El ejecutor
Cuatro años antes…: Stemmen, Haugesund. Martes por la noche, 31 de agosto de 2010
Cuatro años antes…
Stemmen, Haugesund
Martes por la noche, 31 de agosto de 2010
Fredric Karjoli apartó la mirada. Arrastrándose de rodillas, retrocedió para adentrarse más entre los árboles. Lo que había visto no era real. No podía serlo. El grito del puente seguía retumbando en sus oídos. «No puede ser verdad. Esto no está sucediendo».
El espantoso suceso que acababa de presenciar borró el último resquicio de esperanza. No había vuelta atrás.
Fredric trató de levantarse. Tenía que huir. Había jurado que no se acercaría por el lago Eivindsvatnet, pero no se había podido resistir. Quería estar allí. Vigilando que no ocurriese nada malo. Avisar a Jonas por si le estaba esperando la policía. Ahora se daba cuenta de lo ingenuo que había sido. Jonas debía de saber lo que podía pasar. Era la explicación más razonable para que se hubiera negado a que él estuviera presente. Toda Noruega sabía que habían huido juntos. Ya no tenía motivos para ocultarlo. Ni siquiera a su familia.
—No puedo irme contigo sin antes pedirle perdón a mi madre —dijo Jonas.
Irse… Como si se fueran de vacaciones. Como si, debido a lo que había ocurrido, no les buscara todo el mundo.
—Ella no irá sola, Jonas. Por Dios, hemos matado a tu hermana. ¿Crees que va a ir sin la policía?
—No lo sé, Fredric. Por eso no quiero que estés allí. Si mi madre quiere denunciarme, está bien. De todos modos, si no hablo con ella no podré seguir viviendo.
«Las palabras se han convertido en realidad», pensó Fredric.
Jonas no le dijo nada más antes de dejarlo en el bosquecillo de Haraldsvang para encaminarse al puente Stemmen, donde había quedado con su madre. Las protestas de Fredric no sirvieron de nada. Así que este hizo lo que le había prometido que no haría. Bajo una lluvia cada vez más intensa, siguió a Jonas a una prudente distancia para que no lo descubriera. Al llegar, se escondió junto a la caseta de los botes. Tenía una buena panorámica del puente y podía verlo todo, incluso aquello que resultó inconcebible para sus ojos.
Todo ocurrió tan deprisa que Fredric ni siquiera llegó a reaccionar. En un momento, la madre y su hijo fundidos en un emotivo abrazo. Acto seguido, las piernas de Jonas desapareciendo por el borde de la barandilla. Un terrible grito en el momento en el que la mujer que le había dado la vida se la quitó.
Cuando unos cinco minutos más tarde Fredric se atrevió a salir del escondite con piernas vacilantes, no quedaba nadie en el puente. No se veía a nadie. Temblaba como una hoja. Las piernas le flaqueaban. Fredric se agarró a la barandilla y se asomó al abismo. Buscando a su novio. Pero estaba demasiado oscuro. Después de gritar hasta quedarse ronco, se desplomó de rodillas, llorando. Entonces vislumbró a alguien a su lado.
Fredric no tuvo fuerzas para comprobar si era ella. A fin de cuentas, todo había acabado. Hasta que la persona empezó a hablarle, no comprendió que había más gente que se había atrevido a salir con el mal tiempo.
—¿Necesitas ayuda?
Fredric asintió. Sollozó algunas palabras balbuceantes, tanto que tuvo que repetirlas.
—Llama a la policía. Soy Fredric Karjoli. Creo que me están buscando.
El hombre se levantó con un movimiento brusco y se alejó, pero Fredric le oyó murmurar por el móvil a lo lejos. Unos minutos más tarde vio de soslayo las difusas luces azules de un coche de policía. No se oyeron sirenas. Tan solo las luces de patrulla. A través de los fugaces destellos, fríos y azules, Fredric vio el fondo del pantano. La camiseta roja de Jonas mostraba dónde había acabado su cuerpo.