El ejecutor
Cuatro años antes…: Torvastad, Karmøy. Viernes por la mañana, 20 de agosto de 2010
Cuatro años antes…
Torvastad, Karmøy
Viernes por la mañana, 20 de agosto de 2010
Jonas miró furtivamente a su alrededor, como un ciervo que olfatea la presencia de un cazador entre la maleza. Sabía que nadie podía verles en aquel lugar, pero aun así sentía miedo. «¿Y si…?». No podía permitirlo. No podía permitirse aquel pensamiento.
Jonas se dejó abrazar por unos brazos extendidos hacia él. Notó que su pulso aumentaba cuando posó la cabeza junto al cuello de Fredric. Absorbió el olor de su colonia fresca y especiada. Disfrutó del cosquilleo que le recorría la espina dorsal cuando su barba le rascaba la mejilla. Fredric le acariciaba la espalda con una mano mientras con la otra le agarraba por la cintura.
El aire todavía era veraniego. Estaban casi a veinte grados. El sol calentaba los bronceados muslos de Jonas. Aflojó un poco su abrazo convulso y dejó que sus manos acariciaran los músculos en torno a la columna vertebral de su amigo. Cuidadosamente introdujo una mano por dentro del pantalón vaquero corto y notó que Fredric ahogaba un jadeo. Con besos tiernos y suaves fue descendiendo desde el cuello hasta su pecho.
Se enderezó y volvió a abrazarlo. Le besó. Al principio cariñosamente, después de un modo más voraz. Podía ver y sentir el deseo de Fredric. En aquel momento no existía nada más. Ninguna preocupación. Ningún temor. Ningún arrepentimiento. Ninguna vergüenza.
Herman Eliassen era historia. Todo lo sucedido el día anterior en la habitación del hotel había quedado borrado.
Fredric le tomó el rostro cuidadosamente entre las manos. Lo apartó con delicadeza y lo contempló. Le acarició las aletas de la nariz y por debajo de los ojos con el pulgar. Ladeó un poco la cabeza y jadeó cuando Jonas le agarró con más fuerza del culo. Fredric siempre adoptaba una mirada traviesa cuando estaba excitado. Jonas lo sabía y le encantaba. El deseo brotó en él, pero se contuvo. Quería disfrutar del momento. Sentir aquella maravillosa sensación de músculos desnudos agarrándole con fuerza. Mordió a Fredric en el lóbulo de la oreja y le susurró palabras cariñosas. Con la otra mano, le acarició el torso y el abdomen bronceados. De vez en cuando, le rozaba el pantalón corto de modo provocador. Observó que Fredric estaba a punto de perder el control. Respiraba pesadamente contra su cuello y notaba los latidos de su corazón contra el pecho.
Cuando poco después le desabrochó el pantalón y le bajó la cremallera, fue como si toda la energía contenida saliera disparada del cuerpo de Fredric. Se aferró a Jonas, jadeando.
Jonas dejó que sucediera, sin importarle que le manchara. Esto era puro y bello. No era sucio como lo del día anterior. Entre ellos había equilibrio. Dos seres humanos que se tenían afecto. Acarició la espalda de su amigo y, finalmente, se dejó arrastrar por la ola de placer cuando Fredric logró que liberara toda la tensión que se había acumulado en su cuerpo las últimas veinticuatro horas.
El crujido de una rama le puso en estado de alerta. El corazón le dio un vuelco y empezó a mirar muy nervioso a un lado y a otro. De pronto tuvo la certeza de que alguien los había estado observando oculto en el bosque.
La inseguridad y el miedo se apoderaron de él. Por un instante todo había sido un mar de placer. Una cosa era lo que ocurría entre Fredric y él. Si llegaran a ser descubiertos, él tendría que abandonar la isla. Sabía cómo reaccionaría su padre… Pero otra cosa muy distinta eran las consecuencias de lo que había hecho el día anterior en la habitación del hotel. No se le había ocurrido pensar ni por un instante que también había puesto en peligro a su amigo. Hasta después de pasadas varias horas, no había caído en la cuenta de las repercusiones que podría conllevar su acto.
Por lo que él sabía, aquel podría ser el final. El final de todo lo hermoso y bello que compartían. A partir de ese momento, solo existirían la negación, la farsa y las mentiras. La suerte estaba echada. No había marcha atrás. Nada se podía deshacer.