El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 66 de 91

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El ejecutor

Comisaría de policía de Haugesund: Domingo por la mañana, 19 de octubre de 2014

Comisaría de policía de Haugesund

 

Domingo por la mañana, 19 de octubre de 2014

 

Hacía menos de una semana todo iba perfectamente en la comisaría. Nadie sospechaba nada de lo que se les venía encima. Todo era como un placentero y seguro paseo dominical cuando, de repente, un tráiler les había salido de frente por una curva cerrada a toda velocidad. El jefe de policía Arnstein Guldbransen carraspeó un poco y suspiró. Meneó la cabeza frustrado y le devolvió el certificado médico a Lotte Skeisvoll.

—Eres mi mejor investigadora, Lotte. De hecho, te considero imprescindible. Pero actuando como lo has hecho, me has puesto las cosas muy difíciles. Este trozo de papel te salva el pellejo y me impide suspenderte del servicio, pero los dos sabemos que lo que ocurrió anoche es realmente imperdonable. Uno no abandona el escenario de un crimen de esa manera.

—Arnstein, me puse enferma de repente…

Lotte no tenía ninguna intención de refutar lo que decía su certificado médico. Era lo único que le permitía mantener una legítima esperanza de conservar su trabajo cuando volviera.

El jefe de policía volvió a suspirar.

—De acuerdo… Veo que mantienes la versión oficial. Eso está bien. También me permitirá cubrirme las espaldas cuando decidas regresar. Pero no nos engañemos: todos sabemos, y me refiero a todos, que esto no es más que una vulgar excusa.

—No puedo preocuparme de lo que piense la gente, jefe. Me puse enferma y necesité ayuda médica urgente. Si alguien piensa otra cosa, no puedo hacer nada. Ni tú ni yo podemos tomar decisiones basadas en rumores, suposiciones o chismes.

Las comisuras de los labios de Arnstein Guldbransen temblaron ligeramente y miró a Lotte por encima de la montura de sus gafas.

—Si no fuera porque eres tan jodidamente astuta…

La invitó a marcharse de su despacho, y luego ordenó a Olav Scheldrup Hansen que se reuniera con Lotte para ponerse al corriente del curso de la investigación.

 

Lotte respiró aliviada cuando logró salir sana y salva del despacho de Guldbransen. No había tenido muy claro que el jefe de policía aceptara sus explicaciones sin más ni diera por válido el certificado médico. Probablemente Guldbransen sabía que Lotte había conseguido la baja de uno de los médicos del hospital, aprovechando que había estado allí para cuidar de su hermana.

Las horas transcurridas después de que Lotte abandonara el lugar del crimen estaban envueltas en una densa bruma. Poco después de llegar, Anne se había despertado y todas las pruebas habían resultado favorables. Mantuvieron algunas breves conversaciones a lo largo de la noche, pero Lotte apenas podía recordar de lo que habían hablado. La vergüenza le impidió registrar nada de lo que se había dicho. Lotte se quedó dormida en el sillón sobre las tres y no se despertó hasta que Anne se sentó en el borde de la cama y, con manos temblorosas y ojos de cordero degollado, se puso los harapos que llevaba cuando la encontraron tirada en la calle.

No hay nada que pueda detener a un drogadicto con síndrome de abstinencia. Desaparecieron las lágrimas, el arrepentimiento y la desesperación. Desapareció toda promesa de que iba a mantenerse limpia y rehacer su vida. Desapareció la necesidad de tener a Lotte a su lado. Solo había una cosa que pudiera curarla y no se encontraba en el hospital.

Los pequeños momentos de felicidad de hacía unas noches se habían esfumado. De la radio de la sala de espera salieron las conocidas estrofas de una canción de Johnny Cash, como un presagio que recorrió el pasillo cuando Anne se marchó:

«… The needle tears a hole — The old familiar sting…».