El ejecutor

Geir Tangen · Capítulo 37 de 91

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El ejecutor

Risøy, Haugesund: Jueves por la noche, 16 de octubre de 2014

Risøy, Haugesund

Jueves por la noche, 16 de octubre de 2014

 

Ranveig había intentado acostarse pronto, pero resultó inútil. No paraba de darles vueltas a los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza. Puede que existiera cierta conexión entre los correos electrónicos que habían pasado por alto. Si fuera así, la policía tendría un punto de partida completamente distinto para proseguir con la investigación. Consideró llamar a Lotte Skeisvoll, pero decidió no hacerlo porque no estaba segura de recordar bien lo que ponía el primer mensaje. Todo resultaría más fácil si Viljar respondiera al teléfono. Tras quince minutos más sin conciliar el sueño, se rindió. Soltó un largo suspiro, se levantó y fue al salón, cuyas luces estaban apagadas. Se calentó una taza de té en la máquina Tassimo. El té era supuestamente calmante y adormecedor, pero sus efectos parecían nulos en ella. Esperaba que esa noche se produjera un milagro.

Ranveig volvió a sacar el libro de Unni Lindell y repasó de nuevo la descripción del primer asesinato. No le gustaba nada lo que leía. No concebía que hubiera seres humanos tan malvados y sedientos de venganza.

Por otro lado, tampoco comprendía cómo era posible que la gente disfrutara tanto leyendo sobre aquellos actos atroces y viendo películas y series en las que la violencia era el principal ingrediente. Ella jamás había sentido aquel morboso deseo, pero se había dado cuenta de que, dentro de su círculo de amistades, se encontraba tristemente sola en su postura. En sus momentos de ocio, la mayoría de sus conocidos se regodeaba con la sangre, los asesinatos, las violaciones y los macabros métodos de tortura. Sin embargo, serían incapaces de hacer nada similar a otras personas. «Ahí está la conexión».

Encendió la lámpara del techo y abrió las persianas. Fuera estaba muy oscuro. Por lo visto, un par de vecinos juerguistas habían montado una pequeña fiesta en un piso del bloque antes de salir de marcha. Vociferaban y se reían cuando cerraron la puerta y echaron a andar en dirección a lo que sería una noche empapada en alcohol en los locales nocturnos del muelle. Uno de ellos la vio allí plantada en la ventana y la saludó. Ella le devolvió el saludo. No lo conocía, pero entonces el tipo empezó a dar voces con una amplia sonrisa. Ranveig se dio cuenta enseguida del motivo. Estaba totalmente desnuda delante de la gran ventana panorámica. Se retiró rápidamente y se enfundó en un albornoz blanco.

Se acurrucó en un extremo del sofá, con las piernas dobladas bajo el cuerpo mientras sostenía la taza de té con las manos. Con ambas manos… Así era como se bebía el té. Con ambas manos alrededor de la taza, como un pájaro que abraza con sus alas al polluelo recién salido del cascarón. No sabía el motivo de esa costumbre, pero mientras no le supusiera ninguna molestia, ella no se oponía a que siguiera felizmente su curso.

Unos minutos más tarde se quedó dormida, con la taza de té descansando firmemente en su regazo.