El ejecutor
Tømmerdalen, Haugesund: Viernes por la mañana, 17 de octubre de 2014
Tømmerdalen, Haugesund
Viernes por la mañana, 17 de octubre de 2014
El café y el cigarrillo de la mañana eran por sí solos motivo suficiente para levantarse de la cama e ir al trabajo. Viljar disfrutaba de cada segundo de aquel ritual matutino en el aparcamiento del periódico. En muchas ocasiones salía más temprano de casa para asegurarse de poder estar allí solo. El hábito estaba tan arraigado en él que incluso lo echaba de menos los fines de semana y en vacaciones. Entonces lo compensaba en casa con las correspondientes dosis de veneno, aunque allí no tenían el mismo efecto tranquilizador. Viljar sabía que era el tipo de persona que jamás conseguiría dejar de fumar. Saludaba apreciativamente a los pacientes con graves afecciones pulmonares que salían con sus tanques de oxígeno para echarse un pitillo en el «garaje de los fumadores» del hospital de Haugesund. Era muy consciente de que él acabaría así también.
Reflexionó sobre los sucesos del día anterior. A fin de averiguar lo que se traían entre manos Henrik Thomsen y Hans Indbjo, los había seguido con el coche, como un vulgar detective de una serie de televisión americana de los setenta. Podía parecer un tanto paranoico, pensó, pero realmente había algo que no cuadraba. Sin duda esos dos capullos se merecían la compañía el uno del otro, pero hasta donde él sabía no tenían ningún trato.
Viljar se había mantenido a una prudente distancia de ambos, aunque lo suficientemente cerca como para poder controlar sus movimientos. Se detuvieron dos veces. En ambas ocasiones, Hans Indbjo permaneció en el coche mientras Henrik Thomsen salía con su andar desgarbado. La primera parada fue en la gasolinera Shell de Avaldsnes, justo al pasar el puente de Karmøy. Thomsen estuvo un buen rato hablando con una rubia de veintipocos años. En la segunda ocasión se detuvieron en Skåredalen, donde Thomsen le entregó un teléfono móvil a un adolescente. Naturalmente Viljar no pudo verlo desde la distancia, pero cuando unos minutos más tarde pasó por delante del chaval, vio cómo este intentaba insertar torpemente una tarjeta SIM en un smartphone.
Viljar siguió a Thomsen hasta su casa. Tras pasar Torgbakken y girar a mano izquierda en Strandgata, el hombre entró en una antigua casa de madera. La placa de la puerta mostraba que era allí donde vivía. Hans Indbjo había continuado con el coche. Para hacer tiempo Viljar estuvo viendo el fútbol en un pub y, cuando volvió a pasar por delante de la casa, pudo ver tras las cortinas que Thomsen seguía sentado en la misma postura, mirando embobado la televisión.
Viljar apagó el segundo cigarrillo del día en un platillo que había llevado consigo, tiró las últimas gotas de café templado en la acera y suspiró satisfecho por la sensación de entumecimiento que el humo le había dejado en las venas. Por si acaso, se metió en la boca un chicle de nicotina antes de dirigirse a la cafetería para encontrarse con sus colegas del periódico. Una vez dentro, oyó el habitual barullo de voces matutino. Ese día, sin embargo, todos callaron al ver aparecer al despojo humano adicto a la nicotina que entraba con su gabardina ondeante procedente de la llovizna de fuera. El artículo que había salido publicado esa mañana sin duda había causado sensación. Viljar sonrió en su fuero interno. Se trataba probablemente del mayor reconocimiento que podía obtener un periodista en el mundo mediático contemporáneo: la envidia y el desprecio de sus compañeros.
Viljar se marchó y se dirigió a su compartimento. Comprobó que nadie había entrado en su ordenador desde la última vez y recogió el teléfono móvil que se había dejado en la mesa el día anterior. Tenía siete llamadas perdidas. Cinco de Ranveig, en distintos momentos de la tarde y de la noche, además de dos llamadas de Øveraas poco antes de medianoche. Viljar se preguntó qué querría el jefe a esas horas intempestivas.
Oyó cómo los miembros de la redacción se congregaban en la Sala de Propuestas para celebrar la reunión matutina. Viljar se estiró, se quitó la gabardina y decidió plantarse delante de sus compañeros luciendo una gran sonrisa. Después de todo, era el responsable de la portada del día, así que, por una vez, podía permitirse disfrutar de su triunfo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez.
