nombre real del asesino, no su puto nombre artístico!

Todos los presentes en la habitación se encogieron en sus asientos. Los segundos transcurrieron en silencio. Lotte se quedó mirando la mesa durante un momento, alisó una punta del mantel y luego tomó aire para pedir disculpas. Un par de minutos más tarde, el despacho empezó a vaciarse. El jefe de policía también se fue después de cerciorarse de que Lotte había recobrado el control. En el despacho quedaron un aturdido Harald Madsen y una algo exhausta inspectora Skeisvoll.

—Lo siento, pero creí que sabías…

Harald Madsen no dijo nada más durante unos instantes, luego se aclaró la garganta. Se dio cuenta de que la investigadora seguía luchando para controlar su frustración y decidió que no tenía sentido ahondar en el malentendido. Escogió otra estrategia.

—Si consigo acceder a mi antiguo correo electrónico, podremos averiguar quién está detrás de ese seudónimo. Mañana es lunes y mi secretaria volverá al trabajo, y a lo mejor ella…

Lotte se lanzó sobre el teléfono. Esperar a mañana no era una opción. Si dependía de la secretaria, iría a buscarla la policía de Gjøvik con las sirenas aullando.

—Muy bien, Madsen. Como sabes, no tenemos hasta mañana para salvar a la próxima víctima. Enviaremos una patrulla para ir a buscar a tu secretaria.

—¿A España?

—¿A España? ¿Qué quieres decir?

—Está pasando las vacaciones de otoño con sus nietos en El Albir. Regresa mañana por la mañana.

Lotte lo contempló con mirada cansada. Habían vuelto al punto de partida. El asesino seguía siendo un fantasma que se movía entre las sombras. Con suerte, tendrían un nombre al día siguiente…

Lotte se esforzó por recomponerse. Tenía que cambiar de actitud y de manera de pensar. Estaban a punto de cogerlo. Se estaban acercando a él, no había duda de ello.

—Creo que deberíamos echar un vistazo al manuscrito de este tipo. ¿Describe el asesinato de la mujer en el campo de colza de algún modo que nos permita localizarla y salvarla?

—No es una mujer. Es un hombre. El autor copia el suicidio de La pista falsa de Mankell, pero en el manuscrito no se suicida una mujer sino que el asesino mata a un hombre. Si no recuerdo mal, se trata de un periodista que llevaba años difundiendo mentiras y medias verdades.

Lotte había albergado una secreta esperanza cuando oyó que la víctima de la novela de Henning Mankell era una mujer. En ese caso implicaría que, de momento, Viljar Ravn Gudmundsson estaría fuera de peligro. Sin embargo, el pequeño hilo de esperanza se desvaneció como la llama de una vela agonizante. Le había llegado el turno a Viljar.

Harald Madsen pareció haber leído sus pensamientos.

—Deberías leerte el capítulo. Hasta ahora el asesino se ha esforzado por actuar de manera fidedigna respecto al lugar de los hechos. Aunque en lo que respecta al último asesinato, el del disparo… Debería haberse producido en un lugar que él llama Karmsundet, pero según he leído en los periódicos de internet no fue así.

—¿Qué me estás diciendo? ¿Se mantiene tan fiel a los detalles? Quiero decir, ¿se pueden reconocer los lugares y esas cosas?

—Podría decirse así —contestó Madsen—. Me he pasado todo el vuelo hasta Haugesund con el manuscrito en una mano y las noticias del iPad en la otra. Casi todo cuadra. Las escenas del crimen. Las víctimas. Los nombres. Los métodos…

—¿Los nombres? ¿Te estás quedando conmigo? ¿El tipo usa nombres reales?

Harald Madsen esbozó una sonrisa.

—Supongo que ese es el motivo por el que emplea un seudónimo. Os conoce, o por lo menos sabe quiénes sois. Si lo hubiera publicado con su propio nombre, todo el mundo se le habría echado encima. Así que ha decidido ocultarse detrás de un nombre que todo el mundo conoce, pero al que nadie puede atacar.

Lotte meneó la cabeza. Había estado segura de atraparlo por fin, pero ahora volvía a escapársele de las manos.

—¿Eso está permitido? ¿Un autor puede escribir sobre quien quiera utilizando un nombre falso?

—No olvides que estamos hablando de un escritor aficionado, Skeisvoll. No tienes ni idea de cuántos manuscritos recibimos cada año en el que resulta que el autor emplea nombres de personas reales. Conocer o saber quiénes son los diferentes personajes le facilita la labor, pero nosotros eliminamos esas referencias en cuanto empezamos a trabajar el texto.

Harald se levantó, cogió las primeras páginas del manuscrito y hojeó hasta encontrar el primer párrafo.

—Mira aquí —dijo señalando.

Lotte se quedó perpleja. Las palabras parecían oscilar delante de sus ojos. No se lo podía creer.

«Aquella mañana, cuatro días antes de que se apagara la luz, el periodista Viljar Ravn Gudmundsson estaba plantado en el centro de la sala de reuniones, con las piernas separadas, disfrutando del ambiente que le rodeaba. En el lugar predominaban las sonrisas amplias, las miradas ansiosas y las risas altivas. Tal y como debía ser».

—¡Dios mío! ¡Esto es una locura! ¿Hay más?

Al cabo de unos segundos, Harald Madsen había avanzado hasta el primer asesinato, unas páginas más adelante. Lotte se llevó la mano a la boca al leer su propio nombre y el de la víctima, Rita Lothe. Tenía la sensación de que una goma elástica estaba a punto de romperse en su cabeza. «No es posible».

—¿Cómo puede ser? ¿Es que es vidente? ¿Ha planificado cada mínimo detalle? ¡Es una completa locura! Salvo por el hecho de que no acierta en las condiciones meteorológicas, de que Lars Stople no aparece en la escena y de que acude al lugar del crimen con un policía veterano en vez de con un agente novato, esto es prácticamente una copia exacta de lo que sucedió aquella mañana.

Harald Madsen recogió las hojas del manuscrito y le dio la vuelta.

—¿Por qué crees que se titula El Ejecutor?