De nuevo el murmullo de las conversaciones se detuvo cuando le vieron aparecer, pero esta vez un amabilísimo Johan Øveraas rompió el silencio para darle todo el crédito que merecía:
—Vaya, aquí tenemos al héroe del día en carne y hueso. Toda Noruega está entrando en nuestra página web y los servidores apenas dan abasto. Hasta el momento, tanto el VG como el Dagbladet, TV2 y la NRK han colgado enlaces a tu artículo. Es lo que se llama una auténtica primicia.
Øveraas se bamboleaba de un lado a otro como un bolo tambaleante, por lo que en realidad Viljar solo pudo captar la mitad de sus elogios. Los aspavientos que hacía Johan Øveraas cuando se entusiasmaba resultaban tan cómicos que no te dejaban prestar demasiada atención a lo que estaba diciendo.
Viljar se fijó en que la silla de Ranveig estaba vacía. Ella siempre era de las primeras en llegar al trabajo. Cuando el director se disponía a empezar la reunión, Viljar le hizo un gesto para indicarle que Ranveig faltaba en la mesa. Øveraas miró la silla vacía y frunció ligeramente el ceño, como si quisiera eliminar un pensamiento incómodo de su mente. Carraspeó, pero Viljar no tuvo paciencia para esperar las explicaciones del director.
—¿Ranveig no debería estar ya aquí, Johan?
El redactor asintió con la cabeza y respondió algo titubeante:
—Sííí… Debería estar, pero…
—¿Pero…?
Johan Øveraas suspiró un poco frustrado antes de continuar:
—Es posible que se haya quedado dormida. Anoche a última hora tuvo que salir a cubrir un asunto y no creo que haya podido dormir mucho.
—¿Quedarse dormida? ¿Alguna vez se ha quedado dormida Ranveig en todos los años que lleva trabajando aquí? ¿Qué asunto tuvo que cubrir anoche?
—El fallecimiento de Stein Vikshåland.
Las cabezas de todos los reunidos se giraron bruscamente hacia el director. La noticia cayó como una bomba. Øveraas se dio cuenta de su metedura de pata y alzó las palmas antes de continuar:
—Perdón, compañeros. El «supuesto» fallecimiento de Stein Vikshåland. Pero debo deciros que el tipo goza de perfecta salud. Por desgracia, pensarán algunos. Anoche recibimos dos soplos telefónicos asegurando que Vikshåland había sido encontrado muerto en su casa. Ranveig acudió para comprobar si la información tenía alguna base, pero resultó que no era así. Me llamó desde Tømmerdalen alrededor de medianoche y allí todo estaba desierto y a oscuras. Lo mismo ocurrió en Salhusvegen.
Viljar sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Allí había algo que no encajaba. Volvió a preguntar:
—¿Por qué Ranveig? Ella no cubre las noticias y tampoco estaba de guardia anoche.
Viljar observó que Johan Øveraas arqueaba la espalda, a punto de cabrearse. No le gustaba nada que cuestionaran su trabajo.
—¿Sabes qué? Eso es y seguirá siendo decisión y responsabilidad mía, ¿te parece bien? En primer lugar, el puto periodista de guardia estaba cubriendo otro asunto. En segundo lugar, te llamé pero no me cogiste el teléfono. Y, en tercer lugar, Henrik Thomsen había ido a Stavanger para cubrir un concierto. No tenía a nadie más, Gudmundsson. ¿Te satisface la respuesta?
Viljar fue a decir algo, pero se contuvo. Se limitó a levantarse para marcharse.
—¿Y adónde coño crees que vas ahora? —gritó Johan Øveraas mientras veía alejarse la espalda de Viljar.
Este se detuvo, se dio media vuelta y miró al director con gesto displicente.
—Te puedo garantizar una cosa, y es que Ranveig no se ha quedado dormida. Y puesto que no está aquí, pienso salir a buscarla. Si estuviera enferma, ya habría llamado.
Johan abrió la boca para decir algo, pero se quedó sin palabras y desistió. Hizo un gesto con la mano para indicarle a Viljar que estaba excusado y se podía marchar. Si se paraba a pensarlo un poco, se dijo Viljar, Johan Øveraas hasta tenía su lado humano.